Opinión Migración 010323

Nicaragua, libertad y democracia. Nunca es tarde si la dicha es buena, señor Presidente

El cinco veces presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, su esposa, Rosario Murillo, quien es vicepresidenta y a quien muchos atribuyen la toma de las decisiones importantes, y una camarilla que, de gobierno de la revolución devino en dictadura, tienen sumido a su país en una crisis democrática, gobernando a seis millones y medio de nicaragüenses bajo el yugo de la censura, el autoritarismo y la cárcel, en un contexto de pobreza y falta de oportunidades que obliga a muchos a emigrar.

De acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones de la ONU, estos trashumantes, igual que los de otras 18 nacionalidades que atraviesan la frontera sur de México con el objetivo de llegar a Estados Unidos, dejan patria y familia por los conflictos sociales, la inseguridad, el alto costo de la vida y la falta de empleo. El Instituto Nacional de Migración (INM) informó que, de 2019 a la fecha, se atendió a casi 150 mil personas de nacionalidad nicaragüense en los filtros aeroportuarios. Se debe sumar a los más pobres que cruzan la frontera a pie, desafiando a los ríos Suchiate y Usumacinta; estimándose que el año pasado fueron 170 mil las personas que lo lograron, haciendo que las remesas a Nicaragua se incrementaran 50 por ciento.

La más reciente “hazaña” de Ortega fue excarcelar a 222 presos políticos con la condición de que abandonaran su país y el despojo de nacionalidad, bienes y hasta jubilación a 94 críticos de su gobierno. Entre los desterrados se encuentran la novelista y poeta Gioconda Belli, el escritor Sergio Ramírez, quien formó parte de la primera junta de gobierno tras el triunfo sandinista de 1979, así como periodistas, académicos y excompañeros de armas de los ahora dictadores, como Dora María Téllez, la Comandante Dos de la guerrilla sandinista.

Augusto Sandino estaría muy avergonzado por la ruta que siguieron estos discípulos extraviados que se inspiraron en su lucha para hacer la revolución a finales de los años 70, pero que hoy lanzan a soldados armados contra estudiantes inermes, como lo ha denunciado Jaime Wheelock, quien fue uno de los nueve comandantes de la Dirección Nacional de FSLN hace 44 años.

Al igual que muchos niños de mi generación, conocí Nicaragua siendo estudiante de primaria a través de Rubén Darío. Inolvidable la siguiente estrofa: Margarita, te voy a contar/un cuento / Este era un rey que tenía / un palacio de diamantes / una tienda hecha de día /y un rebaño de elefantes / un kiosko de malaquita / un gran manto de tisú / y una gentil princesita / tan bonita / Margarita / tan bonita, como tú. Hoy, la tierra de Rubén Darío, Salomón de la Selva, Ernesto Mejía Sánchez y Ernesto Cardenal está sufriendo la ambición de poder de quienes abandonaron sus principios. Sin embargo, las víctimas del régimen de Ortega reciben la solidaridad internacional y los gobiernos de Chile, Colombia, Argentina y Costa Rica se han expresado a favor de quienes han sido privados arbitrariamente de su nacionalidad y sus derechos por motivos políticos.

La semana pasada, el presidente Andrés Manuel López Obrador también se solidarizó con los desterrados y, sin censurar a Ortega, les ofreció asilo y nacionalidad. Afirmó el Presidente que el caso de los sandinistas es un asunto complicado y parafraseó a Efraín Huerta: “… a mis amigos sandinistas, unos están en la cárcel, otros en el destierro y otros en el poder”. Después de esta declaración, el coro: el canciller Marcelo Ebrard afirmó que todos los que quieran estar en México son bien recibidos; el subsecretario de Gobernación, Alejandro Encinas, remarcó que toda persona nicaragüense perseguida puede encontrar en México solidaridad y tierra firme porque somos un país de asilo y refugio, mientras el INM boletinó la disposición de atender a los ciudadanos de aquel país que deseen regularizar su estancia. Se tomaron su tiempo, pero es un acierto que fortalece la tradición de la política exterior de México de dar asilo a perseguidos políticos.

Sin embargo, varias dudas flotan en el ambiente. ¿Por qué nuestro país no se expresó con mayor contundencia? ¿Por respeto a la Doctrina Estrada, prudencia protocolaria, cálculo político, temor de una reacción furibunda de los exguerrilleros, cuidado de equilibrios multilaterales latinoamericanos después de los tropiezos diplomáticos con Panamá y Perú? Hemos visto cómo la Cancillería y la Presidencia caminan por rutas distintas, como ocurrió en la toma de protesta del nuevo mandato de Ortega en 2022, donde la SRE anunció que no asistiría ningún representante, pero AMLO dijo lo contrario. Ojalá sea porque el canciller Ebrard esté haciendo su trabajo y proceda con sigilo para no alborotar el avispero y, así, Ortega acepte dialogar con su oposición, abandone la práctica de destierro o entierro, disuelva los grupos paramilitares, deje de corretear curas y encarcelar obispos, cometer delitos sociales y acepte una nueva época de mayor tolerancia y apertura política para Nicaragua. Quizás.

A Daniel Ortega, el mimado del presidente José López Portillo, como dice Sergio Ramírez, le urgen consensos mínimos para sobrevivir y al país —digo yo— le apremia restablecer la democracia y devolver la libertad a quienes padecen sus excesos. Por eso, seguramente se le aparecerán una noche de éstas la Mocuana y la Tzegua, para llenarlo de espanto y hablarle al oído sobre cómo pasará a la historia y el tiempo derrochado para Nicaragua durante su gobierno. Le recordarán a Plauto, cuando dijo que los escritores antiguos trabajaban a la luz de una lámpara de aceite, de modo que, si no tenían éxito, perdían el trabajo hecho y el aceite consumido. (Juan Carlos Gómez Aranda, analista político y experto en comunicación estratégica, Excélsior, Nacional, p. 13)

¿Visa para EU? A esperar sentados

Estados Unidos es un país profundamente dividido. Igual que Washington. Solo hay un asunto en el que los políticos de todas las ideas y partidos están de acuerdo: en lo podrido y lo mal que funciona su sistema migratorio, al que no le encuentran solución.

A pesar de todos los discursos y las promesas, nadie sabe cómo arreglarlo ni por donde empezar a componer un sistema que otorga 185 diferentes clases de visas en dos categorías: las de los inmigrantes y las de los no inmigrantes. Ambas con un difícil y largo proceso para obtenerse que varía de país a país y de ciudad a ciudad.

En la lista de esta semana emitida por el Departamento de Estado con los tiempo de espera para conseguir, no la visa de turista, sino la cita para hacer una solicitud, se ve por ejemplo que un habitante de Mumbai, en India, debe esperar en promedio 694 días, alguien de la Ciudad de México 688, en Monterrey 346, pero un chino en Beijing sólo 71 y un surcoreano en Seúl en 24 horas la obtiene.

La espera para visas de estudio o de trabajo que son respaldadas por una empresa, generalmente tienen respuesta más rápida, pero solo uno de cada cuatro son aceptados, de acuerdo a la Cámara de Comercio. De ahí la razón de que muchas personas tratan de entrar sin visa o vienen como visitantes y nunca se van.

A esto se agrega los miles de personas que huyen de la pobreza y la violencia en sus países y que de acuerdo al presidente Joe Biden está dando como resultado los más altos niveles de emigración de que se tenga memoria en el hemisferio.

Quienes buscan asilo tienen todo el derecho a hacerlo bajo las leyes internacionales que surgieron luego del Holocausto y la Segunda Guerra Mundial, cuando las naciones se comprometieron a recibir personas que temen por sus vidas o que son perseguidas por su raza, su religión o sus ideas, pero estos componen una minoría entre los 2.4 millones de personas arrestadas el año pasado tratando de cruzar la frontera.

El problema principal es la falta de ideas sobre cómo resolver la situación de quienes desean venir y los 11.5 millones que ya están aquí sin documentos. Nadie sabe qué hacer para que sea más fácil el proceso y eventualmente se conviertan de desearlo, en ciudadanos. La última vez que se dió una Reforma Migratoria fue en 1986 bajo Ronald Reagan.

Actualmente los republicanos, una mayoría en la Cámara de Representantes, culpan del estancamiento a la frontera con México, por donde dicen, solo entran criminales y terroristas y simplemente los derechistas se oponen a toda inmigración.

El problema es que este país no puede sobrevivir sin inmigrantes. El mismo Martin Walsh, secretario del Trabajo ha dicho que la gran amenaza para Estados Unidos no es la inflación, sino la inmigración. La falta de trabajadores que llenen tanto empleo vacante. (Concepción Badillo, La Crónica de Hoy, Mundo, p. 19)