Opinión Migración 310525

Frentes Políticos

Gravamen absurdo. El canciller Juan Ramón de la Fuente llamó a Marco Rubio, secretario de Estado de EU, para pedirle que el Senado frene el impuesto de 3.5 % a las remesas. La Cámara de Representantes ya lo aprobó, y México ve la medida de Donald Trump como un golpe directo a millones de familias.

Mientras De la Fuente defiende el ingreso de los paisanos, Rubio elogia avances en migración y tráfico de armas. La visita de legisladores mexicanos a Washington buscó presionar, pero la pregunta persiste, ¿por qué castigar a quienes sostienen economías enteras desde el exilio? Que en alguien quepa la prudencia. (Frentes Políticos, Excélsior, Nacional, p. 11)

El Caballito / Politizan albergue para migrantes en Peralvillo

Lo que comenzó con la inconformidad de vecinos de la colonia Morelos por la instalación de un albergue para migrantes en el predio de Peralvillo 75, se ha convertido en un pleito político. Por un lado, el secretario de Gobierno, César Cravioto, anunció que se presentó una denuncia contra la diputada federal del PRI Mónica Sandoval, por irrumpir la noche del jueves en el sitio, que se encuentra bajo resguardo de las autoridades, mientras que la priista acusó que en el operativo fue víctima de agresiones y hasta al hospital llegó por lesiones.

El secretario de Gobierno no dudó en señalar que sólo se trata de politiquerías, pues en el predio en cuestión ya no opera el Hospital de Homeopatía que dicen querer defender, e incluso que el inmueble está siendo evaluado por el Instituto para la Seguridad de las Construcciones a fin de determinar si está en condiciones de ser habilitado para convertirse en albergue para migrantes. (El Caballito, El Universal, Online)

Estados Unidos presiona para someter

Se han ido acumulando un conjunto de situaciones inquietantes para México desde la llegada de Donald Trump a su segundo periodo presidencial. Son hechos que, en conjunto, apuntarían a que Estados Unidos utiliza el fentanilo, la migración y los aranceles como punta de lanza para continuar creando un ambiente tenso y de incertidumbre que genere la idea de una necesaria intervención en el país, lo cual es alentado con fanfarrias por la derecha y ultraderecha mexicanas, lamentablemente, en apoyo al vecino país.

Estados Unidos da un trato infame a los migrantes mexicanos, sean documentados o indocumentados. Muchos de ellos llevan años allá y tienen hijos nacidos ahí, y por tanto son estadunidenses. Pero ahora se pretende aprobar una ley que quite la nacionalidad por nacimiento. Increíble. La estrategia de Estados Unidos ha sido mantenerlos en el limbo jurídico para, cuando les convenga, romperles la vida, deportándolos con discursos racistas y xenófobos.

Para colmo de la ilegalidad, se pretende aplicar un impuesto de 3.5 por ciento a las remesas, lo que quiere decir, que se les aplicará una doble tributación, porque éstas son parte del salario del trabajador, al cual ya se le han descontado impuestos locales, federales y para la educación. El impuesto debe ser cero.

En relación con el fentanilo, México juega su parte; sin embargo, las acciones en contra de Estados Unidos, a pesar de que hay narcos gringos, como ha documentado el periodista Jesús Esquivel, son prácticamente nulas. O sea que la lucha es muy desigual entre un país y otro, pero la presión no cesa. Estados Unidos envía drones y buques destructores en aguas cercanas a los litorales mexicanos; también asalta los medios de comunicación con anuncios deleznables hacia los migrantes. Aparecen listas negras de supuestos funcionarios del gobierno que están en la mira de la justicia de ese país, sin ninguna prueba.

El remate ha sido la llegada del embajador Ronald Johnson, un ex militar boina verde, ex funcionario de la CIA y ex embajador en El Salvador en la presidencia de Nayib Bukele, pero cuyas credenciales prácticamente no son cargos diplomáticos, sino, más bien, de seguridad. Sus primeras apariciones mostraron quiénes son sus cercanos, como se difundió cuando estuvo en un restaurante de la Ciudad de México departiendo con un personaje de ultraderecha, Eduardo Verástegui, al que llamó “mi hermano”, cuya pretensión es ser enarbolado líder de los libertarios en México.

En este ambiente cargado de tensiones, se produjo el terrible asesinato de la secretaria particular y del asesor de la jefa de gobierno Clara Brugada –Ximena Guzmán y José Muñoz–, que nos ha helado el corazón, un ataque artero y, por lo visto, premeditado. Dos jóvenes profesionistas extraordinarios y queridos que realizaban su importante trabajo de forma altamente eficiente.

Por supuesto, no llama la atención el comentario inmediato de Marco Rubio, secretario de Estado señalando que “la violencia política en México es real”. Viene a la mente el ofrecimiento de Trump de enviar apoyo militar contra los narcos, ofrecimiento que la Presidenta rechazó, pero que dio lugar al cáustico comentario de ese personaje “la Presidenta no acepta porque les tiene miedo a los narcos”.

¿Qué pretende Donald Trump generando presiones constantes contra México? Someter al país y a la presidenta Claudia Sheinbaum, cuyo proyecto nacional va avanzando hacia consolidar un nuevo régimen enmarcado en lo que ha señalado con contundencia:

“México es un país soberano, independiente y no se subordina”, conceptos que son un freno para los afanes injerencistas colonialistas del vecino del norte, pero que le suenan lo suficientemente revolucionarios para seguir presionando porque, entre otras cosas, en el país hay enormes recursos naturales estratégicos.

Por eso urge que México diversifique y fortalezca sus alianzas priorizando la agenda latinoamericana con la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac) y los llamados BRICS. Es importante también que fije su atención en el sudeste asiático, cuyo dinamismo económico es contundente y particularmente con China, bajo los nuevos conceptos del multilateralismo y la cooperación basada en la soberanía. (Ana María Aragonés, La Jornada, Opinión, p.12)

Vivir con miedo

Millones de inmigrantes en Estados Unidos están viviendo con miedo. A veces con pavor. Y no es nada fácil. Desde que el presidente Donald Trump llegó a la Casa Blanca y empezó a perseguir inmigrantes indocumentados de forma masiva, salir a la calle, ir al cine, al trabajo, a la escuela o incluso presentarse en una corte, se ha convertido en una terrible apuesta en la que no sabes si podrás regresar a dormir a tu casa y volver a ver a tu familia.

Hay un dicho en México que refleja lo que está ocurriendo en Estados Unidos: “El miedo no anda en burro”. Y en Phoenix y muchas otras ciudades de Estados Unidos, el miedo se ha extendido rápidamente y se dispara cada vez que aparece una camioneta de ICE, el sistema migratorio estadounidense.

Aquí conocí a una estudiante universitaria de Nicaragua que vino huyendo de la dictadura en su país. Ella me recordó que Daniel Ortega regresó a la Presidencia en Nicaragua en 2007, tras una votación legítima, y luego se atornilló al poder. Ortega sigue ahí. Su gran temor es que eso mismo ocurra en Estados Unidos.

“No se puede vivir tranquilo”, me dijo un jardinero, “y son los mismos agentes hispanos los que nos detienen”. Antes él trabajaba en cuadrillas de seis y hasta ocho personas. Ahora él trabaja solo con un ayudante. Los otros ya no van por miedo.

“Padres y madres viven con la angustia diaria de ser detenidos en cualquier momento, sin poder despedirse de sus hijos, sin saber quién los cuidará si ellos no regresan”, me explicó María Barquín, directora de programación de Radio Campesina. “Empresarios que pierden trabajadores valiosos, maestros que acompañan a estudiantes que lloran en silencio. La incertidumbre que se vive bajo esta administración ha paralizado a muchos”.

Esa parálisis también se ha colado en la política. “Todos tenemos miedo”, reconoció hace poco la senadora republicana Lisa Murkowski. “Las represalias son reales”. Si esto lo dice una poderosa senadora del mismo partido del presidente Trump, imagínense lo que sienten aquellos que viven fuera del Capitolio y sin documentos.

Ese miedo, en la práctica, significa que los inmigrantes no tienen quién los defienda y hable por ellos. Una parte de la comunidad venezolana en Estados Unidos -que tan entusiastamente apoyó la candidatura de Trump creyendo que acabaría con la dictadura de Nicolás Maduro- se ha quedado sola. Y no solo eso. La traición se ha completado con la decisión del gobierno trumpista de quitarle la protección migratoria (TPS) a cerca de 350 mil venezolanos. Así les dieron las gracias por su apoyo y ahora podrían ser deportados a una brutal dictadura.

El miedo también se nota en el lenguaje. La palabra “ilegal” estuvo casi prohibida del lenguaje de los políticos para referirse a los indocumentados. El argumento moral es que ningún ser humano es ilegal. Pero el presidente Trump y sus principales colaboradores utilizan la palabra “ilegal” constantemente. Es una manera de estigmatizar a una población que, en su gran mayoría, no es criminal y que no tiene nada que ver con los mafiosos del Tren de Aragua y los narcocárteles mexicanos.

¿A cuántos deportará Trump? Este año serían cerca de medio millón, según cálculos del Migration Policy Institute, de un total de 13.7 millones de indocumentados que viven en el país.

Esta política de miedo, la intención de Trump de realizar las mayores deportaciones de la historia y la presencia de miles de militares han tenido un efecto inmediato en la frontera. Los agentes migratorios solo encontraron a 7 mil indocumentados en la frontera con México en marzo pasado; esta es la cifra más baja desde el año 2000.

Estados Unidos, rompiendo la promesa que aparece en la Estatua de la Libertad en Nueva York, ha dejado de ser el refugio de los perseguidos, de los pobres, de los cansados y de los que buscan libertad. Ahora, para muchos, es la república del miedo.

Al final, quizás es mi alma de inmigrante, pero confío plenamente en que Estados Unidos superará esta oscura etapa de miedo y volverá a ser un ejemplo para el mundo. María Barquín también lo cree: “Como decía César Chávez: ‘Perdemos cuando dejamos de luchar’. Nuestra tarea diaria es no dejar que el miedo apague la esperanza… Mientras sigamos luchando, nunca perderemos”. (Jorge Ramos Ávalo, Reforma, Opinión, p. 8)

‘Presa política’ en EU

Jeanette Vizguerra es mexicana, llegó a vivir a Estados Unidos en la década de 1990 y es una de las activistas migrantes más influyentes en ese país. Durante la primera administración de Donald Trump, cuando su condición de migrante indocumentada ya era pública, ella buscó refugio dentro de una iglesia en Colorado, donde permaneció durante 86 días. Con ella, se extendió el movimiento conocido como “iglesias santuario”, por el que otras personas buscaron refugios en iglesias, uno de los pocos lugares donde no entraban los agentes de migración. Vizguerra se convirtió en un símbolo. Ahora, tras pocos meses de un nuevo mandato de Trump, ella está presa en una cárcel migratoria.

En 2017, Vizguerra fue nombrada una de las Personas del Año por la revista Time. Continuó peleando su estatus migratorio y organizando a su comunidad migrante. El año pasado, cuando Trump ganó la Presidencia, Vizguerra dijo a sus compañeros que debían tener cuidado porque “esta vez va a venir peor”. Algunos periodistas, colegas, miembros de su comunidad, advirtieron a Vizguerra que tuviera cuidado, mantuviera un bajo perfil, estuviera callada y creara un plan para sí misma. Pero ella dice que no pudo mantenerse en silencio. Durante las primeras semanas del nuevo mandato de Trump, hizo videos en sus redes sociales, participó en marchas, avisó a otros migrantes sobre sus derechos, les explicó qué podía pasar si los detenían. En marzo, participó en una marcha y habló duramente sobre las medidas de la nueva administración. Al día siguiente, la detuvieron agentes de migración.

Mientras la detenían, ella vio en el teléfono de uno de los agentes que él estaba monitoreando sus redes sociales. Otro le dijo: por fin te atrapamos. Poco después, una alta oficial de prensa de Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional de EU, tuiteó sobre Vizguerra. Dijo que detendrían migrantes “aunque estuvieran en la revista Time”. Ahora, desde una cárcel migratoria en Colorado, Vizguerra pelea su caso. Y desde allí, habló sobre Trump, el negocio de las cárceles migratorias y su posible regreso a México, en una entrevista exclusiva que nos dio para Latino USA, el programa de radio pública estadounidense que dirijo.

Vizguerra tiene el cabello rizado y largo, una sonrisa franca, como de niña, y los ojos de quien ha guardado para sí mucho dolor. Dice que lo más duro fue que la detuvieran frente a sus hijos. En la primera administración Trump, condenó la separación de familias. Ahora, habla también de las empresas privadas multimillonarias que son dueñas de los centros de detención y cabildean leyes antimigrantes en Washington. “Es un ciclo”, dijo a mi colega Maria Hinojosa.

Hinojosa le preguntó sobre su detención. Mirándola fijamente, Vizguerra respondió: “Soy una presa política”. Luego, habló de Trump. Dijo que ella está presa por una infracción de tránsito, mientras él está acusado de 35 delitos y dirige la Casa Blanca. “No somos iguales”, dijo, “¿quién es el real criminal?”.

Trump, continuó, “no tiene un plan real para el pueblo y está distrayendo todo eso con el tema de inmigración”. Ahora, mientras pelea su caso en cortes de EU, Vizguerra también se dice lista para volver a México. Cree que ha dejado sus semillas en EU, a través de sus hijos y sus compañeros. Cree que mantendrá su influencia para denunciar abusos de migración, aunque la deporten. “Voy a tener un alcance binacional”, dijo. “Estaré trabajando también por mi país”.

El caso de Vizguerra es simbólico porque muestra cómo la administración Trump ha detenido a activistas con gran peso en la opinión pública, que han condenado abiertamente sus políticas. El caso se une al de Mahmoud Khalil, un estudiante de la Universidad de Columbia a quien arrestaron después de que organizó protestas pro-Palestina en el campus; al de otros activistas que han sido detenidos o estudiantes cuyas visas están siendo revocadas.

En México, el caso de Vizguerra casi no se conoce. Sin embargo, si la deportan se convertirá, no tengo duda, en una de las voces más influyentes por los derechos de los migrantes y denunciará los abusos del poder, no solo en EU, sino también en México. (Peniley Ramírez, Reforma, Opinión, p. 8)

Castigo a remesas y puerta cerrada al genio

Cuando era niño, estudié tercero y cuarto de primaria en Texas, en la escuela Arlington Heights. Fue allí donde conocí a Ali, un chico callado que apenas hablaba inglés. Sus papás eran migrantes pakistaníes y limpiaban oficinas por las noches. Nadie le prestaba mucha atención.

Años después supe que había terminado ingeniería, trabajó en tecnología médica y llegó a dirigir una fundación que conecta inteligencia artificial con salud pública. Me acuerdo de él ahora que Estados Unidos, el país que lo formó, empieza a cerrar la puerta a jóvenes como él.

Esta semana, Donald Trump ordenó a sus embajadas y consulados suspender todas las entrevistas a aspirantes a estudiar en Estados Unidos. No es un detalle técnico: se trata de visas F, M y J, las que permiten que estudiantes extranjeros, investigadores, becarios y artistas vengan a formarse en universidades norteamericanas. Bajo el argumento de “revisar sus redes sociales” y “fortalecer la seguridad nacional”, se está frenando el ingreso de miles de jóvenes con sueños —y talentos— que podrían transformar al mundo.

Ali no fue el único. Sergey Brin, el cofundador de Google, llegó a Estados Unidos siendo niño, huyendo de la represión soviética junto con sus padres. Aprendió inglés, estudió matemáticas y, desde un garaje, ayudó a construir el motor de búsqueda que hoy usamos todos. Lo mismo podría decirse de Elon Musk, nacido en Sudáfrica; de Pierre Omidyar, creador de eBay, hijo de iraníes; o de Satya Nadella, hoy al frente de Microsoft. No fueron obstáculos los que definieron sus vidas, sino oportunidades. La pregunta es: ¿cuántos genios más estamos dejando fuera?

Parece que hemos olvidado que casi la mitad de las empresas Fortune 500 fueron fundadas por inmigrantes o sus hijos. Que son los estudiantes internacionales los que, año tras año, inyectan más de 50 mil millones de dólares a la economía estadounidense. Que los científicos más innovadores en medicina, energía y tecnología no nacieron necesariamente en Kansas o Iowa, sino que llegaron con una visa y una maleta cargada de ganas.

El problema no es solo económico. Es ético, cultural y estratégico. Mientras otros países compiten por atraer talento, Estados Unidos parece decidido a expulsarlo. Incluso desde el Congreso se ha impulsado un impuesto a las remesas, como si castigar el esfuerzo y el amor de quienes envían dinero a sus familias fuera una victoria política. ¿Qué diría la Estatua de la Libertad si supiera que hoy ya no se aceptan “los cansados, los pobres, los que anhelan respirar en libertad”… si es que vienen con mochila y laptop?

Trump no es el único responsable. Hay quienes en el Congreso callan, quienes en el Senado consienten y quienes en los medios aplauden. Pero la pregunta es clara: ¿Puede un país que aspira a liderar el futuro, darse el lujo de cerrarle la puerta al genio?

Yo solo sé que si Ali fuera joven hoy, tal vez ni siquiera obtendría la cita para la visa. Y que si sus padres, en vez de limpiar oficinas en Texas, mandaran remesas desde el extranjero, también serían castigados. Y así, Estados Unidos perdería dos veces: perdería al talento… y perdería el corazón. (Juan Hernández, El Sol de México, Análisis, p. 12)

La Esquina

Las políticas antinmigrantes de Trump que alcanzan ahora a la comunidad de estudiantes extranjeros, no sólo atenta contra la libre decisión de las universidades estadunidenses para recibir a sus profesionistas, sino que esta medida podría ser detonante de un éxodo masivo de futuros científicos que le hacen falta a EU. (La Esquina, La Crónica, P.p)

Cartones

Bye bye Musk

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(Fernando Llera, Excélsior, Nacional, p. 10)