Rozones
Título 42, a pagar el pato
Y será nuevamente México el que pague en gran medida el pato por la decisión de la Corte de Estados Unidos de mantener la aplicación del llamado Título 42 que permite la expulsión exprés de migrantes que crucen ilegalmente su frontera. Y es que, por lo pronto, miles de indocumentados varados en la frontera norte, sobre todo de Cuba, Nicaragua y Venezuela, serían regresados a México dado que con esos países EU tiene frías relaciones bilaterales, lo cual le impide efectuar deportaciones a sus naciones de origen. Además, despachos informativos de agencias como Reuters daban cuenta de que ahora nicaragüenses, haitianos y cubanos tendrían que sujetarse a un plan como el de los venezolanos que realizan sus trámites de migración en sus propios países y llegan a EU vía aérea. Ya se verá. Por lo pronto ahí seguirá la crisis. (La Razón, La dos, p. 2)
Desde afuera // Migración, mito y realidad
En la mitología estadounidense, un poema de la escritora Emma Lazarus, grabado en una placa en la base de la Estatua de la Libertad, a la entrada de la bahía de Nueva York, tiene un lugar especial.
El fragmento más conocido dice: “Dame tu pobre, tu agotado, tus innumerables masas aspiran a vivir libres, el rechazo de tus orillas superpobladas, envíalos a mí, los desheredados, que la tormenta los traiga de vuelta ¡Estoy poniendo mi luz sobre la puerta de oro!”.
Pero es otra época. La generosa idea de un país de migrantes ha sido tan debatida y cambiada que dos brutales preguntas del analista Howard Fineman, en su libro sobre debates estadounidenses inconclusos, vienen a la memoria: ¿Quién es un ser humano? ¿quién es un estadounidense?
Porque en alguna medida esas son las preguntas que están en el fondo de la que ya parece permanente crisis migratoria.
De hecho, el poema de Lazarus se escribió en los años de la migración europea, de anglosajones y mediterráneos, de nórdicos o centroeuropeos. El sentimiento de bienvenida podía ser mayor para algunos o menor para otros, pero no se extendía a aborígenes o chinos, a mexicanos o negros.
Es cierto que pueden encontrarse bases de realismo tanto entre los partidarios como entre los adversarios de una política migratoria abierta.
Para unos, el país se beneficia de la entrada de sangre nueva, de mano de obra y se enriquece con el talento de otras culturas. Para los otros, no hay forma de absorber a tantos que huyen de gobiernos dictatoriales o de crisis económicas y medioambientales, y no son pocos quienes temen la competencia de recién llegados.
Pero, según el mito, Estados Unidos sería la tierra prometida de la que habla el poema de Lazarus, el sitio donde una sociedad abierta da marco a la discusión de nuevas ideas y canaliza talentos en beneficio general.
Sin embargo, también es cierto que para muchos políticos de EU, la oposición a las puertas abiertas es una forma de disfrazar sentimientos raciales que la victoria del bando antiesclavista en la Guerra Civil permitió sobrevivir y prosperar.
El hecho real es que partidarios y adversarios de una reforma migratoria llevan ya casi 40 años enfrascados en un debate político legal y electoral y más de un siglo inmersos en el intento de definir el carácter de su país.
Lo cierto, en todo caso, es que esas consideraciones coinciden ahora con un cambio demográfico brutal, uno que en los próximos años pondrá a los blancos europeos ya no como la mayoría sino como la minoría más grande en un país de minorías.
En ese marco, se vale preguntar si el aparato político estadounidense deveras quiere resolver el problema migratorio.
La respuesta sigue en el aire mientras la Suprema Corte de Justicia estadounidense mantuvo el martes la validez del llamado Título 42, que a reserva de desafíos legales permite mantener cerrada la puerta a migrantes o peticionarios de asilo en sus fronteras. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, p. 22)
Integración para el desarrollo
México es un país de inmigración, emigración, tránsito, retorno y solicitud de asilo; un escenario multidimensional, complejo y heterogéneo, que requiere abordarse desde todas sus aristas.
A finales del mes pasado, la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) reportó al 2022 como el segundo año consecutivo en que se superaron las 111,000 peticiones de refugio. Las cinco principales nacionalidades de quienes lo solicitan son hondureña, cubana, haitiana, venezolana y nicaragüense; sin embargo, otras provienen de 116 países de todos los continentes. México es hoy la tercera nación en el mundo con más casos de refugio y asilo.
La problemática es global y la responsabilidad debe ser compartida; no obstante, la realidad en el corto y el mediano plazos recae de inmediato en la vida cotidiana de los países de tránsito y acogida. El desafío requiere implementar estrategias pertinentes en lo inmediato y lo futuro, con presupuestos gubernamentales acordes con la problemática real, y reconocer la necesidad de trabajar en forma coordinada con la sociedad civil, todo ello para brindar seguridad y servicios públicos bajo una óptica tanto de respeto y acceso a los derechos humanos como de perspectiva de género.
México dejó de ser sólo un territorio de tránsito y expulsión de migrantes y personas refugiadas, para convertirse también en destino. Además, de acuerdo con la Organización Internacional de las Migraciones, el 40 por ciento de quienes regresan voluntariamente desde México a su país de origen, en dos años intentarán volver al nuestro. Es decir, enfrentamos una realidad de movilidad cambiante, que debe dar posibilidades reales de inserción e integración a estas personas.
En tal sentido, un plan innovador implementado por la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) es el Programa de Reubicación e Integración. Por medio de él, desde 2016 se ayuda a personas refugiadas a reiniciar sus vidas en las comunidades mexicanas que las acogen: a finales de mayo del año pasado, 10,000 personas refugiadas fueron reubicadas en México. La ACNUR apoya al traslado hacia ciudades del centro y norte del país, donde la oferta de trabajo, vivienda, educación y salud les permite integrarse.
Actualmente, la Agencia registra en el país a más de 170 empresas nacionales y multinacionales que emplean a personas refugiadas como parte de este programa. Y, de manera integral, el beneficio es en dos vías: por una parte, la reubicación aumenta el porcentaje de personas que, en esa condición, cuentan con trabajos formales y con ingresos más altos. Por otra parte, las comunidades de acogida se benefician del aumento de los ingresos fiscales y de las contribuciones a la seguridad social. En México, ahora el objetivo es reubicar e integrar anualmente a 20,000 refugiadas y refugiados.
Asimismo, la ACNUR, con financiamiento del Gobierno de Alemania, se asoció desde hace 30 años con 25 universidades mexicanas, por medio del Programa DAFI (Iniciativa Académica Alemana Albert Einstein), de Becas Universitarias para Personas Refugiadas. Su inserción e integración educativa implica desde revalidar estudios hasta darles herramientas para una mejor comprensión de la cultura y el idioma del sitio de acogida.
En suma, la posibilidad de que las personas refugiadas tengan un mejor presente y futuro y que a su vez beneficien a las comunidades de recepción con sus habilidades y cualificaciones, sin duda, potencializa el desarrollo. (Ricardo Monreal, El Sol de México, Análisis, p. 13)
Cruzando líneas // La frontera invisible
Cruzo fronteras y ellas me cruzan. En todas dejo o me arrebatan algo. La de México y Estados Unidos es parte de mí; es mi ida y vuelta.
Cada vez que la cruzo, no importa de cuál lado, voy a casa. Tengo suerte, mucha. Somos muy pocos lo que podemos atravesar muros. Cruzar es mucho más que pasar a otro territorio; es migrar un poco -o mucho-, es siempre una despedida. Del otro lado, no siempre hay bienvenidas.
En el Medio Oriente las fronteras más brutales no tienen alambres de púas ni rejas electrificadas; no hay soldados ni gestores de maletas. No es cuestión de pasaporte, aduanas o nacionalidad. La frontera más dura es la invisible. Es un muro humano construido con religión, historia y conflicto. En esa región del mundo, la fe no une… y hay poca voluntad. La política nunca basta.
Visité cuatro fronteras, pero solo una pude cruzar. Desde un cerro en el norte de Israel vi a Líbano y su milicia; también escuché los entrenamientos armados desde la árida Siria y viajé al Sur para sentir a Gaza. No pude tocar sus cercos, pero los vi muy de cerca. Los viví y me vibraron. Y a miles de kilómetros de Arizona, esa división humana se parecía mucho a casa.
Lo único violento del momento fue la emoción de estar ahí y entender lo mucho que se cuela y lo tanto más que se esconde, ese instante obligado de sacudirme los muchos prejuicios que viajaron conmigo al otro lado del muro o el sabor metálico que deja ese sentimiento de conciencia plena al reconocer que hay tantas historias vivas como censuradas por un miedo real que, confieso, mi paracaidismo privilegiado no alcanza a comprender.
La única frontera humana que crucé fue la de Israel y Jordania. Lo hice por tierra y con la aprehensión de lo desconocido. Es distinta a las que he pisado. Es una frontera en otra; está dividida por una nada pacífica manifestada en un territorio que pareciera ser de nadie o de todos. No sé si describir el lugar como un amortiguador o una amalgama… o como un limbo o purgatorio entre países. Ambos puertos fronterizos son complicados, intimidantes y caóticos. En ese sinsentido está quizá su belleza… aunque lo más bonito que tienen es su gente.
Recorrí los dos países con ojos de periodista. Lo hice con mucho asombro; con el corazón y la libreta abierta. No lo hice sola, me acompañaron colegas que me cuidaban todos los flancos, desde la grabadora hasta el cuerpo y el sentido del humor. Fue un despertar compartido en ese desierto sonoro que se convirtió en un paraíso sensorial. (Maritza L. Félix, El Sol de México, Análisis, p. 14)
Cartones

(Tacho, Milenio Diario, Al frente, p. 2)

(Rocha, La Jornada, Política, p. 5)