Opinión Migración 071223

Kiosko

“Se lava las manos” gobierno de Sonora de atención a migrantes

Desde Sonora, nos cuentan, que tanto el gobierno federal como el gobernador Alfonso Durazo Montaño (Morena) nomás “no atan, ni desatan” en el tema migratorio, pues prácticamente han dejado “rascarse con sus propias uñas” a los municipios fronterizos de Sonoyta, Peñasco y San Luis Río Colorado. Nos explican que ambas autoridades se han hecho “de la vista gorda” con la creciente industria de trata humana derivada del tránsito desmesurado de extranjeros hacia la frontera de Sonoyta, Sonora-Lukeville, Arizona, donde la movilidad llegó al tope por la medida del gobierno de Estados Unidos de cerrar temporalmente ese cruce fronterizo y quienes se llevan la peor parte son los migrantes varados en esa región del desierto. ¿A alguno se le ocurrirá hacer un acuerdo diplomático? (Kiosko, El Universal, Estados, p. A15)

Prima Facie / Otra respuesta desacertada

El reciente cierre del cruce fronterizo entre Lukeville, Arizona (EU), con Sonoyta, en Sonora (México), debido a restricciones impuestas por el Gobierno de la Unión Americana ante el creciente flujo de migrantes, avivó la discusión sobre la crisis en materia migratoria.

Con esta medida —que se suma al cierre del Puente Internacional 1 de Eagle Pass, Texas, y Piedras Negras, Coahuila, en noviembre pasado—, las autoridades estadounidenses buscan atender un flujo migratorio abrumador, que ya rebasa la capacidad de agentes en dicha zona.

Sin embargo, lo anterior no es más que otra respuesta desacertada a una situación mucho más compleja, que obedece a causas multifactoriales. Recordemos que la crisis migratoria se alimenta de factores como la inestabilidad política, la violencia, el cambio climático y la búsqueda de oportunidades económicas.

Esta situación ha generado un impacto humanitario alarmante, exponiendo a las personas migrantes a peligros, explotación y vulnerabilidad extrema. La crisis no se soluciona con muros ni cierres de fronteras. Es crucial abordar las causas subyacentes, como pobreza, violencia y falta de oportunidades en los países de origen.

El Gobierno de México, a través del presidente Andrés Manuel López Obrador, ha encabezado esfuerzos importantes al respecto, como la Cumbre Migratoria de Palenque, realizada en octubre del presente año, en la que líderes y representantes de varios países latinoamericanos se reunieron para buscar soluciones colectivas y regionales para abordar este desafío.

A su vez, el Gobierno del presidente Joe Biden también ha promovido acciones relevantes, como el anuncio de una inversión superior a los 450 millones de dólares del año fiscal 2022, a través de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), a fin de implementar estrategias que aborden las causas fundamentales de la migración en Centroamérica.

Las acciones restrictivas son y serán siempre respuestas erróneas que perpetúan esta crisis. La única vía es seguir impulsando una política basada en la empatía y el respeto por la dignidad humana, alejada de la criminalización de las y los migrantes.

Si bien buscan controlar el flujo migratorio, el cierre de cruces fronterizos también tiene repercusiones negativas en el intercambio económico y social entre regiones. De ahí la necesidad de un enfoque colaborativo, con políticas que respeten los derechos humanos y ofrezcan vías seguras para las personas que se ven obligadas a emigrar.

Ante tales cierres, México enfrenta el desafío de gestionar este flujo migratorio y proteger los derechos de quienes transitan por nuestro territorio. Al mismo tiempo, como sociedad, la crisis migratoria nos desafía a encontrar soluciones inclusivas, con respeto a los derechos humanos, porque a final de cuentas no solo es un problema de fronteras, sino también un llamado a reconectar con la dignidad de las personas y la justicia social. (Ricardo Monreal Ávila, 24 Horas, Estados, p. 11)

Pepe Grillo

Dictador por un día

Donald Trump hace planes para su regreso a la Casa Blanca. El republicano, líder de las encuestas, dijo que cuando retome el poder no será un dictador. O bueno, sí lo será, pero solo por un día para poder cerrar la frontera con México.

La declaración nos recuerda que la batalla político-electoral en el vecino país entre demócratas y republicanos tendrá como uno de sus ejes la frontera con México, en sus apartados de tráfico de fentanilo, migrantes ilegales y presuntos terroristas. Los planes del Trump dictador por un día lo confirman. (Pepe Grillo, La Crónica de Hoy, Columnistas, p. 3)

Biden, doble inhumanidad

El presidente Joe Biden afirmó que el financiamiento para la guerra en Ucrania es un asunto muy serio para él, y que está dispuesto a hacer concesiones significativas a la agenda xenofóbica del Partido Republicano en torno al tema migratorio con tal de que los legisladores de ultraderecha destraben los fondos destinados al envío de armas a Europa oriental y al sostenimiento del régimen de Volodymir Zelensky.

Con estas declaraciones, el mandatario demócrata consuma la traición a sus votantes, a quienes prometió revertir las draconianas medidas antimigrantes instauradas por su antecesor, Donald Trump. Pese a que en el discurso Biden y sus funcionarios se distancian del magnate, los hechos muestran que durante su administración se ha mantenido una suerte de trumpismo sin Trump: desde marzo de 2020 hasta abril de este año, se llevaron a cabo 2.8 millones de expulsiones de indocumentados, y apenas en octubre pasado la Casa Blanca derogó 26 leyes federales con tal de extender permisos para construir hasta 32 kilómetros de obstáculos al tránsito fronterizo en el condado texano de Starr, colindante con Tamaulipas.

 

Esta forma de continuidad del sueño trumpiano de levantar un muro desde el Golfo de México hasta el océano Pacífico fue calificado por el presidente Andrés Manuel López Obrador como un retroceso en materia de política migratoria, que responde a las presiones de la clase política y el electorado conservador para frenar en seco la llegada de personas a través de la frontera sur.

La rendición del gobierno demócrata a las peticiones retrógradas del conservadurismo es una tragedia en sí misma, pero resulta peor que el sacrificio de millones de seres humanos cuya única aspiración es mejorar sus condiciones de vida no se produzca para lograr algún bien (por ejemplo, para abrir conversaciones serias en el Capitolio acerca del urgente control de las armas de fuego), sino a fin de seguir enriqueciendo a la industria de la muerte y prolongar la guerra de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) contra Rusia, en la que se usa a los ucranios como carne de cañón de los intereses occidentales. Se trata de una propuesta macabra: violar los derechos humanos de los solicitantes de refugio a cambio de obtener dinero para violar los derechos humanos de los soldados y civiles ucranios y rusos.

De consumarse el acuerdo bipartidista sugerido por Biden, los contribuyentes estadunidenses financiarán un doble despropósito: tirar miles de millones de dólares en frenar la entrada de trabajadores que la economía de la superpotencia requiere de manera apremiante, y tirar muchos más en extender un conflicto estancado, imposible de ganar mediante las armas, y que sólo puede resolverse en la mesa de negociaciones. (Editorial, La Jornada, p. 2)

La rabia de los outsiders

ÁMSTERDAM. Uno de los mayores errores que cometí como periodista fue subestimar a Geert Wilders, ahora líder (y único miembro formal) del partido más votado de los Países Bajos, con posibilidad de convertirse en el primer primer ministro de ultraderecha que haya tenido el país.

Entrevisté a Wilders en 2005 para mi libro, Murder in Amsterdam, sobre el asesinato a manos de un extremista musulmán del cineasta Theo van Gogh. En aquel momento, el Partido para la Libertad (PVV), que Wilders fundó en 2006, todavía no existía. Pero me interesaba oír las ideas de un crítico declarado del Islam y de los inmigrantes de origen musulmán.

Francamente, pensé que era un pelmazo sin futuro político y decidí no citarlo en mi libro. Como a la mayoría, me llamó la atención su peinado extravagante. ¿Por qué un hombre maduro, miembro del parlamento, querría teñir de rubio platino su bella melena oscura? Pero en realidad parece que en este tema ha sido una especie de precursor. Los posteriores triunfos de Donald Trump y Boris Johnson demostraron la importancia de la diferenciación visual, de tener una imagen de lunático reforzada por un peinado extraño. (Tal vez hayan sido preanuncio el bigotín de Hitler o, incluso, el flequillo de Napoleón.)

Pero el cabello de Wilders admite otra interpretación. En 2009, una antropóloga holandesa y experta en Indonesia, Lizzy van Leeuwen, sostuvo que tal vez Wilders estuviera ansioso de ocultar sus raíces eurasiáticas. Su abuela materna era en parte indonesia. Sus abuelos habían tenido que abandonar las colonias holandesas en las Indias Orientales perseguidos por sus malos manejos financieros.

Por supuesto que usar algo de esto contra Wilders sería injusto. Puede que la cuestión racial no tenga nada que ver. Pero entre los eurasiáticos de las excolonias holandesas mencionadas hay una historia de sentimiento antimusulmán de ultraderecha, que puede ayudar a poner en contexto las posiciones políticas de Wilders.

Los eurasiáticos (o indos, como se los denominaba) nunca gozaron de la aceptación plena de los indonesios ni de sus amos coloniales holandeses. Eran considerados outsiders. Era común que los más formados anhelaran integrarse, volverse insiders. El resultado fue, muchas veces, la aversión al Islam, religión mayoritaria de las Indias Orientales holandesas, y un nacionalismo holandés extremo.

Muchos miembros del partido nazi holandés de la colonia durante los años 30 eran de ascendencia eurasiática. Como señala Van Leeuwen, el partido permitía a los indos ser “más holandeses que los holandeses”.

Tal vez Wilders no sea un fascista, pero su obsesión con la soberanía, la pertenencia nacional y la pureza cultural y religiosa tiene una relación de larga data con los outsiders. Muchas veces los ultranacionalistas salen de la periferia: Napoleón (Córcega), Stalin (Georgia), Hitler (Austria). Los que anhelan integrarse suelen convertirse en enemigos implacables de quienes están más lejos del centro que ellos mismos.

Wilders no es una rareza, ni siquiera en los Países Bajos. En 1980, Henry Brookman fundó un ultraderechista Partido del Centro holandés, para oponerse a la inmigración, en particular la musulmana. Brookman también tenía ascendencia eurasiática, lo mismo que otra política de derecha, Rita Verdonk, que fundó en 2007 el partido Orgullosos de los Países Bajos.

Otra política con la que puede ser útil comparar a Wilders es la exministra del interior británica, Suella Braverman. Como hija de inmigrantes (outsiders por partida doble, primero como indios en África y luego como afroindios en el Reino Unido), su animadversión contra los inmigrantes y los refugiados que “invaden” el Reino Unido puede parecer desconcertante. Pero también, en su caso, es posible que el anhelo de pertenencia tenga algo que ver con sus posturas políticas.

La entrada de Braverman al establishment británico y su ascenso dentro del Partido Conservador son prueba de una mayor apertura del Reino Unido a los outsiders. Lo que no es tan loable es que sus ideas de derecha intransigente en materia migratoria se hayan vuelto un componente normal de la política conservadora, o que tories de piel blanca no hayan puesto reparos a usar a una ambiciosa hija de inmigrantes para promover una agenda xenófoba (al menos, hasta que su retórica incendiaria se tornó demasiado embarazosa).

Hasta hace relativamente poco, a los partidos y políticos ultranacionalistas los marginaban los partidos conservadores tradicionales, o se los descartaba, como le sucedió en 1968 a Enoch Powell, el político británico que predijo que si la inmigración de no blancos no se detenía, habría «ríos de sangre». Se los trataba como outsiders políticos, sin importar sus antecedentes familiares.

Pero era allí precisamente donde, para cada vez más votantes desafectos, radicaba su atractivo. Los partidarios del Brexit y Trump lo aprovecharon en 2016, y Wilders lo aprovecha ahora.

Sin embargo, nada de esto se daría sin el cinismo que han exhibido en las últimas décadas los partidos conservadores tradicionales. Temerosos de perder votantes a manos de la ultraderecha, comenzaron a rendir pleitesía a sus prejuicios contra los “holgazanes” extranjeros, la amenaza musulmana a “los valores judeocristianos”, la cultura “woke” de las grandes ciudades o “las personas sin raíces”. Pero era más que nada retórica: los partidos conservadores siguieron al servicio de los intereses de los ricos y de las grandes empresas. Esto sólo alimentó la rabia de aquellos que se sentían tratados como outsiders y anhelaban un outsider que hiciera volar por los aires el viejo orden.

En el pasado, los partidos conservadores neerlandeses, por ejemplo el Partido para la Libertad y la Democracia (VVD), han enfrentado este problema negándose a gobernar con extremistas como Wilders. El VVD también se plantó en defensa del internacionalismo, la Unión Europea, el apoyo militar a Ucrania y la lucha contra el cambio climático. Wilders se opone a todo eso.

Lo que cambió es que el VVD, con la esperanza de proteger su flanco derecho, adoptó una postura más dura en materia migratoria e insinuó que después de todo, tal vez sea posible gobernar con outsiders furiosos (postura que por el momento han revertido, pero ¿por cuánto tiempo?). Ahora que la puerta quedó abierta, y que la inmigración se convirtió en tema electoral, Wilders consiguió una victoria aplastante.

Lo irónico en esta triste historia es que Dilan Yeşilgöz, la líder del VVD que permitió que esto sucediera, nació en Ankara de madre turca y padre kurdo. Pertenece exactamente a la clase de ciudadanos neerlandeses que Wilders se juró erradicar. (Ian Buruma, El Economista, Finanzas Globales, p. 32)

Cartones

Bromas

(Gregorio, Excélsior, Nacional, p. 10)