Opinión Migración 110925

Dinero

La ceremonia del Grito en Estados Unidos

Aunque es el 5 de mayo la fecha cuando se festeja a México en Estados Unidos como si fuera el día de la Independencia, en algunas ciudades también se celebra el 15 de septiembre y los consulados organizan ceremonias en las que se pronuncia el tradicional Grito. La Suprema Corte de Justicia despejó el camino para que los agentes federales lleven a cabo redadas de inmigrantes en Los Ángeles. Una jueza había suspendido las “patrullas itinerantes” que estaban realizando arrestos indiscriminados de personas únicamente por su raza, idioma, trabajo o ubicación. (Angélica Ruiz, La Jornada, Política, p. 6)

Desde Afuera / Trump: un gobierno de emergencias

En los casi ocho meses que lleva en la Casa Blanca, el presidente Donald Trump ha declarado nueve emergencias nacionales y una “emergencia policíaca”, como una forma de dar la vuelta a las reglas que limitan el poder de la presidencia y en especial evadir –o socavar según los demócratas– la necesidad de aprobación legislativa.

Varias de esas declaraciones de emergencia fueron basadas en crisis por lo menos exageradas, de acuerdo tanto con sus opositores como con los medios, pero el hecho es que junto con su control del congreso han dado al gobierno Trump una considerable libertad de acción en lo que puede definirse como una campaña para eliminar o neutralizar todo aquello que pueda obstaculizar sus decisiones.

De hecho, hay cada vez más advertencias en torno al posible intento de establecer una dictadura y de que Trump desee instalarse como “hombre fuerte” al estilo de gobiernos autoritarios, como apuntó el analista político Bill Schneider.

El propio Trump parece mantener una tesis: que la presidencia le da un poder absoluto. “Tengo derecho a hacer lo que quiera. Soy el presidente de Estados Unidos. Si creo que nuestro país está en peligro, y lo está en las ciudades, puedo hacerlo”, dijo el 26 de agosto pasado, pero no por primera vez.

Varios, para no decir todos, los principales mandatos de Trump han sido hechos al amparo de leyes de emergencia. Desde la imposición de aranceles comerciales a la campaña de deportación masiva de inmigrantes “criminales” y la orden de desplegar tropas de la Guardia Nacional en ciudades -gobernadas por demócratas- para enfrentar la criminalidad o controlar manifestaciones de oposición a redadas migratorias.

Sea lo que sea, lo cierto es que hay una preocupación creciente en Estados Unidos, donde las encuestas señalan que Trump conserva el apoyo casi fanático de una minoría importante y organizada, basada en un partido republicano que le sigue por convicción o por temor, pero una creciente impopularidad.

La historiadora Heather Cox Richardson, autora del popular blog Cartas de una Estadounidense, vinculó la forma de gobierno de Trump con el pensamiento de Carl Schmitt, un filósofo alemán vinculado por un tiempo con el Partido Nazi.

“Schmitt se oponía a la democracia liberal, en la que el Estado permite a los individuos determinar su propio destino. En cambio, argumentaba que la verdadera democracia suprime la autodeterminación individual al integrar a la masa popular con el Estado y ejercer su voluntad mediante el poder estatal”, subrayó al afirmar que es una visión que resulta atractiva a la derecha estadounidense.

Cox Richardson agregó que “esa uniformidad requiere eliminar la oposición. Schmitt teorizó que la política consiste simplemente en dividir a la gente en amigos y enemigos y usar el poder del Estado para aplastar a los enemigos”.

Con todo, el éxito de Trump no está garantizado, al menos todavía: la economía y la realidad no parecen ajustarse a sus mandatos. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Online)

Línea directa / Dos monólogos

A pesar de los elogios y los reconocimientos mutuos expresados por Marco Rubio y Claudia Sheinbaum durante la visita del Secretario de Estado a nuestro país, quedaron claras las profundas diferencias que existen entre los dos gobiernos tanto en cuestiones de seguridad como en los temas energéticos, de migración y por supuesto arancelarios.

Estos desacuerdos provienen principalmente de dos visiones irreconciliables con respecto a la relación que debe existir entre los Estados Unidos como superpotencia mundial y sus dos vecinos, México y Canadá. Para Trump México representa más un problema para los norteamericanos en términos de seguridad, migración y desbalance comercial, que un socio con el cual podría reforzar el poderío de toda la región frente a sus competidores y adversarios.

En el caso de Sheinbaum su formación ideológica antiyanqui la lleva a seguir viendo a la unión americana como el principal enemigo de los mexicanos, y por ello la convivencia con los gringos es un mal necesario que debemos enfrentar con el discurso del nacionalismo revolucionario y la desconfianza permanente hacia un socio incómodo pero insustituible.

El acercamiento de la 4T con los regímenes enemigos de Washington como Cuba, Venezuela y Nicaragua, complican más aún la colaboración entre ambos gobiernos. De ahí que el populismo trumpista maneje un discurso conciliador en la voz de Rubio, y un lenguaje agresivo y amenazador a través de Trump. Lo mismo sucede con Claudia al descalificar en la mañanera las intenciones abiertamente intervencionistas de los Estados Unidos, y manifestando ante el enviado norteamericano su beneplácito por la forma como se ha comportado su gobierno frente a México.

Dos monólogos que tratan de evadir una realidad inamovible. Todos y cada uno de los problemas planteados son de una complejidad tal, que requieren una solución conjunta en donde la apuesta sea la de ganar-ganar para las dos partes. La integración económica que tanto molesta a Trump, y en el fondo también a Claudia, representa uno de los éxitos más significativos de la globalización y el neoliberalismo.

Por ello es claro que ambos gobiernos no tienen otra alternativa más que caminar juntos manejando una agenda lo más complementaria posible, aunque esto signifique para México la entrega de más capos de la droga y políticos embarrados en este ilícito negocio.

Si Trump decide reventar el T-MEC no sólo hará pedazos a la economía mexicana, sino que también abrirá las puertas para que China, Rusia y la India vean en nuestro país un posible aliado en lo económico y también en lo político, esto último en favor del pensamiento de la 4T y de la presidenta misma. (Ezra Shabot Askenazi, El Economista, Política y Sociedad, p. 41)

Pepe Grillo

Tiros en Utah College

La violencia política no cesa en Estados Unidos. El asesinato de Charlie Kirk, un joven activista de la extrema derecha norteamericana en el campus de una universidad de Utah, prendió todos los focos de alerta en las agencias norteamericanas.

Kirk era aliado incondicional de Trump, a quien le atrajo a muchos votantes jóvenes. Se distinguía por sus posiciones controvertidas contra la migración y también, hay que decirlo, contra los mexicanos. Aseguró, por ejemplo, que la presidenta Sheinbaum era más peligrosa para Estados Unidos que Vladimir Putin.

El tirador acaso pudo huir del campus; aunque hay cientos de policías buscándolo y ya hay sospechosos detenidos, la búsqueda continuaba ayer en la noche. Los locales dicen que Utah es uno de los lugares más seguros del planeta, o lo era. (Pepe Grillo, La Crónica, La Dos)

El ruido y la furia

Nunca ha sido más actual Shakespeare que ahora. La célebre frase de Macbeth –“La vida es una sombra… una historia contada por un idiota, llena de ruido y furia, que nada significa”– parece referirse a la situación que ha creado Donald Trump en el Caribe.

Empeñada en enturbiar la realidad, la administración republicana ha fabricado un escenario de guerra preventiva que ilumina las aguas del Caribe con cazas F-35 y buques de guerra, pero oscurece la legalidad, la cooperación internacional y las verdaderas causas del crimen organizado que dice combatir.

Algunos medios estadunidenses han descrito este escenario como ejemplo de “militarismo performativo”: un despliegue concebido menos como estrategia racional de seguridad que como espectáculo diseñado para exhibir fuerza y alimentar titulares. Esta lógica ya se había visto en ciudades como Los Ángeles o Washington, donde se enviaron tropas contra la voluntad de las autoridades locales, y ahora se reproduce en el Caribe bajo el pretexto de la lucha contra el narcotráfico.

Washington movilizó destructores, un submarino nuclear y miles de marines en la región. El 2 de septiembre, un bombardeo contra una lanchita atribuida al Tren de Aragua –con 11 muertos– marcó la primera acción militar directa de Estados Unidos en América Latina desde Panamá en 1989. Sin aval multilateral ni pruebas concluyentes, el supuesto episodio muestra cómo la retórica del “narcoterrorismo” –que equipara narcotráfico y terrorismo global– se ha convertido en un recurso letal dentro de la nueva dinámica entre guerra y soberanía, inaugurando una etapa de tensiones hemisféricas reforzadas.

En el centro de esta narrativa se encuentra Marco Rubio, verdadero arquitecto de la agenda belicista. Desde hace años, el senador de familia cubana mezcla narcotráfico, terrorismo y regímenes incómodos para Estados Unidos en un mismo discurso. Bajo su impulso, organizaciones criminales han sido catalogadas de “narcoterroristas”, abriendo resquicios “legales” para la intervención militar y alineando la política exterior de Estados Unidos con los sectores más duros de la emigración cubana y venezolana en la Florida. Rubio ha convertido el Caribe en laboratorio de su proyecto: subordinar la región a Washington, debilitar la autonomía estatal y normalizar la confrontación como forma de relación hemisférica.

La función de Donald Trump en este engranaje es darle formato de espectáculo. Ha hecho de la política exterior un guion para titulares inmediatos: renombrar simbólicamente el Departamento de Defensa como “Departamento de Guerra”, desplegar cazas supersónicos sobre Puerto Rico, amenazar con derribar aviones venezolanos y ofrecer recompensas millonarias por la captura de Nicolás Maduro. Todo ello compone una puesta en escena destinada a proyectar dureza y control, aunque en realidad genera incertidumbre y desestabilización.

De ahí que la prensa estadunidense hable de “militarismo performativo”. No es un plan estratégico coherente, sino un gesto escénico que confunde forma con eficacia: demostrar fuerza para consumo interno, producir imágenes altisonantes y ocupar la agenda mediática. The Washington Post y Reuters han señalado que estas operaciones se ejecutan con fundamentos legales difusos, pruebas débiles y consecuencias diplomáticas imprevisibles.

Las repercusiones en el Caribe son inmediatas. La región, cuyo PIB depende en 30 por ciento del turismo, según la Organización Mundial del Turismo (2024), enfrenta un descenso de la confianza de los visitantes por la presencia militar y los titulares de violencia. El comercio marítimo, vital para economías insulares como Jamaica o Barbados, se ve amenazado por la interrupción de rutas. Además, el desvío del narcotráfico, como ya ocurrió en el Pacífico en 2023, podría intensificar la violencia en países como República Dominicana, donde los homicidios vinculados al crimen organizado crecieron 15 por ciento el último año, según el Observatorio de Seguridad Ciudadana.

En Caracas, la respuesta fue la movilización de tropas y la denuncia de un intento de cambio de régimen, mientras en el resto de la región crece la inquietud por el futuro. Los halcones han disimulado mal sus verdaderas intenciones. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, dijo a Axios que el ataque contra la lanchita de supuesto narcotráfico fue sólo el comienzo de una misión mayor y, aunque negó que Trump estuviera buscando una intervención directa en Venezuela, también insinuó que “no les preocuparía que Maduro cayera”.

Lo que deja tras de sí este espectáculo no es seguridad ni justicia, sino un Caribe más frágil: atrapado en la agenda belicista de Rubio, en el circo mediático de Trump y en un guion que privilegia la imagen sobre la realidad. Una historia contada por idiotas, llena de ruido y furia, que nada significa. (Rosa Miriam Elizalde, La Jornada, Opinión, p. 15)