Exigen la liberación de César Montes, preso político guatemalteco.
Al presidente Andrés Manuel López Obrador, al subsecretario de Gobernación, Alejandro Encinas Rodríguez, y al presidente de Guatemala, Alejandro Giammattei.
Quienes suscribimos, integrantes del Comité Libertad del Preso Político César Montes, señalamos lo siguiente:
Montes, de 80 años, fue detenido en Guerrero sin la orden de un juez e ilegalmente expulsado de México, a pesar de sus trámites de asilo, de ser hijo de un chiapaneco de Comitán y padre de tres hijos mexicanos. CNN informó de su captura en octubre de 2020, que fue coordinada entre el Instituto Nacional de Migración, Interpol y el gobierno de Guatemala, y realizada a espaldas del gobierno mexicano. Él ha dicho: “Si muero, ya saben quién ordenó mi muerte. Es su modus operandi”.
Convocamos a un acto público informativo el próximo viernes a las 9:30 horas frente a la embajada de Guatemala (Explanada 1025, Col. Lomas de Chapultepec).
(Juan José Dávalos López, Francisco Ernesto Martínez Marcué, Benito Collantes Martínez, José Camilo Valenzuela Fierro, Pablo Moctezuma Barragán, José Luis Alonso Vargas, María de la Luz Aguilar Terrés, Amelia Manzanares y Carlos Perzabal Marcué, La Jornada, Editorial, p. 2)
En la cima. Varios son los puntos que atiende Marina del Pilar Ávila, gobernadora de Baja California. Promueve vivienda digna y de bajo costo para las familias, la entidad mantiene el liderazgo en generación de empleos en el país y está en constante diálogo con autoridades estadunidenses, en busca de una migración humanista. No es raro que Baja California esté situada entre las tres entidades con mejor desempeño en beneficio de la población, de acuerdo con la casa evaluadora México, ¿Cómo Vamos?, junto con Chihuahua y Jalisco. Se le reconoce la capacidad de recuperación económica tras la pandemia y la expansión que, en números reales, está consiguiendo. Redireccionar la entidad se veía titánico. Y lo está logrando. (Excélsior, Nacional, p. 13)
Para describir la política migratoria de Estados Unidos hay que acudir a la ficción. Como el popular personaje creado por Roberto Gómez Bolaños (interpretado graciosamente por Florinda Meza), cada día son más ridículos: nada les sale bien por hacerlo a medias y con descuido, quieren resolver las cosas a golpes y portazos, sueñan imposibles, hablan enredado para no reconocer la realidad (“así como digo una cosa digo otra”).
Desde la última reforma migratoria (1986) se estableció un sistema muy restrictivo que, sin embargo, no evitó que haya 13 millones de personas indocumentadas. Tanto republicanos como demócratas han preferido culpar al otro en lugar de buscar una solución común. Cuando alguien propone algo sensato lo ignoran o lo bloquean.
Por ejemplo, el presidente Barack Obama impulsó el programa Dreamers para autorizar a estudiar y trabajar sin miedo a la deportación a los que llegaron en la infancia. Era una solución provisional, ya que sabía que los tribunales lo iban a invalidar. El Congreso pudo cambiar entonces unos cuantos artículos en las leyes de población para establecer un camino hacia la ciudadanía, pero en más de 10 años no lo ha hecho.
Tampoco se ha interesado en componer el proceso para admitir a refugiados. Desde 2015 han huido de Venezuela 7 millones. Sin mucho ruido, Colombia tiene a 2 millones en su territorio y de alguna forma los está integrando a su economía.
Los miles de venezolanos, cubanos, haitianos y nicaragüenses que cada día se presentan en la frontera de Tijuana o Ciudad Juárez son interrogados por miembros de la Patrulla Fronteriza. Si a su criterio establecen que efectivamente corren peligro en su país, los pasan a una entrevista con el Servicio Migratorio. Si ellos encuentran mérito en su petición los mandan a una corte de migración. La mayoría son deportados de inmediato.
Los que consiguen una cita judicial tendrán que esperar por meses, sin tener derecho a trabajar. Cuando finalmente se les dé la razón, deberán conseguir a alguien en la Unión Americana que se responsabilice de su sustento. Es difícil porque las organizaciones sociales ya están respaldando a más de 100 mil ucranianos.
De lograrlo, podrán entrar a un sorteo para ser uno de los 25 mil que se van a permitir el año próximo. Por eso muchos no se presentan a su audiencia y son deportados “en ausencia”.
Como lo documentó recientemente la periodista Peniley Ramírez, es una política asesina, que los obliga a cruzar por el desierto de Arizona. Una trampa mortal que, en lo que va del año, ya cobró la vida de 856 personas.
Lo absurdo del asunto es que esa nación muestra niveles históricamente bajos de desempleo y de participación en la fuerza de trabajo. Si se le diera un puesto vacante a cada solicitante de empleo sobrarían 6 millones de plazas. Están padeciendo ¡por falta de trabajadores!
Como consecuencia, los sueldos se han elevado por arriba del aumento de la productividad. Como la inflación no cede, se van para arriba las tasas de interés y se frena la economía.
Aun así, para conseguir un permiso de trabajo (visas H2-A y H2-B para empleos agrícolas o no agrícolas, respectivamente) el patrón tiene que probarle al Departamento de Trabajo federal y a la Agencia Laboral estatal que intentó reclutar a americanos, incluso a exempleados.
Ya con el certificado hace la solicitud al Servicio de Inmigración y puede participar en una lotería para seleccionar al número de permisos aprobado para el año. Obviamente sólo las empresas grandes, que cuentan con un departamento legal, pueden emprender esa aventura burocrática.
Algo similar sucede con los trabajadores altamente calificados (visas H1-B) y los trabajadores temporales no agrícolas (visas H2-B). De las primeras hubo 300 mil solicitudes el año pasado, pero están limitadas a 85 mil desde 2006. Las segundas se van a duplicar el año próximo y seguirán faltando, sobre todo para posiciones en el sector turismo.
En el marco del T-MEC, profesionistas mexicanos y canadienses pueden tener acceso a una visa (TN) hasta por tres años. El pequeño detalle es que se están tardando hasta 36 meses en procesarlas.
Lo trágico es que esto no se va a arreglar pronto porque los políticos son insensibles al sufrimiento de la gente. Están más preocupados por denigrar a sus contrincantes para ganar las elecciones. Esa es la verdad verdadera. Para que te digo que no, si sí. (Alejandro Gil Recasens, El Financiero, Mundo, p. 31)
La relación México-Estados Unidos es aún más complicada que la de un matrimonio mal avenido, pues este último tiene el recurso del divorcio que existe en la ley desde los tiempos de Venustiano Carranza.
Como dijo en entrevista con este diario la exembajadora de Estados Unidos en México Roberta Jacobson, “no puedes divorciarte de un vecino con el que compartes tantas cosas”.
Es decir, no hay manera de llevarnos el país a ningún otro lado ni el vecino puede hacer un enroque con Canadá.
Los 3 mil 200 kilómetros de frontera los vamos a compartir siempre. Siempre. No hay manera. Y los dos países eligen si llevarse bien o mal.
Hace varios años asistí a la cena de un presidente de México con la comunidad financiera judía en Nueva York, donde nuestro presidente arrancó su discurso con una broma ante la conspicua concurrencia:
“Al entrar, alguno de ustedes me dijo: pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos. Yo le contesté: pobre Israel, tan cerca de Dios y tan lejos de Estados Unidos”.
La vecindad es irremediable, por lo que es necesario sacarle el mayor provecho en beneficio de ambos y no pretender asfixiar al otro, como quiso hacer un político improvisado y xenófobo como Donald Trump.
Esa relación con Estados Unidos debe ser un trampolín para impulsar nuestro desarrollo, y no una fuente de rencillas que la miopía de los gobernantes suele transformar en crisis.
Dado que la vecindad es inevitable e irremediable, México debe frenar el tráfico ilegal de migrantes hacia Estados Unidos a través de nuestro territorio.
La migración desordenada e ilegal le crea graves problemas a quien gobierne Estados Unidos, y será siempre una fuente de tensión y animadversión hacia México, muy aprovechable por demagogos e impulsivos antimexicanos.
Hay que impedir con la mayor seriedad y compromiso la producción de drogas sintéticas en el territorio nacional, y combatir la exportación de ese veneno llamado fentanilo a Estados Unidos, porque mata a más de 100 mil vecinos cada año.
No hacerlo da lugar a que un nacionalista fanático como Trump plantee al gabinete de seguridad su interés por bombardear México. Algún día le pueden decir que sí.
Y Estados Unidos, por realismo, tiene que impulsar el crecimiento económico en México para dejar de discutir por migración, y porque le conviene un vecino con capacidad de compra.
Hace poco más de 30 años, cuando cayó el Muro de Berlín y países que pertenecían al derruido Pacto de Varsovia salieron de la égida soviética, México tuvo la audacia de plantear un Tratado de Libre Comercio de América del Norte.
Así la atención de la súper potencia vencedora de la Guerra Fría no se volcaría únicamente a favorecer con créditos e inversiones a esos países que emergían a la economía de mercado.
Tres décadas después se nos vuelve a presentar una oportunidad parecida, con el deterioro de la relación entre nuestro vecino y China.
Qué mejor para Estados Unidos que muchas de sus grandes empresas salgan de China y otros lugares de Asia, y se instalen al lado suyo, en México.
Eso es ganar-ganar entre vecinos. Y también para las empresas, especialmente las grandes tecnológicas que están siendo hostigadas con regulaciones por el régimen de Xi Jinping.
Claro, para ello el gobierno mexicano debe tener claro de qué lado va a jugar.
No estamos, como en la época de la Guerra Fría, ante una lucha por imponer una ideología: o con melón o con sandía. Había que tomar prudente distancia.
Ahora nos encontramos ante una disputa comercial, por el dominio de la información, del conocimiento, entre nuestro vecino y China (que además es una dictadura).
Si le entregamos el control informático de nuestros puertos internacionales a empresas del Partido Comunista chino, no vamos a llegar muy lejos. Es una señal de que nuestros gobernantes no saben dónde están parados.
Hay que ofrecer, para nuestro bien y del vecino, Estado de derecho.
Invertir en atractivos para que esas grandes empresas que ahora están en China, se deslocalicen (nearshoring) y vengan a México.
Invertir en educación, con énfasis en ciencia y tecnología para que los nuestros accedan a puestos de trabajo bien remunerados.
Pero si se cambian las reglas del juego cuando las inversiones van a la mitad o ya están hechas…
Si nos peleamos con la educación de calidad…
Se persigue judicialmente a más de medio centenar de científicos…
Se destruyen los apoyos para que jóvenes mexicanos estudien en el exterior…
Se rompe la colaboración gobierno-industria para preparar técnicos y científicos…
Se rechace la inversión en energías limpias…
Si nos dedicamos a desestabilizar democracias en América Latina…
Entonces nos estaremos condenando a una mala vecindad. A vivir de las remesas y de lo que vaya quedando de las exportaciones que nos dio esa primera y gran oportunidad que sí aprovechamos: el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. (Pablo Hiriart, El Financiero, Nacional, Política y Sociedad, p. 38)
“Es un principio fundamental de nuestra política exterior la no intervención y la autodeterminación de los pueblos. A eso nos ceñimos en el caso de lo sucedido en Perú”. Esto escribió en sus redes sociales el presidente Andrés Manuel López Obrador a propósito de la caída del presidente Pedro Castillo.
Esto mismo que dijo sobre Perú lo ha expresado y repetido en prácticamente cada ocasión en la que se ha buscado una postura del gobierno mexicano ante temas internacionales. Pero la no intervención es una herramienta discursiva más de López Obrador que utiliza a conveniencia.
Si gana la elección presidencial el demócrata Joe Biden, contrario a la preferencia inexplicable que tenía López Obrador que era la reelección de Donald Trump, entonces se negó a felicitarlo con la excusa de que había que esperar hasta que el Congreso estadounidense certificara la elección para no intervenir en un asunto interno de otro país.
Pero cuando en Brasil el izquierdista Lula da Silva había apenas ganado la primera vuelta electoral con menos del 50 por ciento de los votos, inmediatamente vino la felicitación desde la mañanera, aun cuando faltaba la segunda vuelta y por ello el triunfo de Lula no estaba asegurado. En el caso de Brasil, cuando el resultado preliminar se ajustaba a los deseos del presidente, entonces no hubo problema de opinar y con ello intervenir en la política de otro país.
En el caso de la guerra en Ucrania, el presidente ha dicho que no quiere opinar aduciendo a su excusa favorita, la no intervención. Esta postura en los hechos resulta un apoyo a Vladimir Putin y su inexcusable e ilegal invasión de un país soberano e independiente.
La misma intervención hemos visto en Colombia, cuando López Obrador se dio el permiso de intervenir y declaró en plena campaña presidencial: “Nada más por un instante voy a decir que le mando un abrazo a Petro desde aquí. ¿Y saben por qué lo abrazo? Porque está enfrentando una guerra sucia de lo más indigno y cobarde, todo lo que ya vimos y padecimos en México”.
La intervención del presidente de México en las elecciones de Colombia llevó a la Cancillería de ese país a emitir un comunicado de inconformidad por la intervención en sus elecciones. Pero López Obrador, que dice que no interviene en asuntos de otros países, decidió darse licencia cuando de Gustavo Petro se trató.
Igualmente ha apoyado a Daniel Ortega en Nicaragua y a Nicolás Maduro en Venezuela cuando Biden decidió no invitarlos a la Cumbre de las Américas por considerar que no son demócratas y que violan los derechos humanos de sus ciudadanos. Como sabemos, AMLO orquestó lo más cercano a un boicot a la Cumbre en apoyo a ambos autócratas. Hoy la frontera México-Estados Unidos está al borde de un caos por la cantidad de venezolanos y nicaragüenses que han huido del terror en que Ortega y Maduro tienen a sus países.
Así, López Obrador demuestra no solo que sí interviene en asuntos de otros países, también que lo hace aun a costa de los intereses de México.
De vuelta al caso Perú, a pesar de que dijo que no intervendría en el caos político que generó el intento de Pedro Castillo de disolver el Congreso, inmediatamente después López Obrador publicó un segundo mensaje en el que condenó la caída de Castillo excusando que fueron las circunstancias lo que lo llevaron a intentar un golpe de estado.
La lista de intervenciones en asuntos de otros países es mucho más amplia. Le ha pedido a Estados Unidos que termine con el embargo a Cuba; ha condenado el proceso jurídico contra Cristina Fernández de Kirchner en Argentina y un largo etcétera.
El uso del discurso de la no intervención no solo es a contentillo, además es una manipulación que se hace sin pensar en beneficios para el país. Es simplemente el capricho de un individuo que, por cierto, es el presidente de México. (Ana Paula Ordorica, El Universal, Nación, p. 10)
Si bien los mexicanos se caracterizan por llevar alegría y entusiasmo a los Mundiales de la FIFA, también figuran entre la afición que más gasta.
Este domingo concluye la Copa del Mundo Qatar 2022, y según estimaciones de la Secretaría de Relaciones Exteriores, de Marcelo Ebrard Casaubon, unos 80 mil mexicanos habrían viajado a tierras árabes para presenciar una justa deportiva que resultó exitosa en su organización a partir de inversiones en estadios e infraestructura.
Para este evento Visa instaló la mayor cantidad de terminales de pago para un evento de ese tipo en los ocho estadios que se utilizaron en Doha, lo que sumado a las terminales instaladas en hoteles, comercios y restaurantes permitió medir los consumos.
De acuerdo con el manejador de tarjetas, que lleva aquí Luz Adriana Ramírez Chávez, la afición de Estados Unidos registró 18 por ciento de los consumos en los llamados venues oficiales de los estadios, seguido por México, con 9 por ciento, y en tercer lugar Arabia Saudita, con 8 por ciento en una medición hasta la fase de grupos. Habrá que decir que en la parte de Estados Unidos figura también población latina de migrantes mexicanos.
El reporte que le comento precisa que el monto promedio por transacción dentro del estadio para todos los partidos durante la fase de grupos del torneo fue de 23 dólares, siendo las principales categorías de gasto las mercancías (47 por ciento) y alimentos (36 por ciento).
Según Visa, los consumos en Qatar 2022 están cerca de superar el gasto total del Mundial de Rusia 2018, y ya superó el desembolso total de del Mundial Brasil 2014. (Rogelio Varela, El Heraldo de México, Merk-2, p. 17)