Opinión Migración 290624

Templo Mayor

LA CANCILLER canadiense, Mélanie Joly, se llevó tarea en su equipaje de regreso a Ottawa luego de reunirse con la virtual Presidenta, Claudia Sheinbaum.

ADVERTIDA de que disponía de sólo 15 minutos, le planteó tres puntos muy concretos: la revisión del T-MEC, la política energética del nuevo gobierno y la seguridad de las inversiones canadienses.

LA REPRESENTANTE de Justin Trudeau recibió tres respuestas directas y sucintas: primero, el compromiso de conversar sobre los temas espinosos que pudieran surgir en la revisión del tratado.

SOBRE la política de energía, le dijo que se buscará una transición hacia energías renovables en la que se espera mucho de firmas canadienses, siempre y cuando se respete el esquema de un máximo de 46 por ciento de inversión privada, sobre todo en materia eléctrica.

FINALMENTE, la próxima mandataria le adelantó que habrá un esquema para proteger las inversiones extranjeras y la estabilidad económica.

PARA CERRAR, la morenista le dijo a la canciller que tenía un cuarto punto a tratar: la revisión de las visas canadienses, tanto las impuestas este año para el ingreso de mexicanos como las de trabajo que ella considera muy relevantes en la relación bilateral.

EL ENCUENTRO, dicen, fue concreto y fructífero, con muy buena química. Ya se verá si en el futuro se mantiene el buen tono y, sobre todo, si llegan los buenos resultados. (Fray Bartolomé, Reforma, Opinión, p.8)

El Correo Ilustrado

El debate entre políticos cada vez menos lúcidos

El debate presidencial de los estadunidenses exhibió la decadencia gradual del cada vez más machista, racista y solitario imperio.

Un par de políticos cada vez menos lúcidos, ambos arrogantes y llenos de un profundo odio mutuo.

Donald Trump lució como el más cínico y descarado de los dos con su preocupante actitud de white supremacist y su racismo especialmente enfocado hacia los mexicanos violadores; un macho impresentable que intentó un golpe de Estado además de estar declarado como un criminal culpable de delitos por un sistema judicial controlado por los ultraconservadores antifeministas en la Suprema Corte politizada para favorecerlo.

Joseph Biden simplemente hecho un Joe débil, al que se le fue la onda cada minuto del debate.

Si los demócratas no sustituyen a Biden como su candidato presidencial, el futuro será cien por ciento trumpiano y quien no lo entienda y acepte, es que no se ha enterado de la propia decadencia del pueblo estadunidense dispuesto a elegir a ese candidato misógino.

Todo indica que habrá pésimas noticias para México desde posibles persecuciones y deportaciones masivas de indocumentados hasta un adiós al nearshoring, pues el neoyorkino cerrará su economía con obsoleto proteccionismo to make america great again y optar por everything made in the USA.

Está claro que con el cada vez más ignorante, insensible pero más poderoso trumpismo existente en rednecklandia sufriremos las consecuencias todos los habitantes del planeta y desgraciadamente en especial los mexicanos, y aún más aquellos paisanos que han migrado. Cuánta razón tenía Porfirio Díaz… Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos.

Sólo espero que el gobierno y los ciudadanos estemos a la altura de las circunstancias y no nos sometamos a la arrogancia y desprecio del imperio que hipócritamente nos manda armas y violencia para que se le sigan surtiendo drogas.

Se necesitará la solidaridad de todas y todos los mexicanos dignos, frente a la creciente locura yanqui… al tiempo. (Ernesto Arnoux, La Jornada, Editorial, p. 2)

La Corte / Las dos caras

Esta semana se dio a conocer la noticia de que, derivado de una investigación del Departamento del Trabajo de Estados Unidos, se logró recuperar un aproximado de 840 mil dólares no pagados a trabajadores de tres empresas que operan en San Diego, cerca de la frontera con México. Una investigación con años de duración, finalmente llegó a su desenlace con resultados positivos para más de 30 trabajadores, entre los que hay varios mexicanos.

Todo el proceso se llevó a cabo en asociación con el consulado mexicano, en donde los trabajadores nacionales pudieron encontrar un apoyo y sentirse acompañados durante todo el proceso, que no es sencillo, pues incluso algunos denunciaron intentos de represalias por parte de sus empleadores al enterarse de las denuncias y, en consecuencia, una de estas empresas fue sujeta al cese de actividades por tales acciones.

Las dos caras. Por un lado, un discurso antiinmigrante que es sólo eso, un intento por politizar la migración y explotar el capital político que representa el tema, ganar o perder votos.

Por el otro, una realidad mucho más robusta que la retórica electoral, $324,000 millones de dólares que los trabajadores mexicanos aportan a la economía de Estados Unidos, 7 de cada 10 trabajadores agrícolas viajan cada año de nuestro país para cultivar lo que consume la mayoría de los ciudadanos de ese país.

Además, casos como el de San Diego aportan para reflejar mejor la realidad, los estadunidenses no sólo saben que hay millones de mexicanos en su país, sino que también los protegen, ¿por qué?, porque los necesitan. Es una sorpresa para muchos que existan agencias del mismo gobierno de Estados Unidos (como el División de Horas y Salarios o la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional, entre otras), organizaciones no gubernamentales e incluso firmas de abogados privados de los que su trabajo diario es velar por los derechos de los trabajadores sin importar su estatus migratorio. Por obvias razones, gran porcentaje de los casos atendidos por estas agencias son de nuestros mexicanos.

A lo anterior se suma la red consular mexicana, la más grande de un país en otro, nadie tiene más representaciones que México en Estados Unidos, esta gran inversión da sus réditos con casos de éxito como el de San Diego, y con muchos otros donde los connacionales no sólo son acompañados, sino asesorados y guiados en la dirección correcta, incluso hay casos de alta vulnerabilidad a los que México destina apoyos económicos especiales para representación legal.

Lamentablemente, el discurso republicano aún atrae a aquellos del lado de la ignorancia y que desconocen estos datos, sin embargo, cada vez más se ve caduco y rebasado al lado de esta realidad. El día a día de los mexicanos en Estados Unidos, tristemente, nos sigue demostrando que el “sueño” americano a veces es más una pesadilla, de la que los mismos estadunidenses no sólo están conscientes, sino también experimentan, pero en el que juntos encuentran pequeñas grandes victorias para demostrar que quien pretende construir muros en esta comunidad binacional, cada vez más interdependiente, está del lado equivocado de la historia. (Azul Etcheverry, Excélsior, Nacional, p. 7)

Humillación

A unos 100 días del término de su sexenio, el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo algo que me dejó pensando: Cuando se lucha por una causa justa se debe estar dispuesto a pagar cuotas de humillación. Sin duda, los últimos seis años han repartido de otra forma los reconocimientos sociales. Para poner dos ejemplos: se apreció por primera vez a los migrantes mexicanos en Estados Unidos y se despreció a los intelectuales neoliberales de la transición democrática, la misma que se cimentó con varios fraudes electorales. Al Presidente mismo, a sus hijos y esposa también, se les ha –digamos– difamado, por no adjetivar de otra manera la millonaria campaña orquestada por la ultraderecha, para situarlo como aliado de narcotraficantes. Y, de hecho, la frase del Presidente fue su reacción a que el patrocinador del Prian, Claudio X. González, le llamara enano moral. Pero el tema de la humillación no es menor. Ser ofendido y despreciado, avergonzado públicamente, son acciones, como escribió Hannah Arendt, del ámbito político, no del personal. Por ello, el Presidente la desplaza hacia la causa justa.

En el ensayo que le dedicó al tema, a partir de un libro de memorias de Stefan Zweig, Arendt establece una diferencia crucial: El hombre de negocios sólo conoce el éxito o e1 fracaso, y su única deshonra es la pobreza. El escritor, por su parte, solamente conoce 1a fama o el anonimato, y su única deshonra es el anonimato. Honor y deshonor son conceptos políticos. Con cierta rudeza innecesaria ante las memorias del escritor judío suicidado, Hannah Arendt critica la burbuja vienesa que se infla con la despolitización de sus artistas: la veneración hacia el genio, la vida pública como un teatro o una opereta decidida de antemano por los poderes oligárquicos, la celebridad como única vía de los excluidos para ser aceptados por una sociedad cada vez más jerárquica, disciplinaria, antisemita, guerrerista y creyente en la superioridad racial. Una decadencia que Europa experimentó en 1933 y que hoy, a casi 100 años, parece volver sin el menor descrédito.

Lo que la filósofa alemana y estadunidense trata de entender del escritor austriaco que se creyó miembro del selecto grupo de las celebridades cosmopolitas es el cambio en una sociedad que lo encumbró y luego lo dejó sin nacionalidad, deshonrado por ser judío y orillado a una emigración sin pasaporte. Lo que está tratando de entender es, al fin de cuentas, su suicidio, al que sólo menciona una vez. Describe, entonces, una ignominia que no es hacia la persona de Stefan Zweig ni a su evidente talento literario, sino hacia su despolitización, a su incapacidad para ver cómo ser y permanecer célebre era la única forma de pertenecer a una sociedad tan excluyente. Escribe Arendt: “Ni su propio éxito ni la fama alcanzada por sus obras bastaron para saciar una vanidad que, aunque escasamente relacionada con su carácter y hasta posiblemente contraria a él, estaba profundamente enraizada en una visión de1 mundo que, impulsada por la búsqueda del ‘genio natural’, del ‘poeta hecho carne’, consideraba que la vida sólo valía la pena si se desarrollaba en medio de una atmósfera de fama, en el seno de la élite de elegidos. La insuficiencia del propio éxito, el deseo de convertir la fama en un ambiente social, de crear una especie de casta de hombres ilustres, una sociedad de celebridades, esto es justamente lo que define a los judíos de aquella generación y lo que los distingue esencialmente de la manía del genio propia de la época. Entre los excluidos de la sociedad, entre los apátridas, la fama, el éxito fue un instrumento para procurarse un entorno, una patria”.

El cosmopolitismo de esa burbuja de celebridad internacional se transforma con la Segunda Guerra Mundial en la errancia de los cientos de miles de refugiados que se apilan en barcos, estaciones migratorias y hoteles de paso para escapar de Europa. Como el propio Zweig, que termina suicidándose en 1942 en Petrópolis, Brasil. Hannah Arendt lo despide con estas palabras: No existe duda alguna de que fue precisamente para esto para lo que Stefan Zweig se entrenó durante toda su vida, para estar en paz con el mundo, con el entorno, para mantenerse elegantemente alejado de toda lucha, de toda política. Para este mundo, con el que Zweig hizo las paces, ser judío fue y es una deshonra, para la que ya no hay escapatoria individual alguna en la fama internacional, sino única y exclusivamente en la política y en la lucha por el honor de todo el pueblo.

Pero hay otra dimensión a esta diferencia entre la caída en desgracia personal y la deshonra pública. Para entenderla quizás sea justo recordar que nace cuando se incluye a los plebeyos en cargos como el Senado romano. Hasta el siglo IV antes de nuestra era, los cargos públicos eran exclusivos de la élite económica. Pero a partir del plebiscito Ovinium, un plebeyo puede acceder a ellos por sus virtudes públicas. La contraparte es la ignominia, el descrédito civil y la exclusión de los cargos antes asegurados por haber nacido privilegiado, cuando no la expulsión de un gremio o una comunidad. Maquiavelo hace la distinción entre calumnia y acusación. La primera, cualquiera la hace. En la segunda se necesitan pruebas y testigos. Donde priva la calumnia es donde hay menos acusación, escribe. Es justo de lo que hablamos cuando hablamos de la apariencia y la verdad. No se puede humillar con una calumnia. Sólo hay ignominia en una acusación.

La conciencia de ser un paria obtiene en Marx una dimensión colectiva cuando escribe a los 25 años: La opresión real hay que hacerla aún más pesada, añadiéndole la conciencia de esa opresión; hay que hacer la ignominia más ignominiosa, publicándola. A lo que se refiere es a compartir la humillación con los otros oprimidos y dejar de sentir vergüenza personal. Lo que propone Marx es un cambio desde la culpa individual hacia la deuda social. La humillación se convierte en reclamo. Es por eso que me quedé pensando en la frase de Andrés Manuel. Los que se quejan de ser rechazados en sus mañaneras no son capaces de ver las décadas de exclusión de los demás, los más pobres y vulnerables. Ven sólo su nombre propio, su credibilidad individual, expuesta por decir mentiras, hacer comparaciones inútiles o fabricar noticias falsas.

Tomar conciencia de la injusticia significa, en primera instancia, compartirla. Y, sin duda, todas las calumnias contra el Presidente las han sentido como propias los millones que lo respaldan. De ahí que este texto sea, también, de afinidad. (Fabrizio Mejía Madrid, La Jornada, Política, p. 12)

Tres en Raya / Primer debate. Entre demencia y senilidad

‘20 años no son nada’, sentencia el tango. Pero el ver a Biden y a Trump discutir nos recuerda que hay asuntos y personas que no resisten el paso de los años. En este caso, ninguno de los dos. Escucharlos resultó como un paseo entre la demencia y la senilidad; entre incoherencias y mentiras. Trump, un manipulador contumaz; Biden, absolutamente perdido en su vejez.

La sociedad y la democracia en Estados Unidos se quieren suicidar. No hay más. No hay otra explicación. Ninguno de los mencionados personajes deberían estar contendiendo por liderar ese país (Ni Biden ni Trump, y les digo porqué | El Heraldo de México https://heraldodemexico.com.mx/opinion /2024/3/12/ni-biden-ni-trump-les-digo-porque-584986.html).

Los primeros 15 minutos del debate destrozaron a Biden. No lo hizo Trump, sino el paso de los segundos. Se le vio perdido, trastabillando y formulando preguntas incomprensibles. Que el anaranjado señor no desaprovechara la oportunidad para burlarse de él solo era de esperarse.

No importó que después el actual presidente estadounidense tomara una posición donde dio mejores argumentos, tanto por cuanto a perspectivas de evolución política, como respecto economía y temas sociales; pero no se le vio con fuerza.

Por ello al ex mandatario le significó ningún costo el sinfín de mentiras que soltó. Empezando con que su economía fue la mejor de “toda la historia del país”. De hecho, el final de su periodo registró récord de pérdida de empleos no visto desde la gran depresión. Y no fue por el COVID ya que mismo antes del 2020 Estados Unidos ya perdía empleos. Pero para este Trump, todo lo que hizo fue lo más grande, lo mejor; genial e increíble. Toda una exageración como exageración es decir que ahora Estados Unidos es el peor país del planeta gracias a Biden. Olvida que quien ha disminuido la inflación sin llegar a una recesión es el actual mandatario norteamericano.

Mentira y cinismo del señor Trump porque, ante la pregunta de si él tuvo que ver en aquel fallido intento de la toma del Capitolio de hace 4 años, dijo que no y culpó a la legisladora Nancy Pelosi de ser la culpable de ello, trastocando lo que la entonces legisladora comentó en un documental.

Llamaron poderosamente la atención dos cuestiones: (1) que la única vez que se refirieron a México (acuerdos que logró Trump en materia migratoria y la tecnología que pide Biden para la frontera), no fue porque seamos su primer socio comercial…. Grave y preocupante. (2) Que con respecto a la invasión a Ucrania, Trump se salió con la suya y en ningún momento se dijo que el primer culpable de la guerra y la tragedia sin precedentes fuera Vladimir Putin.

 

Biden señaló lo poco apto que es Trump para ser reelecto cuando más de 40 integrantes de lo que fue su primer círculo republicano, hoy no lo apoyarían. Sin embargo fue incapaz de aniquilar al ex presidente en materia de su política de salud, que finalmente es lo que podría inclinar el voto de los electores a su favor.

Cuatro veces seguidas —CUATRO— le preguntaron a Donald Trump si respetaría los resultados de la elección; esquivó las respuestas. Al final dijo que ‘solamente si se trataban de elecciones limpias y legales’. Ya se sabe, respuesta típica de demagogos autoritarios

 

Ni Biden ni Trump deberían ser presidentes de los Estados Unidos. Triste ver que Biden busca la reelección cuando ya no tiene la entereza para contrarrestar al fascistoide de Trump. Terrible constatar que mismo con las mentiras que dice este último tanta gente confía en él.

¿Se está a tiempo para sustituir a uno y que ese derrote al contrincante? Y es que al final, independientemente de la edad; lo fundamental es la tragedia que significa que alguno de ellos sea el próximo presidente de los Estados Unidos.

Tres en raya

La preocupación por la salud de Biden no disminuyó, alcanzó nuevos niveles. Primera vez que un presidente debate con un expresidente; primera vez que se ve a los mismos candidatos en las elecciones cuatro años después. Primera vez que se da un debate presidencial antes del arranque formal de las campañas. La preocupación ante el desprecio de Trump por la democracia no disminuyó, alcanzó nuevos niveles.

Al mismo tiempo que ellos debatían, Robert F. Kennedy Jr., candidato independiente, mantuvo en “X” el verdadero debate… un espacio que más de 115,000 personas escucharon. (Verónica Malo Guzmán, El Heraldo de México, Online)

Mundo Trump

El primero, un criminal convicto; el segundo, un anciano desarticulado y achacoso. Después del primer debate, las caricaturas que desde hace meses circulan sobre los dos candidatos a la Presidencia de Estados Unidos se acercan angustiosamente a lo real. Sin duda, algo tiene que estar muy torcido para que Donald Trump y Joe Biden, el primero de 78 años y el segundo de 81, se hayan convertido en las únicas opciones de sus respectivos partidos. Nunca la decadencia del Imperio Americano se había revelado tan evidente: el enfrentamiento ocurre entre alguien que se ha valido de todas las estratagemas posibles para destruir la democracia estadounidense desde adentro y quien ha intentado frenarlo hasta el límite de sus fuerzas.

Si alguien que no ha hecho otra cosa que mentir de manera flagrante y sistemática desde el inicio de su carrera, dispuesto a cometer decenas de delitos en el camino para alcanzar y retener el poder, y a quien ya un jurado popular ha encontrado culpable de hacer justamente eso -no tanto de tener relaciones sexuales con una actriz porno como de obstinarse en negarlo y ocultarlo-, continúa siendo el favorito para volver a la Casa Blanca, es porque nadie encarna mejor el aciago espíritu de nuestra época. Siguiendo el camino abierto por Berlusconi, Trump es el emblema de una era dominada por la pasión en detrimento de la razón y por el cinismo frente a cualquier ansia de verdad.

El espectáculo de este jueves es una metáfora perfecta de lo que ocurre no solo en Estados Unidos, sino en la mayor parte del planeta: hemos presenciado la desasosegante y desigual batalla entre quien está determinado a subvertir el Estado de derecho y a repetir una y otra vez las mismas falsedades -consciente de que tanto sus seguidores como sus detractores saben que lo son-, y quien, a fin de resistirlo, no hace sino balbucear. Mientras Trump, bien ejercitado y preparado, siempre sibilino, conservaba un porte más o menos firme y presidencial al tiempo que engañaba con descaro, un trastabillante Biden se esforzaba por articular una sola frase que mostrara la malévola naturaleza de su rival. De un lado, la ominosa eficacia de la tiranía; del otro, la fragilidad senil de la democracia.

El resultado no podría haber sido peor, no solo para los demócratas estadounidenses, sino para los del planeta en su conjunto. El mayor argumento esgrimido por los populistas -la eficiencia del autoritarismo para resolver los problemas cotidianos de la gente- pareció quedar demostrado: ¿quién puede pensar que alguien que yerra, tropieza y musita vaya a ser capaz de mejorar la economía o de tener una mano firme contra los supuestos peligros de la migración? Si algo ha caracterizado a los déspotas a lo largo de la historia ha sido su condición de “hombres fuertes”: justo aquellos a quienes nada les importa con tal de conseguir sus fines.

No es otra la razón de que en tantos lugares -de Rusia a Hungría, de Turquía a la India, de El Salvador a Argentina- la democracia se encoja cada vez. Se la percibe justo como ayer vimos a Biden: añosa y débil, en el mejor de los casos dotada de buenas intenciones, pero a fin de cuentas incapaz de entusiasmar a nadie y, menos aún, de aplacar la furia. La humanidad nunca había vivido tiempos de mayor libertad y prosperidad y, paradójicamente, nunca tantos ciudadanos se habían mostrado tan iracundos y rabiosos: solo en este caldo de cultivo, acendrado por estos líderes sin escrúpulos y la polarización de las redes, habrían podido nacer tantos liderazgos como el suyo.

Nunca, desde el ascenso del fascismo y el nazismo en las primeras décadas del siglo XX, el mundo se había enfrentado a una amenaza semejante. La vemos acercarse día con día, tan apelmazados y agotados como los habitantes de la República de Weimar o la Italia anterior a Mussolini, torpemente confiados en que de una manera u otra los tiranos habrán de moderarse. Si Trump 1.0 casi destruye la democracia más antigua del orbe, no debemos dudar que Trump 2.0, ya sin freno, acabará la tarea y se llevará a la humanidad en el camino. (Jorge Volpi, Reforma, Opinión, p. 9)

Macron aguó la fiesta de los Juegos Olímpicos París 2024

La conformación y control del Poder Legislativo no sólo quita el sueño a los gobernantes y partidos políticos mexicanos, también en otros países donde se vive y respira una democracia plena. Conseguir el apoyo de la sociedad para lograr una mayoría arrolladora en el parlamentario que permita al gobernante, tener carta blanca para ejercer a plenitud su poder, sin contrapesos y salir del impasse en el que, quizá, se encuentre un gobierno, es el sueño ideal de muchos, Hoy, es el de Emmanuel Macron, presidente de Francia.

En un desafortunado arranque de histeria política, porque no se puede entender de otra forma, el presidente galo decidió disolver la Asamblea Nacional y llamar a nuevas elecciones lo más pronto posible, tras la victoria de la extrema derecha en las pasadas elecciones europeas. Lo que pasó después ha sido una bola de nieve que no se detiene con nada, pues lejos de conseguir el ansiado respaldo popular sobre el futuro legislativo, parece ser que se confirma que la sociedad francesa quiere un cambio y esta vez radical, sea la extrema derecha o la extrema izquierda, no hay puntos medios.

Por todas las vías posibles, Macron ha intentado, desde su gran trinchera y exposición mediática —que no es menor—, tratar de convencer al electorado para que su partido tenga esperanzas de alcanzar una mayoría. Pero ni exaltando los riesgos que conllevan las fuerzas políticas opositoras ni diciendo que Francia estará al borde de una “guerra civil” si ganan sus adversarios y ni contando con el apoyo de estrellas del futbol como Kylian Mbappé, intelectuales, famosos y otros que han salido a defender la posición centroderecha, ha logrado permear la idea de la continuación política de la mano de su partido.

Las recientes encuestas presentadas por medios de comunicación y agencias coinciden que la intención de voto de los franceses parece encaminada en otorgarle al recién renombrado partido de la extrema derecha Reagrupamiento Nacional, un promedio de entre 34-36%; a la coalición de partidos que forman la extrema izquierda bajo el denominado Nuevo Frente Popular, entre 28-30%; y la coalición de partidos de centroderecha que apoyan al presidente francés, Juntos por la República, 19-20 por ciento.

De concretarse esta tendencia en la primera y segunda vuelta electoral, de este 30 de junio y 7 de julio, Emmanuel Macron tendrá que cohabitar políticamente con un Jordan Bardella de la ultraderecha u Olivier Faure de la extrema izquierda, que claramente no comparten su visión política. De ser así, el presidente se limitará a temas internacionales y de defensa; y la política interna será manejada por un extremista.

Que a nadie sorprenda próximamente la metamorfosis de una Francia en su versión radical, empezando con una rigurosa política migratoria que busque restablecer los controles fronterizos nacionales, expulsar delincuentes extranjeros y restringir la libre circulación de personas dentro del espacio Schengen; ofrecer un apoyo más decidido a Ucrania —que se aplaude—, pero también a favor de Israel y su guerra en Gaza; dar prioridad a la salud, apoyar a la agricultura y el poder de compra, así como hacer respetar la voz de los franceses en el mundo, que los ultraderechistas creen difuminada.

En contra parte, un primer ministro de extrema izquierda ofrece fronteras abiertas a la migración internacional no sólo para Francia, sino en toda la zona europea, proponer un pacto europeo para el clima y la emergencia social, una reforma de la política agrícola común; imponer a los más ricos a escala europea el aumento de impuesto y aumentar las ayudas sociales, que no son pocas en el país, así como reconocer a un estado Palestino.

Las extremas derecha e izquierda capitalizaron el descontento popular, supieron entender y endulzar el oído a los franceses con lo que querían escuchar. Macron corre el riesgo de pasar días grises en su carrera política en medio de una tormenta que él mismo creó. ¿Nadie lo previno que era mejor disfrutar un mes de julio en medio de la algarabía de los Juegos Olímpicos de París 2024? (Fernando Aguirre, Excélsior, Nacional, p. 8)

CARTONES

Debate Gringo

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(Jerge, La Jornada, Política, p. 8)

¡En la Matrix!

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(Alarcón, Tal Cual, El Heraldo de México, La 2, p. 2)

Al infinito y más allá

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(Gregorio, Excélsior, Nacional, p. 8)

Ganancias para el peso

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(Fernando Llera, Excélsior, Nacional, p. 8)

Zopiloteado Político

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(Obi, Reforma, Opinión, p. 8)

Imperio en decadencia

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(Fer, El Universal, Opinión, p. A13)