Desde el principio del sexenio, el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo que la manera en que su administración reduciría los índices delincuenciales sería mediante la “atención de las causas” de las desigualdades económicas, que él siempre ha visto como razón primordial de las “conductas antisociales”. O como suele decir, “la paz es fruto de la justicia”.
Cuando el huachicoleo se convirtió en tema de discusión pública en los primeros meses de su gestión, el mandatario aseguró que mediante la aplicación de los programas sociales se lograría que los pobladores de los lugares por donde pasan los ductos dejaran de robar combustible. Y que los campesinos que sembraban droga cesarían de hacerlo para volver a dedicarse a la producción de maíz.
Cinco años después, la ordeña de gasolina sigue siendo un problema grave y la importación de maíz está en máximos históricos.
En la discusión sobre si su gobierno ha tenido éxito en bajar los indicadores de las actividades criminales, el mandatario suele alegar, entre otras cosas, que se redujo el ritmo de crecimiento de los homicidios dolosos, aunque éste sea el periodo presidencial con el mayor número de asesinatos en toda la historia reciente: más de 187 mil, de diciembre de 2018 a la fecha.
Lo que no admite debate es el incremento de la migración interna y externa que se ha dado durante el actual sexenio.
De acuerdo con la edición 2023 de la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica –un ejercicio que el Inegi aplica cada lustro–, 15 entidades federativas tuvieron una disminución en su saldo neto migratorio. Es decir, que salieron de ellas más personas de las que entraron. Entre ellas están ocho de los diez estados con el menor ingreso promedio por hogar: Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Veracruz, Tlaxcala, Puebla, Zacatecas, Tabasco y Michoacán.
En cambio, otras 17 entidades tuvieron un saldo positivo en ese rubro. Entre ellas, ocho de los diez estados con mayor ingreso promedio por hogar: Baja California Sur, Baja California, Nuevo León, Chihuahua, Aguascalientes, Coahuila, Querétaro y Quintana Roo.
Es evidente que muchos mexicanos cambiaron de residencia hacia estados con mayores oportunidades laborales. Entre ellos, los polos turísticos de Baja California Sur y Quintana Roo, cuyos porcentajes de población que residía en otra entidad federativa en agosto de 2018 –cuando se levantó la encuesta anterior– son de 8.3 y 7.6, respectivamente.
También lo hicieron hacia estados con importante presencia de la industria maquiladora y/o que ofrecen, por ser fronterizos con Estados Unidos, la perspectiva de emigrar a ese país. En esa situación están Baja California, con 6.8% de población foránea, así como Querétaro (4.2%), Nuevo León (3.8%) y Chihuahua (3.1%).
De acuerdo con la encuesta 2023, cuatro millones de personas (3.3% de la población mayor de cinco años de edad) vive en una entidad distinta que en 2018; o bien, en otro país. Entre estos últimos, la enorme mayoría partió a Estados Unidos (89.7%) y tuvo como principal motivo buscar trabajo (52.1%). Cuatro de cada diez lo hicieron sin documentos. Los 1.2 millones que se fueron de México entre 2018 y 2023 son casi 58% más que los que lo hicieron en el quinquenio anterior.
En la glosa del Quinto Informe de Gobierno, la secretaria de Gobernación Luisa María Alcalde afirmó –el 4 de octubre pasado, en la Cámara de Diputados–, que “la migración mexicana hacia los Estados Unidos ha venido disminuyendo, gracias a la reducción de la pobreza y también a que existen mejores oportunidades de empleo y bienestar en nuestro país”. Sin embargo, los datos dicen otra cosa.
De acuerdo con las autoridades fronterizas estadunidenses, los encuentros con migrantes mexicanos pasaron de 883 mil en el quinquenio 2014-2018 a un millón 544 mil en el siguiente.
En suma, la aplicación de programas sociales –o, en general, la “atención de las causas”– no consiguió sus objetivos. Al menos no logró que los mexicanos más desaventajados dejaran de sentir la necesidad de salir de sus comunidades, pues tanto las circunstancias económicas como la inseguridad incrementaron el flujo de personas hacia otros estados del país o el extranjero. (Pascal Beltrán del Río, Excélsior, Nación, p. 2)
ORDEN
Ante la nueva ola de un creciente flujo de migrantes a través del territorio mexicano, se ha notado un cambio cualitativo que refleja, en los hechos, una mayor capacidad de cooperación entre las diversas instancias del gobierno de nuestro país, los de los países de Centroamérica y las autoridades de Estados Unidos. El gobierno estadounidense ha reportado la reducción de cruces y un flujo más ordenado, lo cual obedece a los resultados del llamado Plan Humanitario Conjunto sobre Migración, propuesto por México, que consiste en que los migrantes realicen su aplicación de ingreso a Estados Unidos no hasta llegar a la frontera norte, sino desde la frontera sur. Así, se frena su desplazamiento en el territorio nacional, se evita el paso por las zonas de mayor riesgo y se impide que queden atorados en la frontera norte, lo que evita invasión de vías del ferrocarril y obstrucción en las principales carreteras. (Julio Brito, La Crónica de Hoy, Negocios, p. 18)
Estudio del Cemla está listo
Nos dicen que finalmente el Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos (Cemla), que dirige Manuel Ramos Francia, concluyó el reporte sobre la migración mexicana femenina, el ingreso por remesas y la inclusión financiera. Nos detallan que el informe se dará a conocer en estos días y estará a cargo del director de Estadísticas Económicas y Foro de Remesas de América Latina y el Caribe, Jesús Cervantes. Nos recuerdan que seguramente el documento será la actualización del primer estudio que se dio a conocer hace justo tres años, utilizando la base de datos de una de las instituciones de crédito más importantes en el mercado de las remesas, y con el apoyo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). De ser así, nos afirman que se trata de información valiosa por la relevancia ante el fenómeno migratorio que estamos viviendo y su impacto en las remesas que no dejan de marcar máximos históricos. (Desbalance, El Universal, Online)
A escasos días de las elecciones más grandes de la historia de México, en las que se elegirán 21 mil cargos, estamos frente a políticos cuya principal estrategia es atacarse y culparse los unos a los otros. Apelan a la mala fama de los demás, como si ellos mismos no tuvieran cuentas pendientes de administraciones pasadas. Pero el cinismo y la indolencia con la que la clase política tradicional se dirige a nosotros es responsabilidad compartida de una ciudadanía poco comprometida, que ha sido incapaz de organizarse sin politizar y decir basta.
No queda muy claro si como causa o efecto de esto, vivimos en un país donde la violencia ha dejado de sorprendernos; en el que un niño o una niña de nombre Dante o Camila pueden ser asesinados a plena luz del día sin que nadie lo evite y que además se multiplique por 6 mil Dantes y Camilas en los últimos 5 años; en el que es completamente normal que más de 30 candidatos sean asesinados en una contienda electoral; en el que 57 periodistas hayan sido asesinados en el sexenio de Calderón, 47 en el de Peña y 44 en el de AMLO; en el que, según datos del Inegi en 2023, el homicidio es la primera causa de muerte para las personas de 15 a 44 años, y la quinta en niños de entre 5 y 14 años; en el que en la última década, en promedio, los homicidios sigan rondando los 30 mil casos anuales; en el que los migrantes que transitan por nuestro territorio tienen que pagar a ¨buenos¨ y a “malos” por el “derecho de paso”; en el que en promedio mueren 10 mujeres todos los días por el hecho de ser mujeres, y donde 7 de cada 10 han experimentado algún tipo de violencia en su vida y más de 108 mil han sufrido de violaciones en los últimos 6 años; en el que la inseguridad se ha vuelto la primera causa de migración hacia Estados Unidos; en el que accidentes como la caída de un templete, del Metro, de una escuela, o el incendio de una guardería son casos fortuitos en donde no cabe la negligencia ni la omisión de quienes están al mando, porque son palabras que en nuestro vocabulario de gobernados en un país como México tienen poco valor.
Más allá de quien gane las próximas elecciones, el primer paso será reconocer la descomposición en la que vivimos. Nos acostumbramos a modificar nuestras dinámicas sociales, a no salir de noche, a no salir solas, a no dejar a nuestros hijos solos cuando podemos. A vivir en una falsa normalidad que no es normal.
El fin de semana pasado fue el más violento del año, con 280 personas asesinadas en el país. Los Servicios Médicos Forenses están saturados, lo que significa que las personas tienen que sacar número y formarse en los pasillos junto con los cuerpos de sus familiares, esperando que les practiquen la autopsia. Y, por si fuera poco, solamente se denuncian 10.9% de los delitos que tienen lugar, de los cuales además el 95% quedan impunes.
No estamos dispuestos a reconocer que vivimos en un estado fallido porque no nos gusta que nadie nos venga a dictar qué hacer desde afuera, y con justa razón. Pero tampoco exigimos a nuestros gobernantes que rindan cuentas por sus actos ni por sus omisiones.
La constante es que los políticos digan que la culpa es del otro y nadie se responsabilice, pero lo único claro es que los mexicanos mueren violentamente. Entendimos mal la resiliencia, estamos tan acostumbrados, que no se vislumbra el fin del ciclo de la violencia, nos resignamos a ser mexicanos, y nos cuesta imaginar un futuro mejor. Vivimos simplemente esperando a que la desgracia que acecha desde la indolencia de las autoridades no nos toque a nosotros, aunque cada vez esté más cerca.
Inclemente, Octavio Paz sentenció en El laberinto de la soledad que “la indiferencia de un mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida”. Como un Atlas latinoamericano, nos hemos sometido a cargar sobre nuestras espaldas la irracionalidad en toda su magnitud.
Esperemos que la clase política tome consciencia y responsabilidad antes de que la violencia nos consuma y la falta de confianza en ellos, tal y como sucedió recientemente en Argentina, empuje a la ciudadanía a optar por cualquier alternativa diferente, por más extrema y perniciosa que sea. (Eunice Rendon, El Universal, Nación, p. A11)

(Llera, Excélsior, Nacional, p. 10)