Piropos incómodos
El ex presidente Donald Trump confirmó en Texas que la seguridad de la frontera sur es el tema que dirime la lucha política entre demócratas y republicanos en Estados Unidos.
Pidió seguir construyendo el muro fronterizo para detener a los migrantes y de paso, como no queriendo la cosa, dijo que AMLO es un tipo “excelente” “increíble”.
Se dirá que los piropos, incluso los de un sujeto impresentable como Trump, no caen mal, pero la verdad es que para el gobierno mexicano está siendo muy difícil sintonizarse con la administración Biden y que Donald Trump recuerde que él y López Obrador eran uña y mugre no ayuda en nada. (La Crónica de Hoy, Nacional, p. 9)
El presidente Andrés Manuel López Obrador festejará con sus simpatizantes los tres años de su victoria electoral. Se impone un balance de su gestión en los últimos tres años.
Desde el día siguiente a su triunfo, el Gobierno de Enrique Peña Nieto se replegó y dejó en manos del presidente electo y su equipo de transición decisiones vitales para el país.
Un ejemplo claro fue el hecho de que en entre septiembre y octubre de ese año, López Obrador, ante la ausencia del Gobierno peñista -que ya tenía listas las maletas para partir a España-, decidió recibir, con mariachi, comida, techo, médicos y promesas de empleo, a los miles de migrantes centroamericanos que llegaron a la CDMX.
Los migrantes fueron alojados en la Ciudad Deportiva y se les facilitó el traslado a la frontera a quienes quisieran.
Al paso de los meses, la decisión tuvo un alto costo político y económico para el país derivado del choque de intereses con el presidente estadounidense Donald Trump.
López Obrador llegó a la Presidencia con el voto de 30 millones de mexicanos, esperanzados en el cambio que ofreció; crecimiento económico anual del 2%, reducción de los precios de los combustibles, pacificación del país “al día siguiente’’ de la toma de posesión, acabar con la corrupción, con el nepotismo, un sistema de salud nórdico “o por lo menos como el del Canadá’’, derogar las reformas energética y de educación de Peña Nieto. (Adrián Trejo, 24 Horas, México, p. 3)
Es desusado que la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) se encuentre, como ahora, en el centro de especulaciones políticas y sus integrantes, así sea en el grupo de los temporales, estén en el ojo del huracán.
Igualmente, tampoco es habitual que el titular de la SRE sea un jugador en los principales planos de la política doméstica y haya acumulado el poderío, o al menos la imagen de poder, que tiene el canciller Marcelo Ebrard.
Pero ambas afirmaciones son correctas. Parecería como si la Cancillería, vista desde afuera, tuviera un problema de personalidad, o de identidad.
Ebrard es considerado como uno de los principales aspirantes a suceder eventualmente al actual presidente, Andrés Manuel López Obrador, y así fue visto desde el inicio del gobierno.
Si esa imagen es realidad, o es algo bueno o malo para la política exterior, está por verse. Pero todo lo que ahora se hace u ocurre en la SRE es interpretado a partir de esa óptica.
Y en qué medida esa consideración examina o no la política exterior considerada como tradicional, que siempre ha sido condicionada por las simpatías o caprichos del Presidente, es una cuestión a debate, sobre todo por el partisanismo que ahora rodea los actos de gobierno a nivel nacional y la ideologización internacional.
Es lo mismo si se trata de los éxitos de Ebrard al conseguir vacunas contra el COVID-19 y el anuncio sobre cada cargamento que llega o la donación de las envasadas en Argentina, que por lo que hizo en posiciones de gobierno anteriores o el trabajo de sus colaboradores.
El hecho es que las acciones de Ebrard y su equipo quedan siempre expuestas a la interpretación doméstica. Desde el breve establecimiento de una oficina alterna en Washington, al uso de un representante propio para negociar la situación de la migración centroamericana; de su aparente condición de “milusos” para el Presidente, hasta las quejas de los diplomáticos de carrera, relegados otra vez y como ocurre en cada gobierno, por nombramientos cuestionables debidos a compromisos presidenciales o políticos.
Más allá, la actual política exterior apunta a un intento de romper la presunta dualidad Estados Unidos/resto del mundo, al apostar, al menos en apariencia, tanto por el ascenso de regímenes de izquierda en Latinoamérica como en la idea de diversificación política y económica más allá de la región.
Pero si la política doméstica ha sido siempre un condicionante de la política externa, las percepciones presidenciales y la situación del Canciller acentúan la idea del cortejo a la base partisana mientras se busca ofrecer una imagen moderada.
No es algo nuevo en México, aunque la posición del Canciller sea tan poco frecuente.
Y la realidad es que la geopolítica, la geografía, la economía y la sociedad obligan a que la atención y la apuesta económica del gobierno López Obrador, como las de sus antecesores, estén en la extensa relación con Estados Unidos. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, p. 25)
Por la frontera sur del país para internarse en territorio nacional corre el fatídico tren no por nada llamado La Bestia. Por la carretera que va de Monterrey a Nuevo Laredo circula 80 por ciento de las mercancías con destino a EU. En ambas vías se registra una gran violencia. Asaltos, robos y vidas humanas son el saldo permanente de las acciones de bandas criminales. Se toman medidas de seguridad. Pero, por lo visto, no las suficientes. ¿Hasta cuándo? (Donceles, Milenio Diario, Al frente, p. 2)
Trabajadores migrantes internacionales
(Franco, Excélsior, Nacional, p. 12)