Nuestra invisible crisis migratoria
Inevitable que a cinco años de que el Gobierno de la República cedió al chantaje de Donald Trump y procedió a interferir en las caravanas de migrantes que desde la frontera con Guatemala cruzan para atravesar México para acercarse a Estados Unidos esa, digamos, política migratoria, hace agua.
A lo largo y lo ancho de la República se “rescatan” migrantes y se les devuelve al sur, cuando no se les deporta. O se les engaña al detenerlos muy al norte, dándoles permisos y subiéndoles en autobuses que les regresan casi a la frontera con Guatemala.
Sumado el repliegue ante las bandas del crimen organizado, se deja a los migrantes expuestos a los abusos y explotación por autoridades locales y bandas criminales. Oficialmente no pasa nada; pero avergüenza oír en la BBC a un mutilado migrante venezolano decir: “aquí en México no somos nada”. (José Fonseca, El Economista, Política y Sociedad, p. 39)
Hoy promete ser un día de intenso movimiento político, con eventos cruciales que marcarán el rumbo del país en diversos ámbitos. Este “jueves movidito” nos ofrece un panorama complejo donde la justicia, la política interna y las relaciones internacionales convergen en un escenario de alta tensión.
3 El debate que puede mirar al sur. Mientras México lidia con sus propios desafíos internos, al norte, Joe Biden y Donald Trump se enfrentarán en un debate presidencial que, incluso si no nos nombran, tendrá repercusiones inevitables para nuestro país. Los temas de comercio, seguridad y migración seguramente habrán de presentarse, cada uno con implicaciones directas para México.
El resultado de este debate, y eventualmente de las elecciones estadunidenses, podría influir significativamente en la política migratoria bilateral, en los acuerdos comerciales como el T-MEC, y en las estrategias de seguridad compartida, especialmente en lo que respecta al combate al narcotráfico.
Para México, será crucial observar las posturas de ambos candidatos y comenzar a preparar estrategias diplomáticas y económicas para cualquier escenario poselectoral en Estados Unidos.
¡Vaya jueves! Este día movidito nos presenta un microcosmos de los desafíos y oportunidades que enfrenta México en esta coyuntura histórica. La defensa del Poder Judicial, la conformación del nuevo gobierno y el panorama internacional se entrelazan en una jornada que podría definir el tono y la dirección de la política nacional en los próximos años.
Cada uno de estos eventos, por sí solo, sería suficiente para captar la atención nacional. Juntos, nos ofrecen un panorama completo de la complejidad del momento político que vivimos. Será un día para observar atentamente, analizar con cuidado y reflexionar sobre el futuro inmediato de nuestro país en un mundo cada vez más interconectado y desafiante. (Yuriria Sierra, Excélsior, Nacional, p. 12)
Todo está listo para el arranque mediático de las elecciones en Estados Unidos. Las posibles audiencias norteamericanas y del resto del mundo estaremos atentas a la señal procesada por la cadena CNN desde Atlanta en el estado de Georgia y difundida por diferentes televisoras, portales de noticias y redes sociodigitales que mostrará una nueva versión de los enfrentamientos directos entre los dos inquilinos más recientes de la Casa Blanca: Donald Trump y Joe Biden.
El primero de dos debates rumbo a la jornada electoral del primer martes de noviembre tendrá algunos cambios acordados previamente por sus equipos de campaña. Entre estas modificaciones resulta interesante que no veremos público en el estudio, a los candidatos que no tengan turno de participación o replica mantendrán su micrófono cerrado y no tendrán contacto directo con sus asesores, todo ello derivado de las quejas de las actuaciones de Donald Trump contra Hillary Clinton hace ocho años y con Biden previo a la elección pasada del año 2020.
Además, dos experimentados moderadores, Dana Bash y Jack Tapper de la cadena que Ted Turner creó, tendrán la tarea de conducir este debate que tiene desde ya la expectativa de poner en el eje de las propuestas, dos asuntos que han llamado poderosamente el interés del posible electorado: la discusión sobre el aborto desde la perspectiva del futuro gobierno y de los partidos representados y un asunto particularmente sensible y central para nuestro país y la región: la migración.
En este punto, la decisión de los votantes latinos en esta elección dependerá en buena medida de los posicionamientos de Biden y Trump que podrían marcar el rumbo de la votación general. Los cerca de 38 millones de posibles votantes, con motivaciones diferenciadas e intenciones de afinidad partidistas no tan claras, -aunque todavía un margen pequeño siguiendo las ofertas demócratas-, esperan mayor claridad de los candidatos sobre su futuro laboral y el de sus familias en la Unión Americana de cara al diseño de la política de migración que han marcado el casi abanderado republicano y el virtual candidato demócrata
Por ello, el tercer interlocutor latente es el gobierno mexicano que entrará en funciones un mes antes de las elecciones en los Estados Unidos. El tono de las propuestas migratorias de ambos contendientes marcará desde la primera semana de enero la distancia entre la cooperación o la confrontación entre los dos países.
Sin embargo, el interés sobre este debate y una segunda versión programada para el mes de septiembre tienen más referencia al impacto de este encuentro sobre el futuro de Trump y Biden antes de su unción como candidatos en las convenciones partidarias en los próximos meses.
Así, sigue en el ambiente el efecto de los juicios que enfrenta Donald Trump en el ánimo de su base electoral y de sus seguidores afines. Si bien la estrategia de su candidatura se amplifica en cada paso por los tribunales y en la charola de las aportaciones, hay algunas voces dentro de su partido que ya alcanzaron su límite.
Mientras que en el caso del actual presidente, el tema de su edad, la valoración social de su desempeño en el manejo de la economía y el juicio de su hijo Hunter Biden podría convertirse en el marco de referencia y disputa en un frente a frente con su opositor que por casi dos horas concentrará el interés de las audiencias que veremos su desempeño de los contendientes que estarán frente a las cámaras y la mirada mundial armados solamente de una pluma, una libreta y un vaso de agua para ganar las mentes y los corazones de quienes decidirán el futuro de los Estados Unidos y de una parte importante del mundo Occidental. (Erick Fernández Saldaña, El Sol de México, Análisis, p. 20)
El Presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y el aspirante republicano Donald Trump están debatiendo cada vez más acaloradamente sobre la migración a medida que nos acercamos a las elecciones de noviembre, pero permítanme sugerir que -como muestra un nuevo estudio- gran parte de esta discusión es estéril.
Primero, a pesar de las constantes afirmaciones de Trump de que hay una “invasión” de migrantes indocumentados que supuestamente están “envenenando la sangre” de este país, las cifras de cruces ilegales han disminuido un 40 por ciento durante los primeros cuatro meses de este año, según cifras de la agencia de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos.
Es cierto que los encuentros de migrantes alcanzaron un nivel récord en 2023, pero desde entonces han disminuido drásticamente. Y los cruces ilegales pueden disminuir aún más después del anuncio de Biden el 4 de junio de que se limitará severamente la cantidad de personas que pueden solicitar asilo en Estados Unidos cada mes.
Las encuestas muestran que la migración sigue siendo un tema prioritario de los estadounidenses para las elecciones. Pero si el número de cruces fronterizos sigue disminuyendo, como algunos expertos dicen que sucederá, puede que para noviembre el tema ya no sea tan prioritario.
En segundo lugar, según un nuevo estudio realizado por Dany Bahar, experto en migración de la Universidad de Brown, en realidad no importa lo que Biden o Trump hagan para detener a la gente en la frontera, porque miles seguirán llegando mientras haya empleos disponibles en Estados Unidos.
En su estudio para el Centro para el Desarrollo Global, Bahar analizó los cruces fronterizos en los últimos 25 años y descubrió que “la gente viene cada que hay puestos de trabajo vacantes”, independientemente de si están en el poder los republicanos o los demócratas.
Mientras los estadounidenses no quieran trabajar de jardineros o empleadas domésticas, los migrantes seguirán viniendo a ocupar esos puestos, afirmó. “La llamada ‘crisis fronteriza’ se solucionará por sí sola, naturalmente, a medida que los mercados laborales se enfríen”, me dijo Bahar.
Según la Cámara de Comercio de Estados Unidos, hay casi 9 millones de puestos vacantes en el país, y solo 6.4 millones de trabajadores desempleados. Florida, por ejemplo, ahora tiene solo 53 trabajadores disponibles por cada 100 puestos vacantes, de acuerdo con la citada fuente.
En tercer lugar, la solución a la migración no autorizada tal vez no esté en la frontera de Estados Unidos, sino mucho más al sur, en México o Centroamérica.
En una entrevista la semana pasada, el Presidente electo de Panamá, José Raúl Mulino, quien asumirá el cargo el 1 de julio, me adelantó que ofrecerá a Biden un plan conjunto para detener a los migrantes en la selva del Darién de su país. Según el plan, Panamá repatriaría a los indocumentados a sus países de origen si Estados Unidos paga por esos vuelos.
Los contribuyentes estadounidenses ya están costeando las deportaciones desde Estados Unidos. Pero costaría menos enviar estos vuelos desde Panamá que desde Nueva York.
Más de 500 mil migrantes cruzaron la selva del Darién en la frontera de Panamá con Colombia el año pasado en su camino hacia la frontera con Estados Unidos.
Cuarto, Estados Unidos necesitará cada vez más migrantes, porque su población está envejeciendo, y cada vez habrá menos trabajadores que paguen impuestos para cubrir la seguridad social de los jubilados.
Todo esto me lleva de regreso a mi punto principal: hay muchas falsedades en torno a la llamada “crisis migratoria”, incluida la falsa afirmación de Trump de que los indocumentados están trayendo el crimen a este país. Varios estudios muestran que los migrantes quieren pasar desapercibidos y cometen menos crímenes violentos que los nacidos en Estados Unidos.
Así que no nos dejemos llevar por la demagogia de Trump sobre supuestas hordas de criminales violentos que estarían invadiendo este país. La solución a este problema real es, como siempre lo ha sido, una reforma migratoria bipartidista que ordene el caos de la migración irregular, en combinación con una mayor integración económica con los vecinos del sur de Estados Unidos que ayude a sacar a más gente de la pobreza. (Andrés Oppenheimer, Reforma, Internacional, p. 14)
Durante su gobierno, Andrés Manuel López Obrador pasó por alto que el prestigio internacional de México se obtiene con tres ces: consistencia, coherencia y confianza.
La consistencia requiere la solidez y estabilidad de los objetivos internacionales de México, es decir, que sean firmes y duraderos.
La coherencia indica la relación consecuente entre los intereses nacionales y los principios de política exterior.
La confianza se obtiene como resultado de la consistencia y la coherencia de la política exterior con el estado de derecho, lo cual genera certidumbre en el exterior.
Al principio de su gobierno, AMLO criticó a sus antecesores por no respetar los principios constitucionales de la política exterior, consagrados en el artículo 89 constitucional:
“En la conducción de tal política, el titular del Poder Ejecutivo observará los siguientes principios normativos: la autodeterminación de los pueblos; la no intervención; la solución pacífica de controversias; la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales; la igualdad jurídica de los Estados; la cooperación internacional para el desarrollo; el respeto, la protección y promoción de los derechos humanos y la lucha por la paz y la seguridad internacionales”.
Entre dichos principios, el Presidente ha soslayado sobre todo el principio de no intervención.
El problema del intervencionismo de López Obrador radica en que, siendo Presidente de México, se ostentó como líder de la izquierda internacional. Se erigió en abogado defensor de gobiernos afines, aunque sean dictatoriales, y en juez de regímenes conservadores, aunque sean democráticos.
Pero la ideología progresista tuvo sus límites cuando se trató de lidiar con Estados Unidos.
Después de permitir como Presidente de México las constantes difamaciones de Donald Trump a los mexicanos como “violadores, asesinos y narcotraficantes”, se abstuvo de condenarlo e incluso lo declaró su amigo personal.
Después de militarizar con 17 mil soldados la frontera sur por presiones de Trump, AMLO aceptó controlar el flujo migratorio sin recibir un solo dólar.
Hoy pocos se acuerdan de la mentira de los 7 mil millones de dólares de EU anunciados por Marcelo Ebrard en junio de 2019, supuestamente donados por Trump para frenar la migración.
Hoy se olvida que Mike Pompeo reveló en su libro Never Give an Inch (Nunca ceder ni una pulgada) cómo Ebrard cedió, a cambio de nada, recibir a nacionales de terceros países (inicialmente Honduras, El Salvador y Guatemala) con el programa Quédate en México, en una reunión secreta en Houston en noviembre de 2018.
Se pretende borrar de la historia cómo Ebrard le pidió ocultar la naturaleza bilateral del acuerdo migratorio oneroso para México como si fuera una decisión unilateral de EU para no afectar su falsa imagen de político nacionalista.
Hoy unos pocos recuerdan cómo Trump se mofó del secretario de Relaciones Exteriores de México por haberse doblegado fácilmente a sus amenazas.
Mientras se pretende tapar la gestión ignominiosa de Ebrard como canciller, el designado secretario de Economía ya lanzó una fuerte campaña mediática para 2030 para proyectar la imagen de ser el más hábil y experimentado negociador comercial que va a domar a Trump, si gana la elección, en la revisión tripartita del T-MEC en 2025. De risa loca.
Ebrard regresa al próximo gobierno por órdenes de AMLO dejando ambos en ruinas la diplomacia mexicana. Hicieron falta las tres ces. (Agustín Gutiérrez Canet, Milenio, Política, p. 14)
Un país no es otra cosa que la gente que lo habita. Su territorio puede estar plagado de hermosos paisajes o extenderse hasta los confines de un continente pero su esencia primigenia no es geográfica sino cultural, es decir, resulta de una construcción humana.
A muchos de nosotros nos está perturbando grandemente la avasalladora irrupción del horror en México, así sea que la violencia se haya vuelto ya parte de la maligna normalidad que vivimos todos los días.
Ahora bien, los signos anunciadores del infierno terrenal que sobrellevan ahora tantos y tantos compatriotas nuestros han estado ahí, en el paisaje nacional, desde hace un buen tiempo: mientras que en otras comarcas del globo la población aplaudía a los médicos que brindaban los cuidados que se necesitaban por la acometida del SARS-CoV-2, aquí fue insultado y agredido el personal de salud; han tenido lugar escalofriantes linchamientos en muchas comunidades, azuzados por sujetos que en momento alguno se detuvieron siquiera a pensar que los seres humanos que la muchedumbre iba a moler a palos o a quemar vivos pudieren ser perfectamente inocentes, representantes de alguna empresa o simples trabajadores originarios de un pueblo vecino; finalmente, la barbarie no acaba de ver la luz en las últimas semanas —o, digamos, en este sexenio— sino que se ha manifestado de manera escalofriante en las masacres perpetradas en San Fernando, en agosto de 2010, en Tamaulipas (72 ejecutados, 14 mujeres y 58 hombres, inmigrantes de Centroamérica, de camino a los Estados Unidos, a los que dispararon por la espalda por no pagar el rescate luego de ser secuestrados por Los Zetas) o en la monstruosa matanza ocurrida en Allende, Coahuila, en 2011, en la que 70 sicarios de la referida organización criminal asesinaron a 300 (una estimación, aunque fueron 42 las muertes confirmadas) habitantes de esa localidad.
Todo esto, ante la indiferencia de millones de ciudadanos que no se han movilizado masivamente para exigir que se detenga el espanto y que nuestra patria sea, de una buena vez, el hogar apacible que pueda habitar pacíficamente la gente de bien.
Estamos hablando de un fenómeno muy siniestro: la descomposición social de un pueblo, alimentada por décadas enteras de incuria y dejadez gubernamental. ¿Tiene compostura esta infamante tragedia? (Román Revueltas Retes, Milenio, Al Frente, p. 2)
Hoy veremos al “nuevo” Donald Trump que aspira a regresar a la Casa Blanca, en su primer debate con el presidente Biden previo a la elección de noviembre. Viene más agresivo que nunca.
En una reciente entrevista con la revista Time, Donald Trump “reconoció” por primera vez haber cometido un error en su primer mandato: fui demasiado amable.
“Dejé pasar las cosas porque tengo corazón. No quiero avergonzar a nadie”, dijo Trump. “No creo que vuelva a hacer eso. De ahora en adelante, voy a disparar”.
Con esa advertencia queda claro por qué, en muchas partes del mundo, de manera pública o privada, existe preocupación por lo que sería un segundo mandato de cuatro años de Trump en la Casa Blanca.
Aquí van algunos temas sensibles en política exterior, y diferencias entre ambos contendientes:
México
Trump dijo que si gana sería “dictador por un día”. Su primera acción: cerrar la frontera con México.
En varios mítines ha dejado en claro que, durante su posible segundo mandato, lanzaría una de las mayores operaciones de deportación en la historia de Estados Unidos, incluyendo el uso de las Fuerzas Armadas para manejar campos de concentración de inmigrantes.
Su plan, aunque poco factible, es remover a los 11 millones de indocumentados de Estados Unidos, la mitad de los cuales son mexicanos. Además, mantiene vivo su plan de completar el muro fronterizo.
De ganar, podría enviar a fuerzas especiales a México para desmantelar cárteles de las drogas y designar a los grupos criminales mexicanos como organizaciones terroristas internacionales.
En el Congreso, algunos republicanos ya están empujando cambios en la política energética y de seguridad de México, como parte de la revisión del T-MEC en 2026.
Biden puso en marcha una acción ejecutiva que podría beneficiar a más de medio millón de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos, la mayoría de ellos mexicanos.
Puso en suspenso la construcción del muro en la frontera y evitó repetir las políticas migratorias más polémicas de la era Trump, como la separación de niños migrantes de sus familias.
Por motivos electorales, decidió aplicar una política de restricción al asilo en la frontera con México. (Pablo Hiriart, El Financiero, Nacional, Política y Sociedad, p. 35)
En contraste con lo que ocurrió en México en las pasadas elecciones, algunas regiones estratégicas del mundo se están desplazando hacia la extrema derecha. Las características de estos movimientos varían según el país, pero comparten dos elementos centrales: un repudio por los inmigrantes y un creciente proteccionismo. Pese a que nuestro país no forma parte de la ola derechista, no estamos inmunes a su influencia.
Dentro de América del Sur, El Salvador y Argentina se han volcado a la ultraderecha. En Europa, esta ideología ha ganado terreno con populares figuras como Giorgia Meloni en Italia y Marine Le Pen en Francia. En las recientes elecciones al Parlamento Europeo, los partidos de la extrema derecha tuvieron un desempeño sobresaliente, cimbrando al statu quo del continente. Incluso en Estados Unidos, la probabilidad de que Donald Trump regrese a la Casa Blanca es alta.
Uno de los principales detonantes del viraje hacia la ultraderecha es el desencanto de la población de varios países, en particular de los más ricos, con la globalización. Es indiscutible que el impacto neto del mayor intercambio comercial que suscitó este proceso ha sido positivo, pero ha habido perdedores. Y aunque la balanza se inclina fuertemente del lado de los ganadores (cientos de millones de personas en el mundo han salido de la pobreza en las últimas décadas gracias a la globalización), quienes no han participado de los beneficios se han vuelto cada vez más vocales en sus críticas.
Otro detonante son los crecientes flujos migratorios. La cantidad de ciudadanos de países ricos que resiente la presencia de inmigrantes indocumentados está aumentando. La razón es que, según su percepción, les quitan trabajos, disparan el crimen y erosionan su identidad nacional. La mayor indignación ha alimentado el nacionalismo y, en consecuencia, el populismo de derecha.
¿Qué tiene que ver todo esto con México? Al final de cuentas, la votación del 2 de junio afianzó el predominio de la izquierda por lo menos seis años más. El problema es que somos un país altamente dependiente del comercio (el cual representa cerca de 80% del PIB anual) y de los migrantes (quienes nos aportaron más de 60 mil millones de dólares al año pasado en remesas), por lo que cualquier ajuste en estos frentes nos afecta severamente.
Trump ha manifestado su intención de gravar todas las importaciones, incluidas las de México, con un arancel de 10% y de deportar a todos los inmigrantes indocumentados que viven en EU, de los cuales cerca de la mitad son mexicanos. Aunque sabemos que Trump no siempre cumple sus amenazas, el peligro es latente.
Veremos qué pasa en los próximos meses y años. Es posible que el movimiento de ultraderecha pierda fuerza. Lo dudo. Los sentimientos de agravio de algunos segmentos de la población en países ricos son profundos, por lo que más nos vale prepararnos para lidiar con las fuerzas de la extrema derecha en los años venideros. (Julio Serrano Espinosa, Milenio, Negocios, p. 24)