Opinión Migración 120725

El correo ilustrado

Difiere del artículo de Mario Patrón

Hago los siguientes comentarios al artículo “Centro Prodh: hasta que la dignidad se haga costumbre”, del rector de la Ibero Puebla, Mario Patrón, publicado el jueves pasado.

En octubre de 2007 los presidentes Felipe Calderón y George W. Bush acordaron la Iniciativa Mérida (IM) que sería aprobada por el Capitolio en julio del año siguiente. Esta formalizaría la guerra contra las drogas y la extendería a la migración indocumentada y el terrorismo.

La IM, financiada y dirigida por Estados Unidos, según lo documentaron diarios como The New York Times y The Washington Post, se convirtió en el pilar y motor de la violencia sin precedente que ha padecido México.

El dramático aumento en abuso, extorsión, trata de personas, feminicidios y desapariciones forzadas, incluidos los normalistas de Ayotzinapa, son resultado de la puesta en acción de la IM.

El apoyo por parte del Centro Prodh, Amnistía Internacional, La Montaña Tlachinollan, Fundar y la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos resultó crucial para la aprobación de la IM, que incluyó entre sus cláusulas entregar dinero a dichas organizaciones no gubernamentales (ONG) para monitorear su desarrollo.

Nunca antes las ONG que se dicen promotoras de derechos humanos habían sido cómplices de tan profundo daño a México.

Invito a Mario Patrón y al rector de la Ibero Ciudad de México, padre Luis Arriaga, gran promotor de la IM, a un debate público sobre lo aquí dicho. (Primitivo Rodríguez Oceguera, La Jornada, Editorial, p. 2)

Los de abajo

Casa Tochán, hogar para miles de migrantes, cumple 14 años

REFUGIO, COBIJO, ALBERGUE, familia y más ha sido la Casa Tochán para miles de personas en condición de migrantes que llegan a la Ciudad de México después de atravesar un verdadero calvario desde sus países de origen. Gabriela Hernández, el motor de este lugar que esta semana cumple 14 años de abrir sus puertas, sabe que ella y su equipo no pueden sustituir a las familias, “pero sí brindar un espacio donde se sientan más acompañados y más comprendidos”. Y es lo que hacen.

EL ALBERGUE TOCHÁN, (nombrado así antes que Casa), fue primero refugio (en la década de los 80) de personas que huían de las guerras de El Salvador y Guatemala. Luego, al calor de la tragedia e indignación mundial que provocó el asesinato de 72 migrantes en San Fernando, Tamaulipas, el gobierno federal ofreció visas humanitarias pero, por supuesto, sin prever dónde y cómo serían alojadas las personas que lograran cruzar la frontera sur del país, dejando el problema a organizaciones de derechos humanos, muchas vinculadas a la iglesia progresista, como Tochán.

EN ESTOS 14 años, Gabriela Hernández ha vivido de cerca la transformación del flujo de personas en tránsito. De hombres solos que soñaban con llegar a Estados Unidos, a familias completas, cada vez con más niños. En ciertos momentos, los albergues de la capital del país se han desbordado, como cuando llegó un grupo enorme procedente de Haití y Tochán, siendo una casa sólo para hombres, abrió sus puertas para familias completas.

 

LA EXPOSICIÓN DE aniversario “Memorias del camino” muestra parte de las dosis de alegría, la conexión con actividades lúdicas, torneos deportivos, diversos talleres, comidas y trabajos colectivos, que logran que esta Casa sea habitada por huéspedes y no por refugiados.

UNA ESTUFA DE campamento que utilizó un venezolano en su recorrido por la selva El Darién, el infierno del migrante, es parte de la muestra. Daniel la dejó antes de partir para que le brinde un poco de calor a otro compañero en el camino.

“EL HOGAR NO es un lugar, es una idea que llevamos dentro”, escribió Pico Iyer. Y ésa es la esencia de este imprescindible espacio definido por la dignidad y el amor.

Larga vida para Tochán, próxima quinceañera. (Gloria Muñoz Ramírez, La Jornada, Política, p. 6)

México SA

En el cuento de nunca acabar, siempre de acuerdo con la idílica versión de la Casa Blanca, todo lo malo sucede en México, nunca en Estados Unidos, por mucho que allá se registre el mayor consumo de estupefacientes, aunque nunca aparecen los distribuidores ni los vendedores; en ese país se lavan cifras multimillonarias de dinero provenientes de actividades ilícitas, pero de los lavadores ni sus luces; las armerías ilegalmente trafican miles de armas hacia el sur, con destino al crimen organizado, pero no hay traficantes; se comercializan millones de litros de combustible robado a Petróleos Mexicanos, pero no hay responsables; sistemáticamente se violan los derechos humanos de los inmigrantes, pero los violadores son como fantasmas.

Dice el (fuck) ICE que lo suyo son las redadas, cuando en realidad su proceder no puede calificarse más que de una salvaje cacería en contra de los inmigrantes, la más reciente en dos granjas de California.

Parece que Trump solo tiene ojos para México, porque en su país no ha caído ningún huachicolero ni los proveedores de armas para el crimen organizado. (Carlos Fernández-Vega, La Jornada, Economía, p. 16)

Cartas políticas / La gentrificación y la conversación incompleta

La gentrificación en la Ciudad de México ha dejado de ser un tema de nicho para convertirse en uno de los ejes centrales del debate urbano.

Colonias como la Roma, la Condesa o la Juárez viven desde hace años un proceso de transformación que ha elevado las rentas, modificado la pluralidad comercial y desplazado, poco a poco, a muchos de sus habitantes históricos.

No se trata de un fenómeno reciente, ni exclusivo de la Ciudad de México. Es más, por ejemplo, en 2009 salió la película Up que ilustra brevemente la gentrificación y desplazamiento en Seattle. Lo que sí ha cambiado en los últimos meses en México es la forma en que se discute: cada vez más centrada en la figura del migrante estadounidense y en el modelo de rentas temporales facilitado por plataformas digitales. En esa narrativa, los nómadas digitales se han convertido en los protagonistas indeseables de la historia. Lo mismo ha ocurrido con las aplicaciones de alojamiento temporal, a las que se señala como responsables exclusivos del encarecimiento urbano.

Lo que es una realidad, sin embargo, es que estas colonias han sido inaccesibles para más del 90 % de los habitantes de la Ciudad de México desde mucho antes de la llegada del primer nómada digital. En medios, redes sociales y hasta foros legislativos se ha instalado una narrativa simplificadora que culpa al migrante de “colonizar” barrios tradicionales y alterar el equilibrio económico y social. Y aunque es innegable que la llegada de residentes con mayor poder adquisitivo puede generar presión sobre el entorno, el problema no está ahí.

El riesgo de esta mirada parcial es que acaba por deslindar a los verdaderos responsables. La gentrificación no se origina en la migración, sino en la falta de política pública: no hay estrategia de vivienda social, ni control urbano eficiente; tampoco existe un sistema de transporte público digno o servicios básicos garantizados. A eso se suma la falta de mecanismos fiscales y recaudatorios inteligentes —como impuestos diferenciados o reglas migratorias específicas para nómadas digitales— que podrían atender el fenómeno con más precisión, no con reacción y sensacionalismo.

Los nómadas digitales no son quienes aprueban desarrollos inmobiliarios en zonas saturadas, ni quienes abandonaron por completo una política de vivienda asequible. Tampoco son responsables del deterioro del transporte colectivo ni de la falta de planificación urbana. El fondo del asunto es un modelo de ciudad que ha apostado por el mercado sin regulación, por la expansión sin límites y por una movilidad basada en el automóvil, que ignora la conectividad real entre las distintas zonas de la ciudad. Una ciudad que dejó su desarrollo al azar y que tuvo como resultado una desigualdad rampante.

¿Dónde están las viviendas protegidas para sectores medios y populares? ¿Cómo puede una metrópoli de más de 20 millones de personas carecer de una estrategia integral de movilidad, de una visión territorial que ofrezca opciones habitacionales más allá de unas cuantas colonias que se han vuelto símbolo aspiracional?

Estas preguntas se pierden cuando el debate se concentra en el extranjero que toma café o pide sus quesadillas en inglés, pero no en por qué las familias mexicanas no pueden vivir cerca de donde trabajan, o por qué los desarrollos se concentran siempre en los mismos corredores. En lugar de hablar de planificación urbana, hablamos de nuestros más hondos prejuicios. En lugar de hablar de desigualdad estructural, nos enfocamos en la superficie de la gentrificación.

Culpar al migrante extranjero es una salida fácil. Genera titulares, moviliza el descontento y distrae de las omisiones institucionales. Pero también invisibiliza a quienes llevan años desplazados sin que nadie los nombre: personas que han tenido que dejar sus barrios de origen no por un brunch caro, sino por la falta de opciones, transporte o servicios; personas que viven incluso fuera de la ciudad, pero que trabajan en la Juárez.

Hablar en serio del fenómeno implica cambiar el eje del debate: no son los gringos, es la política urbana. El verdadero reto está en construir una ciudad habitable para todos, no sólo para quienes pueden pagarla. Eso significa regular el mercado del suelo; garantizar vivienda digna; diversificar los polos habitacionales y comerciales y, recuperar el espacio público. También implica exigir rendición de cuentas a quienes han convertido la ciudad en un terreno para la especulación.

Sí, la gentrificación existe y produce consecuencias negativas. Pero no la produce el extranjero ni la tecnología: la produce una omisión institucional que ha durado décadas. Mientras sigamos culpando al que llega, seguiremos sin resolver por qué tantos se tienen que ir. La discusión no es si se escucha demasiado inglés en las calles. Es por qué vivir en ciertas zonas de la ciudad se volvió un privilegio, y por qué trasladarse desde la periferia consume cada vez más horas de vida. Eso no se resuelve con tuits y destrozos a Starbucks. Se resuelve con política urbana. Hoy, esa política es, simplemente, deficiente. (Pedro Sánchez Rodríguez, La Razón, Informativa, p. 2)

Disco duro / El cuento de la criada: distopía y realidad

A veces la ficción sirve de advertencia. La serie El cuento de la criada (The Handmaid’s Tale), basada en la novela de Margaret Atwood, plantea un futuro distópico donde una teocracia fundamentalista ha derrocado al gobierno legítimo de Estados Unidos para instaurar un régimen totalitario.

Las mujeres son despojadas de sus derechos, el pensamiento crítico es perseguido y la sociedad se rige por una interpretación literal de los textos sagrados. Lo perturbador es que, por momentos, ese universo ficticio parece una extrapolación -llevada al extremo, sí- del espíritu que animó la presidencia de Donald Trump.

El paralelismo no es literal, pero SÍ inquietantemente simbólico. En la distopía de Gileade el poder se ejerce desde las armas; la religión y la vigilancia total. En la era Trump, el discurso público se inclina peligrosamente hacia una nostalgia autoritaria: el cierre de fronteras, el ataque sistemático a los medios, la hostilidad abierta contra las minorías, la defensa de un cristianismo identitario y la reivindicación de un orden social “natural”, donde las mujeres, los migrantes y los disidentes deben “saber su lugar”.

Durante sus mandatos, Trump no instauró un régimen como Gilead, pero ha puesto los cimientos simbólicos para que algo así no nos parezca del todo imposible. Nombró jueces federales con perfiles abiertamente ultraconservadores, incluida la Corte Suprema que, bajo su influencia, revirtió precedentes como Roe VS. Wade, restringiendo derechos reproductivos fundamentales. Su gobierno abraza sin ambigüedad a líderes religiosos fundamentalistas, quienes ven su figura como la oportunidad de “recuperar América para Dios”.

Las políticas migratorias -como la separación de familias en la frontera y el confinamiento de niños en centros de detención- no son distintas a los castigos de Gilead: disuasivos, crueles, profundamente deshumanizantes. La retórica del “enemigo interno”, el rechazo a los científiCOS en plena pandemia y el aliento a teorías de conspiración que desembocaron en el asalto al Capitolio en 2021, muestran que, cuando se erosiona la confianza en la verdad. la democracia empieza a tambalear.

El cuento de la criada no es sólo un relato sobre la opresión femenina; es una advertencia sobre cómo sociedades democráticas pueden deslizarse hacia el autoritarismo en nombre del orden, la seguridad o la fe. Y si bien Trump no cerró el Congreso ni disolvió elecciones -no por falta de ganas sino de atribuciones-, SÍ ensaya una estrategia de deslegitimación constante de las instituciones, alienta el culto a su personalidad y coquetea con la idea de perpetuarse en el poder.

La presencia de Trump en la escena política debería obligarnos a reflexionar: ¿cuánto de Gilead es imposible y cuánto ya está sembrado? ¿Qué partes de nuestra democracia damos por garantizadas, cuando basta una tormenta de populismo autoritario para arrasarlas? Y aquí sumo a México en esa reflexión.

No se trata de comparar realidades con ficciones al pie de la letra, sino de entender la señales. El cuento de la criada se ambienta en un futuro cercano, no en un mundo de dragones o planetas lejanos. La autora lo escribió con la convicción de que todo lo que narra ha ocurrido ya, en algún lugar, en algún momento. Y cuando los valores de Gilead -fanatismo, machismo, xenofobia- empiezan a resonar en el discurso político real, la línea entre distopía y democracia se vuelve peligrosamente delgada. (Alejandro Jiménez, El Sol de México, Republica, p. 2)

Mi madre americana, mi padre mexicano: ¿qué dirían hoy?

En Estados Unidos, Donald Trump ha vuelto a poner a los migrantes en la mira. Quiere eliminar la ciudadanía por nacimiento, desplegar al Ejército en la frontera y triplicar el presupuesto del ICE. Todo apunta a blindar el país con la lógica del miedo, causando separaciones de familias y alimentando el desprecio hacia quienes sostienen a ese mismo país con su trabajo.

En México, Claudia Sheinbaum ha iniciado su gobierno debilitando instituciones clave -entre ellas el Poder Judicial, alertan expertos mundiales-, incluidas las que ofrecían un mínimo de contención frente a la violencia. El país acumula asesinatos, y desde Palacio Nacional no llega una estrategia clara de seguridad, sólo silencio 0 evasivas.

El ruido no viene sólo de Washington ni sólo de Palacio Nacional. Viene de ambos lados. Antes se hablaba de “vecindad estratégica”, de cooperación, incluso de iniciativas como el Partnership for Prosperity. Hoy, de amenazas y reproches. Antes había esfuerzos por construir confianza. Hoy, los dos gobiernos prefieren levantar sospechas.

Y qué gran paradoja: Esta semana, mientras algunos jóvenes protestaban en colonias como la Roma y la Condesa contra la gentrificación y gritaban “Fuera gringos” a migrantes estadounidenses, Travel Leisure premiaba a San Miguel de Allende como la mejor ciudad pequeña del mundo, gracias a miles de votos de norteamericanos.

Me duele verlo. Mi madre migró de Estados Unidos a Guanajuato cuando era joven, y aquí se quedó, enamorada del idioma, de los colores, de la gente. Mi padre, nacido en México, cruzó hacia Estados Unidos y aprendió a amarlo a fuerza de trabajo. Ambos me enseñaron que se puede amar a dos países sin traicionar a ninguno.

Vemos hoy cómo la relación entre México y Estados Unidos se tensa, se debilita, y se aleja de lo que alguna vez soñamos. En una entrevista reciente con El País, Enrique Krauze advirtió: “El entendimiento entre ambos países está en riesgo de romperse, por razones distintas pero igual de peligrosas.’ Y creo que tanto mi madre como mi padre me dirían: “No dejemos que eso suceda en silencio”. (Juan Hernández, El Sol de México, Análisis, p. 12)

Soy extranjero, no extraño

Soy un extranjero. Lo he sido la mayor parte de mi vida. He vivido en Estados Unidos más de cuatro décadas y sé lo que es ser de otro país. Por eso veo con asombro y preocupación cuando en la Ciudad de México, donde nací, se ataca injustamente a estadounidenses que viven o trabajan ahí. Se vale quejarse y buscar soluciones al problema de la gentrificación, pero no con violencia y xenofobia.

No podemos minimizar el asunto de la gentrificación. Es real, aumenta las rentas y los gastos de familias mexicanas, expulsa a antiguos residentes, les da ventajas infranqueables a quienes ganan dólares en lugar de pesos, crea zonas de exclusión y está cada vez más extendido. Pero no es un problema mexicano; es un problema mundial. Lo ves por igual en el barrio de Salamanca en Madrid y en Coconut Grove en Miami que en Brooklyn, Nueva York, y en Talat Noi en Bangkok. Y la Ciudad de México se ha convertido en una de las favoritas para los extranjeros que trabajan remotamente. Tiene todo. Hay pocas ciudades en el mundo tan completas, complejas e intensas.

Las recientes protestas contra la gentrificación en las colonias Condesa y Roma de la Ciudad de México reflejan una preocupación legítima por un problema que se extiende y que pocas veces forma parte de las campañas políticas. Sin embargo, cruzan la línea cuando se destruyen comercios, se rompen vidrios, se insulta con grafiti y se vuelven una expresión de odio al extranjero.

Las pancartas que llevaban algunos de los manifestantes, más que contra los drásticos cambios en el diseño urbano de vecindarios tradicionales, eran ofensivos ataques a los extranjeros que viven ahí. Leí: “¡Gringo vete a casa!” y “Habla español o muere”. Aunque el más directo decía, simplemente, “México para los mexicanos”. Pero no debemos confundir esto con un asunto de soberanía. No lo es.

México, desde luego, es de los mexicanos y así deberá ser siempre. Pero México también tiene una larga, ilustre y generosa tradición de albergar a extranjeros; basta mencionar a los refugiados de la Guerra Civil Española y de la Guerra Sucia en Sudamérica.

Muchos extranjeros han adoptado a México como su país y siempre han sido bienvenidos. Otro ejemplo: miles de los expulsados por las redadas de los últimos años en Estados Unidos han terminado en México. Y aunque muchos se quejan del trato que reciben por parte de las autoridades migratorias, México acaba siendo su hogar o residencia temporal, particularmente cuando huyen de la violencia, de la pobreza extrema y de las dictaduras en Cuba, Nicaragua y Venezuela.

El movimiento contra la gentrificación en México no debe caer en la tentación xenofóbica y acercarse peligrosamente a la excluyente y nacionalista frase que pronunció Stephen Miller, uno de los asesores de Trump, a finales del año pasado: “América para los americanos y solo para los americanos”. Esto trae cola y huele a una nueva doctrina Monroe. Estados Unidos, por supuesto, es de los estadounidenses. Pero también es la casa de los más de 47 millones de extranjeros que vivimos ahí.

Y el terror que se está viviendo actualmente en la comunidad migrante de Estados Unidos es precisamente por esa nueva filosofía oficial que excluye a los que vienen de fuera. Cuando Miller dice que Estados Unidos es “solo para los americanos” -y el Presidente anuncia la más grande campaña de deportaciones en la historia del país- el resultado es una gravísima persecución a los que nacieron en otros países.

En las últimas semanas me ha tocado cubrir varios casos de inmigrantes detenidos, que no aparentaban ser un peligro para la sociedad estadounidense. Hay fuertes críticas de que los arrestos ocurren, en un principio, solo por la manera en que se ven los detenidos. Muchos pensaron que el gobierno de Trump se iría contra verdaderos criminales. La realidad es que la mayoría de los arrestados recientemente por ICE, la policía migratoria, no tiene antecedentes penales.

Este es el clima de terror que están viviendo millones de extranjeros en Estados Unidos. Y México no debe imitar -ni acercarse- a esos ejemplos de xenofobia. Cuidar a los extranjeros es una tradición que enaltece a los países y que salva vidas. Y los que somos de fuera, siempre lo agradeceremos. Somos extranjeros, no extraños. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p.8)

Invasores

Están ya aquí, entre nosotros. Reptan, pululan y se introducen en cada una de nuestras capitales, en nuestros pueblos, en nuestros vecindarios. Se pertrechan en la penumbra, royendo su desdén hacia nuestras costumbres, tradiciones y libertades. Si aguzas la mirada, los distinguirás en este rincón, en ese barrio inaccesible, en aquella mugrienta esquina. Se parecen a nosotros, gimen, claman, lloriquean y ríen casi como nosotros, pero no son como nosotros: si escrutas el fondo de sus ojos advertirás su hipocresía. Su diferencia. Se han infiltrado en grandes oleadas o gracias a goteo incesante, hormiga, sin que los políticos -justo aquellos que juraron protegernos- hayan hecho el menor esfuerzo por frenarlos. Vienen de muy lejos con la expresa misión de conquistarnos: buscan minar nuestra solidaridad, carcomer nuestros valores, adueñarse de nuestra prosperidad.

Sus machos codician y acosan a nuestras mujeres, ansiosos por infestarlas con sus genes, mientras sus hembras seducen y enfebrecen a nuestros jóvenes, orillándolos hacia el vicio o hacia el crimen. Nos contaminan con sus hedores irrespirables, sus sórdidas creencias, sus gustos anacrónicos, la fidelidad a sus gurús y sus profetas. Míralos, allí están, y allí, y allí también. A tu vera y a tu espalda. Perros sarnosos, cada vez nos tienen menos miedo y se acercan más y más a nuestros jardines, escuelas y barrios. A nuestros cuerpos. Al inicio podrían haber parecido una molestia menor, un zumbido inocuo y persistente; ahora han tejido enjambres por doquier que los regurgitan por las mañanas y a los cuales regresan por la noche, si acaso alguien se atreve a denunciarlos o perseguirlos, en busca de impunidad y de cobijo.

Nadie osa irrumpir en sus astrosas madrigueras: jamás lograrán asimilarse, comprender nuestra cultura, atemperar su furia, su dejadez o su impudicia. Musitan dialectos ininteligibles o hablan con acentos inhumanos, les rezan a dioses salvajes y nos arrebatan hogares y empleos. Y, acaso lo peor: se reproducen como plagas. ¿Cómo lo permitimos? ¿Por qué les abrimos nuestras puertas, les entregamos cuanto poseemos, los preferimos a los nuestros? ¿Acaso ellos harían lo mismo por nosotros? Dicen haber surcado selvas y desiertos o mares y ríos procelosos huyendo de matarifes y sicarios, pero ¿quién nos asegura que no son matarifes y sicarios ellos mismos? ¿Que no cargan consigo los bacilos de la guerra y sus violencias?

Son tantos, ya tantos, que si no actuamos con decisión pronto será irrelevante: nos habrán superado en número y nosotros seremos minoría, sus sirvientes y esclavos, en sociedades que ya en nada se parecerán a las democracias liberales que con tanto esfuerzo -y tanta sangre-, hemos construido. ¿Te das cuenta? Se trata de la mayor invasión de la historia, nunca antes había avanzado una marejada semejante. La mayoría son delincuentes, violadores y asesinos y, los que no, han extraviado la razón. Su origen es la cárcel y el manicomio. Nadie pide que los exterminen, no somos bárbaros: solo que alguien los contenga. Que alguien refuerce nuestros baluartes y murallas, patrulle nuestras costas, vigile nuestros cielos, ¿no es eso lo que hace a un país un país? ¿Contar con fronteras celosamente resguardadas? Que nos dejen en paz: solo eso pedimos. Que vuelen de regreso a sus países y sean felices -o miserables- allá adonde pertenecen. Y, si no, que se atengan a las consecuencias: el imperio de la ley es nuestra única fe. Aunque quizás sea ya muy tarde. Son millones. Nos rodean. Nos observan. Nos acosan. Se preparan para el ataque desde dentro. Ya están aquí, entre nosotros.

Este es el discurso de Trump y de toda la ultraderecha planetaria. Y todo, absolutamente todo, lo que implica, es falso: ni un solo dato objetivo lo comprueba. Desde hace al menos un siglo, el porcentaje de migrantes respecto a la población mundial se ha mantenido estable: en torno a apenas un 3 por ciento. No hay crisis de fronteras ni de refugiados. Los migrantes no les arrebañan sus empleos a los locales. Y no aumentan, sino que disminuyen la violencia. Lo peor es que estas mentiras, repetidas hasta el cansancio, no solo definen ya la agenda de sus portavoces, sino de todos los sectores políticos del mundo. El problema migratorio no existe. (Jorge Volpi, Reforma, Opinión, p. 9)