Hace unos días, el Senado estadunidense rechazó una ambiciosa iniciativa bipartidista que reformaría la política migratoria y de asilo, las vías de acceso a la ciudadanía, así como la gestión de los cruces fronterizos. Ello, para atender la crisis en la frontera con México y buscar reducir drásticamente la llegada de migrantes y refugiados.
Entre las medidas contempladas en la propuesta –impulsada desde la Casa Blanca–, destaca la posibilidad de “cerrar” la admisión de inmigrantes al superar los 5 mil encuentros diarios. En ese escenario, el Departamento de Seguridad Nacional restringiría el número de solicitudes de asilo a mil 400 por día. Para contextualizar, en diciembre pasado se registró un promedio de diez mil encuentros diarios; gracias al diálogo bilateral, el promedio descendió a 3 mil en enero.
Durante la negociación, la minoría republicana logró que los demócratas aceptaran una serie de exigencias para endurecer la política migratoria, condicionando su respaldo al paquete de ayuda a Israel y Ucrania del presidente Biden. Este martes el Senado dejó fuera cualquier propuesta migratoria y aprobó un paquete de 95 mil millones de dólares de asistencia para esos dos países y Taiwán.
La propuesta inicial había enfrentado resistencia de los sectores demócratas más progresistas por considerarla draconiana y contraria a los principios de su partido. La minoría republicana, inicialmente dividida, finalmente atendió el llamado de Donald Trump a desecharla: porque, en gran medida, el éxito de su campaña depende de la persistencia de la crisis. Un sondeo reciente (Ipsos/Reuters) mostró que, sólo después de la economía (22%), la migración es el tema central para los estadunidenses (17% considera que es “el principal problema que enfrenta EE. UU.”). Además, es el asunto más importante para los electores republicanos (36%).
En la misma semana, el gobierno mexicano recibió a una delegación encabezada por Elizabeth Sherwood-Randall, asesora de Seguridad Nacional. Se trata del primer encuentro de alto nivel en materia migratoria del año. Junto con el fracaso de dicha reforma, la recuperación de los cauces institucionales del diálogo bilateral es una buena noticia para México.
Sin embargo, no es suficiente. La complejidad del desafío migratorio exige una posición firme en defensa de los intereses nacionales. Más que una oportunidad, México tiene la responsabilidad de reconocer la crisis y promover un acuerdo corresponsable para gestionar el aumento de los flujos migratorios en la frontera norte, con pleno respeto a los derechos humanos.
La crisis migratoria es una realidad innegable y el diálogo bilateral es la ruta adecuada para atenderla. La migración debe permanecer como una prioridad de la agenda institucional para evitar, o por lo menos contener en lo posible, que se convierta en una bandera propagandística de la agenda electoral, lo que radicalizaría posiciones de suyo intransigentes, y pondría en mayor peligro a nuestros connacionales, tanto en la retórica como en los hechos. Si esto no se atiende con visión de Estado, será más fácil que los actores políticos lo capitalicen con estridencia de campaña. México conoce bien el desenlace de esa historia. Y no podemos permitir que se repita. (Claudia Ruiz Massieu, El Heraldo de México, La 2, p. 2)
Analizar la posible agenda migratoria 2024, no puede desligarse de lo que este año depara en relación con las elecciones en muchos países, particularmente para México. Se ha señalado que cerca de 70 naciones tendrán procesos electorales y en más de la mitad los partidos de derecha y ultraderecha parecen llevar la delantera. Por tanto, lo que podemos prever es que los migrantes en el mundo enfrentarán condiciones terriblemente difíciles en la medida en que han sido utilizados por estas visiones para generar odio y desprecio por ellos, denostarlos, favoreciendo racismo y xenofobia porque todo ello, lamentablemente, mueve a sus electores de manera contundente a favor del candidato que más hostilidad manifieste contra los migrantes.
El caso muy preocupante es el que se dará en Estados Unidos con Donald Trump. Todo indica que es el principal aspirante a la presidencia por el Partido Republicano. Este posible contendiente ha vertido todo el veneno que las palabras ofrecen contra los migrantes.
El revelador y excelente reporte de Jim Cason y David Brooks en La Jornada (13 de febrero) de la presencia de Trump en uno de los eventos de la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés) causa enorme preocupación. Primero, porque este personaje muy probablemente ganará las elecciones y, segundo, porque su discurso, plagado de ataques profundos a todo lo que tenga que ver con derechos humanos, parece el ejemplo a seguir por el resto de las derechas y ultraderechas mundiales, hasta se ha llamado trumpismo, es decir, discursos de odio, ira y violencia.
Y por lo que a México incumbe, destila profundo desprecio y repite con gran deleite cómo obligó a AMLO a aceptar militarizar las fronteras y el programa Quédate en México ante su amenaza del alza de aranceles en 25 por ciento, aunque cínicamente señala que el Presidente de México le cae muy bien, discurso que arrancó los más sonoros aplausos del público que abarrotó el local.
¿En realidad los migrantes son una fuerza de trabajo superflua, rechazable, redundante, inútil, vacía? Claro que no. De hecho, habría que recordar que cada vez que se presentan obstáculos para su flujo, los empresarios salen a quejarse por falta de trabajadores. No sólo porque, en general, y Estados Unidos también, enfrentan gravísimos problemas demográficos que repercuten de inmediato en escasez de población económicamente activa. Por lo tanto, la insuficiencia de trabajadores en sus mercados laborales impide continuar con sus procesos de desarrollo, ya sean agrícolas, de la construcción, servicios, así como en sectores de tecnología, innovaciones, etcétera. Entonces, la pregunta es: ¿por qué el rechazo? Porque es la mejor forma de hacer efectiva la funcionalidad de la migración, reducir el costo unitario laboral de esos trabajadores, es decir, devaluar a la fuerza de trabajo.
Importante es recordar que la propuesta inicial de Andrés Manuel López Obrador fue otorgar visas humanitarias, evitar detenciones de migrantes, aplicar los derechos humanos en toda la cadena; además de enfatizar la importancia de ir a las causas del fenómeno, primordialmente por la falta de satisfactores primarios a la población. Es decir, es necesario hacer realidad el estado de bienestar que es absoluta responsabilidad de los estados, es decir, generar las condiciones que otorguen calidad de vida a las poblaciones, por más que esta figura ha sido vilipendiada por supuestamente tratarse de una estrategia del pasado.
Es importante señalar que la migración forzada enfrenta todas las tragedias imaginables, tiene como consecuencia la permanencia del subdesarrollo y el beneficio y enriquecimiento de las élites que articuladas a la de los países desarrollados venden sus países al mejor postor. Por eso cuando surgen gobiernos progresistas que buscan revertir el modelo expoliador, subordinado y asimétrico, se ponen en marcha las mafias jurídicas, económicas y mediáticas para evitar que se gobierne en favor del pueblo, de sus derechos humanos, sociales y políticos y, lo más importante: que pueda revertirse la migratoria forzada y sea una opción, no una necesidad.
Mientras se alcanzan condiciones distintas para los pueblos expulsores, la propuesta que promueven las secretarías de Relaciones Exteriores y la del Trabajo y Previsión Social en México de lanzar las operaciones de una agrupación mundial de empresas TENT y la Organización Internacional para las Migraciones, cuyos objetivos, de acuerdo con la canciller Alicia Bárcena, son integrar económicamente a refugiados y migrantes, como un acto de compromiso comunitario, de solidaridad global y responsabilidad social, parece un buen paso para atenuar lo que se vislumbra para este convulso 2024. (Ana María Aragonés, La Jornada, Opinión, p. 18)
¿Cómo se les gana a personajes como Donald Trump o López Obrador? Habrá muchas recetas, pero una es clave: no hay que caer en el juego de la polarización. Los demócratas en Estados Unidos aciertan cuando, nos guste o no, apuestan por la carta de controlar la migración en términos legales, cuando ésa es la mayor preocupación que tienen hoy los electores.
Trump quedó fuera del debate cuando rechazó el acuerdo que demócratas y republicanos alcanzaron en el Congreso sobre temas migratorios en la frontera con México a cambio del financiamiento a Israel y Ucrania. Trump quería que los demócratas se encerraran en la idea de la amnistía o de la defensa de la migración. Éstos no podían hacerlo sin regalarle muchos votos de estadunidenses que están, con razón o sin ella, muy preocupados por las consecuencias de las migraciones masivas.
Xóchitl Gálvez tendrá posibilidades en la medida en que no caiga en la lógica polarizadora del Presidente. El verdadero candidato del oficialismo, así se muestra, es López Obrador y cada día suma una nueva provocación contra Gálvez o contra todos los que él considera sus enemigos. Lo más fácil, lo más sencillo, es caer en esas provocaciones y anclarse en la polarización.
Claro que hay una polarización de hecho, desde el momento en que compiten dos candidatas que se reparten todo el voto, pero hay que ganar el centro, a esos switchers, huérfanos o indefinidos, diría el estudio de Gabriel González-Molina, que son el 35% de los electores y que se definen porque están alejados de López Obrador y sienten que nadie los representa. Hay que ganarlos, dice González-Molina, ofreciéndoles lo que quieren, no lo que inventan candidatos o partidos; valorando su esfuerzo, apreciando el trabajo como fuente de riqueza, impulsando propuestas de empleos productivos, proponiendo esquemas de salud y educación que funcionen y una estrategia efectiva contra el crimen. La propuesta de una vida mejor. Buscar el centro es una estrategia ganadora, sobre todo cuando tantos votantes detestan los extremos presentes en ambos partidos y buscan voces de confianza que den respuesta a las verdaderas preocupaciones de los votantes.
Hoy nada preocupa más a la gente que la inseguridad, la violencia, la salud y la corrupción. El gobierno federal no tiene respuestas a ninguno de esos puntos: es evidente que la estrategia de seguridad ha fracasado: los 180 mil muertos, los 40 mil desaparecidos, las extorsiones masivas y el peligro que supone transitar por las carreteras son una evidencia palpable. La violencia cotidiana es parte de ello: sólo desde que comenzó el proceso electoral las agresiones y asesinatos de aspirantes y dirigentes locales de partidos suman más de 50. La salud sigue siendo un agujero negro, donde siguen siendo millones los que se quedaron sin servicios desde la desaparición del Seguro Popular y ninguna de las soluciones implementadas desde entonces ha tenido éxito; el desabasto de medicinas, provocado por esta administración, lleva cinco años, y por supuesto que la Megafarmacia no lo va a solucionar. La corrupción es evidente y las sospechas llegan al círculo más íntimo del poder presidencial.
Cualquier campaña opositora tiene que girar sobre esos ejes sin caer en provocaciones. Desde el poder quieren que se establezca el debate sobre las 20 reformas que presentó el Presidente el 5 de febrero, sobre la foto de Xóchitl con Calderón o sobre su pronunciación en inglés. Olvidemos lo banal: la enorme mayoría de esas propuestas de reformas no tienen ni siquiera sentido, pero algunas se pueden tomar y sacarlas porque son parte del sentimiento de los electores. Son pocas: salario mínimo, pensiones y, aunque sea para muchos políticamente incorrecto, hay que incorporar la Guardia Nacional a la Defensa.
No se puede hacer campaña rechazando un aumento de salarios mínimos o pensiones (lo que hay que debatir es cómo se financiarán unos y otros) ni contra uno de los escasos instrumentos que tiene el Estado para garantizar la seguridad. Por supuesto que la estrategia de seguridad es errada y que se necesita mucho más, como tener un verdadero sistema policial en el país, con fuerzas locales que hoy son cada día más escasas. Pero, para la gente, el que haya fuerzas militares o de la GN en sus comunidades es central. Muchos hablan del 60% que tiene el presidente López Obrador de aceptación, pero el Ejército o la Marina tienen tasas de aceptación más altas y, cuando hay problemas en alguna región del país, la gente lo que pide es mayor presencia militar.
Es algo similar a lo que ha hecho Biden (y los demócratas) con el tema migratorio: aceptar que se tiene que afrontar esa realidad con medidas restrictivas porque una propuesta liberal, hoy, en el tema migratorio es inviable para la mayoría de la población. Así le quitan un tema central de la agenda (y lo obligan a radicalizarse) a su principal oponente, Donald Trump.
Si la oposición espera ganar en junio, deberá asumir que, a partir del 1 de octubre, ésa será su realidad en términos de fuerzas de seguridad, porque con ella tendrá que gobernar. Es mejor aceptarlo desde hoy que girar en el vacío el día de mañana. Y quitarle en ese camino una carta de campaña al propio mandatario.
El discurso opositor ha mejorado, pero sigue disperso. Se debe concentrar, debe apostar por las exigencias de la gente, exhibir las carencias del poder y no caer en las provocaciones, en la búsqueda de una polarización irracional que sólo alimenta al propio poder. (Jorge Fernández Menéndez, Excélsior, Nacional, p. 10)
Disminuyen cruces a EU

(Gregorio, Excélsior, Nacional, p. 12)
Supertazón y balacera
