Opinión Migración 180824

La grilla de la semana

¿Dónde está el trato humano?

El fenómeno de la migración sigue siendo un tema crucial que, lamentablemente, las autoridades no han atendido de manera humana.

Las personas en tránsito, en busca de una mejor calidad de vida, enfrentan peligros constantes, exacerbados cuando son las propias autoridades las que violentan y vulneran sus derechos humanos.

Recientemente, se dio a conocer un caso en el municipio de Silao, donde se denunció el posible encubrimiento por parte de la Guardia Nacional y el personal del Instituto Nacional de Migración (INM) en el homicidio de una niña migrante y las lesiones de varias personas más, provocado indignación y el llamado la atención sobre la necesidad de un trato más humano y respetuoso hacia los migrantes por parte de las autoridades.

Diferentes asociaciones civiles defensoras de los derechos de los migrantes destacan la urgencia de que las autoridades migratorias respeten el paso de estas personas y les brinden un trato digno.

Lamentablemente, el contexto de la migración se sigue dando debido a las deficiencias de las políticas públicas de los gobiernos, todos, que no logran garantizar empleo, oportunidades educativas, seguridad y salud.

Afortunadamente, existen organizaciones civiles comprometidas con ayudar a estas personas, ofreciéndoles resguardo, comida y atención médica convirtiéndose en un faro de esperanza para las personas en tránsito.

México, Guanajuato y sus municipios no deben seguir permitiendo que los migrantes sean víctimas de abusos y violencia en su desesperada búsqueda de una vida mejor, pues la humanidad y la dignidad deben ser los pilares fundamentales de todo gobierno, aunque no lo apliquen tampoco para sus propios pobladores. (Editorial, Zona Franca, Online)

Texas: odio homicida

El gobierno de Texas anunció que triplicará las barreras de alambre de púas a lo largo de la frontera con México a fin de impedir el ingreso de migrantes indocumentados, así como detener el contrabando de drogas, armas y personas. El gobernador, Greg Abbott, informó que desde el lanzamiento de la Operación estrella solitaria, en marzo de 2021, fueron detenidos 517 mil 900 migrantes irregulares, y aseguró que continuará utilizando todas las herramientas y estrategias para defender nuestro derecho constitucional a proteger la frontera pues se necesita llenar los peligrosos vacíos creados por la negativa de la administración Biden-Harris a asegurar la frontera.

Las declaraciones del mandatario son sólo un episodio más en su campaña permanente de instigación al odio, criminalización de las personas en tránsito, golpeteo político y desinformación. Su discurso xenófobo se basa en la mentira sistemática, la explotación de prejuicios racistas y técnicas francamente fascistas de inducción del miedo a la diferencia.

Aunque se quisiera creer que el gobierno federal demócrata es de algún modo benévolo con los migrantes, lo cierto es que el año pasado la administración de Joe Biden quintuplicó las expulsiones de indocumentados y alcanzó el registro más alto en una década (es decir, que rompió la marca establecida por otro presidente demócrata, Barack Obama, conocido por la comunidad migrante como deportador en jefe).

Asimismo, la Casa Blanca está tan comprometida con el combate a la migración que suspendió el derecho a solicitar asilo, una flagrante violación a la legalidad internacional. Pese al cúmulo de datos que desmiente su alarmismo, la política de Abbott es inmune a los hechos, pues no se basa en el intento de solucionar un problema real, sino en la manipulación de la opinión pública con fines electoreros y de control social.

Mientras los ciudadanos viven aterrados por el peligro migrante, la entidad experimenta un retroceso histórico en materia de derechos humanos y protección ambiental, profundiza su conversión en un paraíso fiscal para los ultrarricos y desfinancia rubros esenciales para canalizar recursos al Estado policial. Parece ser también inmune a la ley, pues la Constitución estadunidense establece la política migratoria como una competencia exclusiva de Washington, por lo que cada una de las detenciones de individuos sin más motivo que su estatus migratorio constituye un delito por parte de los cuerpos de seguridad texanos.

Igualmente ilegal es la orden dada por el gobierno de Abbott a los agentes de la policía fronteriza para que empujen de vuelta al río Bravo a toda persona sorprendida en el intento de cruzarlo, incluidos niños pequeños y bebés que son amamantados por sus madres. Al triplicarse las alambradas de púas, se triplican también los riesgos de que dicha política homicida termine en tragedia, puesto que habrá más barreras donde las personas quedan atrapadas y sufren lesiones de diversa gravedad.

Debe reconocerse que el gobierno federal demócrata ha entablado batallas legales para frenar los aspectos más inhumanos de la cacería antimigrante desatada por Abbott y otros de sus correligionarios, pero la inminencia de las elecciones presidenciales y el gran peso de los sectores conservadores en entidades clave configuran un escenario sombrío para los derechos de los migrantes. (Editorial, La Jornada, p. 2)

Migrar es humano

La migración es un tema mundialmente reconocido que ha planteado una serie de retos y desafíos para los gobiernos. Así como anteriormente existía una cultura de bienvenida hacia este grupo, recientemente ha surgido un fenómeno anti inmigratorio en el que los países rechazan a los migrantes y su naturalización. Este fenómeno no solo ocurre en América, sino también en países europeos que cuentan con políticas restrictivas respecto a la migración. Actualmente, son los grupos de derecha quienes velan por la protección de los intereses de sus ciudadanos nativos, rechazando lo que perciben como una amenaza para la estabilidad económica y la seguridad.

La migración ha sido igualmente un acontecimiento cotidiano en la historia de México, y no se puede ignorar la gran cantidad de ciudadanos que han migrado a los Estados Unidos. Se estima que en 2023 cerca de 11.5 millones de mexicanos vivían en el extranjero, y las remesas alcanzaron los 63 mil millones de dólares, impactando la economía de muchas familias mexicanas. México también es un país de tránsito para migrantes de Centroamérica, principalmente de Honduras, Guatemala, El Salvador y Venezuela, quienes suelen emigrar hasta el país vecino debido a la pobreza y violencia que enfrentan. Ante esta situación, México debe invertir recursos en seguridad y atención médica; lamentablemente, estos recursos suelen estar limitados para los migrantes debido a la falta de documentación requerida y al temor de acercarse a recibir servicios y ser deportados.

La población migrante se encuentra especialmente expuesta a riesgos sanitarios y de salud debido a las grandes distancias que recorren y las condiciones climáticas a las que se enfrentan hasta llegar a la frontera con Estados Unidos. Las enfermedades se contagian fácilmente en los refugios de migrantes, que suelen estar en condiciones precarias. A pesar de que México ha implementado nuevas leyes y programas especializados para los migrantes, aún se puede decir que no existen las condiciones ni los recursos adecuados para aceptar a una gran cantidad de migrantes.

Por otro lado, en temas de seguridad, las zonas fronterizas suelen tener una mayor criminalidad y violencia; los grupos delictivos y del narcotráfico explotan a los migrantes con trabajo forzado y tarifas excesivas para el cruce fronterizo. Se puede afirmar que existe un gran abuso hacia los migrantes de diversas formas, así como una exposición a riesgos simultáneos.

El grupo migrante ha sido históricamente discriminado y rechazado; requiere una perspectiva humanitaria para comprender los factores sociales, económicos y políticos que obligan a salir del país de origen y las condiciones a las que se enfrentan en suelo mexicano. El gobierno de México debe tener claras sus responsabilidades e implicaciones, garantizando el acceso a servicios de salud sin importar el estatus migratorio. (El Heraldo de Aguascalientes, Columna, Online)

Apuntes desde México hacia el proceso electoral estadunidense

Si se les preguntara a los mexicanos si consideran que hay diferencia entre los Demócratas o los Republicanos a la hora de gobernar en Estados Unidos, la respuesta de la inmensa mayoría, casi en automático, dirán que para nosotros son lo mismo y tendrán razón. En términos de política exterior, ambos partidos en el poder estadunidense han tenido una política que no marca grandes diferencias a la hora del injerencismo, las medidas punitivas y de control e incluso, la amenaza latente del despliegue militar hacia los países que consideran parte de su esfera de poder.

A lo largo de nuestra historia Estados Unidos es el factor frente al cual cada uno de los gobiernos en América Latina demuestra si ejerce cierta autonomía o representa una abierta alineación a ese poder en la región. Por eso, la opinión pública por lo menos en México, sobre quién gobernará en ese país a partir de enero 2025 está modulada por una realidad imposible de evitar, no importa quien gobierne aquel país, su esencia no cambiará. Sin embargo, como dice aquella canción de la trova cubana, entre demócratas y republicanos podemos decir que “son lo mismo, pero no es igual”.

En el caso de los mexicanos, Trump es un viejo conocido luego de cuatro años en el poder y cuatro años más como un opositor desleal a la propia legalidad constitucional de la que presumieron por décadas quienes nos ponían como ejemplo a la democracia estadunidense. Su sello al gobernar fue su estilo pendenciero y bravucón con una larga lista de gobiernos y personajes de alto nivel (Canadá, Francia, Alemania de Merkel, etc.)  pero no podemos negar que se ensañó de manera particular con el gobierno y pueblo de México, con aquello de ser la causa de sus males por una supuesta migración desbordada que atribuyó como responsabilidad y obligación de control a nuestro país.

Con ese estilo desafiante y burlón Trump se volvió casi un trauma nacional muy mal librado por el entonces presidente Peña Nieto a quien despreció abiertamente y que si bien el presidente López Obrador supo sortear en términos diplomáticos, lo hizo con un costo muy alto con la alineación de la política migratoria mexicana a la lógica de control y contención a favor de Estados Unidos a cambio de que el proyecto de la 4T no sucumbiera, incluso desde muy al inicio del gobierno de AMLO, por allá del año 2019, dada la amenaza de imponer aranceles y apretar en la relación comercial con la que sería la negociación del TMEC un año después.

Con Biden en el poder a partir de enero del 2020, la relación entre ambos gobiernos se mantuvo en términos menos agrestes e incluso, visiblemente amables entre presidentes, pero no obstante, el poder de Washington se dejó sentir en acciones sumamente agresivas como mantener cerrada al tránsito la frontera de 3200 km entre ambos países por más de un año so pretexto de la pandemia de COVID que se alargó más allá de ese argumento. Un cierre fronterizo que constituye un hecho insólito y sin precedentes en la historia de ambas naciones; también se impusieron de manera  unilateral y sin consulta distintas medidas que externalizaron la política migratoria estadunidense, como llevar a cabo deportaciones de personas trasladadas desde Estados Unidos a suelo mexicano por los mismos agentes mexicanos, o, redirigir a personas desde nuestra frontera norte hacia entidades del sur en una especie de juego macabro de “serpientes y escaleras” que ha prolongado la movilidad migratoria de quienes buscan llegar a Estados Unidos y lo harán cueste lo que cueste.

Podemos agregar a este rosario de acciones que el gobierno mexicano asumió bajo su responsabilidad, una decisión diplomáticamente incomprensible pero en la línea del malabarismo político en una relación bilateral tan compleja, la imposición de visa a un mayor número de países de la región latinoamericana con el argumento de limitar el uso migratorio de México como territorio de tránsito terrestre y aéreo aún a costa de complicar el creciente intercambio familiar, profesional y turístico de nuestros “hermanos latinoamericanos” cuyas visas mexicanas, como el título de aquel documental espléndido sobre Gilberto Bosques, héroe de la diplomacia hospitalaria mexicana, se han vuelto tan complicadas de obtener como si visitar México fuera como viajar al paraíso.

En el caso de Kamala Harris la realidad es que como política ha tenido muy poca relación con la región latinoamericana a pesar de que como vicepresidenta esta región estaría entre sus responsabilidades tradicionales. La única referencia que hay en su calidad de vicepresidenta es una visita oficial realizada a México y algunos países de Centro América en 2021, donde literalmente amenazó con una polémica frase “Do not come” como mensaje a los ciudadanos de la región que tuvieran la intención de emigrar a Estados Unidos, lo cual dejó un pésimo sabor de boca por el mal tino diplomático.

Luego de dicha gira Harris literalmente desapareció para la región y el secretario de Estado, Antony Blinken y otros funcionarios en una versión más discreta pero más ruda asumieron el control del tema y acuerdos con México. Dado que la migración es uno de los asuntos medulares del debate electoral estadunidense, es previsible que esa única gira, sea un episodio que se use en la campaña, aunque en este momento y dado que la popularidad de Kamala crece como la espuma frente a un Donald Trump desencajado, probablemente la frase incluso se convierta muestra de su contundencia frente a la migración que los republicanos le regatean.

Cuando los astros se alinean a favor de alguien, hasta los traspiés pueden jugar a favor. Si bien es cierto que para el mundo hay mucha expectativa por ver si gana Trump o lo hace Kamala, sin embargo, para efectos mexicanos y sobre todo en asuntos migratorios las diferencias entre ellos son tan tenues que hay que mirarlos con lupa y nunca, nunca bajar la guardia. (Leticia Calderón Chelius, El Universal, Online)

En el fondo oscuro del alma

No basta con denunciar el genocidio en Gaza; urge darle a la indignación vías efectivas de acción política

Gaza no es sólo Gaza. Martirizada e indomable, es también un símbolo universal. Representa al mundo colonizado. Al inmigrante, al oprimido, a la mujer, al indio, al negro. El trato que Gaza reciba es el mismo que recibiremos los demás. Gaza es el primer experimento para considerarnos a todos desechables, frase de Gustavo Petro, retrinada por el político y escritor griego Yanis Varoufakis.

Gazificación del Tercer Mundo como estrategia imperial.

El genocidio en Gaza ha polarizado a la humanidad. De un lado, crece globalmente una conciencia solidaria y anticolonialista, derivada del apoyo al pueblo palestino.

En una lluviosa tarde bogotana de junio se realiza un megaconcierto en la Plaza de Bolívar. Con el trasfondo de una enorme bandera palestina y la consigna ALTO AL GENOCIDIO, cantan músicos como Ahmed Eid, nacido en Ramallah, o el conjunto Escopetarra, vocero colombiano de la no violencia. Con la blanquinegra kufiya al cuello, las muchachas y muchachos que esperan en largas colas bajo el aguacero, van entrando hasta desbordar la plaza.

Por el otro lado, en contraposición y ligadas a los intereses de Israel, se afianzan la intolerancia, la xenofobia, la islamofobia y la puesta en práctica de métodos extremos de expoliación, invasión y exterminio.

Por las mismas fechas del concierto bogotano, en el teatro Gubbangen de Estocolmo, Suecia, un comando de nazis enmascarados ataca una reunión pro palestina de partidos de izquierda, hiriendo a 50 personas. En Nuseirat, en el centro de Gaza, una escuela de la ONU es bombardeada por Israel, con un saldo de 50 muertos y decenas de heridos.

En la ciudad de Washington –cuando los masacrados en Gaza ya sobrepasan los 40 mil–, el premier israelí Benjamin Netanyahu hace presencia y habla ante el Congreso estadunidense, donde recibe una cerrada ovación de pie.

Ante los horrores de la Segunda Guerra Mundial, el escritor George Bataille tuvo una visión. Bataille vio la Tierra proyectada en el espacio como una mujer que grita con la cabeza en llamas. La imagen se despliega hoy ante nuestros ojos. Somos testigos del genocidio: esa será nuestra impronta generacional. Israel y el sionismo, con su política de tierra arrasada y exterminio, fijan la meta y marcan la pauta a seguir.

Los poderes occidentales que han apoyado y fomentado esa monstruosa calamidad, transforman su orden basado en reglas, en un orden basado en hipocresía, violencia y estándares dobles: condenan la invasión de Ucrania por parte de Rusia, pero condonan la invasión de Palestina por parte de Israel.

La tolerancia y complicidad con los crímenes de guerra de Israel, empuja a Occidente hacia el abismo de lo inhumano. Al permitirse a sí mismo lo que ha tolerado a Israel, Occidente asumirá la guerra como medio y el expolio como fin. No habrá iracundia ni salvajismo que no considere lícitos y no utilice en beneficio propio.

Niños despedazados, mujeres quemadas vivas, pueblos condenados a la sed y el hambre; tortura de prisioneros, recién nacidos destinados a morir, violación de todo asilo, sea escuela, hospital o campo de refugiados. Ni siquiera El Bosco, en su más delirante pintura del infierno, llegó a imaginar lo que a diario aparece hoy en pantalla.

Desautorizando y ninguneando a la ONU, los derechos humanos, las organizaciones de ayuda humanitaria o los altos Tribunales Internacionales, y libres ya del peso de la ética, del respeto y de la compasión, los imperios antiguos y el imperio reciente se irán convirtiendo en maquinarias rabiosas, desencadenadas.

Se armarán hasta los dientes; ya lo están haciendo.

Ante una devastadora crisis ambiental, que ha mermado los recursos de subsistencia y amenaza con agotarlos, los países ricos perfeccionan el arte del saqueo. Llenarán sus despensas a expensas del resto del mundo.

Una vez desenmascarados de su hálito civilizador, procurarán mantener la fachada justificando cualquier atrocidad en nombre de la defensa de la democracia.

No habrá código de convivencia que quede en pie.

La distopía occidental se va fraguando y asoma la cabeza. Podría predecirse que, así como la caída de Constantinopla marcó la ruina del Imperio Bizantino, de la misma manera, el genocidio de Gaza sella el fin de la civilización occidental.

El imperio no asume pasivamente su crisis irreversible. Antes de perder su hegemonía, querrá arrastrar en su caída al resto de la humanidad. A medida que ve cuestionados sus privilegios, los defiende a mordiscos cada vez más brutales.

Implementa medidas draconianas contra la migración, como arrebatarles los niños a sus padres y retenerlos en jaulas. O como el oprobioso asilo offshore, que consiste detener contingentes de indocumentados para deportarlos hacia zonas desérticas e inhóspitas del planeta, donde les esperan el aislamiento, la inanición y la muerte.

Se atrinchera en fronteras militarizadas y acumula arsenal. Levanta economías internas basadas en la industria armamentista: desarrollo al servicio de la muerte; tecnología de punta para el Armagedón; laboratorios farmacéuticos, no en función de la salud, sino de las armas biológicas; bombas tácticas y estratégicas; misiles hipersónicos. Juguetes atómicos y demás parafernalia de destrucción masiva.

Se adiestra en el manejo de la hecatombe existencial. Si borra la huella del pasado y el latido del presente, sobre el portal del futuro izarán el bando: NADA HABRÁ SIDO. NADA SERÁ.

Artrítico y obsoleto su aparato político y desacreditadas sus instituciones, al poder colonialista le queda una salida, que acoge sin mucha reserva: darle vía libre al ascenso del fascismo. El tránsito está sucediendo tanto en Estados Unidos como en Europa. De no pararlo en seco, se afianzarán como naciones bárbaras, sombra de su propia sombra.

Estos son los signos de su decadencia. Lo que el Premio Pulitzer Chris Hedges caracteriza como el fin del dominio estadunidense.

Cuando un imperio cae, es porque ya ha caído.

Pese al estrépito, en una plaza bogotana cantan los jóvenes que apoyan a Gaza. Y en las universidades de Estados Unidos –centros del saber y del poder–, los estudiantes montan campamentos, enfrentándose a las directivas y a la policía, para denunciar a Israel.

Se fortalece la resistencia, crece la audiencia.

Millones de personas en el mundo –sobre todo jóvenes– expresan su indignación ante el horror desatado contra el pueblo palestino.

Nunca antes salieron tantos a manifestar en las calles. Ríos de gente, decenas de miles, en Londres, Bagdad, Viena, Johannesburgo, El Cairo, Ciudad de México, Kuala Lumpur, Washington, Madrid. Ni siquiera en época de Vietnam se movilizó la población global en tales proporciones, desafiando castigos, señalamientos, cárcel, despidos.

Al calor de la protesta se va forjando una generación anticolonialista, que no se afilia al modelo de civilización occidental. Persigue una nueva forma, digna y justa, de vivir y de pensar.

Los indignados de la Tierra se envalentonan, como David contra Goliat.

En América Latina, en África, en Asia y en Oriente Medio, los pueblos sujetos a antiguos y nuevos sometimientos dejan de otear hacia al Norte para mirarse entre sí. Encuentran afinidades y traman rutas de libertad. Al reconocerse, invierten el mapa geopolítico.

La conciencia anticolonial, que empieza apenas como un rumor, un vapor, una expectativa, se va condensando en el Tercer Mundo y en la soliviantada periferia de las grandes ciudades del Primero. Transformada en punto de fuga, la efervescencia de rebeldía podrá concretarse en programa político y plan de acción.

Si la fe mueve montañas, la conciencia colectiva remonta cordilleras.

Los gobernantes occidentales se quedan solos en el acto abyecto de acudir a abrazar y felicitar al genocida, suministrándole armas y recursos para que pueda culminar su labor de exterminio.

Hay excepciones. Aunque pocas, honrosas; las de quienes, en pleno uso de independencia y dignidad, han denunciado el genocidio perpetrado en Gaza por Israel. Son los gobiernos de Sudáfrica, Irlanda, España, Brasil y Colombia.

Aquí y allá ondean los pañuelos del adiós. Farewell, arrivederci, hasta la vista, los Trump, los Biden, los Netanyahu. Adiós a los Macron, los Trudeau, los Sunak. Chao-chao, Milei y Úrsula von der Leyen. Los recordará la historia como artífices del genocidio.

Son otras las voces que hoy se escuchan. La corriente anticolonialista tiene sus profetas, sus youtuberes, sus activistas y sus poetas.

Entre todos forman coro, abren camino, tejen filosofía. Siguen a Julian Assange en el compromiso de desentrañar verdades para sacar a luz los crímenes del poder.

Se llaman Noam Chomsky, Chris Hedges, Lula da Silva y Tarik Ali. Yanis Varoufakis, Ramón Grosfoguel, Jeremy Corbin, Susan Sontag y Jean-Luc Melenchon. Roger Waters, de Pink Floyd. La escritora australiana Caitlin Johnston. Amy Goodman, de Democracy Now. La diputada irlandesa Clare Daly. Y Gustavo Petro. (Y sin duda Saramago, si todavía estuviera aquí…) Todos ellos coinciden en el repudio al sionismo y en el apoyo a Gaza.

Porque Gaza representa a los pueblos pobres del planeta, los desheredados, los expoliados y explotados y luego demonizados, despreciados y considerados desechables. La política de exterminio diseñada para Gaza es apenas un modelo. Un experimento de lo que se pretende aplicar, y se está aplicando ya, a las masas de migrantes, las razas no blancas, las religiones no cristianas.

Yo pisaré las calles nuevamente//de lo que fuera Gaza ensangrentada//y en una hermosa plaza liberada//me detendré a llorar por los ausentes. (Parafraseando a Pablo Milanés)

Una Gaza liberada rompería la secuencia automática de la fatalidad. Simbolizaría el entierro del viejo orden y el acceso a un espacio de posibilidades deslumbrantes e inesperadas. Un milagro secular. (Laura Restrepo y Pedro Saboulard, La Jornada, Mundo, p. 22)