Opinión Migración 190224

Duda Razonable / Migración: el efecto Abbott y Trump

Nadie ha combatido en los años recientes a los migrantes como el conservador gobernador de Texas, Greg Abbott.

Ha movilizado fuerzas policiacas, ha cerrado las fronteras y obstaculizado el paso legal de vehículos, el alambre de púas, la persecución de aquellos que logran pasar la línea.

Nadie ha tenido el impacto que ha logrado el gobernador de Texas en la opinión pública estadunidense, en tiempos electorales, y también en las acciones de otros gobernadores, así como en lo que están haciendo los migrantes.

Hace unos días The New York Times reportó, por ejemplo, cómo una de las ciudades que se consideran más abiertas a los migrantes está en crisis gracias a Abbott —que envía migrantes a ciudades de enemigos políticos— y los migrantes que buscan refugio en lugares menos hostiles.

“El mes pasado, Denver, una ciudad de 750.000 habitantes, había recibido casi 40 mil inmigrantes, la mayor cantidad per cápita de cualquier ciudad del país, incluso cuando el flujo de inmigrantes se desaceleró debido al profundo frío del invierno. Y la ciudad ha comenzado a sentir el mismo tipo de tensiones que enfrentaron Nueva York y Chicago mientras luchaban con sus propios flujos migratorios”.

El alcalde la ciudad, Mike Johnston ha pedido a la Casa Blanca y al Congreso recursos para lidiar con la situación, pero nada ha sucedido, menos después de que fracasara la negociación que por meses sostuvo la Casa Blanca con legisladores republicanos y que al final tumbó un llamado de Donald Trump. En Nueva York, donde el alcalde hace unos meses recibió migrantes y les prometió alojamiento y buenos tratos, ahora pide que ya no vengan y la semana pasada estuvo en el congreso estatal pidiendo más recursos para lidiar con la crisis, recursos que no se le han asignado.

Las políticas emprendidas por el gobernador Abbott han tenido consecuencias también en México. Miles de migrantes han optado por intentar el cruce por otros estados alejados de la frontera texana.

Valga como ejemplo lo que está sucediendo desde hace meses en el ejido Jacumé, entre Tecate y Mexicali, una zona sin muro en la frontera, con un terreno accidentado y peligroso que siempre ha sido utilizado para pasar pero que ha visto cómo se han multiplicado exponencialmente los intentos de cruce. Hace una semana, el INM instaló un refugio para aquellos que llegan a esa frontera, pero se ha desbordado.

Frente a esta situación, que empeorará en los meses siguientes, Trump y el trumpismo, avanzan. (Carlos Puig, Milenio, Al Frente, p. 2)

Todos Somos México / Texas: migrantes en riesgo

En los primeros días de febrero se registraron dos hechos significativos en el contexto del enfrentamiento entre el gobierno de Estados Unidos y el de Texas, debido a la crisis migratoria.

El primero fue la evacuación de casi 200 personas del centro de migrantes Firefly, de la Patrulla Fronteriza, ubicado en Eagle Pass, Texas, debido a la amenaza anónima de que el centro sería incendiado.

El segundo fue el arresto de un hombre de Tennessee, que le dijo a un agente encubierto que planeaba matar a inmigrantes ilegales con un rifle de francotirador en la frontera sur; que se estaba coordinando con milicias de Kentucky, Georgia, Carolina del Norte y Tennessee; y que “los patriotas se van a levantar porque estamos siendo invadidos”. 

Puede que la amenaza al centro de migrantes y las palabras del supuesto francotirador no sean más que bravuconería o ganas de notoriedad, pero no deben ser desestimadas porque reflejan el encono en ascenso de algunos sectores de Estados Unidos, y particularmente de Texas, hacia los migrantes. 

La atención a estas expresiones de odio será siempre necesaria para que no se traduzcan en hechos, por lo que es indispensable que los gobiernos estadounidense y texano muten su antagonismo en diálogo, aunque en año electoral parezca poco probable.

El conflicto ha crecido en lo que va de 2024, al grado de que la Guardia Nacional de Texas bloqueó el acceso de la Patrulla Fronteriza a un tramo importante de la frontera, a pesar de ser la instancia facultada para actuar en materia migratoria.

El gobernador de Texas, Greg Abbott, acusa al gobierno del presidente Joe Biden de permisivo e incapaz de controlar la creciente ola migratoria registrada en 2023.

Una de sus formas de protesta fue trasladar a cientos de migrantes a Washington, así como instalar atiborradas estructuras de alambre de púas que dejan en claro que el paso por allí implica asumir riesgos mortales.

Biden acudió a la Corte y acusó al gobierno tejano de haber hecho imposible “que los agentes de la Patrulla Fronteriza pudieran brindar ayuda a tres migrantes mexicanos, que terminaron ahogados en el río Grande”.

La Corte habilitó a la Patrulla Fronteriza a quitar el alambre de púas, lo que pareció una victoria del presidente Biden, pero, con el apoyo de 13 gobernadores republicanos, Abbott argumentó que Texas tiene el derecho constitucional para defenderse y mantuvo sus cercas de alambre, en un insólito desafío al gobierno federal y a la Corte.

La Casa Blanca confiaba en la aprobación bipartidista de una ley para mejorar el control fronterizo, que incluía atribuciones de emergencia al presidente Biden para cerrar la frontera en caso de sobrecarga migrante.

El pasado 7 de febrero la oposición republicana rechazó el proyecto, lo que deja latente el conflicto entre las autoridades federales y las tejanas, y en estado de inseguridad a los migrantes que están en la franja fronteriza entre México y Texas, debido a la hostil retórica en su contra, la que hay que contrarrestar para evitar que se traduzca en violencia física. (Mauricio Fara, El Heraldo de México, Editorial, p. 19)

Decálogo para iniciar discusiones en torno a un TSAN

La revista Nexos ha tenido la generosidad de publicarme, en el ejemplar impreso de este mes (número 554, pp. 32-38), un esbozo de lo que podría contener una primera propuesta mexicana para negociar un tratado de Seguridad para América del Norte (TSAN). A continuación reproduzco algunos fragmentos de este ensayo para ilustrar rápidamente al lector sobre los objetivos en los que podría enfocarse, y los temas que podría abordar un tratado de esta naturaleza.

Los objetivos de un TSAN podrían ser estos tres: 1) profundizar la colaboración y la cooperación con Estados Unidos y Canadá para fortalecer la seguridad regional, ante los grandes desafíos del crimen trasnacional que afectan la seguridad de los tres países. 2) Avanzar en México, con el apoyo de Estados Unidos y Canadá, en la profesionalización de sus fuerzas policiales y militares, así como de sus agencias de inteligencia e investigación criminal y, conforme se registren tales avances, crear “fuerzas de tarea” (task forces) de alto rendimiento para combatir amenazas y riesgos del crimen de alta escala. Y 3) una vez que México avance en los primeros dos objetivos, el TSAN debe enfocarse en reducir los daños del crimen al bienestar de la población, su sistema electoral, su infraestructura crítica (en materia de agua y energía, especialmente) y, con ello, optimizar el potencial económico del país.

El TSAN buscaría consolidar esquemas de colaboración que ya están marcha: formalizarlos, institucionalizarlos y acompañarlos, cuando se requiera, de mecanismos de auditoría y rendición de cuentas. También se trataría de innovar en algunas áreas de trabajo que hasta ahora han sido poco atendidas de modo conjunto por los tres países. A continuación describo, de modo ilustrativo, cuáles podrían ser diez rubros críticos que podrían incorporarse en la primera fase de negociaciones de un TSAN:

  1. Migración. Se buscaría armonizar criterios, acciones y políticas entre los países involucrados (incluyendo el Triángulo Norte de Centroamérica) y dar facilidades para la operación en territorio mexicano de autoridades migratorias de Estados Unidos. Esto, para reordenar el flujo migratorio y reducir incentivos perversos y riesgos para los migrantes. (Eduardo Guerrero Gutiérrez, El Financiero, Nacional, Política y Sociedad, p. 45)

Un panorama agridulce para los migrantes

Si bien los reflectores del último Super Bowl se los llevó la cantante Taylor Swift, el guacamole fue, como cada año, una de las estrellas infaltables en la final de la National Football League (NFL). Tan sólo para la edición de este 2024 se estima que México envió 130 mil toneladas de aguacate a Estados Unidos (rompiendo récord al ser la máxima cantidad exportada en la historia).

Consumir guacamole es ya tan tradicional en la Unión Americana como pedir una hamburguesa, y esto ha sido gracias a la influencia de los migrantes mexicanos en la cultura popular del vecino del norte. Pero de poco ha servido para sus gobernantes lo que los migrantes (y los latinos en general) han aportado al país más poderoso del mundo.

Tan sólo el actual presidente estadounidense Joe Biden, prometió en su campaña cambiarles la vida a los migrantes y hoy no sólo no ha cumplido sino que, incluso, empujó hace tres semanas una iniciativa bipartidista para cerrar la frontera. Por un lado, vemos como nuestros paisanos migrantes con la vivencia de nuestras costumbres le han dado sabor al Super Bowl, pero, por el otro lado, los políticos en EE.UU. no terminan de integrarlos y eso, tristemente, parece ser la tónica para la próxima administración (gane quien gane).

La historia de los Estados Unidos está arraigada, por su propia naturaleza, a la migración. Pero si nos enfocamos a los últimos tiempos, podemos ver que los presidentes más recientes como Barack Obama y Donald Trump, han tenido distintas reacciones para enfrentar los estragos provocados en su país por la migración indocumentada.

No obstante, y para muchos líderes migrantes, los resultados han sido poco alentadores para pensar en mejorar su condición legal. Obama, por ejemplo, tuvo una gran conexión con los latinos a tal grado que parecía que, por fin, llegaría un cambio positivo para los latinos. Sin embargo, Obama terminó siendo el mayor expulsor de migrantes en la historia de EU. Y de Trump, qué podemos decir: ganó en el 2017 el derecho a despachar desde la Casa Blanca gracias a su narrativa antiinmigrante. (Para las próximas elecciones de este 2024, su estrategia parece ser la misma: atacar sin clemencia a los latinos.)

Y ante este panorama tan incierto para los migrantes, ¿qué ha hecho el gobierno de nuestro país para contrarrestarlo? Los líderes migrantes han comentado con enojo que, desde el inicio de la actual administración federal, la llamada “austeridad republicana” eliminó programas como el 3×1 y bajó considerablemente el presupuesto de los consulados, afectando drásticamente la atención a nuestros paisanos. En consecuencia, los estados de la república han tenido que actuar para compensar, en la medida de sus atribuciones y posibilidades, este “abandono” (como lo dicen nuestros propios paisanos) en que se encuentran los migrantes.

En Guanajuato, de donde orgullosamente soy originario, nos hemos enfocado en cumplir con lo estipulado en el Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular. Recordemos que este pacto busca reducir los riesgos y vulnerabilidades que enfrentan las personas migrantes, entendiendo que la atención humanitaria a la migración puede ir de la mano de la internacionalización para generar beneficios a su ciudadanía.

En este sentido, quiero compartirles que la Konrad Adenauer Stiftung en conjunto con Paradiplomacia.org y el Gobierno de Cataluña publicaron el libro “Buenas prácticas y aproximaciones para la medición de la acción exterior desde la mirada regional”.

En este trabajo, precisamente, toman al estado de Guanajuato (única entidad de México presente en este libro) como ejemplo de cómo aplicar la gobernanza migratoria desde lo local. Tuve el honor de escribir, en compañía de Jorge A. Schiavon el capítulo que habla de cómo Guanajuato ha logrado ser considerado por las Naciones Unidas, a través de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y el Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR), referente internacional en materia migratoria. Los distintos programas, acciones y convenios que realizamos en Guanajuato en los últimos seis años, sirvieron para que la entidad fuera elegida por los integrantes de la Coordinación Nacional de Oficinas Estatales de Atención a Migrantes (CONOFAM) para liderar los esfuerzos de los gobiernos estatales en materia migratoria en todo el país.

Este 2024 es histórico para Estados Unidos y México. En ambos países se definirá el rumbo para los próximos años y los migrantes deben ser uno de los pilares que sostengan la economía, cultura y hermandad no sólo de mexicanos y estadounidenses, sino de todos latinos que transiten o lleguen a vivir a sus territorios. Mientras tanto, los migrantes siguen dando la vida por sus seres queridos, en países ajenos, pero sin olvidar su esencia.

Hoy, por ejemplo, vemos que la deliciosa comida mexicana la comercializan nuestros migrantes en cualquier lugar que se encuentren y que ha servido de influencia para ponerle sabor al evento deportivo más preciado de los Estados Unidos. En el último Super Bowl, millones de hogares en la Unión Americana disfrutaron de la historia de amor de Taylor Swift, aderezada con el incomparable sabor a México de unos nachos y un guacamole hecho con aguacates de Jalisco o Michoacán. (Juan Hernández, El Sol de México, Análisis, p. 9)

El Informe Oppenheimer / Los lapsos mentales de Biden y Trump

Los cada vez más frecuentes lapsos mentales del Presidente Joe Biden y del ex Mandatario Donald Trump, que muchos atribuyen a sus avanzadas edades, se han convertido en el tema clave de la campaña para las elecciones de noviembre en Estados Unidos. Pero no estén tan seguros de que Trump disfruta de una clara ventaja en este tema.

En primer lugar, tanto el demócrata Biden, de 81 años, como su probable rival republicano Trump, de 77, están cometiendo cada vez más meteduras de pata en sus apariciones públicas. Si esto fuera una competencia de confusiones mentales, estarían empatados.

Si Trump consigue la nominación republicana, como todo parece indicarlo, prepárense para un bombardeo de videos con que cada uno de los candidatos presentará a su rival como un anciano despistado.

Recientemente, Biden confundió a los Presidentes de Egipto y México, y al Presidente francés, Emmanuel Macron, con el difunto Mandatario de ese país, François Mitterrand.

Trump, por su parte, confundió recientemente al Presidente de Hungría con el de Turquía, que en inglés ni siquiera riman. Y Trump confundió varias veces en el mismo discurso el 19 de enero a su rival en las primarias republicanas Nikki Haley con la ex líder demócrata de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi.

En noviembre, Trump confundió a los presidentes de China y Corea del Norte, y dijo que el líder norcoreano “Kim Jong-un dirige a mil 400 millones de personas”. En realidad, Corea del Norte tiene una población de 27 millones de habitantes.

Y Trump no sólo se confunde, sino que suele decir disparates. Ya cuando era Presidente, Trump recomendó a los estadounidenses a inyectarse desinfectante para combatir el Covid-19.

Pero los temores sobre la capacidad mental de Biden dominaron los titulares en días recientes, porque el fiscal especial Robert Hur emitió un informe el 8 de febrero en el que describía a Biden como un “anciano con buenas intenciones, pero con mala memoria”.

Hur, quien había sido nombrado por Trump, había entrevistado a Biden durante cinco horas los días 8 y 9 de octubre. La campaña de Biden afirma que el Presidente estaba con la mente en el ataque terrorista de Hamas que acababa de ocurrir horas antes, y que el informe de Hur fue un golpe político contra el Mandatario.

La edad y la memoria de un presidente son preocupaciones legítimas de los votantes. Y muchos desearían, yo incluido, que tanto Biden como Trump se hicieran a un lado y permitieran que candidatos más jóvenes se presentaran en noviembre.

Pero si los estadounidenses se ven obligados a elegir entre Biden y Trump, sospecho que muchos llegarán a la conclusión de que la disyuntiva para muchos no será quién tiene mejor memoria, sino quién tiene mejores principios.

Y en el campo de los principios, Trump está en desventaja. Trató de dar un golpe electoral con su intento de revertir ilegalmente las elecciones de 2020, lo que habría marcado el fin de la democracia estadounidense. Y se pone instintivamente del lado de los dictadores de Rusia y Corea del Norte, al tiempo que pone objeciones a la ayuda estadounidense a Ucrania y amenaza con retirarse de la alianza de la OTAN.

Además, la afirmación racista de Trump de que “los migrantes están envenenando la sangre de este país”, así como sus cuestionables posturas sobre el cambio climático, la venta de armas de alto calibre y el aborto, probablemente le costarán muchos votos en las elecciones.

Y ahora, Trump se ha convertido en el principal obstáculo para un esfuerzo bipartidista en el Congreso para proteger la frontera con México, que había sido durante mucho tiempo un reclamo de los republicanos.

Trump se opuso al proyecto de ley porque no quería resolver la crisis migratoria antes de las elecciones porque ello lo privaría de su principal tema de campaña, dicen fuentes republicanas.

Es cierto que Trump luce más vigoroso que Biden, pero comete tantos deslices mentales como el actual Presidente.

Aunque muchos hoy dan a Trump como el favorito para ganar en noviembre, yo no haría ninguna apuesta. Si la economía sigue mejorando y el desempleo continúa cerca de sus mínimos históricos, las acusaciones mutuas de senilidad se van a neutralizar entre ellas, y puede ganar cualquiera. (Andrés Oppenheimer, Reforma, Internacional, p. 15)

Año Cero / La rebelión de los dioses

Nunca habíamos estado tanta gente a la disposición de tan pocas manos y a quienes realmente les importan tan pocas cosas. Aproximadamente 60% de la población mundial que vive bajo un sistema democrático o similar acudiremos a las urnas este año. Es muy difícil recordar una concentración tal de poder elegir, depositar el voto –con las condiciones de secreto y libertad que ello conlleva– que pueda competir en número con lo que pasará durante este año.

La primera regla del periodismo es que lo que más importa es lo de la esquina, lo que está sucediendo más próximo a quien es responsable de elaborar la nota. Todos juzgamos el mundo según nos va. Todos tenemos una impresión, una motivación, una interrupción o una dinamización de nuestras vidas en función de lo que nos toca vivir o lo que se nos da desde el día en que nacemos.

En América del Norte se sabe que cada 12 años México y Estados Unidos –que somos los dos países más habitados del continente y que además da la circunstancia de que compartimos no sólo los 3 mil 152 kilómetros de frontera sino el cada vez más creciente y preocupante flujo migratorio– coincidimos en fechas electorales. El tema de la migración –que involucra y tiene una potencial afectación a los más de 11 millones y medio de mexicanos que oficialmente residen en territorio estadounidense, pero que también repercute a todas las familias que reciben las remesas– es uno de los puntos clave de las próximas elecciones.

 

Pero el tema de los migrantes que han decidido traspasar –legal o ilegalmente– no es el único que tiene una relevancia significativa, sino que también es necesario prestar atención a las millones de personas, tanto mexicanas como estadounidenses, que cruzan diariamente la frontera, ya sea por cuestiones personales o laborales y que podrían verse afectadas en este turbulento proceso electoral y lo que suceda a partir de aquí.

Una realidad incómoda para este proceso electoral estadounidense es que uno de los temas clave se llama México y no en el buen sentido. Poco, sin quererlo y como lo ha entendido el presidente López Obrador, aunque las leyes claramente marcan un espacio temporal de meses para no poder cambiar nada antes de la elección, el voto de los migrantes y el peso que éste vaya a tener en el resultado electoral va a hacer que se adopte una postura mucho más comprensible hacia los mecanismos exigibles y exigidos a nuestros compatriotas para poder ejercer el derecho al voto. Si ellos son quienes nos sostienen –teniendo que en 2023 hubo un total acumulado de remesas por 63 mil 300 millones de dólares–, su relevancia en los próximos comicios electorales es alta.

 

Con independencia de las expresiones de los malquerientes de la ‘4T’ sobre que una parte de las remesas es sudada y la otra está llena de valores de limpieza del dinero y aderezada con gotas de los negocios y los sistemas del crimen organizado, la verdad es que, si pueden sostener a nuestros pueblos, nuestra hambre y a nuestros ciudadanos, teniendo la red de consulados que hay en Estados Unidos ¿por qué les vamos a impedir que ejerzan su derecho al voto?

No me vengan con que la ley es la ley. Sin duda alguna, esta será una de las frases favoritas del sexenio que parece que llegará a su fin el próximo 2 de junio, aunque en realidad todo está hecho para que pueda continuar, si no de manera física, sí en el espíritu que animó las grandes transformaciones de este régimen liderado por Andrés Manuel López Obrador. Si llega a ganar la candidata Sheinbaum, el trabajo del presidente López Obrador no es que llegue a su fin –ya que directa o indirectamente seguirá dictando el porvenir del país–, pero sí podrá dormir con mayor tranquilidad.

En Estados Unidos todo arde y arde porque, al final del día –como demostró en la fiesta que celebró en su mansión de Mar-a-Lago–, Donald Trump no es solamente el más popular o el más fuerte. No es sólo quien puede reunir en una fiesta a Ted Cruz o a los senadores de Florida, sino que además es quien tiene la capacidad de señalar el tema migratorio como el principal problema de cara a las próximas elecciones.

 

También es quien, al ver que su Partido Republicano –o más bien el trumpista republicano– va a llegar a un acuerdo con los demócratas, simplemente decide interrumpir, revirar y cambiar ese acuerdo. Desde la época de los romanos, siempre ha sido malo que un hombre esté por encima de las leyes. Pero qué se puede decir de alguien que –como también en otro país muy cercano a Estados Unidos– no le importa la ley, sino que lo que le importa es su propia interpretación de la ley.

En medio de todo esto, el comercial hecho por Tucker Carlson en el Kremlin con Vladímir Putin es toda una lección de cómo aguantar y cómo no perder los nervios. Mientras todos están nerviosos y preocupados con lo que hay que hacer, Putin, que es quien tiene la guerra declarada en forma de operación militar especial, a pesar de los soldados rusos que están muriendo en el frente ucraniano y el castigo económico –aunque con muy poco efecto– recibido por parte de las naciones que conforman el G7, es capaz de dar lecciones de templanza, de fe y de autocontrol en una entrevista que, en parte, también fue una especie de comercial rumbo a su deseo de reelegirse en las próximas elecciones presidenciales que se celebrarán en Rusia en menos de un mes. Putin es tan inteligente, tiene tantos servicios de información y puede adivinar el pulso de su pueblo que si bien no tiene exactamente el porcentaje por el que ganará, sí tiene la tranquilidad de que su liderazgo no peligra.

Merece especial mención el pronóstico de Putin sobre que la elección estadounidense la ganará Donald Trump.

 

Eso no es ninguna novedad. Basta recordar que en el año 2016 los servicios de inteligencia rusa y el propio Putin jugaron un papel muy importante en la campaña electoral. Este año, en medio del desajuste y de la ausencia de programas, ¿por qué no concentrarlo todo para que gane un líder que, aunque discutido, tiene probada su capacidad de liderazgo? En ese sentido, la nueva victoria de Trump y su regreso al Despacho Oval será, en cierto sentido, una victoria compartida que le abrirá las puertas de la Casa Blanca de par en par a un Putin ansioso por que esto suceda.

La democracia está en peligro de extinción. En las próximas elecciones es necesario salir a las urnas y hacer válido nuestro derecho al voto, pero, sobre todo, hay que instituir una serie de valores claros que sostenga esa democracia. No sólo se trata de efectuar el ejercicio de ir un día, coger una papeleta, doblarla e introducirla en una urna, sino que detrás de ese voto se halle todo un decálogo de valores democráticos que en este momento están en grave peligro.

El año 2024 será el año en el que mayor número de gente podremos ir a votar. El año de, seguramente, el conjunto de una serie de autócratas, como nos ha dado desde la década de 1930 Europa, Rusia y también, como consecuencia de la victoria de Mao en la guerra civil china. Un año que marcará un antes y un después en la historia moderna de la democracia, pero, sobre todo, será un año que reflejará si en verdad las sociedades son capaces de marcar sus propios límites o si prefieren seguir a la disposición de quienes las lideran.

Posdata. Mientras tanto, en medio de la guerra de encuestas y predicciones, a lo que hay que acostumbrarse –sobre todo cuando se trata de la política– es a ver y analizar la dirección del viento. La ocupación del día de ayer en la Ciudad de México –de la cual hay quien estima que se llegaron a reunir más de 700 mil personas– por las fuerzas, si no contrarias, sí diferentes a las del presidente López Obrador, se trata de una clara señal de que algo en la capital del país, que es además la reserva política de Morena, está empezando a cambiar.

No se utilizaron recursos públicos, ni se empleó la práctica cada vez más común de “acarrear” a la gente contra su voluntad. Y aquí llega el momento de preguntar: ¿por qué o qué es lo que hace que las personas se movilicen? Eso es lo que tendrán que descifrar las candidatas y sus equipos, pero sin menospreciar ni dejarse engañar, sobre todo el bando que recurrentemente afirma que ya ha ganado cuando la realidad es que –visto lo de ayer– aún todo puede suceder. (Antonio Navalón, El Financiero, Enfoques, p. 35)