En las últimas semanas, se ha hablado de una nueva crisis migratoria en la frontera entre México y Estados Unidos. No obstante, no se trata de un nuevo fenómeno, sino de un culmen más en una problemática permanente. En medio de nuevos máximos históricos y crecientes tragedias, el complejo escenario político que atraviesa Estados Unidos ha exacerbado aún más el problema.
No es novedad que la migración sea un tema central de debate y disputa, más aún en la antesala electoral tanto de México como de Estados Unidos. Contrario a lo que quizás se esperaba, fuera de las primeras semanas tras el fin del Título 42, las políticas implementadas por la administración Biden-Harris no han desincentivado la migración, sino que han generado un entorno aún más problemático.
Ni las amenazas de sanciones por hasta cinco años si no se solicita asilo o refugio desde un tercer país, ni los intentos por agilizar los procesos a través de la aplicación CBP One, ni el uso de centros de procesamiento en países como Guatemala y Colombia han bastado para frenar un problema a todas luces desbordado. Tan solo en los primeros 20 días de septiembre, las autoridades estadounidenses reportaron un estimado de 6,900 detenciones de inmigrantes que intentaron ingresar de manera ilegal al país.
En este escenario, destacan tres factores que pueden complejizar aún más la situación en el corto y mediano plazo. En primera instancia, han habido frecuentes intentos por meter la migración y el tráfico de drogas en una misma bolsa. Tras proclamar oficialmente una invasión de territorio por parte de inmigrantes, el gobernador texano, Greg Abbott, argumentó nuevamente que el motivo de esta decisión recae en proteger a su estado de la entrada de carteles de las drogas. Esta retórica no es nueva, pues con la cruzada contra el tráfico de fentanilo que han encabezado, al menos retóricamente, distintos congresistas Republicanos, se ha realizado un intento deliberado de culpar a los migrantes de esta situación, sin fundamentos sólidos.
Contrario a esta premisa, la mayor parte del fentanilo que entra a territorio estadounidense ingresa por puertos legales. Aunado a ello, también se está presenciando un aumento significativo en el intento de relacionar a inmigrantes con grupos terroristas o extremistas. Esta narrativa, que va a recrudecerse en la medida que se acerquen las elecciones, invariablemente impacta negativamente en la creación de políticas de seguridad y migratorias sustentadas en datos, en la cooperación con México en estas materias y en la criminalización de la población migrante.
En segundo lugar, si bien estos embates han sido mayoritariamente protagonizados por el ala más radical del partido Republicano, llama la atención que la renovada crisis ha provocado también que algunos Demócratas tomen posiciones más duras. El caso más sonado es el de Nueva York, en donde la gobernadora del estado, Kathy Hochul, llegó al punto de hacer un llamado a los migrantes a que “si van a salir de su país, vayan a otro lugar”.
Por su parte, el alcalde Eric Adams, ha ido en contra de las obligaciones jurídicas a las que está sujeta la ciudad de Nueva York al ser una ciudad santuario, argumentando al igual que Hochul que han llegado al límite de lo posible. Políticamente, esta situación se ha convertido en una piedra en el zapato para el presidente Joe Biden, al recibir críticas sobre el fracaso de sus políticas desde sus más allegados, en un momento en el que cada mensaje o decisión podría influir desde la carrera presidencial hasta las elecciones en el legislativo local, donde los Demócratas buscan recuperar los espacios perdidos.
Finalmente, en medio de estas diferencias originadas por la crisis en Nueva York ha destacado una realidad igual de inminente: no hay recursos que basten si no se delinea una estrategia clara a nivel federal y a nivel regional que direccione los recursos económicos y humanos necesarios de manera proporcional y estratégica. Además de ello, Hochul ha destacado que el principal objetivo en estos momentos debería de ser agilizar los procesos legales, ya sea para la obtención de permisos de trabajo o de solicitudes de refugio, para que de esta forma las personas migrantes salgan de la ilegalidad lo más pronto posible.
En medio de los cuestionamientos de Republicanos acerca del gasto del gobierno local y federal en ayuda a inmigrantes, la gobernadora ha argumentado que dicha agilización permitiría que la dependencia del sistema de seguridad estadounidense termine cuanto antes. Considerando que ambos países se encuentran en discusiones sobre la aprobación de presupuesto, sin duda la asignación de recursos a instituciones encargadas de atender la migración también determinará la mejora, o empeoramiento, de la capacidad estatal en esta materia.
En un panorama en donde se conjuntan la desesperación por una vida digna, el oportunismo criminal y las aspiraciones electorales, resulta urgente trascender las fronteras políticas y partidistas. Si bien la migración y los desafíos que conlleva son cuestiones inevitables, su gestión demanda un enfoque compasivo, en donde prevalezca la cooperación y el respeto por los derechos humanos.
Raquel López-Portillo Maltos es Maestra en Gobierno y Políticas Públicas por la Universidad Panamericana, Licenciada en Derecho y Humanos y Gestión de Paz por la Universidad del Claustro de Sor Juana y especialista en Análisis Político, Democracia y Elecciones por el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE). Se ha desarrollado en los sectores público, privado y de la sociedad civil en temas de análisis internacional, seguridad, derechos humanos e igualdad de género. Es Asociada y miembro de la Unidad de Estudio y Reflexión sobre América Latina y el Caribe del Consejo Mexicanos de Asuntos Internacionales (COMEXI). (Raquel López-Portillo Maltos, El Sol de México, Análisis, p. 12 y Ovaciones, Opinión, p. 28)
Chiapas no sufre una invasión criminal solo en su zona fronteriza, como se evidenció hace días a través de videos de un convoy armado desfilando por Comalapa.
El Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, a través de sendos comunicados y el informe “Chiapas, un desastre” que aquí hemos reseñado, ha documentado una situación que va más allá del fenómeno del narcotráfico o meramente migratorio, sino de todo un proceso de destrucción, reconstrucción y reordenamiento que hay que seguir observando.
Al noroeste del estado, en la región Zoque, se ha incrementado la violencia, el alcoholismo y la prostitución. “Se activó la amenaza minera: la Fortun Bay, empresa canadiense propiedad de Wade Dawe, está enviando a sus agentes, abogados, geólogos e investigadores con la intención de reactivar la minería a cielo abierto, por lo que la alerta minera regresa, luego de que en 2019 los ejidatarios expulsaran a la empresa Linear Gold, propiedad del mismo Wade Dawe”, advierte la Asamblea del Movimiento de Mujeres en Defensa de la Madre Tierra, que se reunió apenas a mediados de septiembre.
Mientras que en la región costera señalan un incremento del flujo migratorio y la militarización de la Guardia Nacional, junto con despojos comunitarios invocando “derechos de vía”, para dar paso al Tren Transístmico. “Sigue la amenaza —agregan— del gasoducto que es parte del corredor transístmico y continúa la presencia de las granjas avícolas que continúan contaminando el río San Diego”.
Y en la zona cho’l-tseltal “la desaparición de jóvenes, la migración, el cobro de piso, las amenazas, los asesinatos, la delincuencia, la inseguridad va en aumento exponencial. Los megaproyectos se afianzan en la región con la inauguración del Tren Maya”.
Frente a este asalto planeado o solapado por el Estado, las defensoras reunidas reafirmaron que “a pesar de todo esto, las mujeres seguimos con voluntad para seguir organizadas y animar a más mujeres y jóvenes a seguir este camino por la vida, por la Madre Tierra, por la libertad, en defensa de nuestros derechos. Lo seguiremos haciendo continuando nuestra próxima asamblea con fuerza, alegría, esperanza, amor y mucha dignidad. Desde estas montañas del sureste mexicano latimos con firmeza”. (Diego Enrique Osorno, Milenio, Al Frente, p. 2)
A veces, afirmar que el expresidente estadounidense Donald Trump es un ave de tempestades parecería casi ingenuo.
El hecho es que el estilo personal de Trump, un empresario y político de 77 años de edad, comienza a preocupar.
En los últimos días, el exmandatario y ahora viable candidato presidencial republicano para las elecciones de 2024, lanzó una serie de diatribas y amenazas que, al menos desde el punto de vista de sus adversarios, confirma sus acusaciones de autoritarismo y extremismo.
El magnate anunció que de ser electo, ordenará la mayor operación de deportación de la historia, en el marco de una propuesta política migratoria y cierre de fronteras que ha sido parte de su discurso desde que lanzó su candidatura en 2015.
Puede ser una cuestión estratégica. Después de todo, pese a ser de lejos el puntero en la carrera por la candidatura presidencial republicana, es evidente que hay al menos un sector en ese partido que desearía que el portaestandarte fuese otro.
Pero aunque lleva más de 25 puntos a su más cercano competidor, por ahora la exgobernadora Nikki Haley, la que tal vez sea la mayor ventaja de Trump, es que los demás aspirantes tratan básicamente de presentarse como seguidores de la doctrina de Trump, pero sin sus problemas personales.
En ese sentido, la retórica del expresidente sería también reconfirmar a sus partidarios que no ha dejado de ser quien es, y que el tema migratorio es fundamental del trumpismo.
Es cierto que el exagerado dramatismo y el egocentrismo pueden ser vistos como un problema serio, pero igualmente son parte del bombástico carácter de un personaje poco acostumbrado a aceptar las consecuencias de sus actos.
Y de hecho, la idea de acusar de traición al general Mark Milley, Jefe saliente del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas estadounidense, porque en un momento dado, después del motín trumpista del 6 de enero de 2021, en Washington, dio seguridades a los chinos que EU no los atacaría.
Para Trump fue un acto de alta traición y merecedor de la pena de muerte. De la misma forma, asegura el expresidente, debe investigarse por traición a la empresa Comcast, matriz de la cadena de televisión NBC, por la forma en que reporta sobre las actividades y afirmaciones del republicano.
Trump se ha lanzado también contra el FBI por su papel en pesquisas sobre presuntos delitos cometidos durante su Presidencia, en especial, en relación con las elecciones de 2020.
Pero eso suena más bien a venganza personal, y no son pocos los analistas que ven, en los discursos del magnate, un patrón retórico de quejas y resquemores que inspira a la comisión de actos violentos por sus partidarios.
De entrada, parecería un regalo político para los demócratas, que buscan presentar a Trump como un extremista y hasta como inestable frente a un electorado donde los moderados y los independientes son el factor de triunfo.
Y el que confirma su condición de extremista es el propio Donald Trump. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, p. 25)
Nuestro país enfrenta sin duda alguna enormes retos de política pública -algunos de ellos existenciales- así como un debate inaplazable acerca de la visión y concepción del Estado mexicano camino a las elecciones presidenciales del próximo año. La política exterior -como es el caso prácticamente en todo país más que en coyunturas históricas particulares– ciertamente no definirá cómo acaben votando los mexicanos en las urnas, pero no por ello es menos relevante y no deja de impactar de manera esencial el bienestar, la prosperidad, la seguridad y los intereses nacionales de México.
Por ello es alarmante lo que hemos atestiguado en estas semanas. Han sido diez días –de un sexenio de zozobra en el cual el presidente de la República le ha dado la espalda al mundo, ha ninguneado la política exterior y de paso le ha pintado el dedo tanto al sistema internacional basado en reglas como a las relaciones internacionales – caracterizados por un rosario de errores, dislates, incongruencias y una política exterior a la deriva, con la secuela concomitante de una credibilidad mundial por los suelos.
Veamos. Primero, el presidente no asistió, de nueva cuenta y como ha sido su costumbre, a una cumbre más de un mecanismo clave al cual pertenece México -el G20, en India- y a su quinta Asamblea General de Naciones Unidas al hilo. No faltarán matraqueros de la 4T que argumentan que qué más da, que nada ocurre en estos foros o, como al mismo López Obrador le ha dado por afirmar en su retórica incrementalmente contestataria contra la ONU (atribuyéndole responsabilidad al máximo organismo multilateral por las políticas fallidas en materia de migración global, de paso tratando de tapar el fracaso rotundo y la ausencia de política migratoria integral mexicana con un dedo), que son foros que no hacen “nada”.
Pero veamos lo que sí ocurrió en dos de estos foros la semana pasada. En el G20 se está dirimiendo el tablero y el futuro de las instituciones de gobernanza global frente a otros espacios, como el BRICS ampliado. Y tanto en esta cumbre como en la Asamblea General de la ONU, lo que en ocasiones importa más que nada son los encuentros bilaterales que se efectúan en paralelo entre mandatarios y en los cuales la ausencia del jefe de Estado mexicano implica que nuestro país pierde interlocución y relevancia.
Cuando adicionalmente, como sucedió durante la semana cuando Estados Unidos anunció en Naciones Unidas la creación de otro foro relevante en materia de ciencia, tecnológica, cambio climático y cooperación transcontinental en el Atlántico sur y norte (es decir, con naciones americanas, africanas y europeas) y México fue uno de los pocos países americanos que ni siquiera forma parte de él (falta ver si no fuimos requeridos o peor aún, nos opusimos a participar), los autogoles a nuestra agenda de política exterior, a nuestra posición y peso y a nuestros intereses en el exterior se van acumulando.
Y en la última semana parece haberse cerrado un círculo en la actual visión internacional de nuestro país con el retorno de México al G-77 que agrupa a países de economías en desarrollo, un foro internacional que abandonamos por irrelevante en 1994 cuando ingresamos a la OCDE, y con una foto entre la canciller mexicana y su homólogo ruso en Nueva York cuyo lenguaje corporal dice mucho acerca de la total ausencia de tono diplomático en este gobierno.
Pero para rematar la semana, la inopia con la cual opera nuestro presidente coronó su no presencia en foros internacionales metiendo reversa y anunciando que a pesar de haber confirmado su asistencia, finalmente no acudirá a la Cumbre APEC en San Francisco en noviembre aduciendo, con onanismo diplomático, que Perú participa (y por añadidura, según él, país con el cual “no tenemos relaciones”, cosa que obliga a preguntar en qué momento procedimos a anunciar la ruptura de relaciones diplomáticas), y que por ende México no asiste a un foro transpacífico -la zona geopolítica más relevante del mundo hoy- que agrupa a 20 países miembro más, además de Perú.
Esta última invectiva nos conduce a la cereza en el pastel de estos diez días, dado que no está del todo claro que la verdadera razón de la vuelta en U de López Obrador con respecto a la Cumbre APEC tuviese que ver con la participación peruana, y si en realidad ese argumento no es más que una excusa a manera de cortina de humo para encubrir el hecho de que la diplomacia estadounidense podría haber transmitido a la Ciudad de México que no había condiciones para una bilateral que se celebraría entre López Obrador y Biden al margen de la cumbre en el contexto de la vergonzosa e injustificable decisión de extender la invitación a un contingente ruso para que participara en el desfile del Día de Independencia.
Y es que no es para menos, por mucho que el mandatario mexicano afirme que quienes reprobamos esa decisión hicimos “mucho escándalo” porque criticamos que los rusos desfilaran pero no así el hecho de que China también lo hiciera. Vamos por partes. No cabe duda que el desfile fue un arropamiento de regímenes autoritarios con los contingentes (nicaragüense, cubano, venezolano) que en él desfilaron.
Pero el tema ruso se cuece aparte: es una provocación y bravata internacional dirigida contra nuestro principal socio comercial y vecino y contra la Unión Europea y las naciones que al amparo del Artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas, que consagra el derecho a la autodefensa y la defensa colectiva en casos de agresión internacional, han apoyado a Ucrania a confrontar y repeler la agresión rusa. China no ha invadido a nadie, y tampoco se trata de un tema ideológico o geopolítico.
Desde la última vez que Rusia desfiló durante el bicentenario de nuestra independencia, Moscú ha violado en dos ocasiones -2014 con la anexión ilegal de Crimea y ahora en 2022 con el ataque al resto de Ucrania- el derecho internacional y la carta de Naciones Unidas, invadiendo sin justificación alguna y de manera premeditada a una nación independiente y soberana. Y para más señas, Putin tiene una orden de arresto girada en su contra por la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y de lesa humanidad cometidos por tropas rusas en suelo ucraniano.
Es un hecho incontestable que este último cúmulo de errores y ocurrencias son como un torpedo por debajo de la línea de flotación de la reputación y credibilidad de México en las principales capitales del mundo. Lo que estos diez días aciagos de diplomacia mexicana -o la ausencia de ella- han evidenciado es a un mandatario y a su gobierno sin brújula moral y sin norte geopolítico y, si nos ajustamos a la narrativa presidencial de un mandatario que quiso aventarle el bulto a la Sedena diciendo que eran ellos quienes habían invitado a los contingentes militares al desfile, con un gabinete que no se coordina, que no socializa o arropa decisiones.
Sobre todo revelan que este “estilo” particular de diplomacia presidencial lopista rancia, de la diatriba y desidia sí le pasan factura a nuestro país. Biden no come lumbre y tendrá clara la prioridad de seguir garantizando, en momentos en los que vuelven a aumentar de manera vertiginosa -y electoralmente peligrosa- los flujos migratorios hacia EEUU, que la relación con México no se descarrile.
Pero si el runrún que corre aquí en Washington en el sentido de que se habría decidido mandar una señal no pública de malestar a Palacio Nacional cancelando la reunión bilateral contemplada entre el mandatario estadounidense y su contraparte mexicano en el marco de APEC en noviembre (lo cual el propio López Obrador podría haber de facto confirmado al pedir públicamente a Biden -cuando anunció que no acudiría a APEC– que viniese a México o que se reuniesen en Washington más tarde en noviembre), algunos de los costos podrían estar ya a plena vista.
Y si tomamos en cuenta que en una encuesta levantada en el verano entre votantes estadounidenses que se identifican como Republicanos, 46 por ciento (comparado con 18 por ciento en 2021) afirma que México es “percibido” como un “enemigo” de EE.UU, no les cuento lo que las imágenes de soldados rusos en la plancha del Zócalo harán para las percepciones de nuestro principal socio comercial acerca de México, en la antesala de una elección presidencial. (Arturo Sarukhán, El Universal, Opinión, p. A15)
Trump, el defraudador

(Llera, Excélsior, Nacional, Editorial, p. 12)
Narco empleador

(Rictus, El Financiero, Nacional, Política y Sociedad, p. 32)
Migración

(Kemchs, El Universal, Opinión, p. A14)