Huachicoleo para el Tren Maya
Dicen que en algunas dependencias de Gobierno, como el Instituto Nacional de Migración (INM), viven la austeridad que provoca destinar recursos a obras insignia del anterior sexenio, como al Tren Maya… La dependencia encargada de la política migratoria ya no tiene ni para impresiones o la comida que destinaban a sus trabajadores, pero la obra sigue recibiendo recursos de otras instituciones, esperemos que lo recuperen en la venta de boletos. ¿Será? (¿Será?, 24 Horas, Página 2, p. 2)
En un ejercicio de cinismo diplomático que raya en lo grotesco, el gobierno de Estados Unidos acusa a Cuba de “esclavitud moderna” por su cooperación médica internacional, mientras practica, a plena luz del día y con aparente cobertura legal, formas brutales de trata institucionalizada contra migrantes latinoamericanos.
La paradoja no es menor: mientras médicos cubanos salvan vidas en las regiones más empobrecidas del planeta, el gobierno de Trump encadena a seres humanos de pies y manos, los embarca como ganado hacia terceros países y los entrega para que desaparezcan en las entrañas de centros de tortura.
A lo largo de décadas, Cuba ha sostenido un programa de colaboración médica sin precedentes, con la presencia de más de 600 mil cooperantes sanitarios en 165 naciones.
Esos médicos han enfrentado pandemias, huracanes, hambrunas y crisis humanitarias sobre la base de un principio descrito por Fidel Castro a propósito de la colaboración cubana en salud: “En las relaciones internacionales practicamos nuestra solidaridad con hechos, no con bellas palabras” (https:// acortar.link/usRGWt).
Pero Washington, desde Bush hasta Trump, no ha dejado de intentar desacreditar ese modelo, acusándolo de “tráfico humano” y “trabajo forzoso”, cuando en realidad lo que molesta es que Cuba exporta dignidad, tal y como la definió Kant: el filósofo alemán distinguía entre lo que tiene precio y lo que tiene dignidad. Tienen precio aquellas cosas que pueden ser sustituidas por algo equivalente, mientras que aquello que trasciende todo precio y no admite nada equivalente, eso tiene dignidad.
Contrasta profundamente con lo que ocurre al norte del río Bravo. La nueva administración Trump, decidida a implementar una política migratoria de “tolerancia cero” bajo parámetros supremacistas, ha reactivado el mecanismo de deportaciones encadenadas y sin el debido proceso de la ley. Los inmigrantes son deportados, sin juicio ni oportunidad de responder a los alegatos contra ellos.
Son expulsados con grilletes en los tobillos y esposas en las muñecas, amontonados en aviones que los llevan no necesariamente a su país de origen, sino al país que Washington designe como “tercero seguro”.
El caso de los venezolanos deportados a El Salvador es especialmente escandaloso.
El país centroamericano, convertido por Bukele en una distopía vigilada con drones, ha ofrecido al gobierno estadunidense una infraestructura de represión sin rendición de cuentas: el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot), la megacárcel donde el hacinamiento, la tortura, la desaparición y la negación del debido proceso y del vínculo con familiares son moneda corriente, según organizaciones de derechos humanos. Así, Washington externaliza su violencia migratoria con las lecciones bien aprendidas de la era Bush: si los detenidos están fuera del territorio nacional, no tienen derechos ante la justicia estadunidense. Esa fue la doctrina para Guantánamo. Hoy, Trump la recicla para deportar y reprimir sin costo judicial.
Mientras, la maquinaria propagandística del Departamento de Estado y sus satélites mediáticos en Miami repiten el mantra de que “los médicos cubanos son esclavos”.
Pero ¿dónde está la esclavitud? ¿En el bisturí que opera gratis a un niño en Haití? ¿En la vacuna que se administra en Angola? ¿O en las manos encadenadas del migrante que huye de situaciones de violencia en su país de origen y acaba en una celda salvadoreña sin nombre ni abogado? ¿Qué diferencia esta situación de los desaparecidos en Argentina, Uruguay, Guatemala o Chile, durante la guerra sucia de los años 70 y 80?
La hipocresía no es nueva, pero sí más descarada. Acusar a Cuba de lo que EU practica a escala industrial es una vieja estrategia: culpar a la víctima para ocultar los propios crímenes. Los grilletes con que deportan a los migrantes no pueden ocultar el verdadero rostro del imperio que se dice libre y democrático, mientras reproduce, con nueva tecnología, las cadenas de los barcos negreros que siguen navegando por la conciencia moderna de Occidente.
En Barco de esclavos (Capitán Swing, 2023), el historiador estadunidense Markus Rediker analiza la trata a través del Atlántico desde finales del siglo XV hasta casi terminar el XIX, durante 400 años. “Los compartimentos estaban tan atestados que casi no había espacio para darse la vuelta. Las cadenas que llevaban para evitar cualquier tentación de fuga les dejaban en carne viva muñecas, cuellos y tobillos”. Exactamente como ahora.
El trumpismo es la ausencia oficial de máscaras: hay barra libre de fascismo y al que se pase no lo echan de la fiesta, sino que lo ponen a organizar otra, como ésta de culpar a Cuba de “esclavitud moderna”, mientras los aviones “negreros” vuelan rasantes de norte a sur, por encima de nuestras cabezas. (Rosa Miriam Elizalde, La Jornada, Opinión, p. 14)
Quizá el expresidente AMLO propició que notemos más que el conservadurismo mexicano es profundamente misógino, racista, clasista y que opera a partir de la discriminación, pues está convencido de que el valor de los individuos depende de características biológicas o de la meritocracia. El propio López Obrador postuló acabar con esas doctrinas cada vez que lo atacaban por no tener piel blanca, por no hablar inglés, por su acento, por sus zapatos o por no pertenecer a una clase social que figurara en la punta de la imaginaria pirámide social. Diríase que, desde que llegó la 4T, distintos sectores del trasnochado conservadurismo (incluidos los desclasados sociales) vienen insistiéndonos en que las personas con piel morena somos pobres, incultas y nacas. Por lo mismo, no deberíamos tener acceso a bienes y servicios, a derechos o a empleos bien remunerados; mucho menos participar en política o dar órdenes.
Como dice la periodista peruana Laura Arroyo, el conservadurismo “cree que lo importante en democracia no es votar, sino hacerlo bien”, como si la gente no tuviéramos conciencia. A la música de banda, los conservadores le llaman “música agropecuaria”. Devotos de la ‘blanquitud’, nombran turistas a los extranjeros blancos, mientras que a los de piel no hegemónica les dice migrantes y pide expulsarlos. Una vez, el insufrible Carlos Alazraki se quejó porque a uno de sus restaurantes favoritos ya estaba llegando gente “que hace ruido”.
Yo no estaba pensando en todo esto cuando entré a X y, por enésima ocasión, me encontré con que troles, troles-humanos y típicas cuentas anti 4T lanzaban otra de sus salvajes discriminaciones. El nuevo embate era contra Rosa Icela Rodríguez, secretaria de Gobernación, quien había acudido a los funerales del Papa Francisco como representante de la presidenta Claudia Sheinbaum, por el simple hecho de que es la segunda mujer más importante en el gabinete.
Como les ha ocurrido a otras funcionarias de Morena -“un nombre mariano con una clara identidad racial”, según el profesor Daniel Hernández-, Rosa Icela no sólo recibió embates racistas y clasistas. También misóginos. Incluso, me explica mi esposa, hubo algunas usuarias que ejercieron la misoginia interiorizada, la misma que han ejercido en contra de gobernadoras o secretarias de Estados, ya sea por su origen o por sus cuerpos. Es decir: al conservadurismo, en realidad, le molesta la participación de las mujeres en política. A ese ‘pecado’ de ser mujer, y encima tener poder, a Rosa Icela la atacaron porque el mundo religioso siempre ha pertenecido a la clase blanca aristocrática y porque la derecha tampoco soporta que una funcionaria de gobierno no provenga de sus esferas. “El conservadurismo reprueba la ropa en ciertas mujeres o funcionarias, porque en su misoginia cree que esas prendas sólo les asientan a ciertos cuerpos hegemónicos”, me dice mi esposa, que estudia feminismos.
“Los plebeyos y las plebeyas hemos decidido tomar el destino de la patria”, dijo Fernández Noroña cuando asumió la presidencia del Senado. Y en esa frase está lo que tanto molesta al conservadurismo: porque en la reivindicación popular se ha quedado fuera sin entender por qué y, ante su ignorancia, le ha quedado echar mano de sus múltiples discriminaciones para denostar a esa ‘plebe’ por la que votamos. Si bien es cierto que queda mucho por hacer para erradicar la discriminación estructural, soy de quienes creen que el que el tener una presidenta con mujeres capaces a su alrededor cambiarán paradigmas en el país del racismo y de todos esos males que nos discriminan o cosifican a diario. (Alejandro Almazán, El Heraldo de México, País, p. 8)
Aranceles van y vienen. Unos suben, otros bajan. Ha habido exenciones, excepciones y pausas. Las reglas que EU impone al mundo cambian constantemente, parecen improvisadas y caprichosas. En México, nadie sabe qué pasará. Tampoco en el resto del planeta o en el entorno de Trump. Es posible que él mismo no tenga idea.
Trump tiene una fijación, nostálgica y enfermiza, con los aranceles. Está convencido de que son una varita mágica para resolver todos los problemas, reales o imaginarios, de EU. Pero, más allá de la retórica, no queda claro qué es lo que quiere. Unos afirman que se trata de reducir deuda y déficits estadounidenses, al tiempo de recuperar los tiempos gloriosos de la industrialización, abandonando la subrogación de las manufacturas y una pujante economía de servicios. Otros consideran que es una poderosa herramienta de extorsión. Para lo primero, tendrían que ser permanentes. Para lo segundo, temporales. No se puede ambas cosas, con todos, todo el tiempo. A menos que no sea ni una ni otra sino una tercera: un viaje del ego, que todos le “besen el culo”.
La reindustrialización de EU tiene varios problemas. Más allá de si es deseable para los propios estadounidenses, se trata de un objetivo de largo plazo. Las grandes empresas planean sus inversiones con años de anticipación. Una aceleración en el traslado de manufacturas a EU enfrentaría escasez de mano de obra y falta de apetito político para atraer migrantes. La automatización de procesos tomaría más tiempo. Más allá de anuncios rimbombantes o de simulaciones, las cuentas simplemente no dan.
Trump enfrenta ya muy malos resultados económicos, pérdida de popularidad y menos márgenes políticos. Todos hemos sido testigos de sus pestañeos y vacilaciones: pausas de un mes para México y Canadá, de 90 días para el mundo, de electrónicos para China. Estamos pendientes de su pulso con el gigante asiático que, de momento, parece ir ganando la paciencia oriental. Las extorsiones han funcionado en algunos casos pero, tarde o temprano, el mundo comenzará a tomarle la medida. Inevitablemente, tendrá rendimientos decrecientes, salvo quizás con unos pocos, incluido nuestro país.
Independientemente de lo que ocurra, ya se han producido efectos que no serán fáciles de revertir. Por un lado, los mercados han perdido confianza en la economía y el dólar estadounidenses como refugio en caso de volatilidad. Por el otro, los grandes empresarios, que detestan la incertidumbre, han congelado buena parte de sus planes de inversión. Contrario a su imagen de firmeza, la presidenta Sheinbaum ha hecho concesiones significativas a Trump y ahora parece incluso dispuesta a reducir el déficit comercial estadounidense con México. ¿Pero, cómo y a qué costo para exportadores y consumidores mexicanos? Peor aún, en lugar de hacer ajustes para enfrentar la nueva realidad, el gobierno ha seguido la ruta de reformas que ahuyentan a los mercados y comprometen el futuro del país, en el mejor de los casos con contracción en nuevas inversiones, nacionales y extranjeras; en el peor, con desinversión y fuga de capitales.
Una recesión parece inminente en muchas regiones del mundo. De su duración y profundidad dependen las alteraciones geopolíticas, la salud de muchos gobiernos y la viabilidad del mandato del presidente estadounidense. Mientras que en Hamlet encontramos un método en la locura, con Trump es locura en el método. (Jorge Lomonaco, El Universal, Opinión, p. 14
Donald Trump volvió a hacer lo que mejor sabe: provocar. Acusó al gobierno de México de temerle a los cárteles y volvió a insinuar que mandará tropas al sur del Río Bravo. Frente a eso, Claudia Sheinbaum optó por no engancharse. No lo confrontó, no le respondió con bravatas, no cayó en el juego. Y, aunque muchos esperaban un puñetazo retórico, tal vez hizo bien en guardarse.
Con Trump nunca se sabe. Cada palabra, cada insulto, cada amenaza es parte de su espectáculo. Vive del conflicto, y especialmente del que puede usar como carnada electoral. México ha sido durante años su villano favorito: ya sea por los migrantes, por el muro, por los tratados o por el narcotráfico. Lo último que necesita Sheinbaum es convertirse en su sparring de su eterna campaña política.
¿Significa eso que debamos callar siempre? No. Pero hay momentos donde responder sólo alimenta la narrativa del otro. Trump quiere el ruido. Quiere el pleito. Ama la estridencia porque así permanece en la narrativa. Y lo que hizo Sheinbaum fue no darle su pólvora favorita.
¿Es esto una muestra de fortaleza o de debilidad? Depende. Si el gobierno por fin actúa con firmeza en los hechos —fortaleciendo su estrategia de seguridad, defendiendo la soberanía con estrategias prácticas y consolidando una relación bilateral seria con Estados Unidos— entonces ese silencio será calculado, no sumiso.
Porque la verdad es que, con o sin respuesta, a México ya le carga el payaso cada vez que hay una decisión polémica en EU. Ya sea con Trump o con cualquier otro político, los discursos duros contra el país son un recurso político seguro. Y como ya se ha visto antes, lo que se dice en campaña no siempre se traduce en política real… pero a veces sí.
Por eso, a veces callar no es claudicar: es aguantar el primer golpe sin mostrar flaqueza. No habrá aplausos por eso, pero tal vez sí menos daño. Y en tiempos de fuegos cruzados… evitar otro incendio también es gobernar.
DE COLOFÓN: Movimiento Ciudadano ya encontró su bandera: la jornada laboral de 40 horas. Pablo Vásquez Ahued, diputado y secretario nacional de Asuntos Legislativos de MC, apareció flamante en redes para exigir un periodo extraordinario. “No hay pretextos”, clamó con la solemnidad de quien no tiene otro tema en mente. Y vaya que no lo tiene: lleva cuatro días mudo —como todo su partido— desde la detención del alcalde de Teuchitlán, José Ascensión Murguía, acusado de trabajar para el Cártel Jalisco.
La dirigencia nacional encabezada por Jorge Álvarez Máynez guarda un silencio que ni en misa. Las bancadas, más mudas que testigo incómodo. Eso sí: para lo de las 40 horas, ahí sí todos muy puntuales, muy enérgicos, muy indignados. ¿Será que el guion naranja dice que mientras más narcos se les acumulen, más hay que fingir que no pasa nada? (Luis Cárdenas, El Universal, Nación, p. 5)
Provocaciones constantes

(Kemchs, El Universal, Opinión, p. 14)