No pasa desapercibido que en los últimos años, por causa de las tremendas desigualdades que se viven en el mundo, el tránsito de las personas provenientes del sur hacia el norte se ha incrementado de manera alarmante.
En efecto, las personas en situación de zozobra no encuentran esperanza alguna en sus países de origen y apuestan a un mejor porvenir en aquellas naciones desarrolladas donde buscan reconstruir sus vidas.
El fenómeno de la migración representa grandes problemáticas: desde su uso criminal y muy lucrativo por parte de la delincuencia organizada hasta las dificultades de convivencia de los migrantes con los oriundos de las naciones de destino.
No todos los países asumen una postura única frente a los migrantes. Unos los acogen con humanismo y otros los tratan con desprecio como extraños.
De acuerdo con el neoconstitucionalismo, corriente jurídica surgida después de la Segunda Guerra Mundial, el eje rector de la dimensión social es el respeto y la promoción de la dignidad personal.
De ahí que, de cara a la diversidad, se asume una actitud de tolerancia y solidaridad.
La Constitución abierta, entre otras vertientes, es el piso mínimo normativo que genera una coexistencia pacífica y de consideración hacia los demás, un espacio donde caben todas las personas sin discriminación alguna.
En este contexto, la ley suprema extiende sus brazos para todos los habitantes de un país, sin importar origen étnico, nacionalidad, género, edad, discapacidades, condiciones sociales, condiciones de salud, ideología, religión, militancia partidista, opiniones, preferencias sexuales, estado civil o cualquier otro motivo que vulnere la dignidad y tenga como propósito anular y afectar los derechos fundamentales.
Un Estado que manifiesta su compromiso con el pluralismo, a través del pacto constitucional, propicia el buen entendimiento de las distintas expresiones étnicas, sociales, religiosas, políticas y culturales.
Bajo la circunstancia descrita, la democracia adquiere un valor más profundo. No sólo es un sistema de reglas electorales, la democracia se erige como una forma de vida en la que la dignidad, los derechos y las libertades simbolizan los valores más preciados.
Una Constitución para todos indefectiblemente necesita de todos los miembros de la sociedad sin excepción: claridad en el pensamiento, buena fe, plena disposición de comprensión y empatía, capacidad e imaginación para resolver conflictos, así como el verdadero anhelo de construir comunidad. (Armando Alfonzo Jiménez, El Heraldo de México, País, p, 6)
El lunes pasado, un adolescente de 17 años irrumpió en una clase de baile en Southport, Inglaterra, asesinó a tres niñas, apuñaló a otros ocho menores –cinco de los cuales sufrieron lesiones graves– e hirió a dos adultos que trataron de detenerlo. Después de que el joven fuera arrestado, se esparció en redes sociales el bulo de que era un inmigrante recién arribado a Reino Unido en una embarcación como las que usan miles de personas para cruzar el Canal de la Mancha en busca de asilo.
Aunque el embuste fue desmentido por las autoridades e incluso se reveló la identidad del agresor pese a ser menor de edad, miles de simpatizantes de la ultraderecha lo han tomado como pretexto para lanzarse a las calles a realizar violentos disturbios en los que han atacado a elementos policiales, vandalizado negocios e incendiado vehículos. Las consignas de estas hordas giran en torno a la xenofobia, el racismo y la islamofobia, y ya hubo al menos un intento de asaltar una mezquita.
Nadie puede llamarse a sorpresa ante la irrupción fascista: se trata del resultado previsible, y acaso inevitable, de décadas de intoxicación ideológica y mediática en contra de la migración irregular. Es muy revelador, por ejemplo, que uno de los gritos más repetidos por los grupos racistas sea Stop the boats! (“¡Detengan los botes [o barcos]!”), uno de los lemas del gobierno conservador que terminó este año, así como bandera central en la fallida campaña del ex primer ministro Rishi Sunak para mantenerse en el poder.
Una y otra vez, Sunak prometió a su electo[1]rado hacer todo lo necesario para detener las embarcaciones, y apenas en enero de este año el Departamento del Interior publicó el comunicado “Acciones del Gobierno Británico para detener las embarcaciones en 2023”, en el cual se jacta de operaciones tan ruines como reclutar a las multinacionales Uber Eats, Deliveroo y Just Eat para detener a indocumentados que se ganaban la vida haciendo repartos a domicilio.
El mismo Sunak, así como su antecesor Boris Johnson, trasladaron a buscadores de refugio a prisiones flotantes en barcos reacondicionados como centros de detención, una política que pretendieron generalizar, pero se vieron obligados a dar marcha atrás porque sucedió lo que les advirtieron defensores de derechos humanos: el hacinamiento y el ambiente insalubre causaron una rápida propagación de enfermedades infecciosas. Ambos fueron también impulsores del infame plan para enviar a los migrantes irregulares a Ruanda, sin importar su origen ni el hecho de que esa nación africana carece de cualquier capacidad de alojarlos, en clara violación a los tratados internacionales en materia de asilo y refugio.
Los ex mandatarios y los legisladores del Partido Conservador no pueden desentenderse de esta irrupción fascista, por más que traten de presentarse como moderados ajenos al extremismo que se ha tomado las calles. Fueron ellos quienes se alinearon con los sectores abiertamente xenófobos para aprobar la salida de la Unión Europea (Brexit), una de cuyas principales motivaciones residía en el tan falaz como racista argumento de que las leyes comunitarias eran las causantes de la llegada de migrantes. Que el estallido se produjera cuando el conservadurismo ya fue desalojado de Downing Street es una muestra de cómo el odio sembrado por las derechas sigue dañando el tejido social mucho después de que éstas dejan formalmente el poder, e impone a la administración laborista el desafío de recomponer la tolerancia y la pluralidad sin las cuales no puede existir una democracia. (Editorial, La Jornada, p. 2)
Siendo una región tan amplia, la que atiende el Consulado de México en Detroit, y donde la mayoría de los paisanos estaban sin documentos y en la sombra, había que ir a dónde se encontraban para llevarles los servicios consulares: el pasaporte, la Matrícula Consular de Alta Seguridad (MCAS), los poderes y los actos civiles (matrimonios, registro de menores).
Así también la promoción educativa y la ventanilla de salud. La estrategia partía de que, en todas las ciudades y condados de la jurisdicción, se contaba con contactos para difusión y organización. Algunas personas eran religiosos, en otros casos, laicos o simplemente simpatizantes con los derechos humanos y la causa de los migrantes. Papel relevante el de las comunidades afro y el de las iglesias católica y cristianas.
Los consulados móviles -coordinados por el Cónsul Óscar de la Torre-, se organizaban los fines de semana, saliendo de Detroit a media tarde del viernes, para llegar ese mismo día, instalar equipo y aprovechar algunas acciones adicionales de promoción para que nuestros paisanos se enterasen y acudieran a obtener los servicios y orientaciones.
Hubo algunos hitos: la increíble sesión en Columbus donde se trabajó durante dos días, el servicio en un alejado lugar como Akron también en Ohio, pero lo más relevante, fue en Grand Rapids, Michigan. La jornada inicio al amanecer del sábado, organizando a los solicitantes de servicios, repartiendo las fichas para la atención y la atención y procesamientos de los documentos, señaladamente la MCAS.
Ese día nadie se fue a descansar al caer la noche. Seguimos trabajando toda la noche, ya que la fila de peticionarios de documentos no terminada: llegaban familias enteras de sitios remotos y comunidades que se desplazaban en varios vehículos. Se terminarían las formas valoradas y un equipo regreso a Detroit -al consulado- a obtener más formatos para seguir atendiendo.
Mas de dos mil personas fueron atendidas ese fin de semana. Afuera del edificio parroquial, la nieve cubría calles y banquetas. Bueno: hasta el alcalde de la ciudad de Grand Rapids se presentó a colaborar, no digamos los representantes de varias comunidades de paisanos de la región. (Antonio Meza Estrada, El Heraldo de México, Escena, p. 12)