Que más de un funcionario de la 4T alzó la ceja ante el comunicado de la Casa Blanca del fin de semana en el que sostiene que sí cerrará la frontera con México si se rebasan los 5 mil cruces diarios de indocumentados durante una semana continua, de acuerdo con la propuesta que el gobierno de Joe Biden negocia con los republicanos en el Senado de ese país para liberar la ayuda multimillonaria a Ucrania e Israel. La sorpresa viene porque uno de los acuerdos en la reunión de alto nivel en Palacio Nacional en diciembre pasado fue precisamente no afectar el comercio bilateral tomando como pretexto el tema de la migración. (Trascendió, Milenio, Al Frente, p. 2)
El presidente Joe Biden declaró que en cuanto “el Congreso se lo ordene” cerrará la frontera con México; Donald Trump quiere ser más duro que él y le exige a Biden que la cierre sin esperar la decisión del Congreso; en el Capitolio lo que están negociando, en realidad, es qué tanta será la ayuda a Ucrania e Israel a cambio del endurecimiento de la lucha contra la migración en su frontera sur.
Los datos no dejan de ser brutales y terminan justificando esa dureza: en 2023 fueron detenidos por autoridades de Estados Unidos al intentar cruzar su frontera sur poco más de dos millones de migrantes ilegales, la mitad de ellos, cerca de un millón, provenían de México o Venezuela. La migración de mexicanos hacia la Unión Americana alcanza cifras récord, mientras que la de venezolanos llega a niveles catastróficos: desde que inició el chavismo han emigrado casi 8 millones de venezolanos, o sea, casi uno de cada cuatro venezolanos ha tenido que abandonar su país. Según datos oficiales de la Patrulla Fronteriza, entre octubre del 2022 y septiembre del 2023 (el último año fiscal de Estados Unidos) fueron detenidos cruzando de México hacia la Unión Americana 717 mil 300 mexicanos y 266 mil venezolanos, 213 mil hondureños, 159 mil colombianos y cien mil nicaragüenses.
En México festinamos el constante incremento de las remesas (unos 60 mil millones de dólares en 2023) como un logro del gobierno, en realidad es una demostración de su fracaso y de ese flujo constante de paisanos buscando un futuro mejor al otro lado de la frontera, porque un gobierno que dice que primero están los pobres no les puede garantizar seguridad, empleo o salud.
Pongamos números a esta tragedia que vivimos: más de 700 mil mexicanos han sido detenidos intentando cruzar la frontera sólo este último año, no sabemos cuántos, me imagino que por lo menos una cifra similar logró hacerlo sin ser detenida; unos 12 millones de mexicanos viven hoy en Estados Unidos, poco más del 8 por ciento de nuestra población; otros 170 mil mexicanos han sido asesinados en lo que va del sexenio y 40 mil están desaparecidos, hay además unos 50 mil cadáveres sin identificar en los distintos servicios forenses; unos 700 mil compatriotas murieron como consecuencia de la pandemia de covid-19 (uno de los porcentajes más altos del mundo). La mitad de la población se ha quedado sin acceso a los servicios de salud; la depauperación de la educación es evidente y se refleja en estudios como las pruebas PISA; por lo menos un tercio del territorio, según el comando norte de los Estados Unidos, está bajo control de los grupos criminales, y no es una especulación, lo vemos cotidianamente.
Las dos fronteras, la norte y la sur van a estallar, por distintas razones, pero sin un radical cambio de política entrarán en una crisis mayor que la actual. En nuestra frontera sur, buena parte de ese territorio no está bajo control de las autoridades y más de dos millones de migrantes cruzan ilegalmente cada año (algunos especialistas elevan la cifra hasta cuatro millones). Las autoridades en realidad no hacen nada para detenerlo, a veces hay mayor control, a veces no y todo suele depender de cómo vaya la agenda coyuntural con Estados Unidos, pero esa permisividad, sumado a la estrategia de abrazos, no balazos, es lo que explica que el crimen organizado se haya hecho cargo del tráfico de personas.
Hace tiempo que ese flujo migratorio dejó de moverse espontáneamente: hoy es controlado por el crimen organizado en colusión con autoridades, sobre todo, locales. La semana pasada cuando elementos del Ejército mexicano detuvieron al jefe de plaza de Tapachula de la fracción de El Mayo Zambada, un personaje apodado El Memo, que se dedicaba a una extensa actividad criminal, pero sobre todo al tráfico de migrantes y al secuestro de mujeres para explotarlas sexualmente –la propia información especificaba que este personaje, que ya había sido detenido y liberado en varias ocasiones, la última a fines del 2023–, operaba amparado en la complicidad de la Secretaría de Seguridad Pública local, de la fiscalía del estado y de elementos de la FGR allí destinados. Que sepamos, ningún funcionario de esas instancias de gobierno ha sido procesado por ello.
No es un caso aislado, no se puede mover a, por lo menos, dos millones de personas al año por todo el territorio nacional sin una enorme red operativa y otra tan grande como ella de corrupción y colusión con los criminales. Y esa red nace en la frontera sur y termina en la norte, cruzando todo el país.
En la frontera norte, el nearshoring y las inversiones son una realidad, pero pensar que éstas se asentarán en toda esa región del país sin garantizar su seguridad (además de la energía, el gas y el agua) es ingenuo. Y ese enorme movimiento migratorio sin control, nos guste o no, es un desafío a la seguridad nacional de México y de Estados Unidos, sobre todo cuando buena parte del mismo proviene de países que están en franca confrontación con la Unión Americana: Venezuela, Cuba, Nicaragua, entre otros, protegidos por el gobierno de México.
La enorme mayoría son perseguidos por sus gobiernos o por el hambre, pero con ellos pueden migrar personajes de todo tipo. Por eso, desde Biden hasta Trump no habrá dudas de cerrar buena parte de la frontera si es necesario. El problema es que esos gobernantes deben garantizar, al mismo tiempo, que la creciente ola de inversiones y cadenas productivas integradas que existe de este lado de la frontera siga funcionando y ése es otro imperativo estratégico. Y no dude que lo harán respetar. De la forma que sea. (Jorge Fernández Menéndez, Excélsior, Nacional, p. 8)
Algo muy grave está sucediendo en Estados Unidos que los mexicanos no hemos dimensionado, o no hemos querido hacerlo. A diferencia del pasado, nuestro país es uno de los temas políticos más importantes en el vecino del norte. Para mal.
Recuerdo que, cuando cubrí la elección presidencial estadunidense en 2008, reportaba cómo México, a diferencia de China, Rusia o Israel, no era un tema en la agenda política de las campañas. Me congratulaba por eso. Con Estados Unidos es mejor navegar bajo el radar que estar metido en la boca de políticos cada vez más bocones.
Ocho años después, en la elección del 2016, eso cambió radicalmente. El empresario Donald Trump anunció su candidatura a la Presidencia poniendo el tema migratorio en el centro de su agenda y caracterizando a los mexicanos como “violadores”. Ya sabemos el desenlace. Trump ganó la elección y se convirtió en un dolor de muelas para México. Estuvo a punto de sacar a Estados Unidos del Tratado de Libre Comercio, consideró invadirnos para combatir a los cárteles de las drogas, insistió en la construcción de un muro fronterizo que nosotros pagaríamos y exitosamente presionó al gobierno mexicano para contener la ola de migrantes indocumentados al sur de su frontera.
Como se diría en el argot taurino, “lo capoteamos”, pero a un costo altísimo.
Bueno, pues esa rudeza en contra de México se ha generalizado en todo el Partido Republicano, hoy controlado por Trump. La visión dura del control fronterizo también ha permeado en toda la sociedad estadunidense, lo cual ha llevado a que el Partido Demócrata y la actual Presidencia de Joe Biden también lo hayan hecho.
El viernes pasado, presionado por las negociaciones en el Congreso donde los republicanos (que tienen mayoría) quieren condicionar la ayuda bélica a Ucrania a cambio de recursos para controlar la frontera con México, Biden publicó una carta en la que argumenta que dicha frontera está rota y ya es hora de arreglarla.
El mandatario quiere que el Congreso le apruebe un “conjunto de reformas más duras y justas para asegurar la frontera que jamás hayamos tenido en nuestro país. Me daría, como presidente, una nueva autoridad de emergencia para cerrar la frontera cuando se vea abrumada. Y si tuviera esa autoridad, la usaría el día que firme el proyecto de ley”.
Es exactamente lo que está proponiendo el que, con toda seguridad, será el candidato republicano a la Presidencia este año, es decir, Trump, quien promete cerrar la frontera el primer día de su segundo mandato si gana.
¿Cerrar la frontera? ¿De verdad?
¿Se imagina usted el caos económico y social que esto generaría para México?
Millones de personas pasan de manera legal a trabajar todos los días de nuestro país a Estados Unidos. La frontera es la más activa comercialmente de todo el mundo. Alrededor de mil quinientos millones de dólares de exportaciones mexicanas cruzan al vecino del norte, en promedio, por día. Otro tanto viene de allá para acá de importaciones.
Biden está solicitando más fondos para el control fronterizo: “Esto incluye mil 300 agentes de patrulla fronteriza adicionales, 375 jueces de inmigración, mil 600 oficiales de asilo y más de 100 máquinas de inspección de última generación para ayudar a detectar y detener el fentanilo en nuestra frontera suroeste”.
Ya es hora de que los mexicanos nos tomemos muy en serio que, para Estados Unidos, los temas de la migración y el fentanilo son centrales de las campañas. Y no es sólo Trump. Ahora son todos, incluyendo a Biden.
Se viene duro.
El viernes, la agencia estadunidense que regula la aviación alertó que podría negar la renovación del acuerdo operativo entre Aeroméxico y Delta. Esto debido a las medidas unilaterales del gobierno de López Obrador en materia aeronáutica. El comunicado pone un especial énfasis en los disparates que ha hecho nuestro Presidente para desincentivar el uso del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) a fin de darle más movimiento al aeropuertito que él construyó (el AIFA). Se menciona la directriz de prohibir los vuelos de carga al AICM y la reducción de slots de aterrizaje y despegue en este aeropuerto.
De prohibirse la alianza de Aeroméxico con Delta, sería un golpe enorme a la principal línea aérea nacional. Pondría en peligro su viabilidad económica. Y, como siempre ha sido el caso en este sexenio, los principales afectados serían los pasajeros.
Pero este Presidente ya no va a cambiar. Les tocará a las candidatas presidenciales abrir los ojos y empezar a prepararse, porque la que gane tendrá que lidiar con políticas públicas muy adversas de Estados Unidos para México. Están metiendo dura la pierna y esto, me temo, apenas comienza. (Leo Zuckermann, Excélsior, Nacional, p. 9)
Después de la campaña de 2016 y cuatro años de horror para migrantes en Estados Unidos, el presidente Biden intentó cambiar algunas políticas públicas y al menos matizar el tono antiinmigrante que Trump había impuesto. No es mucho lo que se puede hacer a partir de leyes que no han reformado hace décadas.
Las nuevas oleadas de migrantes desde la pandemia han puesto en crisis a varias ciudades de ambos lados de la frontera y han dado gasolina al movimiento trumpista y antiinmigrante en el camino a la nueva elección.
Desde hace algunos meses, convocados por el gobierno, un pequeño grupo de legisladores de ambos partidos se comenzaron a reunir en secreto para intentar construir un paquete legislativo acorde a estos tiempos y que al menos comenzara a solucionar algunos de los problemas actuales.
Hasta donde se supo, había acuerdos que satisfacían a ambos partidos y la negociación, no sin dificultades, avanzaba por ser un paquete que incluía peticiones de ambos bandos. Hasta que Trump comenzó a ganar en las primarias republicanas y a quedarse solo en aquella carrera, y entonces lanzó un claro mensaje a los legisladores de su partido: no firmen nada.
El presidente Biden reaccionó el viernes pasado con un comunicado: “Seamos claros. Lo que se ha negociado sería —si se convierte en ley— el conjunto de reformas más duras y justas para asegurar la frontera que jamás hayamos tenido en nuestro país. Me daría, como presidente, una nueva autoridad de emergencia para cerrar la frontera cuando se vea abrumada. Y si tuviera esa autoridad, la usaría el día que firme el proyecto de ley”.
“Además, el Congreso necesita finalmente proporcionar los fondos que solicité en octubre para asegurar la frontera. Esto incluye mil 300 agentes de patrulla fronteriza adicionales, 375 jueces de inmigración, mil 600 oficiales de asilo y más de 100 máquinas de inspección de última generación para ayudar a detectar y detener el fentanilo en nuestra frontera suroeste”.
“Asegurar la frontera a través de estas negociaciones es una victoria para Estados Unidos. Para todos los que exigen un control fronterizo más estricto, esta es la manera de hacerlo. Si se toma en serio la crisis fronteriza, apruebe un proyecto de ley bipartidista y yo lo firmaré”.
Queda claro que Biden promete una dureza semitrumpiana, sabedor de que el ánimo público es lo que redituará votos este año.
Punto para Trump. (Carlos Puig, Milenio, Al Frente, p. 2)
Y, mientras sigue la tensión en Morena por las candidaturas a decidir, ¡hasta mañana, con Joe Biden y Donald Trump jugando a las vencidas con la frontera mexicana y la migración como pretexto! (Julio Hernández López, La Jornada, Política, p. 8)
Diversos estudiosos han concluido que las crisis migratorias que sufre el planeta entero no se puedan resolver mediante la construcción de muros y puentes medievales, o con piezas oratorias satanizando y denostando a quienes buscan una mejor vida en otras latitudes. El problema, lo han dicho, es una cuestión estructural que en EU se exacerba cada cuatro años. Alimentarse cada cuatro años con la desgracia de millones de migrantes es una necesidad vital para el sistema político y crece conforme las condiciones para ganar las elecciones son más complicadas.
La novedad es que la batalla ya no se centra en Washington, sede del gobierno federal, responsable de fijar y ejecutar la política migratoria, según reza la Constitución. Recientemente los gobernadores de Florida y de Texas, decidieron saltarse esa norma y establecieron una serie de medidas draconianas contra los migrantes. Este último llegó al exceso de tender alambres de púas y boyas a lo largo del territorio texano que colinda con la frontera mexicana, cuyo resultado es que al menos cuatro vidas se han perdido por esa causa. No le importó que la Suprema Corte le diera órdenes de quitar esas trampas mortales argumentando que Texas es un estado soberano, por lo que tiene el derecho de establecer su propia política migratoria al margen de la federal.
El diferendo contaminó las discusiones relacionadas con la aprobación del presupuesto federal. Los legisladores republicanos exigen que, para aprobarlo, no sólo se incluya la ayuda que el presidente ha prometido a Ucrania para detener la invasión rusa, sino también cuantiosos recursos destinados para desarrollar un programa que frene la migración en la frontera con México. El chantaje ha ocasionado una vez más que el presupuesto quede en el limbo, creándole un grave problema a Joe Biden quien tendrá que encontrar una fórmula para que el presupuesto sea aprobado, cumplir con las promesas de apoyo a Ucrania, y además evitar tensiones en las relaciones con México. Con Ucrania, porque sin la ayuda prometida lo más probable es que Vladimir Putin aprovechará para ganar la guerra y continuará su marcha hacia Kiev; con México porque compromete las relaciones entre EU y México, que hasta hoy marchan por buen camino en diversos aspectos de la agenda bilateral, uno de ellos la migración.
En una entrevista en la cadena de la televisión pública estadunidense (PBS), la canciller mexicana, Alicia Bárcena, explicó detalladamente los esfuerzos que el gobierno de México ha desplegado para coadyuvar, junto con el gobierno de EU, a la solución del espinoso asunto migratorio. Dio cuenta del avance de las negociaciones que también involucran a varias naciones centro y sudamericanas donde nacen las caravanas de migrantes que atraviesan el territorio mexicano en su paso hacia suelo estadunidense. Bárcena agregó que un desacuerdo pudiera poner en peligro varios aspectos de las relaciones bilaterales. Citó el relativo al comercio, refiriéndose al hecho de que cada minuto atraviesan por la frontera mercancías por valor de 2 millones de dólares que benefician a la economía de ambas naciones. Fue más allá cuando señaló que sólo 25 por ciento del producto del trabajo de los mexicanos en territorio estadunidense se envía a los hogares de los trabajadores en México; el restante 75 por ciento es una aportación directa a la economía de los 50 estados que integran EU. Su intervención no dejó duda alguna sobre la importancia que representan los mexicanos para la economía estadunidense.
Como no podía ser de otra forma, con la xenofobia que le caracteriza, Trump aprovechó para intervenir prohibiendo a los legisladores de su partido llegar a un acuerdo sobre el presupuesto si no incluye medidas contra los mexicanos por la osadía de invadir su país. Es difícil pensar que la solución a la cuestión migratoria se resuelva a pesar de los esfuerzos de los gobiernos de los dos países, pero más aún que las coyunturas electorales, como la actual, prescindan de la excusa de la migración como medio publicitario. Muchos de quienes abrevan de esta situación quedarían en el orfanato si no incluyen en su agenda la satanización de los países al sur del río Bravo. (Arturo Balderas Rodríguez, La Jornada, Política, p. 12)
No, no hablo de los cuatro años en que Donald Trump sacudió al sistema democrático estadunidense, confrontó a la prensa, hizo del tema migratorio y antimexicano una bandera personal y de gobierno, se confrontó con China y consintió el ascenso del supremacismo blanco. No, no hablo de esos cuatro años, sino de los cuatro que vienen.
Si no ocurre algo extraordinario, Donald Trump volverá a ser presidente de Estados Unidos. Pocos mandatarios han tenido un interludio como el suyo, si acaso dos personajes más desde el siglo XVIII. Pero recobrar el poder después del triunfo demócrata de Joe Biden palidece frente a lo que puede ser su nueva administración, una que no tiene absolutamente nada que perder. Si en su primer periodo Trump se contuvo en algo (cuesta imaginar en qué) por cálculo político, esta vez el incentivo es totalmente diferente: radicalizarse, polarizar aún más a la sociedad estadunidense y tomar revancha de todos y cada uno de los que al final de su presidencia lo abandonaron.
Dicen que la prospectiva política no se hace para adivinar el futuro, sino para que éste no nos sorprenda. Trump no puede ni debe sorprendernos. Un segundo mandato estará corrido a la derecha, con la migración ilegal en el centro del discurso. En algún mitin de campaña y refiriéndose a los inmigrantes, Trump utilizó el término envenenan la sangre de Estados Unidos. Jamás sabremos si lo citó de forma deliberada o no, pero envenenar la sangre es una frase de Mi lucha, que Hitler escribiera encarcelado tras su fallido golpe de Estado en los años 20 y que se convirtiera en la biblia del nazismo una vez en el poder. Esa es la dimensión del radicalismo, del peso que tiene hoy el tema migratorio en buena parte de la población estadunidense que está pavimentando el camino de regreso a Trump.
Biden va, en el mejor de los casos, seis puntos abajo en las encuestas. Una gestión gris y la percepción de su avanzada edad, aunque es un poco mayor que Trump, lo están sacando de la contienda aun antes de empezar. Inconcebible para muchos, si se recuerda aquel 6 de enero en el que, instigados por Trump, una turba quiso impedir el traspaso de poderes y con ello romper el orden constitucional. Lo cierto es que tal vez sobrevaloramos la estima que las personas tienen de las instituciones.
A juzgar por las encuestas, millones de personas siguen apreciando más este liderazgo alfa, bulleador de Trump y su cruzada por hacer grande a Estados Unidos otra vez.
Make America great again es una frase que llega al corazón de la generación de la posguerra y de sus descendientes, clase media blanca lentamente pauperizada, que se ha visto forzada a convivir con el inmigrante, lo que choca con el racismo más profundo y enraizado, y tal vez, el rasgo más negativo de la historia de ese país. Lo que en realidad dice ese eslogan de campaña es hacer un Estados Unidos blanco otra vez, un Estados Unidos con decisiones unilaterales en el mundo otra vez; un Estados Unidos donde la producción es doméstica, y un trabajo decente alcanza para lo que alcanzaba en los años 60. En otras palabras, Trump atrapa con la nostalgia, con momentos históricos encapsulados en la memoria de millones de estadunidenses, con un tiempo idílico, sin contrapesos, sin pluriculturalidad, y sin vergüenza alguna por pretenderlo.
Para imaginar el segundo gobierno de Trump hay que abrocharse el cinturón. Todo escenario es factible. A sus casi 80 años y sin posibilidad de relección, no tiene absolutamente nada que perder, y todo por consolidar su poder y legado. Que no extrañe si algún miembro de su familia es preparado para el pase de estafeta en 2028. No extrañe una escalada de violencia en el mundo, de sí atribulado. Que no nos extrañe un muro más alto, un discurso más antimexicano y una sociedad que parece dividida entre quienes apoyan la institucionalidad, la democracia y los derechos y quienes ven en los tres conceptos, lastres para el apogeo americano prometido.
El american dream parece partido en dos sueños irreconciliables, claramente marcados en el mapa azul y rojo, y pilares de algo que cada día se acerca más a una distopía. (David Penchyna Grub, La Jornada, Política, p. 14)
Este año coinciden las elecciones en México y Estados Unidos en un entorno en el que las relaciones bilaterales conforman un complicado escenario para el país. La situación hoy apunta a que el retorno de Trump a la presidencia es factible y lo que eso entraña ha de ocupar, necesariamente, un lugar destacado en la definición del entorno político, tanto externo como interno, que adopte el próximo gobierno. Ya hubo una primera experiencia de trato político con Trump, de enero de 2017 a enero de 2021 y fue tirante, como no podía ser de otra manera por la amplia serie de cuestiones bilaterales y las controversias que se plantearon. Eso requirió un acomodo visible de parte del gobierno mexicano y cuyas repercusiones persisten.
Hay diversos elementos para delinear los espacios de confrontación que pueden crearse a partir de noviembre si Trump gana las elecciones; se han puesto de manifiesto en este sexenio y tienden a ampliarse y profundizarse.
México aparece entre los principales asuntos contenciosos en la política interna de Estados Unidos, entre ellos: la situación que existe en su frontera sur, el creciente impacto del tráfico de estupefacientes y la reconformación de las redes de abastecimiento para la producción en la redefinición en curso de las relaciones económicas y políticas a escala global.
En este entorno, la relación con las políticas que impulsa el Partido Republicano se ha tornado especialmente tensa y con Trump la tensión se acrecentará. Como han señalado los estudiosos del tema bilateral en Estados Unidos, México es visto en ese partido como un peligro para la seguridad nacional y, por lo tanto, no como un aliado, sino como una especie de enemigo. Trump ha señalado que aplicaría la mayor campaña de deportación en la historia de su país; podría reinstalar las medidas del esquema Permanece en México, que exigen a quienes buscan asilo a esperar aquí durante el largo proceso requerido para conseguir dicho estatus. Y, aún más, podría insistir en que sean devueltos quienes quieren asilo, complicando gravemente las condiciones de los grandes flujos migratorios que llegan al país y que son detenidos en la frontera.
La revista The Economist reportó recientemente, en torno a la cuestión migratoria, que en 2023 cerca de 250 mil migrantes cruzaron la frontera con Estados Unidos. Esto habría acrecentado la idea de que la frontera está abierta, poniendo a la administración del presidente Biden en un predicamento en relación con su política de migración, lo que constituye un pasivo en cuanto a su posible relección. Mientras 27 por ciento de las personas que participaron en una encuesta señalaron que aprueban su política fronteriza, casi el doble dijo preferir la que promueve Trump. Esta es una cuestión que el próximo gobierno no puede ignorar y el tiempo apremia.
Para México las corrientes migratorias de Centroamérica y el Caribe son cada vez más conflictivas y exponen las limitaciones de las políticas internas en ese campo; asimismo, exhiben las condiciones de inseguridad pública prevalecientes en el país. La situación no es sostenible por mucho tiempo y tenderá a degradarse. Según una nota de este diario publicada el pasado 27 de enero: sólo de enero a octubre de 2023 se registraron 588 mil 626 eventos de personas en situación migratoria indocumentada. Se trata de la cantidad de veces que los migrantes han ingresado una o más veces al territorio nacional con la finalidad de cruzar a Estados Unidos o pedir refugio en México, según cifras de la Secretaría de Gobernación.
En cuanto al tráfico de drogas, la cuestión del fentanilo ha centrado la atención. Ese producto entró al mercado en 2013 y se considera como el opioide sintético más letal. México aparece como un eslabón en la cadena del fentanilo; en China se produce la gran mayoría de este producto, de sus análogos y sus precursores químicos (sustancias clave para producir narcóticos o sicotrópicos a los que incorporan su estructura molecular). México se ha convertido en un punto de producción de esa droga y otras similares, además de ser una de las mayores vías de tránsito y distribución en Estados Unidos. Entre los políticos republicanos hay quienes abogan por el envío de operativos militares especiales para perseguir a las bandas. En aquel país el asunto de las drogas es crecientemente contencioso y ocupa buena parte de los análisis con respecto a la relación bilateral. Véase, por ejemplo, el testimonio presentado a la Cámara de Representantes por la Brookings Institution en julio de 2023, sobre el papel de México en la llamada epidemia de fentanilo en Estados Unidos. (https://rb.gy/a06m4x).
El saldo comercial de bienes entre Estados Unidos y México ha sido deficitario y creciente para ese país durante muchos años. En 2022 y 2023 el déficit fue del orden de 269 mil millones de dólares. Este es un asunto que, en la visión mercantilista que defiende Trump, puede llevar a usar las presiones comerciales en torno al T-MEC para reforzar otras posiciones en la relación bilateral. Eso no puede descartarse y podría requerir de ajustes en ese terreno o en otros según convenga a una nueva administración de Trump.
Falta muy poco para la elección de un nuevo gobierno que tomará posesión el primero de octubre. No debería plantearse la relación con Estados Unidos de manera inercial, es mucho lo que está en juego, aunque no sea Trump quien llegue a la presidencia y, mucho más, si llega. (León Bendesky, La Jornada, Economía, p. 21)
Anunciaron que ya nos habían dejado salir del manicomio estadunidense con la derrota de Trump con su invitación a un retorno a la normalidad y con los adultos a cargo otra vez, pero resulta que sólo abrieron un manicomio más grande y bipartidista donde los internos han tomado control convencidos de que están sanos.
La complicidad de la cúpula política bipartidista, con algunas excepciones, en el crimen de guerra contra el pueblo palestino mientras justifican todo esto con un menú de palabras que incluyen paz y defensa es verdaderamente increíble, y eso que todos marcaron este fin de semana el Día de Recuerdo del Holocausto, mientras participaban en otro. Para nutrir la locura, la líder demócrata de la cámara baja acusó ayer que el movimiento por el alto el fuego en Estados Unidos es promovido por Rusia y que pedirá a la FBI investigar si Putin lo está financiando.
Mientras tanto, un presidente demócrata decide jugar en el concurso de la derecha de quien puede ser más duro contra los migrantes que se atreven a pasar por la frontera y ahora dice que si le dan la autoridad cerraría la frontera ahora mismo para arreglar todo eso. Su competencia, Trump, le sigue ganando en este juego donde las piezas son miles de familias migrantes reiterando que no sólo sellará la frontera con su muro, sino que llevará a cabo redadas y deportaciones masivas de inmigrantes como nunca antes se ha visto, se advierte que si es electo habrá redadas masivas de inmigrantes y habrá prohibiciones sobre el ingreso de musulmanes de varios países.
En otra parte del manicomio el ex presidente sigue declarando que todo ataque y crítica contra él proviene de un gobierno controlado por comunistas, socialistas y anarquistas, afirma que habrá una limpia profunda del gobierno de todo quien no ha sido leal (a él), y que todo juicio por sus gravísimos delitos, incluyendo un intento de golpe de Estado hasta otro en torno a la violación sexual de una mujer, son políticamente motivados y que un ataque en su contra es un ataque contra Estados Unidos. Anuncia públicamente que si gana otra vez la Casa Blanca, las fuerzas armadas serán usadas para suprimir disidencia y protestas en su contra, y violencia política, otra vez, si pierde.
A la vez, mientras la Casa Blanca realizó la semana pasada un acto enfocado en la falta de control de las armas de fuego, resaltando que las balas son la causa número uno de muertes de los niños en Estados Unidos, sigue siendo el mayor proveedor de armas en el mundo, con mas de 40 por ciento del mercado global.
Mientras los políticos de ambos partidos hablan de paz, abren frentes de guerra no sólo contra Rusia, sino contra China, Irán, Cuba y hasta amenazan con intervenciones militares en México y cualquier otro país que no se someta a las directrices de Washington.
Mientras hablan de derechos humanos y la ley internacional, son cómplices de un genocidio y realizan una ejecución estatal, esta vez con nitrógeno, denunciado por la ONU como un castigo cruel.
Mientras hablan de derechos civiles y la democracia, en más de 14 estados tienen nuevas leyes para limitar el voto, y la derecha intentó promover medidas para suprimir el derecho pleno al sufragio en 47 estados; en el último ciclo escolar se detectaron casi 700 intentos por censurar un total de mil 915 libros en las bibliotecas y escuelas públicas del país. En 24 de los 50 estados han promulgado leyes que anulan, limitan severamente o criminalizan el derecho fundamental de las mujeres al control sobre sus propios cuerpos (en tres están suspendidas esas leyes por acciones judiciales). Ni hablar de la situación de los derechos civiles y económicos de afroestadunidenses, latinos e indígenas del país.
Millones se niegan a aceptar las condiciones dentro del manicomio, y no dejan que los encargados sigan adelante sin actos masivos de disidencia, desobediencia civil y resistencia contra la locura oficial. Por supuesto son calificados de locos por los encargados.
¿Será este el año en que estos locos cuerdos logren empezar a frenar a los enloquecidos del poder y abrir las salidas de emergencia de este manicomio? (David Brooks, La Jornada, Mundo, p. 27)
Hasta el momento de escribir este artículo, es un hecho de que Donald J. Trump pasará a la historia por haber sido el cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos. Aunque no sólo trascenderá por eso, también lo hará –entre otras cosas– por ser el primer expresidente estadounidense en enfrentar cargos criminales. Siete son los juicios que aún están pendientes de resolución en su contra.
El primero –que se tiene previsto que se sepa el veredicto este miércoles 31 de enero– es por el caso en su contra por haber cometido supuesto fraude en el valor de sus activos. El segundo, con fecha de resolución del 4 de marzo, se trata de un proceso criminal que tiene como eje el asalto al Capitolio por parte de seguidores suyos el 6 de enero de 2021, así como otras acciones para intentar revertir su derrota en las elecciones presidenciales de 2020. Es necesario mencionar que, de ser encontrado culpable, la pena podría alcanzar los 20 años de prisión y lo que le imposibilitaría poder ejercer un segundo mandato como presidente estadounidense. De los otros cinco cargos, tres de ellos son procesos catalogados como criminales y lo obligarían a cumplir una posible sentencia en prisión y los otros dos son procesos civiles.
A pesar del panorama previamente descrito y de manera inaudita, a estas alturas queda claro que para una mayoría de republicanos –y no sé si sólo para los republicanos– el tiempo de Donald Trump como presidente de Estados Unidos no fue suficiente. Se respira un ambiente de ansiedad, de motivación y de deseo de que Trump, el único e inefable y quien es capaz de despedir con la misma facilidad a un país y a un asistente, vuelva a la Casa Blanca. Rechazó comportarse como un presidente jubilado y nunca desistió en su intención de regresar al puesto que, por medio de una elección democrática, le fue quitado en 2020. Lo que es claro es que no volverá siendo el mismo; los ocho años que han transcurrido desde su victoria electoral y su posterior derrota serán suficientes para, en caso de que gane, ver una versión renovada –no sé si para bien o para mal– de Donald J. Trump.
Quien finalmente se sobreponga en las elecciones estadounidenses de este año se dará cuenta de que tendrá el encargo de gobernar la sombra de un país que un día fue el más poderoso de la Tierra, pero que ahora mismo está sumergido en un mar de contradicciones donde la posibilidad de que Trump vuelva a ser presidente no es la menor de ellas. La realidad es que quien consiga posicionarse como el cuadragésimo séptimo presidente de Estados Unidos de América, lo hará ocupando un puesto que no es más que la representación del recuerdo de una nación implacable y que ahora es una bomba de tiempo. La polarización, la ira social, el desajuste global se contagia, crea enfermedades y engendra situaciones que vuelven, una y otra vez, al origen de la creación de los grandes traumas humanos.
Nadie sabe determinar qué es lo que queda de los orígenes de cuando fue hecho. Nadie es capaz de reconstruir ni garantizar que la escala de valores con los que fuimos concebidos sigan vigentes al momento en que nos toque tomar el relevo de la responsabilidad. No hay que engañarse, el mundo ha cambiado mucho desde la última vez que Trump se sentó en el Despacho Oval.
Trump es un mensaje de guerra y lo es no por su espíritu de combate ni porque sea más aguerrido del supuestamente pacífico Joe Biden, sino porque su estilo y su manera de ser y expresarse lo convierten en un elemento potencialmente bélico y agresivo. El problema es que su reaparición en el escenario se da en medio de un escenario en el que gran parte del mundo –directa o indirectamente– se encuentra en medio de un conflicto. Un personaje con esas características o bien puede precipitar la catástrofe o, por el contrario, puede ser un promotor del orden y la paz global que tanto necesita el mundo. Al final de cuentas, ser el máximo líder estadounidense sigue significando ser el responsable y jefe del mayor y más eficiente ejército del mundo.
Estados Unidos, la gran República del norte, el país que ha conseguido acumular casi 250 años de experiencia democrática, necesita enfrentar la dimensión de los problemas que tiene. La mañana del 6 de enero de 2021 estuvo marcada por la insurrección de admiradores y fanáticos de Donald Trump –quien también se ha demostrado que directa o indirectamente tuvo su parte de participación– hacia el Capitolio estadounidense. Esto no quiere decir que, pasados cuatro años de aquel incidente, Trump no pueda tener la posibilidad ni la determinación de crear o buscar instaurar un escenario donde reine la paz, sobre todo dentro de su país.
En cuanto al mundo, entendiendo la coexistencia entre el cerco virtual, la transformación financiera y el reparto proporcional de un planeta que no es bipolar y que no tiene sólo un imperio, sino que tiene varios, éste necesita recomponerse y reestructurarse, aunque me temo que éste será un proceso que no se podrá hacer en paz. Por eso, se mire por donde se mire, Trump es uno, si no de los cuatro jinetes del Apocalipsis, sí de los caballos que o bien tienen que traer el apocalipsis o bien alejar y postergar que el fin de los tiempos se haga presente en el escenario mundial.
¿Y qué es lo que pasará en México? Lo de siempre, nuestro país es una piñata fácil, barata y que está siempre a la disposición de lo que decida hacer con ella quien gobierne en Estados Unidos. Desde 1940, todos los presidentes estadounidenses habían solicitado a sus contrapartes mexicanas hacerse cargo de la creciente tensión e inestabilidad que reinaba en nuestra frontera sur. A pesar de las incesantes demandas e intentos, ninguno había cedido en cumplir con este deseo estadounidense. Faltó la llegada de Andrés Manuel López Obrador y su enigmático y contradictorio entendimiento con Donald Trump para que, después de tantos años, México mandara a su Guardia Nacional y buscara blindar la frontera sur, cumpliendo con el gran deseo de nuestros vecinos del norte.
En este momento todo es confusión. Hubo un momento que los flujos migratorios estaban catalogados y distinguidos por el lugar de origen de cada una de las personas que salía de su país buscando una mejor oportunidad y –en algunos casos– para salvaguardar la vida misma. Sin embargo, la política migratoria de Trump, seguida por Biden y mantenida por López Obrador, ha provocado que la migración sea algo que afecta a todos los que quieren cruzar, a través de México, a Estados Unidos. En consecuencia, si de por sí ya era una situación ingobernable cuando los emigrantes eran de un solo país o de algunos pocos, ahora imagínese cuando éstos son una representación global de lo que queda de las Américas.
El camino de poner más soldados, regresar a los migrantes a sus países de origen o buscar cortar su flujo migratorio, ya sabemos el resultado que ha tenido. El problema es que hasta que no haya otra propuesta política sobre la migración y otra manera de mirar la situación, lo único que tendremos serán soldados, policías y deportaciones.
Rumbo a las elecciones que se celebrarán este año, la palabra “migración” será un elemento clave. Al igual que en la década de 1960, durante la época de Kennedy, los derechos civiles y la segregación racial eran las verdaderas cuestiones primordiales de la política nacional estadounidense, en este caso lo que suceda con el tema migratorio será sumamente importante. Ahora la migración es todo aquello que sirve para protestar, crear, unificar frentes y convertir al país más intransigente y polarizado. Pareciera que los estadounidenses se han olvidado de que son un país construido sobre la base de los migrantes. Da la impresión también que ha dejado de importar el hecho de que la última vez que el Ejército de Estados Unidos se movilizó internamente fue para frenar las guardias nacionales desplegadas ante el incumplimiento y desobediencia por parte de gobernadores demócratas del sur ante las órdenes emitidas para integrar socialmente a la gente de color.
Hoy, merced a la política desencadenada tras la primera campaña de 2016 de Donald Trump y frente a la actitud de algunos gobernadores como Abbott, de Texas, volvemos al mismo punto. La Guardia Nacional acude en socorro de la defensa y la soberanía de los Estados contra las órdenes y el ordenamiento federal. La gran pregunta radica en resolver si la migración será el pretexto para producir el chispazo del enfrentamiento no solamente ideológico o dialéctico, sino también físico en Estados Unidos.
Estamos esperando a Trump. No soy especialmente pesimista sobre lo que pueda suceder ya que sé que el tiempo –como he podido ser testigo en carne propia– ha sido suficiente para transformar algunas de las creencias que tenía hace tan sólo ocho años. Dicho esto, ¿por qué no le podemos dar este beneficio de la duda a Trump y confiar en que haya aprendido la lección? (Antonio Navalón, El Financiero, Enfoques, p. 31)
Si usted cree que los estadounidenses, en especial los republicanos, tienen prisa, y hasta necesidad por poner orden en la frontera entre Estados Unidos y México tiene razón.
Pero si usted cree que esa urgencia implica buscar fórmulas y acuerdos, en el marco político estadounidense y con el gobierno de México, lo más pronto posible, vive de hecho en un mundo ideal.
Los republicanos quieren un arreglo de la situación fronteriza, sí, pero bajo sus términos y sus tiempos. Y eso implica, desde luego, que este año sería poco menos que imposible. ¿Por qué darle un triunfo político al presidente Joe Biden, virtual candidato demócrata a la reelección este año?
La situación es tanto más complicada porque la campaña electoral de 2024, parece una en la que estarán sobre la mesa muchos temas sin resolver, de la relación entre el gobierno federal y los estados, los derechos de minorías étnicas, religiosas y sexuales, al papel de Estados Unidos en el mundo.
Y de una forma u otra, la situación de la frontera entre Estados Unidos y México, especialmente en torno al complicado tema de migración, está en el centro de ese huracán.
El punto potencialmente más explosivo es el choque entre el gobierno federal del presidente Joe Biden y el gobierno de Texas, que encabeza Greg Abbott, porque está en el centro de un viejo debate a propósito de jurisdicciones y los niveles de autoridad entre federales y estatales.
Abbott ha tomado medidas para cerrar por la fuerza puntos fronterizos entre Texas y México, lo que ha provocado algunas muertes de indocumentados y protestas del gobierno mexicano, pero sobre todo, una confrontación legal y política sobre quién tiene la autoridad sobre las fronteras y la inmigración. Pero esos se han convertido en símbolos de una discusión que antecede la guerra civil de 1861-65 y sigue sin dirimirse pese a la victoria federal.
La necesidad de una reforma migratoria es evidente, según expertos y políticos estadounidenses, lo ha sido por décadas, pero el último ajuste real a las leyes en ese sentido ocurrió en 1986 y desde entonces es un debate interminable que tiene incluso matices religiosos (una “caravana” autodefinida como “Ejército de Dios” hará mítines en la frontera para poner énfasis en la necesidad de cerrarla a las “fuerzas del mal”).
Para los aspirantes políticos republicanos, a comenzar con el expresidente Donald Trump, la llegada de migrantes y peticionarios de asilo es una amenaza que debe ser contenida en la frontera con México, a la que consideran como fuera de control y a merced de grupos dedicados al tráfico de personas y de drogas.
La mayoría republicana en la Cámara de Representantes condicionó la asistencia militar estadounidense a Ucrania a medidas para cerrar la frontera con México al paso de indocumentados y traficantes.
Sí, hay prisa por resolver el problema. Pero no antes de las elecciones. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, p. 27)
Por una #SociedadHorizontal ¡Que actúe!
La agenda bilateral entre México y Estados Unidos es amplia y llena de dificultades. Comercio, migración, armas, fentanilo, nearshoring, entre otros, son los temas que delinean una interacción de altibajos, sinsabores y alegrías compartidas. Muchos de los tradicionales arreglos institucionales dedicados a atender estos temas dejan ver su ineficiencia para resolver los problemas prevalecientes. Un vistazo a la semana pasada permite dimensionar los enormes retos que crecen día con día.
En el rubro comercial, el gobierno de Estados Unidos presentó la primera queja laboral bajo el amparo del T-MEC de este 2024. El gobierno de México fue notificado sobre la necesidad de realizar una investigación en contra de la empresa Atento Servicios, S.A. de C.V., dado que habría violado los derechos de los trabajadores al impedir su libertad sindical. Controversias como ésta se suman a diferendos más complejos como el que aún no logra resolverse en materia energética, donde el riesgo de un panel en este rubro prevalece.
Por otro lado, el gobierno que en Texas encabeza Greg Abbott ha mantenido la alambrada de púas que busca evitar el paso de los migrantes. Lo anterior, pese a que la Suprema Corte de Estados Unidos votó en favor de permitir que agentes federales de la Patrulla Fronteriza corten y retiren la cerca en las orillas del río Bravo. Ante estos señalamientos, el mandatario republicano dobló la apuesta y decidió emitir una declaración sobre el derecho constitucional del estado a la autodefensa, ante “el incumplimiento de los deberes” debido a la crisis migratoria de Joe Biden. El flujo ilegal de personas no sólo exhibe las disputas internas en nuestro vecino del norte, sino también lo limitado de las actuales capacidades institucionales para atender la problemática prevaleciente, más allá de las posiciones cortoplacistas de las fuerzas políticas.
Por último, en un “hecho sin precedentes”, la Corte de Apelaciones del Primer Circuito en Estados Unidos revivió la demanda civil que interpuso México contra armerías estadunidenses al ordenar que el caso regrese al tribunal de Boston, Massachusetts, para su revisión. La titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores celebró esta resolución, a la que consideró “una gran noticia” para México. En paralelo, la canciller mexicana Alicia Bárcena informó que la Secretaría de la Defensa Nacional alertó al gobierno de Estados Unidos, ya que han entrado a México armas que son de uso exclusivo de su Ejército y lo urgió a investigar esta situación.
En este complejo escenario avanza la contienda presidencial en aquella nación. El anuncio de que el gobernador del estado de Florida, Ron DeSantis, suspendió su campaña presidencial con la finalidad de apoyar a Donald Trump, causó gran revuelo. La decisión se comunicó, antes de las primarias en New Hampshire, donde Trump también derrotó a la exembajadora ante la ONU, Nikki Haley. Un sondeo de Reuters-Ipsos dio a conocer que el expresidente aventaja a Joe Biden por seis puntos porcentuales, donde el republicano cuenta con 40% frente a un 34% del demócrata.
Aún faltan nueve largos meses para que el 5 de noviembre sepamos si Trump logra o no regresar a la Casa Blanca. Lo cierto es que, gane quien gane, ante la amplitud y el calado de la agenda que México tiene con Estados Unidos, la pregunta relevante realmente es: ¿cómo podremos aprovechar la coyuntura electoral para mejorar los mecanismos de atención a los problemas aquí descritos?
Desde la Universidad de San Diego, el Foro México-EU 2025 ha planteado algunas ideas que podrían retomarse, tales como: 1) “Fortalecer la institucionalización de la relación entre México y Estados Unidos para que ésta dependa menos de los mandatarios (en turno) y más de grupos de trabajo y de consulta compuestos por varias dependencias, tales como el Diálogo Económico de Alto Nivel (DEAN) o la Conferencia de Gobernadores Fronterizos”, y 2) “Mejorar la narrativa en Estados Unidos sobre México y viceversa, lo cual servirá para construir una asociación bilateral basada en la confianza, además de fomentar una apreciación de las oportunidades y posibilidades que representa la relación entre los países”.
Los procesos electorales de 2024, así como la creciente confrontación entre Washington y Pekín, abren una importante área de oportunidad para profundizar la relación estratégica entre México y Estados Unidos. Se necesitan nuevos arreglos institucionales, pero, sobre todo, una conciencia bilateral renovada. La #SociedadHorizontal debe asumir el liderazgo en esta materia. (Armando Ríos Piter, Excélsior, Nacional, p. 11)
Juicio político
La lucha política en Estados Unidos sube de tono cada día. Ya está que arde y todavía están allá en la etapa de las precampañas.
Resulta que legisladores del Partido Republicano quieren someter a juicio político al secretario de Seguridad Interna, Alejandro Mayorkas, por su fracaso para proteger la frontera con México.
El lance confirma que el eje de la campaña en EU será la frontera con México, por el paso de migrantes, fentanilo, y sicarios de los carteles
Al mismo tiempo el presidente Biden, supuesto aliado del gobierno de López Obrador, ya dijo estar dispuesto a cerrar la frontera si los congresistas le aprueban ayuda extra para Ucrania.
Total, que el cierre de la frontera y el colapso económico que generará será parte de una batalla política en la que los rivales se tirarán a matar. México, sobra decirlo, pagará los platos rotos. (Pepe Grillo, La Crónica de Hoy, Columnistas, p. 3)
Hay una persona que puede decidir quién ganará las elecciones de noviembre en Estados Unidos, y que ni siquiera vive en este país: es el Presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador.
No estoy exagerando. El Mandatario populista de izquierda de México controla las llaves para abrir o cerrar las puertas de la migración ilegal a Estados Unidos, que se ha convertido en el principal tema de la campaña electoral estadounidense.
Antes de compartirles a cuál candidato estadounidense sospecho que tratará de ayudar López Obrador, miremos los datos concretos.
Según una nueva encuesta de Harvard CAPS-Harris del 22 de enero, la migración ha pasado a ser la principal preocupación de los votantes estadounidenses, superando a la inflación. Y gran parte de los esfuerzos del Mandatario demócrata Joe Biden para frenar el flujo migratorio va a depender de la buena voluntad de López Obrador.
A pedido de la Casa Blanca, López Obrador envió en años recientes a tropas de su país a las fronteras de México para frenar parte del flujo de refugiados venezolanos, cubanos, nicaragüenses que llegan a México para ir a Estados Unidos.
Además, a través de una política llamada “dispersión interna”, el Gobierno mexicano transporta a muchos de los migrantes que detiene en la frontera sur de México a otras partes de la nación, para dificultarles llegar a la frontera norte.
Asimismo, México ha acordado aceptar de regreso a algunos migrantes no mexicanos devueltos por las autoridades migratorias estadounidenses.
México está recibiendo alrededor de 30 mil migrantes rechazados en la frontera norte al mes, alrededor del 10 por ciento del récord de 300 mil personas detenidas en la frontera con Estados Unidos en diciembre.
El Gobierno de Biden ha tenido varias reuniones de alto nivel con el Gobierno mexicano para pedir mayor colaboración en detener el flujo migratorio.
En una reciente conferencia de prensa, López Obrador exigió que Washington, entre otras cosas, invierta 20 mil millones de dólares en planes de desarrollo para países latinoamericanos y caribeños, suspenda el embargo estadounidense a Cuba, y levante las sanciones petroleras a Venezuela, según informo la cadena NBC.
Sin embargo, es un secreto a voces en círculos diplomáticos que López Obrador está pidiendo en privado al Gobierno de Biden algo que es mucho más importante para el Presidente mexicano: que Estados Unidos no critique la democracia cada vez más autoritaria de México.
El País celebrará elecciones presidenciales el 2 de junio, en que López Obrador está tratando violar las reglas electorales, además de gastar enormes recursos estatales, para ayudar a su candidata, la antigua jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum.
Arturo Sarukhan, ex Embajador de México en Washington, ha resumido en dos palabras la política de López Obrador hacia Estados Unidos: “chantaje diplomático”.
“Es patente que López Obrador está jugando a abrir y cerrar la llave de los flujos migratorios a través de territorio mexicano a la frontera con Estados Unidos”, apuntó Sarukhan.
López Obrador busca que Estados Unidos permanezca en silencio sobre las elecciones de México, añadió.
Sarukhan agregó que “dada la simpatía de López Obrador por Trump”, no sería descabellado especular que el Presidente mexicano utilizará el flujo migratorio para ayudar al ex Mandatario en las elecciones estadounidenses.
En efecto, no me sorprendería que López Obrador abriera las puertas a la migración ilegal para ayudar a Trump. Al Presidente mexicano le gusta Trump, porque es un populista con sueños autoritarios que no critica la erosión de la democracia ni las violaciones de los derechos humanos en México.
(Para ser justos, Biden tampoco ha sido un paladín de la democracia en México, pero en general es mucho más defensor de las libertades fundamentales que Trump).
Lo que más le importa a López Obrador es proteger a su Gobierno -y a su candidata- de las críticas de Estados Unidos en materia de democracia y derechos humanos.
Por eso, las elecciones estadounidenses dependerán en buena medida de sí Biden encuentra la forma de lograr la ayuda de López Obrador en la frontera sin convertirse en su rehén político. (Andrés Oppenheimer, Reforma, Internacional, p. 13)
Donald Trump ha vencido a Biden en la arena migratoria a diez meses de las elecciones presidenciales.
Por primera ocasión en su larga historia como político Joe Biden ha mencionado que cerraría la frontera con México.
Ocurriría, asegura el texto enviado por la Casa Blanca al Congreso, en caso de que durante cinco días el promedio de cruces fronterizos de inmigrantes hacia Estados Unidos sea de 5,000.
Cuatro años atrás no lo mencionó durante su campaña. Por el contrario, al convertirse en presidente derogó muchas órdenes ejecutivas de Trump relacionadas con el tema migratorio.
Se trata de una victoria de Trump: su discurso migratorio ha mimetizado el de Joe Biden.
México debería de estar más preocupado que el mismo Biden.
El presidente de Estados Unidos se encuentra desesperado por dos motivos: la ayuda económica y militar a Ucrania en el futuro depende del Congreso y, por otra parte, su reelección no se ve muy clara en las encuestas.
La realidad juega a favor, paradójicamente, del precandidato que la desvirtúa. Es Donald Trump quien aplaude que el mes pasado se haya impuesto un récord en el número de cruces fronterizos de inmigrantes en la frontera de su país con México: 249,785. En los tres años del gobierno del presidente Biden la cifra rebasa los 6 millones.
Estos datos son suficientes para que la campaña de Donald Trump despliegue durante su campaña la bandera del área más debilitada del presidente Biden: migración.
En ausencia de una reforma migratoria, el presidente Biden ha firmado más de 500 decisiones ejecutivas vinculadas a la inmigración desde el inicio de su gobierno según el recuento efectuado por el Instituto de Política Migratoria (MPI), una organización no partidista.
Se tratan de parches que tratan de cubrir vacíos frente a emergencias; el propio Biden prolongó el Título 42 con la intención de frenar los cruces de inmigrantes. Trump se lame sus bigotes al ordenarles a senadores y representantes republicanos que de ninguna manera aprueben las reformas de ley migratoria que promueve el presidente Biden. Y así ocurrirá. Los congresistas republicanos reventarán la reforma pese a que en el Senado pudiera correr con mejor suerte.
En México, ninguna de las dos candidatas con mayor probabilidad de ganar las elecciones ha explicado cuál será el plan para contener las decisiones de Trump, y ahora de Biden, en el tema migratorio, en caso de que ganen la presidencia.
Claudia Sheinbaum no podría emular a López Obrador. No podría viajar a Washington para agradecerle por el buen trato que le ha dado a los mexicanos. Una de las escenas más sorprendentes y tristes observadas durante el gobierno del actual presidente mexicano.
La relación bilateral no se debe de desinstitucionalizar como lo desearon Trump y AMLO.
Hoy, no sabemos la razón que motivó a Marcelo Ebrard a regalarle a Trump el programa Quédate en México. Si no hay transparencia no hay democracia.
¿Qué ha dicho Xóchitl Gálvez sobre la intención de Biden de cerrar la frontera? La política exterior no genera votos. Lo mejor es quedarse en silencio, como lo han hecho los integrantes del Servicio Exterior Mexicano frente al grave retroceso en la materia del actual gobierno.
Un año antes de que inicie un nuevo gobierno de Estados Unidos ya sabemos cómo será su política migratoria.
¿Xóchitl y Claudia lo sabrán? (Fausto Pretelin Muñoz de Cote, El Economista, Geopolítica, p. 45)
Con la creciente probabilidad de que Donald Trump regrese a la presidencia de Estados Unidos, la pregunta de si ha cambiado su actitud hacia México cobra relevancia. A juzgar por sus recientes declaraciones, parece improbable que haya experimentado una transformación positiva. Por el contrario, da la impresión de que podría adoptar posturas más agresivas, especialmente porque varios de los problemas que más le preocupan están vinculados directamente a México.
La semana pasada, Trump abordó de manera directa el tema más crucial de su agenda: el narcotráfico. Al señalar a los cárteles de las drogas como el enemigo a destruir, propuso el despliegue de la Armada estadounidense para imponer un bloqueo total al fentanilo en las aguas y la región de origen. Esta propuesta se fundamenta en la iniciativa del gobernador de Florida, Ron DeSantis, de bloquear los puertos mexicanos del Pacífico con tal objeto (Manzanillo y Lázaro Cárdenas), y también sugiere la posibilidad de considerar la invasión de México para erradicar los cárteles de las drogas, una idea que encontró fuerte apoyo entre los candidatos republicanos en los debates de las primarias.
La migración sigue siendo otro tema de gran preocupación para Trump, como lo fue en el pasado. Recientemente, anunció su intención de llevar a cabo “la mayor operación de deportación doméstica en la historia de Estados Unidos”, afectando a aproximadamente 11 millones de personas que serían expulsadas a México. Con tal objeto. es probable que resucite sus programas anteriores, como “Quédate en México” y el “Tercer país seguro”, que implican esperar en México mientras se resuelve la situación migratoria en Estados Unidos o vivir en nuestro país después de ser rechazado en territorio estadounidense.
El tercer punto crítico para el expresidente es el intercambio comercial entre México y Estados Unidos. Trump persiste en la creencia de que el crecimiento de su país está vinculado a la balanza comercial, argumentando desigualdades en las transacciones. Cree que Estados Unidos no es bien correspondido ya que le compra a todo el mundo, pero este no adquiere los productos estadounidenses en similar magnitud, de allí los crecientes déficits en su balanza comercial.
Para tratar de eliminarlos, en su anterior administración, elevó los aranceles y prohibiciones a las importaciones de algunos productos y, en especial, a las provenientes de China. En el caso nuestro, aunque renegoció el Tratado de Libre Comercio, estableciendo el T-MEC en 2018, los resultados fueron contraproducentes, ya que el déficit comercial bilateral se duplicó durante su mandato.
Este hecho eleva la probabilidad de que, de llegar al gobierno, el expresidente pueda instrumentar algunas medidas restrictivas en el futuro, sobre todo aprovechando la ocasión que le brinda la revisión del T-MEC en 2026.
Sin embargo, hay que mencionar que éstas se producirán en un contexto en el que México se beneficia de la política estadounidense de nearshoring y friendshoring, política que de alguna forma el mismo expresidente fomentó en el pasado y es probable que lo vuelva a hacer en el caso de asumir nuevamente la presidencia. La posible suspensión de relaciones comerciales normales con China que el mismo Trump ha anunciado podría fomentar aún más la relocalización de empresas en América, incluido México.
Esto complica las decisiones que vaya a tomar Trump respecto a las relaciones comerciales con nuestro país. Si quiere favorecer la relocalización de las empresas, tendrá que aceptar incurrir en mayores déficits comerciales con México.
En este contexto, incluso la política contra la migración de Trump podría beneficiarnos en parte por la escasez de mano de obra que hoy en día existe en nuestro país.
En resumen, si Trump retorna a la presidencia, es probable que mantenga un discurso crítico hacia México, pero los resultados de sus acciones podrían ser contraproducentes, como se evidenció con el T-MEC. (Rodolfo Navarrete Vargas, Reforma, Opinión de Negocios, p. 5)
Duritos
