Los partidarios del Presidente Donald Trump solían alegar que su política migratoria solo estaba dirigida a deportar a los migrantes ilegales. Sin embargo, las nuevas medidas de la Casa Blanca han dejado en claro que Trump también está buscando reducir la migración legal.
Según un drástico comunicado oficial del 21 de mayo, cientos de miles de migrantes que se encuentran legalmente en el país y están tramitando sus “tarjetas verdes” de residencia permanente deberán salir de Estados Unidos y esperar el resultado de sus solicitudes en el exterior.
El comunicado de prensa de los Servicios de Ciudadanía e Inmigración (USCIS) dice que la medida podrá tener excepciones en casos de “circunstancias extraordinarias”, pero los abogados de migración se están rascando la cabeza sobre qué alcance tendrán estas excepciones.
Unos 500 mil residentes temporales en Estados Unidos presentan solicitudes para recibir “tarjetas verdes” cada año. La cifra incluye personas que se casaron con ciudadanos estadounidenses, solicitantes de asilo político, profesionales extranjeros contratados por empresas y estudiantes de otros países.
Según abogados de migración, es muy probable que la nueva medida sea impugnada en los tribunales. Pero si gana el Gobierno, obligará a los solicitantes de “tarjetas verdes” a hacer sus trámites en consulados de Estados Unidos en el exterior, y en muchos casos esperar alrededor de dos años.
Andrew Ng, el cofundador de la plataforma educativa Coursera, calificó la medida como “un ataque caprichoso a la migración legal”. En su cuenta de la red social X, escribió que “afectará a familias, y nos dejará con menos doctores, maestros y científicos”.
Un 53 por ciento de quienes reciben “tarjetas verdes” son cónyuges, hijos o padres de ciudadanos o residentes permanentes de Estados Unidos, mientras que un 28 por ciento son solicitantes de asilo y un 15 por ciento son patrocinados por empresas, según el Instituto de Política Migratoria.
¿Qué busca Trump con esto? Más que nada, mantener entusiasmada a su base política para que sus partidarios salgan a votar en las cruciales elecciones legislativas de noviembre.
La popularidad de Trump se ha desplomado del 48 por ciento en febrero del año pasado al 35 por ciento hoy, según la última encuesta de CNN, y los altos precios de la gasolina por la guerra contra Irán pueden costarle el control del Congreso en estas elecciones de medio término.
Las encuestas muestran que la migración es el principal tema que une a la base de Trump, en momentos en que sus partidarios están cada vez más divididos por la guerra contra Irán, el apoyo a Israel, y la falta de transparencia en la investigación del difunto acosador de menores Jeffrey Epstein.
No es casual que Trump haya basado gran parte de sus triunfos electorales en discursos antimigrantes. Empezó su primera campaña presidencial en 2015 diciendo falsamente que la mayoría de los millones de migrantes mexicanos son “criminales” y “violadores”, y más recientemente alegó que los inmigrantes “están ensuciando la sangre de nuestro país”.
La nueva medida está siendo criticada -con razón- por motivos humanitarios, ya que separará a maridos de mujeres y padres de hijos, e impedirá que refugiados políticos se queden en el país.
Sin embargo, también hay motivos económicos por los que esta medida es un disparate. Las deportaciones masivas de Trump han dejado un déficit de trabajadores en la construcción y la industria gastronómica, entre otras, que se agravará con la expulsión de los cientos de miles que están esperando su residencia permanente.
Asimismo, la salida de los nuevos migrantes está a punto de producir un déficit poblacional.
La población de Estados Unidos está envejeciendo rápidamente, y pronto faltarán jóvenes trabajadores para pagar las jubilaciones de quienes se retiran. A menos que la inteligencia artificial logre producir aumentos masivos de productividad para pagarles a los adultos mayores, el sistema de pensiones colapsará muy pronto.
Según un estudio de la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO por sus siglas en inglés), “sin migración, la población empezará a reducirse a partir de 2033” porque los nacimientos no alcanzarán a compensar las muertes.
Con esta embestida contra la migración legal, Estados Unidos no solo está cerrando sus puertas: está cerrando su futuro. En un mundo que compite por talento, expulsar migrantes legales y separarlos de sus familias no es solo humanamente deplorable, sino económicamente absurdo. (Andrés Oppenheimer, Reforma, Internacional, p. 13)
Un giro en la política norteamericana hacia un modelo aún más conservador y ultranacionalista está imponiendo nuevos ejes espinosos entre Washington y el gobierno Sheinbaum. La acusación contra un gobernador mexicano en funciones por vez primera en la historia es un ejemplo de cómo se envenena la agenda binacional.
Esta columna obtuvo comentarios de analistas asentados en Washington con acceso a los incidentes que registra la diplomacia a ambos lados de la frontera. Desde ahí ven en el flanco mexicano una estrategia con carga ideológica contraria a la Casa Blanca. Aluden a reportes estadounidenses sobre actores dentro y fuera de Palacio -el Congreso, Morena, gobernadores-, que están pidiendo a la presidenta Sheinbaum escalar la confrontación como presunta fórmula para evitar nuevas acusaciones estadounidenses contra políticos mexicanos por vínculos con el crimen organizado.
El choque de ambas dinámicas, dijeron estas fuentes, ha tenido ya como daño colateral un deterioro en la interlocución con el embajador estadounidense Ronald Johnson.
Un personaje esencial referido para entender el nuevo escenario es Stephen Miller, con pensamiento de extrema derecha, subjefe de gabinete del presidente Trump y asesor en temas de seguridad nacional. La creciente influencia de este hombre de apenas 40 años ha hecho que actores protagónicos como Marco Rubio, responsable de la diplomacia estadounidense, se contengan antes de objetar el endurecimiento de políticas.
Criado curiosamente por una familia judía liberal en Santa Mónica, California, una ciudad con gran diversidad étnica -a 25 kilómetros de Los Ángeles-, a Miller se le atribuye la estrategia de deportación de indocumentados, así como la autoría de los discursos de Trump en la materia que lo ayudaron a ganar su primera presidencia en 2016, y regresar en 2024.
Las fuentes referidas aseguraron que la influencia Miller ha crecido tanto que alentó la denuncia penal al gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha, y nueve acusados. Se trata de un proceso, dijeron, con vida propia “que no podrá apagarse” en el futuro.
La difusión pública de esta denuncia, el 29 de abril, fue motivo de un reclamo del gobierno Sheinbaum al embajador Johnson, parte de un ciclo de roces iniciado en enero tras la invasión militar norteamericana a Venezuela que derivó en el derrocamiento de Nicolás Maduro. México emitió una condena en solitario, el 3 de enero, ante lo cual Johnson transmitió un mensaje de incomodidad. En una fecha inmediata la diplomacia mexicana armó una nueva declaración, acompañado de otros cinco países.
El 12 de enero, por conducto de Johnson, se concertó una llamada entre Sheinbaum y Trump. De acuerdo con las fuentes referidas, el estadounidense se presentó en Palacio con el ánimo de participar en la cita telefónica, lo cual no está permitido en el protocolo diplomático mexicano. Debió esperar a que la conversación terminara para reunirse con la Presidenta.
El 23 de abril se dio a conocer la denuncia contra Rocha y coacusados, lo que causó un sismo en la relación binacional. La crisis cobró la más alta gravedad el 7 de mayo cuando la cadena norteamericana CBS reveló que Washington “revisaría” las actividades de los 53 consulados mexicanos en Estados Unidos, por supuestas acciones de propaganda “en contra del gobierno norteamericano”.
En ese pico de tensión, dijeron las fuentes, México solicitó una nueva cita telefónica entre Sheinbaum y Trump, que se concretó el 15 de mayo sin la gestión de Johnson. En esa llamada ambos mandatarios habrían expresado inquietud por el tono alcanzado en la polémica, y acordaron reactivar visitas pendientes de funcionarios estadounidenses, en particular la del secretario de Seguridad Interior, Markwayne Mullin.
Este funcionario habría reportado a la Casa Blanca que su reunión con Sheinbaum Pardo, el 22 de mayo, generó “planteamientos directos y francos” de los interlocutores, en los temas que a cada uno preocupan. (Roberto Rock, El Sol de México, Nacional, p. 8)
El “factor” Trump
El presidente de Estados Unidos ha intentado crear una relación amor-odio con la Presidenta de México. Un día dice que es una mujer maravillosa y al siguiente afirma que son narcotraficantes los que gobiernan. Hasta ahora, Claudia ha conservado la cabeza fría en sus respuestas; tiene claro que están en la mesa el T-MEC, las remesas, 40 millones de migrantes. Sin embargo, en la manifestación de ayer en el Monumento a la Revolución, el calor se le subió. Dijo que una cosa es cooperación y otra es injerencia en los asuntos internos del país, y que ahora vienen por uno y luego vendrán por otros. Se interpretó como una referencia al caso del gobernador de Sinaloa con licencia, Ruben Rocha Moya. El Departamento de Justicia ha solicitado su extradición por supuestas ligas con el cártel de Sinaloa; no ha sido concedida. Vienen capítulos interesantes. (Enrique Galván Ochoa, La Jornada, Política, p. 8)
El posicionamiento combativo de la mandataria federal tampoco propicia demasiadas alternativas a la furia intervencionista de los halcones de la Casa Blanca y el Pentágono. Podría ser que a pesar del revoloteo mediático y de las exigencias formales de acción contra Rocha Moya y demás, el gobierno gringo decida apreciar las ventajas que ha obtenido, sobre todo en términos de control de la migración irregular hacia Estados Unidos y de cierto avance en el combate a cárteles criminales, y se concentre en tratar de cobrar ganancias en las revisiones comerciales en curso. (Julio Hernández López, La Jornada, Política, p. 10)
La música siempre ha acompañado a los movimientos y luchas sociales en Estados Unidos; de hecho, es difícil pensar en los episodios rebeldes en este país sin hablar de sus rutas sonoras.
La resistencia musical y sus bailes tienen sus orígenes indígenas, cuyos tambores después se encuentran con la percusión africana de los esclavos. No por nada los gobernantes y los “amos” del nuevo país prohibieron la música y el baile de indígenas y africanos. Vale recordar que en uno de los incidentes más sangrientos de la historia de la represión contra los pueblos nativos fue en Wounded Knee, Dakota del Sur, contra los sioux. Continuaban con su música y baile ocultos en las noches, pero cuando llegaron las tropas federales en 1890, unos 300 indígenas –en su mayoría mujeres y niños– se enfrentaron con los militares y, en acto de desafío y rebelión, se atrevieron a bailar. Casi todos fueron masacrados. A su vez, los esclavos africanos y sus descendientes tenían prohibido tocar los tambores. Sin embargo, su percusión se escuchaba ahora con sus manos y sus pies y sus cantos a capela. De ahí nació, en parte, el blues, el góspel y más tarde el jazz.
Ex esclavos que migraron al norte se encontraron con otros trabajadores inmigrantes, y aunque al inicio los teatros, antros y cantinas estaban segregadas, en una esquina de Manhattan llamada Five Points estaba uno de los pocos teatros que permitían la entrada a blancos y negros. Como cuenta el gran periodista irlando-estadunidense Pete Hamill, fue ahí donde nació el tap, con el encuentro de la percusión con los pies de los afroestadunidenses, el baile tradicional de los inmigrantes irlandeses en 1844. En Nueva Orleans, la música indígena se encontró con la afroestadunidense, con un tantito del Caribe combinado con el éxodo francés en Luisiana y ese caldo sonoro se escucha todos los días en una ciudad que en parte fue rescatada de sus huracanes naturales y humanos por sus músicos (favor de ver la serie Trem).
En las grandes huelgas y luchas obreras de este país hay un sinnúmero de canciones-corridos, lamentos, rock y hasta musicales de Broadway. Esas canciones incluyen las que cantaban los grandes organizadores anarcosindicalistas a fines del siglo XIX e inicios del XX –uno de los organizadores más famosos, Joe Hill, inmigrante sueco, fue cantautor y músico (en 1911 estaba en Tijuana con otros rebeldes que buscaban contribuir al derrocamiento de Porfirio Díaz)–. Esa música estaba compuesta de tradiciones armónicas de varias partes del mundo importadas por los inmigrantes irlandeses, italianos, judíos, alemanes, escoceses, escandinavos, caribeños, chinos, mexicanos y otros latinoamericanos.
El movimiento de derechos civiles, como otros encabezados por mujeres, gays y más, tienen todos sus rutas sonoras.
Vale recordar que el exitoso esfuerzo para frenar la inauguración de la reunión de la Organización Mundial de Comercio en Seattle, en 1999, se logró con baile (cada ruta de acceso al centro de convenciones fue ocupada por miles de manifestantes bailando rock, punk, reggae y más).
Todo esto se puede escuchar hoy día, y no sólo en museos y bibliotecas, sino en las calles y hasta con algunas de las grandes estrellas. Siguen presentes, a veces en las mismas versiones, otras ya transformadas en nuevas expresiones. Se cantan en las calles de Mineápolis al enfrentar las fuerzas federales, en las huelgas de enfermeras, en las luchas por la defensa de inmigrantes.
Algunos artistas famosos las incorporan a sus conciertos o inventan nuevas. Por ejemplo, Bruce Springsteen sigue recuperando partes de esta larga tradición y acaba de concluir su gira nacional, que definió como un llamado a la resistencia contra el régimen en Washington. Empezaba sus conciertos gritando “si te estás sintiendo sin ayuda, si te estás sintiendo sin esperanza, si te estás sintiendo traicionado, si te estás sintiendo frustrado, si te estás sintiendo enojado, lo entiendo, por eso estamos aquí esta noche”. En otro momento, dijo a su público: “esta tragedia estadunidense sólo puede ser frenada por el pueblo estadunidense: tú. No hay nadie que nos vendrá a salvar, lo tenemos que hacer nosotros”.
Mientras se escuchan y bailan estas canciones y ritmos, hay esperanza. (David Brooks, La Jornada, Mundo, p. 27)

(Hernández, La Jornada, Política, p. 12)

(Chavo del Toro, El Economista, El foro, p. 46)

(Obi, Reforma, Opinión, p. 8)

(Xolo, 24 Horas, pág. 2)