¿Cómo estarán las estaciones migratorias que hasta la CNDH, más atenta al pasado que al presente, ha denunciado la situación? No sólo el mal estado de las instalaciones, sino el bloqueo al trabajo de la comisión, hablan de que hay algo muy podrido y de que esos lugares son infernales. ¿Dónde quedaron las promesas de buen trato a los migrantes? ¿Dónde quedó el humanismo? (La Esquina, La Crónica de Hoy, P.p.)
Garduño no pierde el sueño
Nos cuentan que aunque a algunos sorprendió el duro informe de la CNDH sobre las estaciones migratorias, al director del Instituto Nacional de Migración, Francisco Garduño, nada le quita el sueño. Nos recuerdan que la ombudsperson Rosario Piedra está lejos de ser contraria al gobierno, pero la realidad es tan fuerte que nada podía parar el diagnóstico: todas las estaciones están reprobadas, unas por insuficientes, otras inadecuadas y la mayoría en “estado crítico”. Después del incendio de la estación de Ciudad Juárez en el que murieron 40 migrantes, don Francisco descartó ser responsable y dijo que no le quitaba el sueño la investigación. Hoy sigue abierto por el caso un proceso judicial, que le concedieron enfrentar en libertad, pero nos aseguran que a Garduño nada le preocupa. (Bajo Reserva, El Universal, p. A2)
En la última década, México se convirtió en un país de tránsito a uno de destino. Es común ver a más migrantes en diversas zonas de la capital y el resto del país. A venezolanos, cubanos, colombianos y, sobre todo, haitianos laborando en mercados, puestos ambulantes, en la construcción e, incluso, en tiendas de conveniencia los contratan para la seguridad.
De acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones de la ONU (OIM) en los últimos años, México ha acogido a más de 600.000 personas migrantes y refugiadas de países como Venezuela, Haití y Cuba. Y muchos no han podido encontrar un trabajo formal.
En la semana que termina se dio a conocer un acuerdo entre la OIM y la Tent Partnership for Refugees (TENT), para facilitar la inclusión laboral de las personas migrantes y desplazadas por la fuerza en todo el mundo. Esta asociación se centrará inicialmente en México, para ayudar al sector privado a acceder a un mayor número de talentos desplazados en todo el país.
La organización internacional se pronunció porque se garantice a los migrantes, el acceso a permisos de trabajo formales, que les permita contribuir a las comunidades en las que viven e integrarse mejor en ellas.
Para abonar a este proyecto, el secretario del Trabajo y Previsión Social, Marath Bolaños, durante el lanzamiento de las operaciones de TENT México, anunció que en breve, pondrán en marcha el micrositio de movilidad laboral México te emplea, donde las personas que busquen trabajo podrán registrar su perfil laboral y acceder a empleos formales.
El sitio se suma al Portal del Empleo, la Bolsa de Trabajo y las Ferias de Empleo para que la población migrante y refugiada pueda acudir a los eventos y acceder a un empleo de acuerdo con su perfil laboral.
Philippe Plisson, haitiano que llegó a México hace tres meses, trabaja en una constructora como albañil, gana más de un salario mínimo diario, dice estar agradecido por estar en este país y tener un empleo. Al platicar con él, con un traductor, en una obra de la colonia Escandón relató que su sueño era ir a Estados Unidos, pero al ver lo complicado que resultaba decidieron quedarse en la CdMx. Vive en la colonia Tabacalera junto con otros diez compatriotas.
A finales del año pasado se calculó que tan solo en la capital mexicana hay cerca de tres mil haitianos, pero Philippe refiere que son por lo menos cinco mil en diferentes colonias de la ciudad. Ello quizá lo tengan las autoridades migratorias, porque lo cierto es que muchos están sin ningún documento.
Para este arranque de TENT México participarán 50 empresas de los sectores de tecnología, salud, comercio electrónico, así como de logística, hotelería y alimentación, las que buscan generar diez mil empleos en los próximos años para migrantes y refugiados. (Patricia Carrasco, La Prensa, Editorial, p. 10)
Es imposible.
No hay manera de cerrar totalmente la frontera entre México y Estados Unidos. Son 3,152 kilómetros, de los cuales solo 1,192 kilómetros tienen algún tipo de muro o barrera. Y construir un muro para los 1,960 kilómetros que actualmente están sin protección sería una tarea costosísima e inútil.
Yo he visto a migrantes saltar el muro en menos de un minuto. (Los grabé con mi celular en El Paso, Texas, y puedes ver el video en mi página de Instagram). Millones han llegado por avión y se han quedado más allá de lo que permitía su visa. Y millones más han llegado por tierra en los últimos tres años de los lugares más pobres y peligrosos de América Latina.
Un alambre de púas no los va a detener.
Si los hubieran visto cruzar el río Bravo/Grande -como yo los vi hace poco en Eagle Pass-, entenderían que nada detiene a una mujer de 60 años que caminó con muletas dos meses desde Caracas, Venezuela, para llegar a Texas; ni a familias que vienen desde Ecuador, Perú y Colombia cargando a niños en los hombros; ni a jóvenes perseguidos por las pandillas y el desempleo en Centroamérica; ni a los cubanos y nicaragüenses que vienen huyendo de la brutales dictaduras de Miguel Díaz-Canel y Daniel Ortega; ni a los mexicanos que no pueden más con la violencia y las extorsiones de los cárteles; ni a enfermos, amenazados y desesperanzados que ven en Estados Unidos una segunda oportunidad en la vida y la posibilidad de reinventarse.
Yo vine por lo mismo a Estados Unidos hace cuatro décadas y no me atrevo a darles la espalda a los que han llegado después de mí. Al contrario, hay que entenderlos y ayudarlos.
Es cierto. Nunca habíamos visto a tantos inmigrantes cruzando ilegalmente la frontera entre México y Estados Unidos. Más de 6 millones han sido detenidos sin papeles desde que Joe Biden llegó a la Casa Blanca, según las cifras de la Patrulla Fronteriza. Pero tenemos que comprender que esta es la nueva normalidad. Y adaptarnos.
“Hoy más gente que nunca vive en un país distinto al que nació”, concluyó un estudio de Naciones Unidas en el 2020. La pandemia detuvo la migración al norte. Pero tan pronto aparecieron las vacunas y se restablecieron los vuelos, se disparó el flujo de los países más pobres a los más ricos. Eso es lo que estamos viendo ahora.
Al mismo tiempo, la economía de Estados Unidos se recuperó muy rápidamente de la pandemia y se convirtió en un imán para los nuevos migrantes. En enero, por ejemplo, se crearon 353 mil nuevos puestos de trabajo. Y tan pronto como esos inmigrantes puedan trabajar y pagar impuestos, su contribución será mayor.
Conclusión: los inmigrantes son muy buenos para Estados Unidos.
Por eso rompe el corazón escuchar al presidente Joe Biden pedirle al Congreso que le dé la autoridad de “cerrar la frontera”. Nunca pensé que algún día Biden usaría el mismo lenguaje de Donald Trump. Cerrar la frontera es un concepto errado, que supone que hay una invasión -cuando no existe un país invasor- y que criminaliza injustamente a los inmigrantes. Además ¿dónde quedaron las promesas del Partido Demócrata de legalizar a millones de indocumentados que llevan años en el país? Eso no aparece por ningún lado.
Y ya que no se puede cerrar la frontera con México, entonces ¿qué hacer? Las leyes son muy claras en Estados Unidos. Puede aplicar por asilo cualquier persona que tenga un “miedo creíble a ser perseguido” por su raza, religión, nacionalidad, ser miembro de un grupo en particular u opinión política.
Entonces, lo que se necesita es, primero, reconocer que el mundo ha cambiado, que hay más inmigrantes que nunca y que Estados Unidos tiene la responsabilidad moral e histórica de aceptar a más extranjeros; y segundo, modernizar, expandir y hacer más efectivo el arcaico proceso para recibir extranjeros. El actual sistema está roto y no hay suficientes agentes y jueces para procesar a todos los inmigrantes que están llegando.
Modernizarse y prepararse. Este es el camino para un cambio. No más muros y cierres fronterizos.
Cerrar la frontera con México es una idea absurda, inútil, populista y no va a resolver la actual crisis migratoria. La pregunta crucial es si, de verdad, Estados Unidos quiere seguir siendo un país de inmigrantes. Ahora es el momento de demostrarlo. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p. 8)
México no solo comparte con Estados Unidos una agenda bilateral. Es decir, los temas migratorios, financieros, comerciales o de seguridad, importan sin duda, pero nada de eso se limita exclusivamente a una agenda México-Washington. Para comprenderlo, necesitamos pensar sistémicamente. En el todo global, las partes están interconectadas entre ellas, y también se conectan con el todo. Ese todo impacta en las partes, y las partes impactan en el todo.
De manera tal que lo que ocurre en Ucrania, en Medio Oriente o en Asia, por poner ejemplos, influye no solo en la política externa sino también en la política interna de Estados Unidos, afecta la economía global, y—ya sea que lo visualicemos o no—nuestro país es también impactado a causa de esos temas, en términos de política, comercio, migración o seguridad, entre muchos más. Así que, lo que ocurra en las elecciones en ambos países es determinante, pero no únicamente por lo que podamos dialogar, negociar, o gestionar entre ambos países, sino por las afectaciones sistémicas de distinto grado que ello pueda tener. Permítame poner unos ejemplos.
Donald Trump sostenía que los gobernantes en Washington—tanto demócratas como republicanos—habían permitido que todo el mundo se aprovechara de EU, habían negociado pésimas condiciones para su país y esas condiciones forzaban a Washington a gastar recursos, a invertir en armas y personal sin sacar réditos o ventajas por ello. En esta visión global no solo estaba el TPP, el acuerdo climático de París o los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur, también estaba el TLCAN y la agenda migratoria. “Los gobiernos en México”, decía, siguiendo este mismo discurso, “han sido muy inteligentes y se han aprovechado de nosotros”.
Todos los temas terminaban vinculándose. Considere usted que, justo en el pico de los atentados asociados a ISIS en ciudades occidentales (lo que incluyó el de Orlando o el de San Bernardino, California), las encuestas del 2016 en EU mostraban que 96% de las personas que iban a votar por Trump tenían miedo de sufrir ellos o sus allegados, un atentado terrorista. Así que Trump no tenía empacho en advertir que, no solo había que prohibir la entrada de musulmanes a EU, sino que, debido a las políticas migratorias laxas y a las fronteras porosas, cientos de miles de migrantes, criminales y terroristas, se colaban por la frontera sur.
Es por ello, por los “criminales” y por los “terroristas”, por lo que había que construir un muro (que México debía pagar). Esto, a pesar de que no hay registro de atentados cometidos en EU por personas que hayan migrado a ese país desde México, y a pesar de que, de hecho, en su gran mayoría, esos atentados han sido cometidos por personas que se encontraban legalmente en EU. Pero eso no importaba pues los datos, las cifras o la evidencia son “cuestionables” cuando una parte de la población “siente” que algo es verdad.
Lo que sí importaba era que EU tenía desplegados a miles de soldados en Medio Oriente. Su país, decía Trump, no tenía nada que estar haciendo en guerras lejanas, ajenas y costosas. Había que sacarlos urgentemente de ahí y desplegarlos en la frontera con México, que es en donde realmente radicaba el problema, en su visión. Es decir, él mismo conectaba los temas. No eran “otros” soldados los que había que desplegar en nuestra frontera. Sino esos, los que estaban en Siria. De hecho, el presidente llegó a sostener que había que declarar a “los cárteles” mexicanos (así en plural) como grupos terroristas, y enviar misiles directamente en contra de laboratorios de fabricación de droga ubicados en México.
En efecto, los temas se conectan. Trump amenazaba continuamente con levantar aranceles a distintos países para equilibrar la balanza comercial de EU. Esto tuvo impactos fuertes en sus relaciones comerciales con China, por ejemplo, impactos que persisten hasta la fecha. Pero China no fue la única destinataria de las barreras comerciales, lo fueron muchos países más, incluidos grandes aliados de EU. En medio de las amenazas, un buen día Trump se fue contra México asegurando que, si nuestro gobierno no detenía una caravana de migrantes que marchaba hacia el norte desde Centroamérica, Washington impondría “desde ese mismo lunes” un 5% de aranceles sobre todos los productos que cruzaban de nuestro país hacia EU, y que aplicaría un 5% adicional cada cuatro semanas hasta llegar al 25%.
Cuando internamente se le cuestionó que esto era violatorio de acuerdos comerciales existentes y de normas de la OMC, él respondió que era competencia de cortes internas juzgar esos temas, y que, si acaso, pasarían años antes de que un cuerpo como la OMC dictara una resolución al respecto.
Esto no debe sorprendernos. Es obvio que, si un mandatario no tiene mayor aprecio por las instituciones globales y ataca el sistema de arreglos, normas y cuerpos internacionales, eventualmente también un país como México pagará costos por ello.
Coloco estos asuntos acá a manera de ejemplo de cómo los temas geopolíticos globales terminan conectados con nuestras agendas bilaterales. Y hablo de Trump porque ese expresidente está nuevamente compitiendo por un sitio en la Casa Blanca. No estoy implicando necesariamente que él vaya a ganar las elecciones. Tiene probabilidades elevadas, sin duda, pero falta mucho tiempo. Hay analistas que sostienen que la intención de voto por Biden está subestimada o que todo puede moverse en los meses que siguen. En todo caso lo que habrá que monitorear será lo que suceda en condados específicos de estados específicos que terminarán decidiendo la elección. Pero suceda lo que suceda, es necesario desde ya trabajar con los distintos escenarios y sus diferentes probabilidades de materializarse.
Lo que sí es que, independientemente de esos escenarios, México debe considerar para los próximos años no solo el trabajo de una agenda bilateral, sino fortalecer nuestra presencia y acción en temas globales que son de nuestra competencia, o al menos lo han sido si echamos un ojo a nuestra historia. Esto incluye un trabajo colaborativo a nivel internacional para revivir y/o fortalecer el multilateralismo (hoy tan golpeado), la normatividad internacional y las instituciones intergubernamentales como mecanismos para resolver las controversias entre estados. Se entiende que todo ello puede requerir el análisis, diagnóstico y reforma de varias de esas instituciones, pero se trata de trabajos ineludibles si estamos comprometidos con los principios en los que como nación creemos. Incluye también recuperar la agenda de desarme, control de armas y no proliferación. Incluye sin duda, temas de combate a la corrupción transnacional, o al crimen organizado internacional pues son fenómenos que rebasan nuestras acciones o medidas internas, y requieren de una cooperación sin precedentes. En este esquema está el rol que juega nuestro país como potencia media, y sí, también nuestro trabajo conjunto con un país tan importante como Estados Unidos. Trabajo que debe desempeñarse de manera creativa y colaborativa con quien sea que gobierne allá o acá. (Mauricio Meschoulam, El Universal, Mundo, p. A11)
Durante décadas, jóvenes solteros, principalmente de México y más tarde de Centroamérica, hicieron todo lo posible para burlar a los agentes fronterizos estadounidenses.
Hoy, personas de todo el mundo cruzan en masa la frontera sur de Estados Unidos. Pero la abrumadora mayoría ahora está buscando a los agentes fronterizos, en ocasiones esperando horas o días en campamentos improvisados, para rendirse.
Ser introducido a un vehículo de la Patrulla Fronteriza de EU y llevado a un centro de procesamiento no es un revés. De hecho, es un paso crucial para poder solicitar asilo -ahora la forma más segura para que los inmigrantes permanezcan en EU, incluso si, en última instancia, pocos ganarán sus casos.
Vivimos en una era de migración masiva. Unos 6 millones de venezolanos han huido, el mayor desplazamiento en la historia moderna de Latinoamérica. Migrantes de África, Asia y Sudamérica están hipotecando las tierras de sus familias, vendiendo sus autos o pidiendo dinero prestado a usureros para embarcarse en viajes largos, a menudo peligrosos, para llegar a Estados Unidos.
En diciembre, más de 300 mil personas cruzaron la frontera sur, una cifra récord.
No es sólo porque creen que podrán cruzar la frontera de 3 mil 200 kilómetros. También están seguros de que una vez que lleguen a EU podrán quedarse.
Para siempre.
Y, en general, no se equivocan.
Estados Unidos está tratando de operar un sistema de inmigración con una fracción de los jueces, funcionarios de asilo, intérpretes y demás personal que necesita para manejar a los cientos de miles de migrantes que cruzan la frontera y llegan en masa a ciudades de todo EU cada año. Eso ha hecho imposible decidir rápidamente quién puede permanecer en el País y quién debe ser enviado de regreso a su patria.
“No conozco a nadie que haya sido deportado”, dijo Carolina Ortiz, una migrante de Colombia, en diciembre en un campamento a las afueras de Jacumba Hot Springs, California, cerca de la frontera entre Estados Unidos y México.
Para la mayoría de los inmigrantes, Estados Unidos representa la tierra de las oportunidades. Muchos vienen buscando trabajo y van a hacer lo que sea necesario para trabajar, incluso si eso significa presentar una solicitud de asilo débil, dijeron varios abogados.
Para calificar para asilo, los solicitantes deben convencer a un juez de que regresar a su país de origen resultaría en daño o muerte debido a su raza, religión, nacionalidad, opinión política o pertenencia a un grupo social en particular.
Ortiz, de 40 años, dijo que tenía la intención de solicitar asilo con base en la violencia en Colombia. Sus posibilidades de ganar son escasas, porque la violencia por sí sola no suele cumplir el estándar de persecución. Aun así, estará protegida de la deportación mientras su reclamo esté pendiente y calificará para un permiso de trabajo.
Ortiz, una enfermera, dijo que había pedido prestados “millones” de pesos colombianos (varios miles de dólares) para pagar a los contrabandistas que la llevaron a un hueco en el muro fronterizo defendido por el ex Presidente Donald J. Trump. Esperó dos días en el frío hasta que los agentes vinieron a llevársela.
Transportaron a Ortiz a un centro donde le entregaron documentos que decían que había ingresado ilegalmente al País, que había sido puesta en proceso de deportación y debía comparecer ante un juez de inmigración.
La fecha de la audiencia era el 19 de febrero del 2026.
Ortiz entonces fue puesta en libertad. “Quería hacer todo de la manera correcta”, dijo después de llegar a Colorado unos días después.
La mayoría de las solicitudes de asilo son rechazadas. Pero incluso cuando eso sucede, años después, es muy poco probable que los solicitantes sean deportados. Con millones de personas en Estados Unidos ilegalmente, los funcionarios de deportación dan prioridad a arrestar y expulsar a personas que han cometido delitos graves y representan una amenaza para la seguridad pública.
Casi 2.5 millones de personas cruzaron la frontera sur en el año fiscal 2023. Eso ha convertido a la frontera en un tema cada vez más polémico, para los Alcaldes y Gobernadores que lidian con grandes afluencias de migrantes, y para los líderes republicanos deseosos de echarle la culpa al Presidente Joseph R. Biden Jr. mientras hace campaña para la reelección.
Algunos dicen que tomar medidas enérgicas en la frontera no es suficiente.
“Los políticos quieren financiar agentes de la patrulla fronteriza, cercas y otros aspectos visibles de la vigilancia fronteriza”, dijo Doris Meissner, ex directora del Servicio de Inmigración y Naturalización de EU y ahora directora del Instituto de Política Migratoria, un grupo de expertos no partidista. “Pero hasta que no se refuercen los recursos para otras funciones de inmigración, el problema fronterizo no podrá resolverse”.
El Congreso de Estados Unidos ha aumentado los fondos para Aduanas y Protección Fronteriza, a 21.7 mil millones de dólares en el año fiscal 2023, contra 8 mil millones de dólares en el 2006. Pero los componentes menos visibles del sistema de inmigración no han visto una inversión proporcional. La escasez de funcionarios de asilo, jueces de inmigración y funcionarios de deportación tiene consecuencias de gran alcance.
En un sistema funcional, la mayoría de los migrantes que buscan asilo serían entrevistados en la frontera para evaluar si tienen un temor creíble de persecución si fueran obligados a regresar a sus hogares. Los inmigrantes que carezcan de un reclamo creíble pueden ser deportados rápidamente.
Cada día se realizan unas 500 entrevistas de este tipo -más que nunca. Pero a menudo llegan 5 mil o más migrantes cada día. La mayoría nunca es sometida a esa evaluación inicial. Son liberados con una fecha de audiencia en una ciudad, a menudo años después.
De acuerdo con la ley estadounidense, los solicitantes de asilo pueden permanecer en el País al menos hasta que concluyan sus casos.
En el 2012, había 300 mil casos de asilo pendientes en Estados Unidos. Hoy hay ese número tan sólo en el Estado de Nueva York. En total, más de 3 millones de casos languidecen en los tribunales de inmigración, un millón más que hace apenas un año.
El Servicio de Investigación del Congreso ha estimado que se necesitarían alrededor de mil jueces más para eliminar el atraso actual para el año fiscal 2032.
Si no se emite una decisión en 150 días, algo prácticamente imposible hoy, los solicitantes de asilo automáticamente se vuelven elegibles para una tarjeta de autorización de empleo.
El año pasado, sólo el 4 por ciento de los casos mexicanos, el 7 por ciento de los hondureños y el 29 por ciento de los venezolanos obtuvieron asilo.
Hasta hace unos años, Katy Chávez, abogada de inmigración en Carolina del Norte, recibía un puñado de llamadas al año de personas que buscaban solicitar asilo. Ahora recibe un par de docenas al mes.
“Llaman porque quieren su permiso de trabajo”, dijo. “Ni siquiera entienden qué es asilo”. (Miriam Jordan, Reforma, The New York Times, p. 14)
Luz de esperanza
