Opinión Migración 230325

Templo Mayor

¿SE IMAGINA lo que pasaría si el SAT violara el secreto fiscal y le pasara al Instituto Nacional de Migración las direcciones de los extranjeros que tiene registrados bajo la sospecha de que sus papeles migratorios no están en orden?

PUES justamente eso es lo que está a punto de ocurrir en EU donde el omnipresente IRS está por compartir esa información con el ICE para que Donald Trump cumpla su promesa de alcanzar una cifra histórica en las deportaciones de indocumentados.

MAL pintan las cosas cuando se mezcla la recaudación con la deportación. (Templo Mayor, Reforma, Opinión, p. 8)

La dignidad no es moneda de cambio

El sentido de nuestra humanidad pende de un hilo que se desgasta con una rapidez que posiblemente nos envuelve en una abrumadora perplejidad. Quizá ya nos hemos colocado en ese punto sin retorno en el que muy pocas cosas nos sorprenden, nos incomodan o nos aterran, de tal manera, que, quizá, en otros momentos nos llevó a exigir un vuelco en aquello que atentaba en contra de la dignidad, ese último respiro que nos permite asumir nuestra dimensión humana.

No es extraño imaginar que dicho hilo nos mantenga oscilando, con su movimiento pendular, entre dos extremos que nos colocan en el límite de aquello que nos define como personas capaces de dimensionar la importancia de quienes caminan junto a nosotros por la calle, de sentir la empatía que se necesita para abrazar el dolor y la desesperanza con quienes compartimos los asientos del transporte, del cine, de nuestra mesa. Con quienes son parte de nuestra realidad y lo cotidiano. Oscilamos entre la barbarie y la nobleza del espíritu —como lo llama Rob Riemen—.

Así, en esta época en la que se consolidan los extremismos y el fanatismo, la irracionalidad y el absurdo, se va diluyendo ese delgado hilo en el que la dignidad comienza a dejar de ser importante. Lo que preocupa aún más, es que ese extremo del péndulo lo han articulado quienes tienen la obligación de garantizar la seguridad y los derechos humanos, la libertad y aquello que le diera un valor a cada ser humano: en efecto, se habla de los gobiernos que, desde una pretendida superioridad moral, han diseñado todo un aparato propagandístico con el que se ha mermado el fundamento de la verdad y la justicia.

Quizá la amnesia selectiva que caracteriza a nuestra sociedad podría mirar hacia otro lado, edulcorar sus exigencias ante los seductores beneficios de la época electoral o los recursos de los programas sociales —nuestro costumbrismo y definición, sin duda alguna—; sin embargo, pasar inadvertido u omitir la trascendencia del horror, la desgracia y la injusticia, es algo que nos conduce a sentarnos en la misma mesa de la barbarie para validarla con el ominoso silencio que patrocina la indiferencia o, en el peor de los casos, la insensatez de la maquinaria oficialista.

Acostumbrarse a la barbarie es condenarnos a que la tragedia sea tan común como la respiración misma: basta con escuchar las declaraciones de la diputada oficialista Eva Reyes González que considera las fosas clandestinas como algo “casi, casi natural” a consecuencia de las actividades del crimen organizado.

O, por supuesto, los malabares retóricos del presidente de la Cámara de Senadores, Gerardo Fernández Noroña, para descalificar el horror de lo que ha sucedido en Teuchitlán, Jalisco y, de paso a las madres buscadoras. ¿Vale la pena colocar en la mesa de discusión a quienes buscan desacreditar a los grupos de buscadoras y buscadores?

Sí, es necesario subrayar que son quienes terminan por cerrar el telón con el que se busca crear la opacidad necesaria para lavar el rostro de un gobierno que jamás aceptará su responsabilidad, nada que pueda mermar el espejismo de su popularidad: como si esas estadísticas fueran el recurso suficiente para obligar al crimen organizado a detener su barbarie o a quienes, desde el poder —por mínimo que sea—, consienten la muerte con su propia corrupción, mientras sus personajes melodramáticos claman por reivindicarse como los “buenos” de la historia.

Sin embargo, ahí están las fosas clandestinas, las desapariciones y los homicidios que, desde hace años, han convertido a nuestro país en un túmulo en el que no ya hay lugar para el dolor y la compasión.

No obstante, es necesario no dejar a su suerte ese delgado hilo, la dignidad. Por un lado, no se podía esperar algo diferente de un gobierno que, ya en pleno desarrollo de su segundo sexenio, ha colocado por encima de todo el culto a su propia sombra, al narcisismo que observa su reflejo en un charco lleno de fango: violentar a las familias que claman por medicinas para sus hijas e hijos que padecen cáncer, dejar envueltas en el silencio de la opacidad a las tragedias del incendio del centro de migrantes de Ciudad Juárez o el derrumbe del metro de la Línea 12, por ejemplo; quienes han sido capaces de mantener esa mueca triunfal ante la manipulación de las estadísticas que hablan acerca de las desapariciones, los homicidios, mientras “limpian” las fosas clandestinas que son más que un simple número en su retórica. Y tanto más.

Pero, en el péndulo termina por llamar a la puerta de una sociedad que observa, escucha y permanece en silencio —mientras la desgracia no taladre sus propias entrañas—. Aún nos queda algo en aquello que anima el espíritu, la convicción de que la dignidad no es una moneda de cambio, sino el fundamento de una esperanza por la que, a pesar de todo, se debe trabajar todos los días. Tenemos una tarea impostergable. (Carlos Carranza, Excélsior, Nacional, p. 11)

Macartismo o gatopardismo

Hace unos años fuimos a la zona rural de Idaho, con el sociólogo Enrique Martínez, a entrevistar migrantes en una granja muy alejada, con una casona en la colina, unas instalaciones para el ganado y una traila o casa rodante, bastante desvencijada, donde descansaban cinco trabajadores migrantes mexicanos.

Uno de ellos acababa de llegar de México y le tocaba ordeñar a las vacas. Tuve la oportunidad de acompañarlo y ver cómo realizaba el trabajo, no era muy experto, era la segunda vez que lo hacía y tenía que conectar las máquinas a las ubres para extraer la leche. Una vez realizado el trabajo, había que sacar a las vacas y dejar el paso a otras para ordeñarlas.

Cada quien tenía asignado un trabajo, uno se encargaba de mover las vacas, otro de darles pastura, otro más de limpieza y finalmente de la ordeña. La granja funcionaba perfectamente, el dueño ni se aparecía. Pero se trataba de un equilibrio precario que dependía de la mano de obra indocumentada, que se encargaba a su vez de entrenar a los novatos. Cualquier deserción o inconveniente con los trabajadores podía generar una crisis en la granja y un problema serio con las vacas que debían ser ordeñadas y alimentadas.

Se dice que la mayoría de estos granjeros votó por Trump y sabían perfectamente, pero inconscientemente, que se venía una deportación masiva. Ahora muchos de estos granjeros y agricultores se han visto afectados. Se ha informado que en Nebraska muchos rancheros han sido afectados, que en California las naranjas están en el suelo y así con otros productos que tenían planeada la recolección en días y horas específicas. Las cosechas están planificadas para ser procesadas en un día en específico y ser entregadas a los centros comerciales. Cualquier inconveniente en este proceso crea un sinnúmero de problemas en la cadena productiva. Y finalmente, todo depende de la disponibilidad de mano de obra.

En el contexto de la construcción también se han dado redadas y ausencia de trabajadores, lo que ha dejado obras inconclusas y, lo que es peor, no hay alternativas de remplazo. Un video reciente muestra a un guatemalteco que está sentado en la parte más alta del techo de una casa y la migra no pudo bajarlo, les daba miedo subir. Allí esperó unas horas hasta que se fueron. Los mexicanos son especialistas en poner y sustituir techos, les llaman los roofers y son pequeñas compañías especializadas, con cuadrillas, que pueden cambiar un techo en un día y dejar todo listo, terminado y limpio.

En los servicios de hostelería, desde hace ya unos años, faltan trabajadores. En algunos hoteles aprovecharon la pandemia para no limpiar los cuartos al día siguiente, salvo pedido expreso. En algunos restaurantes las filas de espera son largas en las horas pico por falta de personal. Las redadas en restaurantes y cocinas son típicas y ponen en apuros a los dueños y administradores de restaurantes. Algunos han tenido que cerrar.

Donde el asunto es más grave es en la empacadoras de cárnicos y aves donde hay cientos de trabajadores, en su mayoría indocumentados. Una redada en uno de estos centros laborales puede dejar paralizada a toda la cadena de producción.

Las consecuencias de las redadas masivas son demasiado evidentes; sin embargo, no han sido anticipadas por muchos ciudadanos que votaron por Trump, quien tomó el tema de la migración como el eje principal de su campaña y de sus ataques a Joe Biden, que había tenido una política que llamó de fronteras abiertas.

No obstante, algunas policías locales, como la de Denver y otras, optaron por desligarse de la política persecutoria de Trump e informaron a la población que ellos no colaboraban con la migra y que no había que tener miedo o esconderse de la policía.

Un reporte directo de Sacramento Gutiérrez, mayordomo del valle de San Joaquín, me informa que los trabajadores en la zona están escasos, hay campo que debían haber cosechado en enero y ahí están con toda la fruta, que las vides debían haber sido podadas en algunos campos y que no se ha hecho el trabajo. En muchos campos de mandarina, limón y naranja la fruta se está cayendo. Este tipo de trabajo es manual y se debe cortar la fruta con tijera para que dure más y no se pudra.

Por otra parte, antes los rancheros se ponían todos de acuerdo para fijar un salario por producto, pero ahora ya se rompió el sistema monopólico y los trabajadores preguntan antes por la paga y si no les conviene se van a otro lado, por lo que las deportaciones han redundado en un incremento de los salarios.

No podemos decir que haya un colapso en la agricultura y los servicios, porque tampoco se han cumplido las deportaciones masivas como se habían anunciado. Es posible que con los indicios actuales sobre los efectos no anticipados se esté sopesando la pertinencia de seguir deportando y, en vez de macartismo, lo que tengamos sea gatopardismo. Que todo siga igual. (Jorge Durand, La jornada, Opinión, p. 12)

Cartones

 

El gran divisor

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(Llera Excélsior, Nacional, p. 10)