Opinión Migración 040923

La DEA está de vuelta

La Drug Enforcement Administration de Estados Unidos (DEA) cumple cincuenta años. Desafortunadamente, su larga historia ha estado marcada por los fiascos y los abusos, tanto al interior de Estados Unidos como en las decenas de países donde opera (actualmente cuenta con oficinas en 67 naciones). La DEA no sólo ha sido la principal promotora global de la fallida estrategia punitiva de combate a las drogas, sino que también se le identifica como una institución corrupta e incompetente, frecuentemente ligada a escándalos. Por citar sólo un ejemplo, en 2022, el director regional en México de la agencia antidrogas, Nicholas Palmeri, fue removido del cargo a sólo 14 meses de haber sido designado. Lo anterior, después de que se descubriera que Palmeri había vacacionado en Miami con un grupo de abogados que representan a algunos de los más connotados narcotraficantes y operadores financieros del crimen organizado. Aunque la DEA intentó inicialmente manejar la destitución de manera discreta, el escándalo se filtró a principios de este año.

Hasta hace algunos años, esta mala reputación, sumada a la progresiva legalización o despenalización de algunas sustancias –y al auge de una nueva narrativa hacia las drogas, enfocada en la salud pública–, hacían pensar que la DEA perdería gradualmente protagonismo y recursos, al interior del aparato de seguridad de Estados Unidos. Sin embargo, en los últimos tiempos, la agencia antidrogas parece tener una renovada presencia en los medios y en el debate público al norte de la frontera.

Parte de este resurgimiento refleja el nombramiento, en 2021, de Anne Milgram como titular de la agencia antidrogas. Milgram, una abogada que había hecho carrera en el sistema de procuración de justicia, ha recurrido a un discurso agresivo y, en ocasiones, simplista, pero sumamente eficaz, en el que los cárteles mexicanos figuran como el gran enemigo público de la salud de los norteamericanos. Gracias a su particular estilo, Milgram obtuvo una confirmación unánime del Senado a los dos meses de haber sido nominada para el cargo por el presidente Biden (desde tiempos de Obama ningún director había sido confirmado, y la DEA se había acostumbrado a ser dirigida por encargados de despacho).

El comeback de la DEA no sólo se explica por la hábil estrategia de comunicación de Anne Milgram. También va aparejado a una crisis real de salud pública: el explosivo aumento del consumo de fentanilo y de las muertes por sobredosis que éste ocasiona. De acuerdo con cifras del National Institute on Drug Abuse, de 2015 a 2021 las muertes asociadas a los opioides sintéticos, categoría que incluye al fentanilo, se multiplicaron siete veces, hasta rebasar las 70 mil.

En este contexto, la semana pasada la DEA anunció una importante actualización en su lista de los diez criminales más buscados. Salieron de la lista algunos de los capos mexicanos más relevantes, de forma destacada Nemesio Oseguera Cervantes, el Mencho, así como el Mayo Zambada. En su lugar se integraron personajes vinculados a la facción de Los Chapitos, del Cártel de Sinaloa, que se especializa precisamente en el trasiego de fentanilo hacia Estados Unidos. Entre los nuevos nombres que aparecen como los más buscados por la DEA está Iván Archivaldo Guzmán, hijo mayor del Chapo.

El renovado protagonismo de la DEA –una agencia con prácticas bastante cuestionables y que sigue enarbolando la vieja estrategia de persecución de capos– es, en términos generales, una mala noticia para México. La DEA presiona y seguirá presionando a las autoridades mexicanas para que enfoquen sus recursos en el combate a las redes de tráfico trasnacional de drogas. Lo anterior irá en detrimento del combate a otras actividades más violentas y más nocivas para la sociedad y las instituciones mexicanas, como la extorsión generalizada. Que Los Chapitos sustituyan al CJNG como blanco prioritario ilustra este cambio.

Sin embargo, en la coyuntura actual, tal vez haya un aspecto rescatable del involucramiento de la DEA. Anne Milgram ha enfatizado que, además de los capos, buscará promover juicios y extradiciones contra las autoridades que los protejan. De forma emblemática, en 2022, el Departamento de Justicia concretó la extradición del expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, ocasión que Milgram aprovechó para mandar una advertencia a todos los políticos que reciban ayuda o financiamiento del narcotráfico para sus campañas. A la luz de estas declaraciones, así como de la intromisión descarada del Cártel de Sinaloa en las elecciones de 2021, es altamente probable que, durante las campañas del próximo año, la DEA busque exhibir cualquier vínculo de Los Chapitos con candidatos o apoyos que los primeros brinden a los segundos. (Eduardo Guerrero Gutiérrez, El Financiero, Nacional, Política y Sociedad, p. 45)

El americano impasible I

Estados Unidos está sufriendo una guerra civil de baja intensidad. Su democracia está bajo asedio por la ultraderecha arrinconada. Hay víctimas mortales en la forma de decenas de inocentes que mueren por crímenes de odio por asesinos para quienes un arma de alto poder es tan accesible como una taza de café. El peligro de secesión es real, como lo demostraron Texas y otros estados del sur reaccionando al resultado de la pasada elección presidencial. La brecha vital entre los militantes de los dos grandes partidos políticos es más grande que nunca, y el rencor y la furia dominan el escenario social como pocas veces en la historia moderna de ese país.

En buena medida, Estados Unidos es víctima de su propio éxito: las élites que la han gobernado por siglos han creado al país más próspero, militarmente más poderoso y más innovador que la humanidad haya conocido. Han logrado construir una imagen de sociedad y nación deseada por muchos países en el mundo, y una mitología artística, deportiva, de celebridades que rivalizan con los panteones de dioses antiguos.

Lo anterior ha atraído una migración imparable del resto del mundo. En números ningún grupo se compara, ni de lejos, con la migración mexicana, pero si vemos la cantidad de directores generales de las grandes compañías estadunidenses, resalta la importancia de la migración india o en las industrias de alta tecnología la migración del este asiático, o en los departamentos de derivados de los grandes bancos, la migración francesa, o en ciencias básicas, la migración rusa. Estados Unidos es el gran imán del talento global, la aspiradora del capital humano que, en un círculo virtuoso para ella, hace más rica a la más rica de las naciones.

En esa economía enormemente poderosa, capaz de crear una riqueza aparentemente imparable, alguien siente que está perdiendo, y que el resto del mundo le está quitando su país: los hombres blancos menos educados. La clase obrera tradicional estadunidense, aquella que floreció de manera portentosa tras la postguerra y que erigió la que es hoy la economía más poderosa del mundo, se siente hoy desplazada por esa misma economía que ya no los necesita como solía hacerlo.

La historia viene de tiempo atrás. Cuando en los años ochenta la base manufacturera estadunidense fue avasallada por aquellos países de industrialización tardía, pero que comenzaron usando tecnologías más actualizadas (como Japón, Alemania y luego Corea), el estadunidense de clase media baja, ligado a la manufactura y a la industria, fue sacudido violentamente. Industrias como la siderúrgica y la automotriz, otrora símbolos del poder norteamericano, se colapsaron y fueron incluso absorbidos por empresas extranjeras. Pero nuestro vecino floreció de nuevo: aquellas industrias dejaron de ser relevantes y una nueva economía se construyó alrededor de las computadoras y sus redes, primero, y después, sobre los contenidos mediáticos y de entretenimiento que se consumen a través de esos artefactos. En puerta está un nuevo impulso, basado en la manufactura automatizada (robots, imprentas) y en la inteligencia artificial. El capitalismo estadunidense, con su centro en Silicon Valley, sigue generando industrias nuevas que hacen palidecer a las que se identificaron con la primera etapa de esplendor de Estados Unidos.

Pero los obreros que necesitan las nuevas industrias, la inteligencia artificial, la automatización, el diseño de chips cada vez más poderosos, son muy distintos a los que requería la fuerza bruta de la siderurgia y la vieja manufactura.

Los nuevos obreros requieren habilidades lógicas-matemáticas que no se encuentran de manera masiva, como la fuerza y las habilidades manuales, y las universidades y la sociedad estadunidense han tenido que abrir su mercado laboral para aceptar trabajadores con esas características de donde puedan encontrarlos. Países con tradiciones educativas que enfatizan esas cualidades, como India, China, Japón, Rusia, Francia, y otras, han contribuido de manera desproporcionada a satisfacer la demanda de las nuevas industrias estadunidense y con ello han hecho que las sociedades urbanas de nuestro vecino se hayan convertido en focos de diversidad cultural y lingüística.

Pero en medio de esa apertura necesaria para atraer el talento global, la capa menos educada de la población blanca, protestante y religiosa de Estados Unidos, es decir, el grupo más numeroso, mas ya no mayoritario de ese país, siente que no encaja, que esa nueva economía ya no es para ellos. Se sienten desplazados de su propio país, y que las oportunidades son para otros, de otras razas, de otras lenguas. Es el vasto Estados Unidos rural, situado en mitad del continente, alejado de las costas, que es en donde esa nueva economía florece, son los rancheros de Nebraska, Arkansas y Wyoming, pero también de Texas, son los herederos de la cultura esclavista de Virginia, Georgia y Tennessee, son los cubanos anticastristas de Florida, que han generado una cultura hiperconservadora en ese estado.

Ése es, en general, el caldo de cultivo en donde Donald Trump, un millonario egocentrista, conocedor de los miedos y los medios, inigualable merolico de mentiras funcionales para sus propósitos de ser adorado y temido, ha tenido un enorme éxito en crear un discurso y un movimiento que amenaza no sólo a la democracia estadunidense, sino incluso a su integridad territorial(Edgar Amador, Excélsior, Dinero, p. 5)

Cartón

Extremos

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(Gregorio, Excélsior, Nacional, p. 12)