Que quien fuera comisionado del Instituto Nacional de Migración durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, Ardelio Vargas Fosado, fue interceptado por la prensa y fiel a su estilo descartó que este buscando regresar a la política, “ahora me dedico al rancho, a las vacas”, dijo. El también ex secretario de seguridad en el sexenio morenovallista afirmó que está alejado de la vida pública y negó cualquier interés, mucho menos en sumarse al equipo de Sergio Céspedes en el ámbito migratorio, ahora que este último encabeza el organismo. (Trascendió, Milenio Puebla, Online)
4 Refugio digno. Filippo Grandi vino, vio y aplaudió. El alto comisionado de la ONU para los Refugiados reconoció que México sí sabe integrar a quienes huyen de la violencia. Desde 2016, más de 160 mil personas desplazadas han accedido a empleo, vivienda y servicios gracias al Programa de Integración Local, y Aguascalientes ya es vitrina internacional. Allí conoció a Ibrahime Sylla, migrante de Guinea Ecuatorial, quien había recorrido 10 países antes de ser cobijado en México, y hoy jugador del Necaxa, símbolo viviente de que sí se puede. La presidenta Claudia Sheinbaum recoge este espaldarazo a la inclusión con resultados concretos. (Frentes Políticos, Excélsior, Nacional, p. 11)
El reciente conflicto entre la administración de Donald Trump y la Universidad de Harvard, que ha resultado en la revocación de su capacidad para inscribir estudiantes internacionales, no es solo una disputa académica, es un reflejo de los crecientes retos que enfrentan los migrantes en un mundo polarizado.
En México, donde millones de compatriotas dependen de oportunidades en el extranjero, esta situación nos interpela profundamente. Como senador, expreso mi preocupación por las implicaciones de estas políticas y llamo a la unidad para defender los derechos de nuestros migrantes, fortaleciendo a nuestras familias y comunidades.
El 22 de mayo de 2025, el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, liderado por Kristi Noem, revocó la certificación del Programa de Estudiantes y Visitantes de Intercambio de Harvard, afectando a cerca de siete mil estudiantes internacionales, que representan el 27 por ciento de su alumnado. Esta medida, justificada por acusaciones de “fomentar violencia, antisemitismo y coordinarse con el Partido Comunista Chino”, obliga a estos estudiantes a transferirse a otras instituciones o perder su estatus legal.
Según el Migration Policy Institute, las políticas migratorias de Trump, que incluyen la amenaza de deportaciones masivas de hasta 20 millones de personas, no solo afectan a estudiantes, sino a comunidades enteras, incluyendo a los 11 millones de mexicanos que viven en Estados Unidos. La reciente aprobación en la Cámara de Representantes de un impuesto del 3.5 por ciento a las remesas, reducido del 5 por ciento original tras negociaciones, reduciría los 68 mil millones de dólares que México recibió en 2024 en aproximadamente 2.38 mil millones de dólares a anuales, impactando a las familias más vulnerables, donde el 36.3 por ciento de la población vive en pobreza, según el Coneval.
Las implicaciones son graves. Para México, la restricción de oportunidades educativas y laborales en el extranjero limita el desarrollo de nuestros jóvenes y debilita las remesas que sostienen a millones de familias. En Estados Unidos, estas políticas no solo privan a universidades como Harvard de talento global, sino que afectan su economía, ya que el 80 por ciento de los ingresos de los migrantes se queda en ese país, según el Centro de Estudios Monetarios Latinoamericanos. Además, la estigmatización de los migrantes como “antiestadounidenses” o “delincuentes” fomenta la xenofobia y tensiona las relaciones bilaterales, cruciales en el marco del T-MEC. La respuesta de Harvard, que ha demandado al gobierno de Trump por considerar estas acciones inconstitucionales, es un ejemplo de resistencia que México debe observar con atención.
Frente a este panorama, propongo tres acciones urgentes. Primero, desde el Senado, impulsar un diálogo con el gobierno mexicano para fortalecer la defensa de nuestros migrantes, exigiendo que se respeten sus derechos en foros internacionales. Segundo, debemos invertir en programas educativos y de capacitación en México, como los que ya impulsamos en Querétaro, para que nuestros jóvenes tengan oportunidades sin depender exclusivamente del extranjero. Tercero, llamo a la unidad nacional, más allá de colores partidistas, para apoyar a nuestra comunidad migrante, promoviendo políticas que fortalezcan a las familias receptoras de remesas mediante emprendimientos y desarrollo local.
Los retos que enfrentan nuestros migrantes en Harvard y en todo el mundo nos recuerdan que su lucha es la nuestra. Desde el Senado, trabajaré para que México sea un país que defienda a sus ciudadanos, construya puentes de solidaridad y garantice un futuro digno para todos. Porque cuando protegemos a nuestros migrantes, fortalecemos la esperanza de nuestra nación. (Agustín Dorantes Lambarri, El Heraldo de México, Desde el Legislativo, p. 12)
Estamos afectados por factores externos que nos determinan económicamente. También hay factores internos que limitan el crecimiento económico. El bajo nivel de crecimiento significa mayor desempleo y tensiones sociales. Una salida parcial en situaciones similares era la migración, pero ahora está amenazada por las políticas de Trump.
Pero si el escenario económico es difícil, peor está la economía regional. El Inegi ofreció información que revela que el impacto de la situación económica nacional ya se refleja en las entidades del país. Hay un deterioro en 19 de ellas, particularmente en la actividad industrial. Sobresalen los peores resultados de Quintana Roo, Chiapas, Coahuila, Tabasco y Guerrero. El consumo está deprimido, los precios al alza, las obras importantes que ofrecían empleo ya se terminaron o están suspendidas. Las empresas tienen dificultades de acceso al crédito bancario.
Por contra, frente al atraso, hay entidades como Puebla y San Luis Potosí que muestran crecimientos tanto en la inversión como en el crecimiento económico debido al desarrollo de la industria automotriz que se ha asentado desde hace muchos años en ambas entidades.
En muchos estados existe la esperanza de que llegarán inversiones bajo el paraguas de la relocalización industrial que se está dando en el mundo. Ya hay algunos resultados positivos de nuevas inversiones como se advierte en los flujos de Inversión Extranjera Directa que crecieron en el primer trimestre de este año.
Los estados más atrasados han estado dependiendo básicamente de las transferencias de recursos que la federación les envía y tienen como destino el gasto público estatal. Dedican pocos recursos a la promoción económica. Por ello muchas inversiones en el sector agropecuario y en maquiladoras se han retirado. Faltan apoyos en infraestructura y agua.
Otra dependencia de recursos proviene de las remesas que envían los trabajadores que emigraron. Recursos que son muy importantes para la economía familiar, particularmente en Chiapas, Guerrero, Michoacán, Zacatecas y Oaxaca. Resulta paradójico que el estado de Chiapas, que se caracteriza por tener una gran variedad de climas, riqueza hidráulica y suelos de calidad, dependa de las remesas. Representan 15% del Producto Interno Bruto estatal.
Ahora las remesas están amenazadas principalmente por la desaceleración económica de Estados Unidos que afecta al mercado laboral y a las actividades en donde se colocan los inmigrantes. También por las deportaciones, el impuesto a las remesas y el costo de envío. Trump ha dicho: “Si se les impide a los inmigrantes por ley enviar el dinero, se seca ese pozo de ingresos clave para la economía mexicana”.
Está faltando, a nivel estatal, la organización del desarrollo de sus potencialidades. Por parte de los gobiernos estatales ofrecer los servicios de salud, educación, seguridad social, agua e infraestructura. (Sergio Mota, El Economista, Finanzas y Dinero, p. 11)
El nombre Harvard no es sólo una universidad. Es símbolo, es promesa, es la idea —quizás ingenua— de que el conocimiento aún puede resistir a la política. Por eso, la noticia de que el gobierno de Donald Trump ha prohibido la admisión de estudiantes extranjeros en universidades “sospechosas de deslealtad” —con Harvard como blanco principal— no sólo sacude al mundo académico: revela una fractura moral, un cambio de época. No estamos ante una medida migratoria. Estamos ante una línea cruzada.
Hasta hace poco, ningún gobierno moderno de los Estados Unidos se había atrevido a convertir a las universidades en enemigos públicos. Ni siquiera durante el macartismo se prohibió sistemáticamente el ingreso de estudiantes internacionales. Lo que Trump ha hecho no tiene precedentes: romper el pacto tácito que Estados Unidos ofrecía al mundo desde el siglo XX —que el saber era refugio, que las ideas no tenían pasaporte, que el pensamiento crítico no era traición—.
Esta vez, sin embargo, no hay redadas. No hay fuegos visibles. La operación es más limpia. Harvard ha sido silenciada por decreto. El Departamento de Estado suspendió la emisión de visas F-1 para alumnos admitidos en instituciones que “promuevan una narrativa contraria al interés nacional”. Las palabras son técnicas, legales incluso. Pero la intención es nítida: castigar a quienes no aplauden.
La medida llega tras meses de presión creciente sobre las universidades. Se habían eliminado los programas de diversidad. Se habían clausurado departamentos de estudios críticos. Se habían recortado los fondos para investigaciones sobre cambio climático, género, racismo. Ahora, se asesta un golpe final: aislar a las universidades disidentes, convertirlas en islas dentro de su propio país. Harvard, con su tradición liberal, su activismo estudiantil y su prestigio global, era el objetivo natural.
El gobierno de Trump no ha ocultado su desprecio por lo académico. Pero este ataque no es solo simbólico. Es estratégico. Harvard recibe a más de 7 mil estudiantes extranjeros cada año. Son científicos, artistas, líderes potenciales que hoy se ven vetados. Se cancela no sólo su ingreso a un aula, sino a una idea: la de que el conocimiento puede ser un territorio neutral en tiempos de polarización.
La Casa Blanca defiende la medida como parte de una estrategia de “protección nacional”. Dice que ciertas universidades se han convertido en “nidos de subversión ideológica”. Que los estudiantes extranjeros podrían ser “infiltrados” o “agentes de propaganda globalista”. Que América debe cuidarse de quienes no creen en su grandeza. Pero no hay pruebas. No hay nombres. Sólo la repetición de un viejo truco autoritario: fabricar enemigos internos para justificar un poder sin límites.
Trump no necesita expulsar a todos los críticos. Sólo necesita hacerles imposible el ingreso. Y si ese filtro es la visa, que así sea. El mensaje está claro: quien no jura lealtad, no tiene cabida. No en la política. No en la academia. No en el país.
La medida ha generado reacciones en Europa, Asia, América Latina. Gobiernos que históricamente enviaban estudiantes a Estados Unidos hoy expresan su “profunda preocupación” por la politización de la educación. La Unesco ha condenado la medida como una “violación al derecho a la educación sin discriminación ideológica”. Pero el Departamento de Estado ha ignorado las críticas. La burbuja imperial no tiene ventanas. Sólo micrófonos.
Lo que se pierde no es sólo prestigio. Es futuro. La ciencia es colaboración. El pensamiento es poroso. Harvard, como tantas otras universidades estadunidenses, construyó su excelencia en el cruce de lenguas, culturas y visiones del mundo. Quitarle eso es como cerrar las ventanas de una biblioteca por miedo a que entren ideas nuevas.
Lo que ocurre en Harvard hoy debería importarnos a todos. No porque hayamos estudiado ahí. No porque nos atraiga el campus o su historia. Sino porque, cuando el saber se vuelve sospechoso, todos estamos en peligro. Porque lo que se veta hoy con una visa se censura mañana con una ley. Y lo que se calla en una universidad pronto se silencia en una corte, en una calle, en una familia.
En la lógica de Trump, Harvard es más que una universidad: es un símbolo que hay que quebrar. Su prestigio global, su independencia histórica, su resistencia a someterse al discurso oficial, representan un riesgo. No se trata de reformarla. Se trata de disciplinarla. De ponerla en fila. De convertir el saber en una herramienta del poder, no en su límite. En su ensayo sobre los totalitarismos modernos, Hannah Arendt advertía que el primer paso hacia la tiranía es la sustitución de la realidad por la narrativa del líder. Las universidades son uno de los últimos lugares donde esa realidad todavía se defiende. Por eso se les ataca.
La historia no se repite, pero rima. Las grandes purgas culturales no siempre empiezan con hogueras. A veces empiezan con visas denegadas. Con cartas que no llegan. Con formularios que se extravían. Y detrás de cada tecnicismo burocrático hay una decisión política: qué país queremos ser. Hoy es Harvard. Mañana puede ser cualquier otra. Porque lo que se persigue no es una universidad, sino una actitud: la que pregunta, la que duda, la que no acepta la verdad oficial sin discutirla.
Este no es un asunto de Harvard. Es un asunto de interés global. Porque lo que se prohíbe hoy con tinta y sellos, mañana se impondrá con leyes. Y si el conocimiento ya no es libre en su cuna más simbólica, ¿dónde quedará libre entonces? (Ricardo Peraza, Excélsior, Nacional, p. 11)

(Gregorio, Excélsior, Nacional, p. 10)