Señoras y señores, los canadienses se cansaron de su política migratoria jipiteca que tienen con México y, nos adelantan, a partir del 1 de marzo los mexicanos van a necesitar visa para entrar a Canadá.
Al parecer el anuncio se hará este jueves 29 de febrero y quien anda queriendo apagar el fuego es la canciller Alicia Bárcena que al parecer ya tiene varios días por allá. Los motivos de Canadá son varios, uno de ellos tiene que ver con las razones reales por las cuáles emigran porque resulta que muchos se dicen perseguidos o que huyen de la violencia.
Nos explican que en realidad mucha gente emigró a la mala y se está quedando a pesar de estar violando los derechos de acogida además de que muchos podían ser malas personas que están huyendo de la justicia mexicana.
Suena como pretexto, la realidad es que los mexicanos han invadido Canadá en los últimos cuatro años de una manera constante a pesar de las condiciones que se han impuesto por lo que la visa será el último recurso a utilizar. (Red Compartida, La Prensa, Lo de Hoy, p. 2)
Listos para la CDMX ¡55 debates!
Por si no era suficiente la cascada de spots de propaganda electoral que recibiremos los ciudadanos en los medios, confirmaron en el Consejo General del Instituto Electoral de la Ciudad de México (IECM) que, además, organizará ¡55 debates! Tres serán entre los candidatos a la Jefatura de Gobierno, 16 de los que competirán por las 16 alcaldías, otros 33 de diputaciones de mayoría relativa, uno entre los que buscarán la diputación migrante, otro entre los que van como diputados pluris y otro más entre los representantes de los partidos políticos ante el órgano electoral. Debatitis aguda.(Confidencial, El Financiero, Nacional, Política y Sociedad, p. 33)
Se puso la del Puebla
Pues cómo ven que el gobernador de Puebla, Sergio Salomón, me dicen es quien maneja y les manda el dinero del erario, pues, obvio, no lo hace de su bolsa, a los migrantes que están en Nueva York y por lo menos va una vez al mes para allá. Sí, los mismos que atacaron a Xóchitl Gálvez durante su gira. ¿Será entonces él el artífice del porqué Sheinbaum, emulando a Barbie, claro, versión ‘4T’, se anuncia a todo color en Times Square?
Sin duda alguna, en el INE, encabezado por Guadalupe Taddei, seguro ya han contabilizado todos estos gastos. (Lourdes Mendoza, El Financiero, Nacional, Política y Sociedad, p. 39)
Desde los albores de la lucha independentista en los países de América Latina, las élites locales encontraron en Estados Unidos un modelo de gobierno a imitar, pero también un agente e intereses extranjeros a los cuales obedecer y por los cuales trabajar, so pena de sus propios pueblos y países.
Actualmente, el pensamiento de las élites latinoamericanas poco ha cambiado: lo mismo en Argentina los sectores pro Milei alientan el remate de empresas públicas nacionales y la dolarización del país; en Venezuela, las élites apoyan el bloqueo económico y celebran las hasta ahora (no demostradas) acusaciones de narcotráfico sobre el gobierno de Nicolás Maduro. Ni qué agregar del comportamiento de estas mismas élites en países como Ecuador y Perú, donde se han ilegalizado partidos y perseguido judicialmente a políticos de izquierda, a tal grado de exiliar a Rafael Correa en Bélgica, y deponer y encarcelar a un presidente, Pedro Castillo, respectivamente.
Como no podía ser de otra manera, en México a la oligarquía neoliberal pocas cosas le salen mejor que celebrar cualquier disparate que pueda venir de la clase política de EU y su aparato de difusión de propaganda, la prensa del “mundo libre”. Un día puede ser el Departamento de Estado proponiendo calificar a los narcotraficantes mexicanos como terroristas, lo que les daría el fundamento “legal” para intervenir militarmente en el norte de México; otro día, secundar y replicar los infames ataques (sin pruebas) y graves acusaciones de medios como ProPublica o The New York Times.
López Obrador ha sido capaz de lidiar con dos presidentes (Donald Trump y Joe Biden) provenientes de las dos principales fuerzas políticas en EU, distintos y con intereses confluyentes y contrapuestos, retomando el liderazgo y la influencia geopolítica de México en AL, colaborando y abierto al intercambio diplomático y comercial con China y Rusia y apostando de facto por un orden geoeconómico multilateral, sin perder la relación comercial más importante de México, sino logrando lo mismo en contraposición, pues el país se consolida como el principal socio comercial de Estados Unidos.
Sin embargo, 2024 es un año electoral en ambos países y cierto es que republicanos y demócratas ansían el regreso de aquellos tiempos en que el Presidente de México era un empleado más del gobierno de Estados Unidos y no ven con buenos ojos el legado político de López Obrador: la creación de un movimiento político nacionalista y popular capaz de ganar elecciones; una redefinición del estilo del ejercicio público con base en principios y reglas simples, como austeridad y ética política, “no robar y no traicionar al pueblo de México”; así como un rumbo claro de proyecto de nación en cuanto a la soberanía energética y un relevo generacional comprometido con dichos valores, y a la altura de asumir este enorme reto en la persona de Claudia Sheinbaum. Ese es el trasfondo que alimenta las motivaciones para comenzar una operación de desprestigio del actual gobierno de México, con la finalidad de influir en el proceso electoral mexicano.
López Obrador se ha plantado frente a frente al gobierno de EU para señalar el incumplimiento de acuerdos y la hipocresía de la política exterior norteamericana, la más reciente, el apuntar el infame desperdicio de recursos asignados a la confrontación bélica con Rusia y Oriente Medio a través del fondeo a la guerra civil en Ucrania y el inhumano genocidio en Gaza, en cuyas negociaciones nuestro país es usado como moneda de cambio entre demócratas y republicanos.
La crítica puntual, vino desde la Ciudad de México y se fundamenta en la asignación de 20 mil millones de dólares a Kiev y Tel Aviv, condicionando medidas antimigratorias, como reducción de visas temporales y vigilancia en la frontera, mientras ambos partidos han incumplido acuerdos con el gobierno de México para destinar recursos a los países de América Latina y el Caribe, con el fin de atender el problema migratorio de raíz.
Pronto llegó la respuesta de Washington, que movilizó a su aparato mediático para contarnos lo inimaginable (entiéndase mi sarcasmo): que una fuerza imperial investigue y rastree la trayectoria de un político nacionalista como López Obrador, especialmente en uno de los momentos más álgidos de su vida pública como lo fue la elección presidencial de 2006. La verdadera historia sería que nos mostrasen las pruebas contundentes e irrefutables de alegatos que citan fuentes sin nombres, de supuestos allegados a oficiales que espiaron a un político latinoamericano. Todo adosado con el tono displicente con el que desde la América anglosajona se mira la realidad latinoamericana. Sí, el mismo tono que podemos esperar de una serie de Netflix, en la que todos los mexicanos somos narcotraficantes, escuchamos corridos tumbados y vivimos bajo un cielo de tonos ocres y amarillos. (Fadlala Akabani, Excélsior, Nacional, p. 19)
El daño está hecho. En un balance preliminar del sexenio, el libro El daño está hecho (ed. Grano de sal) documenta 16 zonas de devastación. Lo escriben reconocidos especialistas, profesores universitarios y actores públicos. José Woldenberg, Lorenzo Córdova, Sergio López Ayllón, Martín Reyes, Jorge Javier Romero, Tonatiuh Guillén, Mauricio Merino, Jacqueline Peschard, José Casar, Rolando Cordera, Enrique Provencio, Ciro Murayama, Mariana Niembro, Raúl Trejo Delarbre, Julia Tagüeña, Julia Carabias, Antonio Azuela, Francisco Báez, entre otros.
Tierras arrasadas. El título es estremecedor, pero realista. Y el contenido dista de la resignación: desde el subtítulo hay una oferta (cumplida en la mayor parte de los textos) de ‘políticas para la reconstrucción’. El libro en conjunto forma un paisaje de escombros y tierras arrasadas, aquí y allá, con zonas resistentes a la destrucción y reservas institucionales y humanas para enderezar y reemprender el camino.
De la democracia al deporte. Entre otros temas, el volumen registra los daños y las vías de reparación en el campo de la democracia y el sistema electoral; los estragos en el estado de derecho; la militarización; la alineada y cruda política migratoria; la “corrupción vigente”; el asedio al sistema de transparencia; la alternativa “frente al monólogo de AMLO”; el gran descalabro en materia ambiental e incluso el desorden y la mezquindad (austeridad) del gobierno con el deporte.
Paso a la destrucción; dique a la reconstrucción. Entre los peores saldos del sexenio faltaría la violencia criminal extendida en el país, asociada al curso que tome la reciente divulgación de investigaciones estadounidenses sobre vínculos de dos cárteles con el entorno presidencial. Y hay un daño acaso mayor que los más desoladores recogidos —o no— en el libro: el que le da paso libre a la continuidad de la destrucción y constituye un dique para la reconstrucción. Se trata de los efectos de la celebrada narrativa de palacio, que mantiene el acuerdo con el presidente de la mitad de la población. En los hechos, activa o pasivamente, ese 55 por ciento apoya la negligencia o la complicidad de las autoridades con el crimen y la demolición de las instituciones democráticas.
Banalidad del mal. El poder manipulador del presidente ha llevado a buena parte de la población a pasar por alto, a trivializar, a normalizar los ataques a las libertades de expresión, al estado de derecho, al derecho de la gente a saber a través de la transparencia y del acceso a la información. Busca que a la gente le dé igual la militarización, el trato inhumano a los migrantes y el acoso y el descrédito a los periodistas que descubren lo que el poder oculta. A cambio del reparto de dinero público privatizado como regalo presidencial, se procura la indiferencia ante el fracaso del régimen en salud y educación, el avance de la corrupción y la persecución de la ciencia y los científicos. Es la banalidad del mal acuñada por Hannah Arendt al asistir al juicio del criminal nazi Adolf Eichmann.
Zona de interés. Hoy se utiliza el concepto para muchos fenómenos. Y en nuestro caso nos puede ayudar a describir el proceso de trivialización de las peores barbaridades por los cortesanos de un régimen que, desde la impunidad del poder, parecen negados para discernir sobre las peores consecuencias de sus actos. En la novela de Martin Amis en que se basa la película polaco-británica, todavía en cartelera, Zona de interés, la casa solariega del comandante del campo de concentración de Auschwitz, se ubica junto a aquel infierno. Y la banalidad del mal, interiorizada masivamente en la población, lleva al niño más pequeño de la casa a jugar, entre otros, con los aterradores ruidos que despide el encendido de los hornos crematorios. (José Carreño Carlón, El Universal, Opinión, A14)
Durante los primeros días de enero se publicaron una serie de encuestas de intención de voto de cara a la elección presidencial estadounidense de 2024. Los sondeos reflejan el declive de Biden entre los afroamericanos y los jóvenes menores de 35 años. Pero lo que más llama la atención es que Donald Trump supera a Joe Biden entre los votantes hispanos por más de cinco puntos. La pregunta es, ¿cómo puede aumentar la popularidad de un candidato populista que incentivó un fracasado golpe de Estado, que demoniza a los hispanos y propone medidas antiinmigrantes, xenófobas y racistas al estilo de los fascismos clásicos? La respuesta podría ser que las prioridades económicas y/o religiosas son más urgentes que una futura posible erosión de la institucionalidad democrática.
El Trumpismo y la propaganda van de la mano. Los fascismos y populismos siempre han fusionado sus mentiras con datos de la realidad. En ese marco, los líderes con aspiraciones dictatoriales se apropian de la idea de “democracia”, mientras que quienes proponen políticas de consenso son considerados como traidores, antidemocráticos y enemigos del pueblo. En este paquete de propaganda, la economía se define a partir de la mirada del líder que fusiona incertidumbre con paranoia en un marco de realidad económica que para muchos sigue siendo preocupante.
La inflación es la principal causa de incertidumbre. Durante toda la presidencia de Biden, la inflación ha sido de más del 4% anual (más del 8% solo en 2022), índices desconocidos en Estados Unidos desde 1991-1992, cuando Clinton venció a Bush. El aumento de los costos de los alimentos, el transporte y servicios públicos, alquileres y combustibles han afectado desproporcionadamente a trabajadores rurales, empleados en sectores de servicios, salud y limpieza, y dependientes de compañías de construcción. Todos estos son rubros ocupacionales de mayoría hispana que no han gozado de aumentos salariales debido a la inflación.
Trump supera a Biden entre los latinos
En 2020, Biden obtuvo el 65% de los votos hispanos mientras que el 32% apoyó a Trump, pero al día de hoy, Biden obtendría sólo alrededor del 34% mientras que Trump el 39%. El resto apoya a otros candidatos. Por otro lado, el 65% de los hispanos tiene una imagen negativa de Biden en cuestiones de manejo de la economía; mientras que una mayoría piensa que su situación económica fue más favorable durante la presidencia de Trump. Y es que si bien las políticas económicas de Biden han disminuido el desempleo y evitado una recesión, los beneficios del crecimiento económico y el aumento de la inversión en 2023 no parecen haber impactado sensiblemente a los sectores con una mayoría hispana o al menos esa es su percepción.
Debido al sistema electoral de Estados Unidos, no importa tanto la diferencia a favor de Trump en intención de voto hispano a nivel nacional, sino en qué estados clave el electorado latino prefiere a Trump. En el país hay más de 36 millones de votantes hispanos que representan el 15% del total del electorado y estos se concentran en su mayoría en California, Texas, Florida y Nueva York. Y si bien ninguno de estos estados es determinante, en todos, con excepción de Florida, la mayoría de los votantes hispanos votarían a Biden. Es probable que la elección de 2024 se decida en los mismos estados que definieron el triunfo de Biden en 2020 y de Trump en 2016: Arizona, Georgia, Michigan, Nevada, Pennsylvania, y Wisconsin.
Aunque Biden recuerde la “Muslim ban” -prohibición de ingreso de migrantes provenientes de países con antecedentes terroristas- y otros insultos racistas de Trump, tiene que mejorar su imágen con las comunidades árabes y musulmanas de Michigan que son muy críticas del apoyo estadounidense a Israel.
Georgia, y sobre todo, Pennsylvania son cruciales. Pero es en Arizona y en Nevada donde el voto hispano podría llegar a decidir la elección del próximo presidente. En 2020, Biden ganó en Nevada por un margen de 33,596 votos y en Arizona por solo 10,457 por lo que una pérdida de 30,000 a 50,000 votos hispanos le podría costar la reelección. La inflación en Nevada aumentó de un 20% desde el 2021, mientras que en la zona metropolitana de Phoenix en Arizona, el área de mayor población y la necesaria para que Biden pueda ganar el estado, ha sufrido el mayor aumento de precios a nivel nacional con picos mensuales de hasta 19% en 2022 y 12% en 2023. Es el gran aumento del costo de vida lo que ha provocado el descenso en la intención de voto para Biden en un contexto de crecimiento económico y creación de empleo.
El racismo ya no ofende, tanto
Los discursos y políticas anti-inmigratorias y xenófobas de Trump no son suficientes para disuadir el voto latino hacia el candidato republicano o, visto de otra manera, no parecen ser suficiente razón para movilizar una absoluta preferencia hacia Biden.
Y en este marco, además del factor económico, es necesario también tener en cuenta el factor ideológico. Trump sigue siendo muy popular en las comunidades hispanas evangélicas que representan el grupo con más crecimiento dentro de las iglesias evangélicas en Estados Unidos. Alrededor del 20% de los latinos en el país es evangelico y el porcentaje sigue aumentando cada año. Las iglesias evangélicas hispanas, la mayoría de ellas en Arizona, Nevada, Texas, Florida y Georgia, cumplen un doble rol: militan políticamente para el partido republicano, registrando votantes y financiando candidatos, y al mismo tiempo influencian, hasta cierto punto, la retórica de Trump en cuestiones de inmigración.
Los pastores latinos están incentivando a votar por Trump. Pero este no es el único líder apoyado por las iglesias evangélicas y los medios conservadores hispanos. Bolsonaro, Bukele, y desde hace dos años, el demagogo argentino Javier Milei son definidos como los salvadores mesiánicos de América Latina. Desde el 2021, comentaristas hispanos conservadores han fomentado la figura de Milei a través de canales de radio y redes sociales. Tanto así, que Milei ya era conocido entre los anticomunistas cubanos y venezolanos en Estados Unidos antes de su elección como presidente de Argentina.
La campaña de Milei y el subsecuente triunfo, no han hecho más que aumentar su popularidad en la derecha hispana estadounidense. La entrevista que le hizo el ex presentador de la cadena Fox Tucker Carlson, ha sido vista más de 438 millones de veces y sus comentarios sobre cómo el marxismo cultural, a través de los derechos LGBTQIA+, del feminismo, del derecho al aborto, del calentamiento global y de los derechos de minorías raciales está corrompiendo a la civilización occidental tuvieron fuerte resonancia en los grupos evangélicos y conservadores hispanos, y más allá también. Es más, Javier Milei participará en la CPAC, la conferencia de conservadores más importante de Estados Unidos en Washington DC a finales de febrero. Y en caso de asistir, se encontrará con Donald Trump, quien seguramente utilizará el encuentro para incrementar su popularidad entre la comunidad hispana.
Bolsonaro, Bukele y Milei son, en parte, hijos del Trumpismo, por lo que sus respectivas popularidades entre los hispanos reflejan la intención de voto hacia Trump. De esta manera, parecería que hay un efecto boomerang: el estilo y la retórica de Trump durante su presidencia fue imitado por los tres líderes latinoamericanos durante sus campañas. Y ahora, son los presidentes Milei y Bukele, y el expresidente Bolsonaro, quienes podrían influenciar la candidatura de Trump entre los votantes latinos. (Emmanuel Guerisoli y Federico Finchelstein/Latinoamérica21, El Universal, Online)
El presidente vargentino, Javier Milei, pasó este fin de semana en la Conferencia de la Acción Política Conservadora (CPAC, por sus siglas en inglés) en Estados Unidos. Milei ofreció el sábado una ponencia sobre los peligros del socialismo, parecido a lo que expuso en el Foro de Davos, Suiza. En la convención anual de la ultraderecha CPAC, coincidió con Donald Trump, quien tuvo elogiosas expresiones para el argentino, a quien calificó de gran caballero y muy popular. Ajustando su lema de campaña, acotó: Es un tipo estupendo y uno de los pocos que pueden hacer a Argentina grande de nuevo, añadió el ex presidente estadunidense.
El rol de la CPAC es acoplar las derechas radicales de todo el mundo en torno a las mismas agendas, preocupaciones e ideas, bajo la conducción de ciertos liderazgos republicanos, articulados en torno a Trump y Steve Bannon.
La eventual victoria de Trump en las elecciones presidenciales de 2024 en Estados Unidos representaría una seria amenaza para América Latina y en especial para México; aranceles y migración serían un binomio calamitoso para nuestro país.
En Argentina, la ultraderecha utilizó a Milei como recurso para que las élites económicas contrarrestaran las pretensiones regulatorias, fiscales y asistenciales para, así, volver a incrementar sus ganancias. Por eso claman ¡libertad, carajo! Dicha exclamación es un grito heterogéneo, viene desde las empresas más rancias hasta las demandas del catolicismo vetusto por la defensa de la familia, la sexualidad tradicional y contra el aborto.
En México, la polémica senadora Lilly Téllez invoca la presencia de Milei para agitar los espíritus retardaríos y así despertar de su letargo político a los heroicos antagonistas de la ultraderecha. Téllez invitó al ultraderechista Milei a venir a México para tener un diálogo amistoso y conocer sus ideas políticas en el contexto nacional e internacional. Téllez ha desnudado su talante ultraconservador. La legisladora, en septiembre de 2021, asistió a una reunión con Santiago Abascal, líder del partido español Vox, ultraderecha radical, con quien firmó la Carta Madrid, que sostiene la necesidad de frenar el avance del comunismo en el mundo.
Téllez transita ya en el viraje a la ultraderecha. Hay una gran tendencia mundial. En ella, hay oportunismo, pero tiene pocas herramientas conceptuales. Como otros políticos, dicho recorrido será gradual.
Es un hecho que la ultraderecha secular, fascista o supremacista tiene en la Iglesia católica a una gran aliada. El reconocido teólogo Juan José Tamayo, autor de La internacional del odio, le llama cristoneofascismo. El autor explica en el libro su concepto: El cristoneofascismo es esa alianza entre la ultraderecha legitimada por el capitalismo y los movimientos cristianos integristas que encuentran el apoyo de importantes jerarcas de la Iglesia, concretamente de todos los adversarios del papa Francisco, a quien empañan sus planteamientos críticos con el neoliberalismo.
La nueva derecha trumpista sostiene que la mayoría de partidos de derecha son blandengues y no representan al conservadurismo, por lo que es necesario que endurezcan sus posiciones. En suma, los integrantes de la CPAC coinciden en que estamos frente a una crisis moral, política, social y civilizatoria. Ese ha sido el discurso de Vox.
La aparición en México de la ultraderecha forma parte de un largo proceso histórico cuyo epicentro lo situamos en la guerra cristera 1926-29. Desde entonces hay dos grandes tutores: la Iglesia católica y el Yunque. Históricamente, ambos precursores, cada uno con sus intransigencias, lógicas de poder y confrontaciones con la sociedad moderna y secular. Cada actor por separado ha exhibido posturas ultras.
El pensamiento católico conservador mexicano ha hecho gala de integrismo. Y al mismo tiempo ha sacralizado el poder. Ya sea como lugar de conquista u objeto de feroz presión. El hecho es que encontramos a distinguidos miembros yunquistas encaramados en puestos de poder y de servicio público.
Eduardo Verástegui, protegido y financiado por Trump, sueña con un México que le permita a Dios ser el centro de nuestra nación, así lo dijo en un video que subió a redes sociales para lanzar su candidatura frustrada hacia la Presidencia. Es una muestra simbólica que la ultraderecha mexicana se enfila a una aparición política en forma. Articulándose con movimientos Pro Vida, Yunque, el Frente por la Familia, el Opus Dei, Legionarios de Cristo y empresarios católicos, que por ahora apuestan por Xóchitl Gálvez, con capacidad financiera.
Las tendencias mundiales de Europa y Estados Unidos sugieren la potencialidad en México de la aparición de partidos de ultraderecha. Se antoja una conformación ultraconservadora de clase media, blanca y católica. Ya sea porque se sientan agredidas por las narrativas de la 4T o que reivindiquen sus raíces, historia y revanchas.
Para este 2024, se antoja muy difícil que aflore electoralmente. Es más, a corto plazo la ultraderecha debe remontar obstáculos legales y políticos inmensos. Tiene recursos y redes internacionales. Pero a mediano y largo plazos todo puede suceder. (Bernardo Barranco V., La Jornada, Opinión, p. 22)
La Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), principal reunión anual de líderes y activistas de la derecha en Estados Unidos, cumplió el pasado fin de semana su quincuagésimo aniversario convertida en una apoteosis para Donald Trump y esto no deja de llamar poderosamente la atención. Apenas en 2016, cuando este evento todavía era considerado un espacio de debate y reflexión del conservadurismo, el magnate canceló a última hora su participación porque temía la hostilidad de un público generalmente apegado a las esencias del conservadurismo clásico. Y en efecto, prácticamente todo el “establishment” republicano repudiaba en ese entonces la “extravagante” candidatura presidencial de Trump. Ahora todo es radicalmente distinto. El expresidente es recibido año tras año como el líder supremo de “un movimiento sin precedentes en la historia” contra el “wokismo”, la inmigración, las teorías del calentamiento climático, la globalización, la agenda 2030 de Naciones Unidas y el cual está alineado con todo tipo de teorías de conspiración y sigue al pie de la letra la práctica del manual populista de distinguir entre “nosotros” (el pueblo) y “ellos” (las élites globalistas, el Estado profundo, las “fuerzas oscuras”).
Paradójicamente, a pesar de ser antiglobalizadora, esta nueva derecha se está globalizando. Desde hace algunos años a la CPAC acuden líderes de todo el mundo. Uno de sus grandes favoritos es el primer ministro húngaro Viktor Orbán, quien en 2022 declaró ante la Conferencia: “Seamos honestos, las cosas más malvadas de la historia moderna fueron llevadas a cabo por personas que odiaban el cristianismo. No tengas miedo de llamar a tus enemigos por su nombre…
La política no es suficiente. Esta guerra es una guerra cultural”. Este año no asistió Orban, pero si Nayib Bukele, Javier Milei y Santiago Abascal. “El globalismo ha muerto en El Salvador”, dijo Bukele, olvidando a los millones de inmigrantes salvadoreños presentes en Estados Unidos. El líder ultraderechista español Santiago Abascal denunció a los esfuerzos medioambientales de la Unión Europea con la frase: “Su futuro verde es en realidad un futuro rojo” y llamó a la unión de los defensores de los “valores en crisis de Occidente”. Milei dio un anodino discurso técnico.
Grandes diferencias distinguen a estos conservadores de los de antaño. The Economist destaca: “En lugar de ser escépticos con respecto a un gran gobierno, consideran a la gente común acosada por fuerzas globales impersonales y solo el Estado soberano puede ser su salvador”. Son feroces nacionalistas y aunque entre ellos existen algunas diferencias todos están obsesionados con desmantelar las instituciones “contaminadas por el wokismo y el globalismo”. También tienen pulsiones claramente autoritarias. Una vez en el poder se ven tentados a abandonar principios caros para los conservadores clásicos como lo son la fortaleza de las instituciones autónomas, el freno a los poderes del Estado, la transferencia pacífica del poder y la separación de poderes. Sobre todo, esta nueva derecha se basa en la política del agravio y la paranoia. (Pedro Arturo Aguirre, El Economista, El Foro, p. 54)