Opinión Migración 120823

Sube y baja

Roberto Velasco, funcionario de la SRE

El jefe de la Unidad para América del Norte reafirmó que el gobierno de México actúa para que sean retiradas las boyas antiinmigrante en el Río Bravo. Se actuará conforme al Tratado de Aguas de 1944.

Ron DeSantis, político

El gobernador de Florida y precandidato republicano reiteró su propósito de “utilizar cualquier fuerza”, incluidos drones, contra los cárteles mexicanos, “con o sin la ayuda del gobierno de México”. (Sube y baja, La Crónica de Hoy, La Dos, p. 2)

La Corte / El hilo conductor

Esta semana se planteó el establecimiento de un grupo de trabajo binacional entre los gobiernos de México y Estados Unidos, como resultado de la primera visita oficial de Alicia Bárcena en su nueva designación como nueva secretaria de Relaciones Exteriores con el secretario de Estado, Antony Blinken, en Washington.

Lo anterior, con el propósito de atender asuntos migratorios, como la instalación del “muro flotante” en las aguas del río Bravo colindantes con Texas, las cuales se denunció ya costaron la vida a dos migrantes en su intento de cruce, pese a los esfuerzos del Departamento de Justicia que ha interpuesto una demanda para obligar a las autoridades estatales de retirar estos mecanismos, además de las notas diplomáticas enviadas por el gobierno de México condenando su uso.

Además, las reuniones se extendieron con el consejero de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, y el secretario de Seguridad Nacional, Alejandro Mayorkas, con los que también se habló de asuntos económicos, migratorios y, por supuesto, de seguridad, entre los que se destaca la lucha en contra de la crisis de opiáceos, que se colocó como la droga sintética más letal por sobredosis en ese país.

La interconexión de los desafíos que enfrentan México y Estados Unidos es innegable. La crisis de los opiáceos, el poder del crimen organizado y el flujo migratorio son como hilos entrelazados que tejen una narrativa compleja que demanda atención urgente y cooperación efectiva. En lugar de abordar estos problemas de manera aislada, es hora de reconocer su interdependencia y trabajar juntos para buscar soluciones duraderas.

La tragedia del abuso de fentanilo y otras sustancias relacionadas en Estados Unidos y otras partes del mundo es una tragedia humana que se ha cobrado innumerables vidas y con ello miles de familias rotas. Esta epidemia no es un problema confinado; tiene raíces que se extienden de norte a sur de la frontera. Con Estados Unidos como un mercado insaciable, mal administrado y corrupto, y México como un foco, no sólo de producción de sustancias, sino también de una violencia exacerbada y generacional. La cooperación en la interrupción de las cadenas de suministro y la prevención del flujo de drogas es esencial para abordar esta crisis compartida.

El crimen organizado, impulsado en gran medida por el tráfico de drogas, tiene un impacto directo en el flujo migratorio. La violencia y la inseguridad en ciertas regiones de México impulsan a las personas a buscar refugio en Estados Unidos. Los migrantes, a menudo vulnerables, suelen caer víctimas de redes de tráfico de personas y explotación. Abordar el problema migratorio exige enfrentar las causas fundamentales relacionadas con la inseguridad, el crimen organizado, la desigualdad y la falta de oportunidades.

En última instancia, la relación entre México y Estados Unidos es más que un vínculo diplomático; es una red de desafíos y oportunidades que deben ser enfrentados juntos. La cooperación efectiva en búsqueda del bien común debe convenir a los dos países. La relación asimétrica de poder entre ambas naciones cada vez es más relativa e interconectada, es momento de reinterpretaciones de fondo. (Azul Etcheverry, Excélsior, Nacional, p. 9)

Juventudes: ¿futuro o presente?

En 1999, la Organización de Naciones Unidas (ONU) conmemoró el 12 de agosto como el Día Internacional de la Juventud, con el objetivo de visibilizar la importancia de las juventudes en la toma de decisiones y su participación en la transformación social. Aunque la edad es sólo un número, para ese sector de la población es más que eso: es un concepto socialmente determinado que genera una barrera estructural adultocentrista para excluirles, invalidar su capacidad para decidir y para ejercer sus derechos humanos plenamente.

De acuerdo con reportes de la ONU sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), se calcula que las personas jóvenes serán alrededor de 23 por ciento de la población mundial en 2030. Asimismo, el informe Global Employment Trends for Youth 2022: Investing in Transforming Futures for Young People, de la Organización Internacional del Trabajo, reportó que en 2021 aproximadamente 15 por ciento de la población joven estaba desempleada; mientras las personas entre 20 y 24 años, principalmente mujeres, se encontraban sin empleo ni acceso a la educación. En México, los jóvenes no sólo se enfrentan a las desigualdades económicas y a la falta de acceso a oportunidades laborales, sino también a un fenómeno estructural más grande: la violencia sistémica y extrema en el país.

Por un lado, el incremento de la presencia del narcotráfico ha implicado una cooptación de juventudes que son obligadas a trabajar de manera ilegal, explotada y en contra de su voluntad a cambio de resguardar su vida y las de sus familiares. Asimismo, ha conllevado que haya un desplazamiento interno forzado para escapar de las redes criminales que predominan en sus territorios y buscar otras formas de vida digna. La migración constante e histórica que se ha vivido en América Latina ha afectado no sólo a comunidades y familias, sino a las personas jóvenes que han tenido que migrar de manera interna o hacia otros países para acceder a la educación, en la búsqueda de empleo o de algún medio para sobrevivir a la crisis económica y social que se vive en sus territorios.

Además de los retos y desafíos personales y colectivos que implica, esta situación se recrudece con el racismo y la discriminación social que enfrentan al llegar a un nuevo lugar debido a sus características físicas, de género, origen de procedencia, entre otras. Por otro lado, en aquellos sitios donde hay más oportunidades para las juventudes, permean dinámicas adultocentristas en las que se les considera personas sin conciencia sobre sus actos, sin conocimientos ni saberes y, mucho menos, con capacidad para decidir. Sin embargo, estos prejuicios y estereotipos provienen del adultocentrismo, sistema basado en la visión de personas adultas consideradas como la máxima realización del ser humano.

Esto implica una relación desigual y de poder en comparación con otros grupos etarios (niñez, adolescencias, personas adultas mayores), los cuales son considerados inferiores al no ser lo necesariamente productivos para los intereses de los sistemas capitalista y patriarcal. Sumado a ello, la constante e histórica criminalización hacia las juventudes por ejercer sus derechos a la libertad de expresión, protesta y manifestación han continuado en el país y el resto de América Latina, principalmente en espacios educativos. Esto ha provocado el hostigamiento, persecución política, desaparición e incluso asesinatos de miles de personas jóvenes en la última década, violentando sistemáticamente sus derechos humanos.

Por tanto, hoy como día conmemorativo de las juventudes, es necesario que reflexionemos sobre las condiciones estructurales que limitan el acceso y ejercicio de los derechos humanos de las personas jóvenes; que les reconozcamos como agentes políticos y de transformación social con diversidad de intereses, personalidades y necesidades con base en sus contextos. Y sobre todo, que actuemos para combatir sus problemáticas y las desigualdades que enfrentan desde lo personal, como la salud mental, hasta lo colectivo, como la falta de oportunidades laborales dignas para ellas, elles y ellos. Si no les incorporamos en la toma de decisiones, mecanismos de participación ciudadana y construcción de políticas públicas, las juventudes serán relegadas de las problemáticas que presentan en la cotidianidad y de los desafíos que enfrentarán más adelante.

Necesitamos políticas públicas con enfoque de derechos humanos, perspectivas de género e interseccional que generen condiciones para el libre desarrollo personal de las juventudes y combatan las visiones adultocentristas en cada espacio y lugar. Desde el Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vitoria OP, AC apostamos por el reconocimiento e impulso como agentes políticos necesarios para la transformación social del país y el mundo. Porque las niñeces del pasado son las juventudes del presente y sin ellas, elles y ellos no hay futuro. (Mariana Bermúdez, La Jornada, Opinión, p. 12)

Razones de peso

Los mexicanos de cierta edad y buena memoria recordamos las palabras del ex presidente José López Portillo que, en medio de una crisis económica por la caída de los precios del petróleo, prometió en 1981 “defender el peso como un perro”. Desde luego que no lo hizo. Como todos los priistas de esa época, prometió, mintió y no pasó nada.

Bueno, sí pasó. Esa era la época en que la economía mexicana dependía en gran escala de las exportaciones de petróleo y tenía una enorme deuda externa. Y el éxito o fracaso de la política monetaria de un gobierno se medía por el valor del peso frente al dólar. El peso, tras la perruna declaración, se devaluó de 22 a 70 pesos por dólar.

Para acabarla de amolar, y entre lágrimas, al final de su mandato en 1982 y en su último informe presidencial, López Portillo pidió perdón a “los desposeídos y marginados”, y nacionalizó los bancos. La crisis había llegado a su límite. Y eso rompía mis planes de irme a vivir a Estados Unidos.

“No te vas a poder ir m’hijo”, me dijo mi mamá, casi llorando. “No se puede sacar dinero de los bancos”. No le dije nada, fui a mi cuarto, y detrás de donde guardaba los calzones saqué un sobre blanco. Se lo enseñé a mi mamá con una sonrisa y le conté: “No te preocupes, ayer por la mañana saqué todo el dinero del banco y lo cambié a dólares”.

No era mucho. Apenas unos dos mil dólares. Pero suficiente para irme de México. Además, sentí que le había ganado al Presidente corrupto que había prometido defender el peso y que terminó viviendo, escandalosamente, en la llamada “colina del perro”. Dicen que cuando López Portillo iba a un restaurante, ya como ex presidente, la gente le ladraba. Yo nunca lo vi.

Me fui a vivir a Los Ángeles por un año. Y, cuento corto, ya llevo 40 en Estados Unidos. Como yo, se fueron muchos. Por varias razones. Porque en México no había democracia. Porque en el norte había más posibilidades. Porque México, a veces, ahogaba. Por la violencia, la pobreza, la censura y la desigualdad.

Actualmente en Estados Unidos vivimos unos 11 millones de mexicanos, nacidos en México. Somos los que nos fuimos. Pero no porque quisiéramos. Nadie quiere dejar su casa, su familia, sus amigos, su banda sonora, sus tacos al pastor. Nos fuimos porque había cosas que nos expulsaban de México.

Sin embargo, seguimos más conectados que nunca. El internet, los celulares y decenas de conexiones aéreas diarias nos ponen a un clic o a un salto de los que dejamos atrás. Y nunca se nos olvida enviar dinero.

México es el segundo país del mundo que más dinero recibe de sus ciudadanos en el extranjero, después de la India, según reportó hace poco The New York Times. Enviamos el año pasado más de 61 mil millones de dólares, sobre todo para que en México nuestros familiares pudieran comprar ropa, comida y tener acceso a cuidado médico.

Ya desde diciembre del 2014, reportó Forbes, las remesas han sido la principal fuente de ingresos para México, superando las entradas por el petróleo. Por eso no es exagerado decir que millones de familias mexicanas dependen de los que nos fuimos. Y que la economía de México se sostiene, en buena medida, de los que no viven ahí. ¿Qué sería de México sin las remesas?

Otro cambio importante es que hoy México tiene un peso fuerte. Está a menos de 17 pesos por dólar; es lo mejor cotizado en siete años. Atrás quedaron las terribles crisis financieras causadas por los lloriqueos de López Portillo, y por el desastroso y antidemocrático traspaso de poder en 1994 de Carlos Salinas de Gortari a Ernesto Zedillo. The New York Times atribuye el actual peso fuerte a más inversión extranjera y a las prudentes políticas monetarias del banco central, entre otras razones.

Sí, un peso fuerte hace que los dólares que enviamos a México no alcancen tanto. Aun así, tras una larga historia de caos por un peso fluctuante y débil, una moneda fuerte sugiere estabilidad. Y más para los que alguna vez vimos nuestro destino ligado a la tasa cambiaria.

Muchas veces me he preguntado qué habría pasado si no hubiera sacado mi dinero y comprado dólares en México, un día antes de la nacionalización de la banca y de la congelación de las cuentas en 1982. Quizás nunca hubiera sido un inmigrante. Fueron, al final de cuentas, razones de peso. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p. 8)