El Secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, presentó el jueves 7 una serie de propuestas y acciones para mejorar la calidad de vida de los mexicanos y mexicoamericanos viviendo en el exterior del país (la diáspora mexicana).
Me enfocaré en su propuesta número 6, el desarrollo de mecanismos financieros para la participación de la comunidad migrante en los grandes proyectos de desarrollo del Gobierno mexicano, léase Tren Maya, Transístmico, Refinerías, programa de Jóvenes Construyendo el Futuro.
Comencemos por entender el tamaño de la diáspora mexicana: hay 11 millones de mexicanos nacidos en México que viven hoy en los Estados Unidos, 600 mil de ellos son a los que llamamos dreamers por su situación legal particular y otros 24 millones son de origen mexicano, de primera, segunda y tercera generación viviendo en aquel país; la suma de ellos representa el 97 por ciento de los mexicanos viviendo en el exterior.
Esta diáspora envió en los últimos seis años, a través del mecanismo financiero al que llamamos remesas, un promedio de 28 mil millones de dólares por año (30 mil millones en 2018), esta es la segunda entrada de capitales más grande del país solo después de los ingresos netos de la industria automotriz y por delante de la Inversión Extranjera Directa y las divisas generadas por el turismo. Las remesas se podrían convertir en la primera entrada de divisas al país ante la incertidumbre comercial que se vive en la región de Norteamérica.
Con 28 mil millones de dólares, se podrían construir dos aeropuertos de clase mundial, unas 5 plantas automotrices con la tecnología más avanzada contratando a 10 mil trabajadores, o 3 refinerías construidas desde cero. Importante, ¿no? ¿Pero en qué se usa todo este dinero?
Según datos del Banco Mundial, el 97.5 por ciento de estos dólares que llegan al país se usa para gasto corriente, es decir, los familiares y amigos de quien vive en los Estados Unidos reciben el dinero de manera semanal, quincenal o mensual; y lo usan para cubrir las necesidades de la familia: hogar, despensa, pago de servicios, pago de renta, educación y salud; lo cual es muy positivo puesto que activa el consumo, genera empleos y crea derrama económica.
En promedio cada transacción es de 305 dólares, cerca de 5 mil 500 pesos, y se estima que 1.7 millones de hogares mexicanos reciben recurso proveniente de fuera, si calculamos que cada familia mexicana tiene en promedio cinco integrantes, podríamos decir que 8.5 millones de mexicanos se benefician directamente de estos envíos.
Sin embargo, muy poco de este dinero se destina a la inversión productiva, y eso desde una perspectiva de largo plazo es desalentador, puesto que es dinero que no producirá más dinero para la familia que lo recibe hoy en día. Se calcula que la comunidad hispana en los Estados Unidos, cercana a los 58 millones de habitantes, tiene un poder adquisitivo de 1.7 trillones de dólares, 20 por ciento más que todo el PIB mexicano.
Se espera que, durante los próximos 40 años, esta comunidad se duplique, y llegue a 120 millones de habitantes; es hoy ya, la población con más crecimiento en los Estados Unidos, y de las minorías, la que más genera empresas y empleos.
Volvamos a la propuesta número 6 de Ebrard, ¿qué mecanismos financieros generar desde el Gobierno que pudieran ser más eficientes que el propio mercado?
Aquí algunas ideas: desde incentivos para la creación de fondos privados de emprendedurismo, que canalicen recursos de los migrantes a los mejores proyectos de su región de origen, incentivos para el desarrollo del uso de herramientas fintech para disminuir el costo por envío de remesa, que hoy se estima en 11 dólares por transacción, y la creación de otros instrumentos financieros a través del mercado como los que han liderado por décadas otros países con diásporas grandes en todo el mundo como: Israel e India, los llamados Bonos de la Diáspora.
Estos dos países han recaudado en tan solo unas décadas más de 40 mil millones de dólares a través de este esquema, en el que han sumado a su banca de desarrollo, instituciones financieras, fundaciones internacionales, empresas y por supuesto a las comunidades, han financiado presas, carreteras, escuelas, fondos para emprendedores de tecnología y mucho más.
Estos mecanismos se convierten, además, en un instrumento de ahorro muy eficiente para la diáspora, que en algunas ocasiones carece de oportunidades de fomento al ahorro de largo plazo.
No cabe duda que nuestra diáspora ha invertido, y mucho, en México, sus familias y sus comunidades; no cabe duda tampoco, que México tiene allá afuera un talento extraordinario, un músculo, aún desorganizado pero muy poderoso. Es hora de invertir también en ellos, es hora de una crear una relación ganar-ganar. (Enrique Perret Erhard, Reforma, p. 10)