En 1961, cuando el Rock aún sabía a ice cream soda y la audacia psicodélica y rebelde no había llegado a la conciencia juvenil, Paul Anka cantaba:
“…Oh, well, we’re kissing on the phone
Ooh, ooh, kissing on the phone
Ooh, ooh, when we’re all alone
All were doing is
Kissing on the phone
“…Every kiss is a kiss of fire
I’m so afraid that
We’re burning the wire
Oh, gee, baby, what you do to me…”
Obviamente la frase del último verso, “que me haces”, queda para los líricos esfuerzos de quien en esa misma época tradujo la canción para escucharla con César Costa.
Esta fórmula del amor adolescente (no había redes ni nada parecido), me parece un buen ejemplo de las cosas entre la señora presidenta (con A), doña Claudia Sheinbaum y Donald Trump, porque entre ambos se ha desarrollado una frecuente relación telefónica cubierta de almíbar y chochitos de azúcar.
En las cinco llamadas entre ambos (incluida la expedita felicitación electoral), los puntos conocidos han sido los mismos: el entendimiento, la buena opinión de ambos acerca del otro, la concordia, la armonía, la solidaridad ante los problemas comunes, las mutuas soberanías, la colaboración, la frente altiva, pero más allá de los arrumacos, nunca hemos sabido los rigores de las conversaciones. Ni lo sabremos. Resulta muy extraño el contraste.
Por teléfono, todo está bien, correcto y convenido sin perjuicio ni desdoro para nadie; pero la verdad es otra: como en los noviazgos tóxicos –dicen ahora–, nosotros hemos padecido por los dos.
Las llamadas no han evitado los aranceles al acero, la intromisión aérea (tolerada para más humillación) para espiarlo todo, la vigilancia marítima de la U.S: Navy; los amagos bélicos en la frontera, los cobros del agua; tampoco han impedido la vigilancia por satélite, la expulsión de presos ni las tarifas al jitomate o los impuestos a la industria automotriz.
Y eso sin hablar de la dócil (im)política migratoria, tan patas arriba como para sostener al impresentable Francisco Garduño quien supuestamente le entregará el cargo a un pobre diablo resignado, (Salomón) a quien por fin lo van a dejar entrar a la oficina. ¿A qué? A nada, por lo visto, aunque de eso Trump no tiene la culpa. El caso es sencillo.
De manera simulada se quieren hacer públicos los arreglos impublicables, entonces se acude a la divulgación de las llamadas vacías, el bonito procedimiento, sin explicar ni los arreglos ni los costos de tan obsecuentes como improductivos compromisos. Pero eso sí, besitos por el teléfono y halagos de la claque por los resultados.
–¿Cuáles resultados? (Rafael Cardona, El Heraldo de México, País, p. 5))
De acuerdo con organizaciones de apoyo a migrantes, el presidente Donald Trump está logrando uno de los objetivos declarados de su cruzada racista: hacer la existencia de los buscadores de asilo tan miserable que éstos se “autodeporten” desde Estados Unidos hacia sus países de origen, o bien, a México.
El sadismo de esta política queda patente en el hecho de que no sólo se dirige contra quienes ingresaron o permanecen en territorio estadunidense de manera irregular, sino también a las personas que siguieron las reglas y cumplieron con todos los requisitos. Es el caso de casi un millón de migrantes que llegaron al país a través de la aplicación CBP One, habilitada por la administración de Joe Biden a fin de ordenar el flujo migratorio y proveer un camino a la residencia a quienes pasaran pruebas como la revisión de antecedentes.
Al contrario de las afirmaciones del magnate, según las cuales dicho programa formaba parte de la política de “fronteras abiertas” de su antecesor, CBP One siempre se ejecutó al mismo tiempo qué centenares de miles de personas eran detenidas y deportadas por las autoridades por ingresar sin la documentación necesaria.
En sus primeros tres meses en la Casa Blanca, Trump ha corroborado que el discurso de aplicación de la ley siempre fue una máscara para la xenofobia que corroe a buena parte de la sociedad y de la clase política estadunidense, y que él se ha encargado de normalizar e incluso elevar a estándar institucional. En estas semanas, agentes federales, en particular los integrantes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), han perpetrado secuestros de migrantes que contaban con sus papeles en regla, se encontraban en el trámite para obtenerlos e incluso de personas con residencia permanente; además, ya se documentó al menos un caso en que se detuvo a un ciudadano y se le acusó de ser un “extranjero no autorizado” por una causa tan evidente como deleznable: el racial profiling, es decir, criminalizar a alguien debido a sus características físicas.
Estos secuestros se han realizado con lujo de violencia, involucrando a menores de edad y con agentes enmascarados como si se tratase de operativos para detener a jefes del crimen organizado. Asimismo, se ha establecido una política de trasladar a las víctimas de un centro de reclusión a otro en cuestión de horas para finalmente encerrarlos en instalaciones a miles de kilómetros de sus ciudades de residencia, en lo que abogados migratorios y activistas denuncian como maniobras para impedirles que presenten los recursos legales debidos y separarlos de su entorno de apoyo.
En este contexto de auténtica cacería humana, no da ninguna tranquilidad a los migrantes que algunos jueces emitan órdenes de suspensión a las acciones más bárbaras del trumpismo, pues saben que dichas sentencias pueden ser revocadas por otros tribunales en cuestión de horas o simplemente ignoradas por el magnate y sus esbirros. Por ello, muchos ya se plantean desandar el camino, y no pocos contemplan hacer el viaje de regreso atravesando México o establecerse aquí, lo cual supone para las autoridades mexicanas el deber humanitario de tomar las previsiones a fin de evitar que los migrantes de retorno y quienes busquen refugio en nuestro país sean víctimas de los delincuentes o de policías corruptos que compliquen su paso o pongan en riesgo su integridad, como muchos señalan que ocurre en su travesía al norte. Un gobierno que abandera el humanismo mexicano como máxima no puede permitir que aquí se repitan los maltratos de los que huyen los migrantes, ya sea que se encuentren en el viaje de ida o en el de vuelta. (Editorial, La Jornada, p. 2)
3 ADN contradictorio. Andrés Escandón, hijo del morenista Rutilio Escandón, ahora integrante del comité republicano en Miami-Dade, partido que ha impulsado políticas antiinmigrantes y racistas, muestra que la genética política no siempre hereda convicciones. Mientras su padre representa al gobierno de la 4T como cónsul en Miami, él celebra a Donald Trump y Sarah Palin y se toma selfies en eventos del Partido Republicano.
En redes presume vínculos guindas, pero en Florida ondea la bandera conservadora. Nadie exige cuentas en Morena y nadie pregunta quién financió la educación y la vida de lujo del joven en el extranjero. ¿Y la ética, señores? (Frentes Políticos, Excélsior, Nacional, p. 9)
En tiempos todavía no muy antiguos, de los que aún alcanzamos rescoldos quienes nacimos antes de que mediara el siglo pasado, al parecer era frecuente que la gente muriera en el mismo lugar donde había nacido e incluso en la misma casa.
Quizás en la ciudad no lo era tanto como en comunidades pequeñas, de acceso un tanto difícil y, por lo tanto, también de salida complicada.
De hecho en mi querida Santa Tere, en la entrañable Guadalajara, donde no enterré el ombligo pero sí me proporcionó el aliento y las condiciones para forjarme un futuro y ahora contar con un pasado que no me incomoda, era el único escuincle cuyos padres no eran nativos de la capital de Jalisco, aunque ya había ciertos síntomas de movilidad en el hecho de que una buena parte procedía de otros poblados jaliscienses, nayaritas o michoacanos.
He ido y venido un poco por el mundo, pero mi cédula de empadronamiento no ha dejado nunca de ser tapatía. En el ámbito que me rodea es cada vez más raro quien se encuentra en su solar nativo y, más aún, en el de sus progenitores.
Diría yo que la migración, por una razón o por otra, es ya una característica de nuestra época, pero en tiempos recientes tiende a crecer también la migración de los migrantes.
Grosso modo, podríamos decir que nuestro continente se ha ido forjando sobre un sustrato original por la mezcla de diferentes partes, pero al finalizar el siglo XIX y comenzar el XX, se incrementó el número de quienes vinieron en busca de trabajo y digna subsistencia.
No los deplorables conquistadores españoles que vinieron en bola, sino muchos más que llegaron “por goteo” constante, sin formar parte de ningún contingente ni de ningún programa. Fue resultado del hambre o de la persecución, pero alcanzando un número sumamente grande.
América fue el “paraíso” que les abría las puertas de un futuro, pero hubo lugares de preferencia por sus condiciones socioeconómicas más “amigables”.
Estados Unidos y Argentina resultaron ser, tal vez, los más destacados, al extremo de que se hacía la broma de que la raza argentina o la gringa “descendía de los barcos”. Pero no fueron los únicos…
Mas ahora resulta que nacionales de ambos países, y de otros más, cuyos padres no nacieron ahí, también han liado maletas, por el motivo que se quiera, y se están desparramando por otras partes del mundo, incluyendo Europa, su mayor procedencia original.
Por razones varias, viajo con frecuencia a Barcelona, donde el número de argentinos y norteamericanos ha crecido enormemente. Se notan más los primeros porque son extrovertidos, pero de los otros también hay muchos, al extremo de que su inglés se oye mucho ya en el ir y venir por doquier en esa ciudad.
La plática con una gentil y simpática recepcionista del hotel que frecuento me hizo ver en directo el fenómeno de los migrantes emigrados. Ella se llama Irina, su familia paterna proviene de Ucrania y la materna de España. Nació en Buenos Aires y hace años que vive en Barcelona.
¿Sus razones? La inseguridad porteña que la dañó varias veces. ¿Por qué Barcelona?, pues ahí fue acogida y ha obtenido diferentes chambas, cada vez mejores.
Tiene la ventaja de una gran simpatía natural, pero creo que es más de agradecer su seriedad y formalidad para el trabajo. Bien puede decirse que la comunidad gana con gente como ella.
¿Pensar en regresar? De ninguna manera. Quisiera, sí, hacer una visita, pero sus dos pies están muy buen puestos en esa costa mediterránea donde, dice, se puede mover
de un lado para otro sin percibir el mayor peligro.
Sin embargo no se siente exenta de marchar a otro lado si se pone de modo. Tal vez… arraigo, lo que se dice arraigo, esta linda muchacha no parece estar en condiciones de adquirirlo. (José M. Murià, La Jornada, Política, p. 8)

(Fernando Llera, Excélsior, Nacional, p. 8)