Rosa Icela toma las riendas.- Tras asumir de manera formal de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC), Rosa Icela Rodríguez Velázquez, inició una serie de cambios en diversas áreas de la dependencia. Nos cuentan que han removido a funcionarios de nivel medio, como directores y subdirectores. Muchos al interior de la dependencia se preguntan si mantendrá a funcionarios ligados con el extitular de la SSPC, Alfonso Durazo Montaño, que continúan en la dependencia. Por lo pronto, nos comentan, Rodríguez Velázquez ya hizo una depuración en la Oficina de la Secretaría y en Finanzas. Poco a poco, está armando su equipo para enfrentar los retos en materia de seguridad. (El Universal, Nación, p. 2)
Defienden energías renovables.- Pues resulta que a la Confederación Patronal de la República Mexicana nomás no le cuadra que las energías renovables hayan sido las culpables del megaapagón del 28 de diciembre. El organismo empresarial, que encabeza José Medina Mora, plantó cara a la explicación de la CFE, que administra Manuel Bartlett, y afirmó que las energías limpias no tienen por qué afectar generando apagones, pues incluso ayudan a estabilizar el sistema. Incluso señaló que México no debe quedar rezagado en ese sector y, como para no dejar, planteó que se investiguen las causas reales del famoso apagón, pero de forma profesional. También lamentó el “irresponsable” uso de documentos apócrifos. Así pues. (La Razón, La Dos, p. 2)
¿QUÉ PASA cuando un gobernante alimenta desde el poder la polarización de la sociedad y el desprecio por las instituciones? Sucede lo que ayer se vio en Washington: el triste espectáculo de una turba tomando por asalto la sede del Poder Legislativo.
Y AUNQUE las comparaciones suelen resultar odiosas, es imposible no ver los paralelismos entre la forma de gobernar de Donald Trump y la de Andrés Manuel López Obrador.
EL ESTADOUNIDENSE llegó a la Casa Blanca con la promesa de limpiar la vida pública y terminó ensuciándola todavía más. Gobernar desde la retórica de la verdad alternativa, la de los otros datos, terminó por llevar a los fanáticos del Presidente por un camino peligroso.
SUENA fuerte, pero es necesario preguntarlo: ¿Washington 2021 es un adelanto de lo que podría ser México 2024? Por el bien de la República, ojalá que no. (F. Bartolomé, Reforma, p. 8)
Punto de quiebre histórico. Ante el fracaso del diálogo político emprendido por el todavía presidente Donald Trump, la situación se salió de control en Estados Unidos. Ayer, el Capitolio se vio obligado a cerrar sus puertas con los legisladores en el interior, luego de que se produjeron choques violentos entre partidarios de Trump y la policía. Varios manifestantes ingresaron por la fuerza al recinto, lo que obligó a retrasar el proceso constitucional para confirmar la victoria de Joe Biden en las elecciones de noviembre pasado. Trump instó a sus seguidores a manifestarse de manera salvaje en Washington y así impugnar la victoria de Biden, por parte del Congreso. Algunos legisladores republicanos respaldaron los llamados del mandatario, a pesar de que no hay evidencia de fraude o de irregularidades en las elecciones. Alerta: el rojo vivo está muy cerca. (Excélsior, Nacional, p. 11)
Que mientras en Washington ardían las calles, en la 4T ya le dieron vuelta a la página Donald Trump, comenzaron a construir los puentes con la administración de Joe Biden y por eso la conversación de 35 minutos que ayer sostuvo el canciller Marcelo Ebrard con Jake Sullivan, próximo asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos, fue calificada en Tlatelolco de “extremadamente constructiva”. (Milenio Diario, Al frente, p. 2)
Solo con su soledad.- Los actos violentos ayer en el Capitolio sellaron la tumba política de Donald Trump, quien se queda sin amigos. Por ejemplo, el gobierno mexicano se enfocó en estrechar los lazos con Joe Biden: mientras los trumpistas intentaban dar su golpe, el canciller Marcelo Ebrard dialogaba con Jake Sullivan, asesor de seguridad nacional del próximo presidente de EU. (El Heraldo de México, La Dos, p. 2)
Como era de esperarse, desde que una turba asaltó el Capitolio el día de ayer al mediodía y pretendió evitar la certificación de la votación que da el triunfo electoral a Joe Biden como próximo presidente de los Estados Unidos, el gobierno mexicano hizo pública su condena por una violación flagrante de la legalidad en Estados Unidos.
Para nuestro presidente es muy claro que el ganador del proceso electoral fue Joe Biden.
El gobierno mexicano, como es ya costumbre, reaccionó de manera ágil y decidida, respaldando a la democracia norteamericana, al punto que pareció que el propio vicepresidente Mike Pence, tomó eso en cuenta cuando rechazó las pretensiones de Trump de que evitara la certificación del triunfo de Biden.
Y seguramente, fue también el caso de Mitch McConnell, quien será líder de la minoría republicana en el Senado, y quien fuera por mucho tiempo incondicional de Trump. Tras ver la posición firme del gobierno mexicano, desechó los reclamos de los legisladores republicanos.
Así que, si el comportamiento del todavía presidente de Estados Unidos desafiaba la legalidad, el gobierno mexicano mostró que claramente iba a pintar su raya.
Y eso también quitó cualquier duda respecto al hecho de que habrá una muy buena relación con la administración de Biden, dejando ver nítidamente que si hubo dilación en el reconocimiento de su triunfo no fue por ningún favor ni simpatía por Trump, sino estrictamente por seguir todos los pasos legales.
Así que, después de lo ocurrido ayer, ya podemos dormir tranquilos con la certeza de que no habrá ninguna tensión entre el gobierno de México y el nuevo gobierno de EU. (Enrique Quintana, El Financiero, p. 2)
“Circo”, “show”, “la última pataleta de Trump”, calificaban algunos comentaristas la protesta de los simpatizantes del mandatario estadounidense ante el Capitolio.
Adjetivos inicuos que no tardarían en ser rebasados cuando aquella protesta que provocó la suspensión de la calificación de los resultados de la elección presidencial se convirtió más bien en una insurrección, en un intento de Golpe de Estado.
Porque eso es lo que se vivió ayer en Washington: una insurrección azuzada por el mismísimo Presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.
Las televisoras y las redes transmitiendo minuto a minuto la irrupción de cientos –miles tal vez- de manifestantes trumpianos, obligando la suspensión de los últimos pasos de la elección presidencial (un mero formalismo en el Congreso de habitual), para rechazar el resultado que dio la victoria al demócrata Joe Biden.
Nos preguntábamos una vez más cómo era posible que el Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, hubiera apoyado a Donald Trump en su intento de reelección y cómo el tabasqueño regateó hasta donde pudo la felicitación a Biden.
¿Qué esperaba –deseaba- AMLO? ¿Que Trump le diera vuelta al resultado? ¿El intento de Golpe de Estado que ahora estábamos atestiguando en vivo y en directo?
No una, sino varias veces equiparó López Obrador las elecciones de 2006 en México, cuando el Tribunal Electoral otorgó dudosamente el triunfo a Felipe Calderón, con la elección en Estados Unidos. (Martha Anaya, El Heraldo de México, País, p. 5)
Las increíbles imágenes que ayer presenciamos en el edificio del Capitolio de la ciudad de Washington, DC, con la toma violenta de seguidores de Donald Trump que, azuzados por su líder, desconocieron el resultado de la elección presidencial y se apoderaban por la fuerza del Congreso de los Estados Unidos, representan la confirmación de que la ola de populismo demagógico que recorre el mundo, sí representa una amenaza real para la democracia y la convivencia civilizada y que, a través del autoritarismo más violento, es capaz de poner en jaque incluso al sistema político y democrático considerado el más estable del mundo.
Porque nadie puede llamarse a sorprendido con la violencia política que ayer estalló en la capital estadunidense, que por más inédita en la historia reciente de la superpotencia, estaba más que cantada y latente, al haber sido desde un principio la estrategia política del mismísimo presidente de los Estados Unidos, quien desde su fallida campaña reeleccionista había descalificado anticipadamente los resultados electorales y había anticipado las denuncias de un “fraude” con el que, decía, intentarían arrebatarle el poder.
Lo más preocupante de lo que ocurrió ayer en los Estados Unidos, visto desde la óptica de este lado del Río Bravo, es que haya sido justamente a ese líder autoritario y demagógico al que el presidente Andrés Manuel López Obrador haya decidido respaldar y apoyar abiertamente, primero en su campaña con aquella elogiosa visita a la Casa Blanca, y luego en medio de su ya clara derrota, cuando el mandatario mexicano decidió de motu proprio, desoyendo incluso a su cuerpo diplomático, dar validez a las denuncias de fraude enarboladas por Trump y que nunca pudieron ser probadas, posponiendo por más de dos meses el reconocimiento a la nueva presidencia que encabezará Joe Biden. Ojalá todo eso no sea premonitorio para los mexicanos y que lo ocurrido en Washington en los albores de este 2021 no se repita en el México del 2024. (Salvador García Soto, El Universal, Nación, p. 8)
Los frutos podridos de la polarización Mientras centenares de personas escalaban los muros extériores del Capitolio para tomarlo por asalto, un grupo de asesores legislativos se sobrepuso ala sorpresa y al terror y puso a salvo las cajas de caoba que contenían los votos electorales que habían decidido el resultado de los comicios presidenciales de noviembre pasado en Estados Unidos.
“La muchedumbre las habría quemado”, tuiteó Jeff Meridey, senador por Oregon. Los sucesos de ayer en Washington dejaron al mundo atónito.
El país que ha presumido la fortaleza de sus instituciones democráticas -casi siempre con razón- de repente se vio envuelto en una violencia poselectoral azuzada por el presidente DonaldTrump, quien, a mediodía, había pronunciado un discurso enlistando 38 presuntas violaciones al proceso, con las que, según él, buscaban privarlo de la reelección.
Ayer, con una sesión especial del Congreso estadunidense que ocurre cada cuatro años, debía ponerse fin a una de las elecciones más contenciosas en la historia de Estados Unidos y la de mayor participación que ha habido hasta ahora.
El acto, que se había desarrollado 59 veces, tiene un carácter ceremonial: certificar los votos de los delegados a los colegios electorales estatales y declarar al ganador de los comicios.
Por alguna razón, Trump y sus simpatizantes supusieron que esta vez seria distinto y que el candidato que llegaba ayer con la mayoria de los votos electorales no saldrfa con la declaración de presidente electo. (Pascal Beltrán del Río, Excélsior, Nacional, p. 2)
No hay otra forma de describir lo sucedido ayer en Washington: un intento de golpe de Estado por una turba incitada por el propio Presidente, Donald Trump, quien después, con esa incompetencia tan característica de su mandato, trató torpemente de detener.
Siempre fue claro el talante antidemocrático, autoritario de Trump. Lo demostró desde que lanzó su candidatura. Por eso lo rechazó el establishment republicano a principios de 2016. Sin embargo, con el sistema de elecciones primarias que ahora es común en los partidos hegemónicos de Estados Unidos, la posibilidad de que un populista pueda ser postulado y ganar una elección, algo inviable cuando los candidatos eran seleccionados por los líderes del partido en “habitaciones llenas de humo”, se ha hecho realidad.
En los últimos tiempos dominados por redes sociales hemos visto el surgimiento de numerosos movimientos autoritarios que muchas veces lindan con el fascismo, pero que llegan al poder por la vía electoral. Ha sido el caso de Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela, Víctor Orbán en Hungría, Recep Erdogan en Turquía y otros más. Donald Trump ha sido el más importante de todos, porque llegó a la Presidencia no solo de la mayor potencia económica y militar del mundo, sino de la democracia que más tiempo ha permanecido viva en la historia.
Lo que vimos ayer en Washington nos demuestra que siempre habrá extremistas que busquen el poder por la vía electoral solo para desmantelar la democracia. Anne Applebaum apunta en Twilight of Democracy, uno de los libros políticos más importantes de 2020: “Dadas las condiciones adecuadas, cualquier sociedad se puede volver en contra de la democracia. En efecto, si la historia nos dice algo, es que todas las sociedades lo harán tarde o temprano”. Es triste, pero cierto. (Sergio Sarmiento, Reforma, Opinión, p. 8)
Viendo a EU, ¿quién polariza a México? // Ni un vidrio roto, con AMLO// Contras: incendiarios y mendaces // Cárdenas, 1988; López Obrador, 2006
La evolutiva propensión a la violencia política desarrollada por Donald Trump ante su derrota electoral, con sus expresiones de este miércoles de bananero supremacismo fallidamente sedicioso en Washington, incentivó a la derecha mexicana, y en particular a sus expresiones partidistas contrarias al presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), a tratar de atribuirle conducta y acciones propiciatorias acá de hechos similares a los vividos sobre todo en el Capitolio estadunidense.
Cierto es que se vive en México un acelerado proceso de polarización en cuanto a discusión pública, sobre todo en las redes sociodigitales sumamente contaminadas por bloques operativos que no debaten ni analizan sino colman de mentiras, ofensas y exageraciones, y cierto también es que lo vivido ayer en la capital del imperio mundial, cada vez más explícitamente en decadencia, debe servir de alerta ante lo que se ha ido tejiendo en México.
Pero tales acusaciones sípormexiquistas son una desproporción que delata los verdaderos móviles de un antiobradorismo que en su incapacidad ha apostado por inflar la suposición de una dictadura y de un apocalipsis marca 4T. En realidad, la evolución en décadas del movimiento andresino en el plano nacional ha tenido como orgullosa proclama que no se ha roto ni un vidrio durante sus multitudinarias reuniones y protestas. (Julio Hernández López, La Jornada, p. 14)
Instigados por el llamado de Donald Trump a impedir la sucesión presidencial a como dé lugar, centenares de sus simpatizantes irrumpieron ayer en los edificios del Capitolio de Estados Unidos y obligaron a suspender la sesión del Congreso en la que debía efectuarse la ceremonia de nombramiento de Joe Biden como presidente electo. Tal como se había anticipado por las convocatorias de fanáticos trumpistas en redes sociales, las protestas excedieron por completo el marco de la libertad de expresión y manifestación, para adentrarse en la sedición y el culto a la violencia: no sólo se portaron sin recato símbolos racistas y emblemas que exaltan el pasado esclavista del país, sino que varios de los asaltantes acudieron armados al Capitolio.
Un agente que resguardaba el Capitolio abrió fuego contra una persona que participó en el asalto a la sede legislativa. De acuerdo con la policía de Washington, la mujer, que era simpatizante de Trump, falleció en el hospital a causa del disparo recibido. En un desplante de egoísmo difícil de comprender en cualquier otro personaje, el mandatario saliente calificó estos trágicos sucesos de algo que sucede cuando una sagrada victoria absoluta les es quitada de manera tan poco ceremoniosa y violenta. (Editorial, La Jornada, p. 8)
Con la probada experiencia que las instituciones de salud pública de México tienen en sus campañas de inoculación contra la influenza estacional, que ahora se pretenda vacunar contra la peste a los viejitos y viejitas en los mismos 10 mil centros donde hacen colas para que el gobierno de la 4T les reparta dinero es profundamente inmoral, y más durante el año de las elecciones más copiosas, complejas y reñidas de la historia.
Peor: el plan contempla la integración de igual número de brigadas que se conformarán con 12 personas, en las cuales el personal médico será de solo tristes dos.
Y lo peor de lo peor: se quiere comenzar por las localidades más apartadas o de difícil acceso en la geografía nacional, donde la pandemia no alcanza las proporciones de alarma que se sufre en las ciudades con mayor densidad poblacional.
¿Primero en un poblado aislado en alguna sierra o desierto que en Puebla, Monterrey o la zona conurbada de Ciudad y el Estado de México? ¿Los mayores de 60 años que habitan en Iztapalapa serán atendidos después de los que viven en alguna región agreste de San Luis Potosí? (Carlos Marín, Milenio Diario, Política, p. 7)
En la campaña presidencial de Andrés Manuel López Obrador en el año 2012, la casa de Manuel Bartlett era el epicentro de la recolección de apoyos financieros y el amarre de compromisos políticos.
A raíz de que hemos publicado varios reportajes revelando los escándalos de corrupción del hoy director general de la Comisión Federal de Electricidad, varios políticos mexicanos que formaban parte de la coalición obradorista ese año me confiaron off the record las citas que se llevaban a cabo en la mansión en la exclusiva zona de Las Lomas de Chapultepec de la Ciudad de México para “pasar la charola” entre empresarios y gobernantes con acceso a presupuesto público que quisieran quedar bien con el posible futuro presidente de México.
La sociedad político-financiera entre Bartlett y López Obrador se extendió a la siguiente contienda presidencial: la casa de campaña que utilizó el hoy presidente de México era una “casa Bartlett”, como documentamos en mayo del año pasado.
Por eso López Obrador no toca a Bartlett. Porque le rebota en la mente el ¿quén pompó campañita, quén pompó?
Bartlett es el artífice del fraude electoral contra la izquierda mexicana en 1988. AMLO calla como momia. Bartlett fue acusado por la izquierda histórica de secuestros y crímenes políticos, de represión y espionaje. AMLO calla como momia. Bartlett no puede explicar su riqueza cristalizada en 23 casas y una docena de empresas familiares. AMLO lo defiende. Bartlett embaucó al gobierno en la renegociación de los gasoductos costándole cientos de millones de pesos a los mexicanos. AMLO lo defiende. El hijo de Bartlett quiso estafar con ventiladores Covid. AMLO calla como momia. El hijo de Bartlett es multimillonario contratista del gobierno en el que trabaja su papá. AMLO calla como momia. (Carlos Loret de Mola, El Universal, Nación, p. 2)