El uso simplón que el Presidente le da al concepto “humanismo”, otrora símbolo de identidad panista, debe haber inquietado a Manuel Gómez Morin, pero sobre todo a Efraín González Luna. Hablar de humanismo delante de uno de los acarreos más inhumanos que ha conocido la historia mexicana suena un poco desentonado. ¿El acarreo incluyó a los íconos del humanismo, Leonardo da Vinci, Maquiavelo, Montaigne, Luis Vives, Tomás Moro y Erasmo de Rotterdam al Zócalo a aplaudirle al Emperador? Manosear la cultura y la filosofía en un mitin puede levantar aplausos, pero no generará historia. Es verborrea.
Los panistas de antes sabían que la persona humana era el eje vertebrador, esencial, del quehacer político. El principio y el fundamento de la tarea nacional es la “persona”, cuya dignidad es anterior y superior a cualquier acto del poder; es decir, las posibilidades concretas de realización de mujeres y hombres en sociedad o individualmente son sentido y destino de la vida pública, y a ello los insignes panistas llamaron “humanismo político”.
Ese humanismo niega al Estado y al mercado como columnas de nuestra convivencia social. Ni el dinero ni el poder podrían subordinar al ser humano para configurar el bien común nacional. Ni gobernantes ni empresarios van por delante de los ciudadanos. Y a partir de ese humanismo se derivan tareas concretas, algunas también arrumbadas en el cajón de los recuerdos: dignidad del trabajador y cooperación social éticamente obligatoria; posiciones que niegan categóricamente al liberalismo individualista y egoísta que fortalece la ambición desmedida del mercado, o la fantasía irrealizable de algunos potentados de un Estado mínimo o inexistente para acumular ganancias, sin importar las condiciones de esclavitud de la “productividad” o “competitividad” que exigen el consumo. ¡Total! “En el mundo actual todas las ideas de felicidad acaban en una tienda”, como dice Zygmut Bauman.
Así pues humanismo no es más que replicar la famosa sentencia de aquel pensador griego Protágoras: “el hombre es la medida de todas las cosas”. Lo humano en el centro de toda organización social. Pero lo humano no puede desembocar en el “super yo”, en “lo real es lo personal”, y conducir a la sociedad al subjetivismo de la avaricia, al solipsismo sin diálogo; al humanismo le hace falta ser “solidario” para ser plenamente humano.
Para subrayar la esencia social del humanismo, Martin Heidegger escribe en aquella famosa carta a Jean Beaufret que “la patria de este morar histórico es la proximidad del ser”. A esa misiva se le conoce como “Carta sobre el Humanismo”, donde el famoso rector de Friburgo aclara que el humanismo tiene un tiempo y no es nacionalista; lo define la existencia con tu vecino, tu prójimo. Tampoco el humanismo es existencia presente, sin importar el porvenir, como lo señaló Emmanuel Levinas; el humanismo es con “el Otro” y para “el Otro” (con el que piensa diferente); y es trascendente, es “sin mí” y a pesar de mí. ¿Humanismo mexicano en el Zócalo mientras se apaleaba a migrantes venezolanos en Ciudad Juárez, Chihuahua? ¿Humanismo mexicano para violar derechos humanos y congraciarnos con intereses norteamericanos? ¿Humanismo mexicano y dejar a Nicaragua con su dolor?
Además, siguiendo a Levinas, AMLO llega tarde al humanismo. Colocar al hombre como columna vertebral de todo es simple antropocentrismo, porque desconoce el desarrollo sustentable, el cuidado del medio ambiente, la protección del planeta. Los seres humanos somos parte de una evolución creadora que debemos cuidar, como lo pregonó Teilhard de Chardin. El verdadero humanismo exige generosidad y desprendimiento. No es dogma estático. Un Tren Maya contaminante, unos hospitales sin medicinas, una violencia desatada, una pobreza en ascenso, muchos empresarios con tamales de chipilín y privilegios, militares sin fiscalización, cientos de desaparecidos sin tumba y un gobernante egocéntrico entre multitudes, no son el mejor maestro para dar lecciones de Humanismo. (Germán Martínez Cázares, senador de la República, Reforma, Opinión, p. 10)
Ordenar el desarrollo urbano es uno de los grandes retos de México en el marco del crecimiento de sus ciudades, que es donde se concentran las principales fuerzas productivas, políticas, económicas y culturales. Para lograrlo, es indispensable contar con una buena planeación urbana y de gestión del uso del suelo, a fin de garantizar una calidad de vida asequible, segura y sostenible para sus habitantes.
Recientemente, la capital de nuestro país fue reconocida como una de las 10 mejores ciudades para vivir y trabajar a nivel mundial, al lado de otras como Valencia, en España, y Dubái, en los Emiratos Árabes Unidos. Fueron su “bajo costo de vida” y su amabilidad algunas de las características que le valieron para estar dentro de los primeros tres sitios del ranking y dejar atrás a otras como Nueva York, París y Tokio, por mencionar algunas.
Cabe mencionar que la encuesta de la que surgieron las evaluaciones fue realizada a migrantes radicados en las diferentes ciudades evaluadas. Saco el tema a colación porque es precisamente la expansión de las ciudades, misma que en parte tiene que ver con la llegada de nuevos habitantes que migran de sus lugares de origen, la cual aumenta los retos en materia de planeación, desarrollo urbano y sostenibilidad.
Si bien la amabilidad y el bajo costo de vida (que representa para los extranjeros norteamericanos y europeos) le han colgado la medalla a nuestra querida CDMX, es necesario recordar que hay mucho por hacer en materia de planeación territorial, vialidades, transporte, seguridad, resiliencia, servicios y sustentabilidad como un eje transversal, entre muchas otras cuestiones.
Ante dichos desafíos, el siguiente paso es impulsar políticas públicas y legislaciones que permitan un nivel y costo de vida accesible para todos los habitantes de la capital, no sólo para aquellos con mayor poder adquisitivo. Asimismo, es preciso innovar en resiliencia y legislar para la sostenibilidad como un principio fundamental.
El ideal de ciudades, de acuerdo a las exigencias del contexto actual, consiste en modelos más compactos en los que se pueda vivir, trabajar y realizar las actividades propias de la vida en sociedad, sin tener que trasladarse a grandes distancias (se recomienda una distancia menor a 15 o 20 minutos), servicios de calidad y suficientes para todos y con plena responsabilidad ambiental.
Pero, para lograrlo, es necesario un verdadero cambio de paradigma; es fundamental que gobiernos, empresas, empleadores, sectores productivos y ciudadanos fortalezcan la conciencia social y medioambiental, que estén dispuestos a aceptar el reto de cambiar la forma en cómo se vive actualmente, que se fortalezcan las normas para el uso de espacios públicos y se participe en conjunto para lograr el desarrollo urbano ordenado. Como en todo reto social, el trabajo coordinado seguramente dará buenos resultados.
Como ejemplo, quiero mencionar el acuerdo entre Re-activa MX y los municipios de Cuautitlán Izcalli, Cuernavaca, Guadalajara, Irapuato, León, Morelia, Tepic, Manzanillo, San Pedro Garza García y Tuxtla Gutiérrez, que este año se sumaron a la iniciativa y se comprometieron a entregar obras de infraestructura para medios de transporte no motorizados, con el fin de mejorar la movilidad y las acciones en la lucha contra la crisis climática mundial. El compromiso tiene una fecha de cumplimiento previa a terminar el presente año y es, sin duda, un paso hacia una planeación urbana atenta a las demandas de los tiempos actuales. (Jesús Sesma, Excélsior, Nacional, p. 10)