Opinión Migración 010726

¿Será?

Los migrantes otra vez

El esquema de deportación que planteó el presidente Trump contra migrantes venezolanos, los colocó en uno de los hoteles que derribó un sismo y mató a 25 personas y hasta ayer por la noche había 21 desaparecidos. ¿Qué ha pasado con ellos? Ni el ICE ni el Gobierno de Venezuela han dado respuesta a los familiares de los migrantes. Una tragedia como la que sucedió en México, en donde murieron 40 personas encerradas en una estación migratoria… Aunque aquí fue un tema de negligencia de quien era el director del Instituto Nacional de Migración, Francisco Garduño, por ahí anda libre, como si nada. ¿Será? (¿Será?, 24 Horas, PÁG. 2)

Desde el Biopoder / Hijos de migrantes

En Estados Unidos, la comunidad migrante de origen poblano supera la cifra de dos millones de personas, de ellas, una parte importante corresponde a hijos y nietos de quienes se fueron en busca del sueño americano a finales del siglo pasado y el inicio del presente milenio.

Por ley, los hijos de migrantes nacidos en territorio norteamericano obtienen la ciudadanía de manera automática y pueden salir e ingresar al país vecino del norte sin ninguna restricción, situación que no sucede con las personas que están en situación de movilidad de manera irregular.

Organizaciones de apoyo a migrantes, entre ellas, Pies Secos, celebraron la resolución de la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos al garantizar la ciudadanía automática por nacimiento a hijos de indocumentados o con permisos.

La decisión de la justicia de Estados Unidos protege a miles de familias, entre ellas, a la de origen poblano, que están viviendo, generando economía y mandando remesas a zonas como la Sierra Mixteca, la Sierra Norte y la zona centro de la entidad.

Los hijos de migrantes pueden contar con la doble nacionalidad, tanto mexicana como norteamericana, como sucede con dos jugadores que forman parte de la selección que dirige Javier El Vasco Aguirre: Brian Gutiérrez, elemento ofensivo que nació el 17 de junio de 2003 en Berwyn, Illinois; y Obed Gómez Vargas, mediocampista que nació el 5 de agosto de 2005 en Anchorage, Alaska.

Con la medida avalada por la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos, se evita la separación de familias encabezadas por migrantes indocumentados y que cuentan con hijos nacidos en territorio norteamericano y que estudian o trabajan en diferentes ciudades.

Los poblanos que salieron de sus comunidades de origen, se establecieron en diferentes áreas norteamericanas, entre ellas, la zona triestatal conformada por Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut; así como en California, desde donde contribuyen al desarrollo de ambas naciones.

Sin duda que los hijos de madres y padres poblanos nacidos en Estados Unidos tienen derecho a obtener la nacionalidad mexicana y, por lo tanto, pueden contar con doble nacionalidad al registrarse ante los consulados mexicanos. (Jaime Zambrano, Milenio Puebla, Online)

Desde Afuera / De refugiados y refugiados…

La Suprema Corte de Justicia estadounidense sostuvo la ciudadanía por nacimiento en lo que se consideró como un duro golpe a la política antimigrantes del gobierno del presidente Donald Trump.

Pero ese triunfo ocurre al mismo tiempo que se reportan puestos de inspección de documentos en algunas partes del centro de los Estados Unidos y Stephen Miller, el poderoso subjefe de asesores de la Casa Blanca y promotor de la política de detención y expulsión masiva de inmigrantes indocumentados, alardeaba que “las puertas de EU están cerradas para los que piden asilo” en lo que presentó como “algo simple, muy elegante, una solución muy completa”, según recuento del reportero Pablo Gato.

Pero la realidad es que las puertas estadounidenses no están cerradas para todos los refugiados: puede decirse que hay una excepción tan extraordinaria como reveladora: de los 6.668 refugiados admitidos por el Programa de Admisión de Refugiados del Departamento de Estado de EU, entre octubre de 2025 y junio de 2026, 6.665 procedían de Sudáfrica

Dado que la aparente mayoría de ellos proceden de áreas rurales, podría pensarse que son de origen boer, descendientes de los colonos protestantes holandeses que en el siglo XIX fundaron una república basada en una rígida política de separación de razas, que cristalizó en el “Apartheid” y el control de la economía por la población blanca.

Muchos blancos sudafricanos comenzaron a emigrar cuando los partidos africanos comenzaron a ganar el poder en los años 90, pero sorprendentemente no tantos como podría esperarse de lo que hoy el gobierno estadounidense afirma que es una sistemática política de represión, persecución y de favorecer a la población africana. El gobierno sudafricano niega lo primero y señala que la minoría blanca controla más de 80 por ciento de la economía en un país con casi 80% de población negra.

Así, el gobierno del presidente Trump inició un programa para atraer a sudafricanos presuntamente discriminados, que desearan emigrar a Estados Unidos.

En cambio, Miller, según el recuento de Pablo Gato, dijo que todos los que vienen por la frontera con México son falsos refugiados y, de hecho, todos son criminales, gente que busca aprovecharse de los beneficios sociales de EU o inmigrantes económicos, pero, insiste, no hay ni un solo refugiado legítimo, ningún perseguido político, ningún fugitivo de violencia.

A diferencia, por supuesto, de los refugiados sudafricanos.

Según The New York Times, los peticionarios de refugio sudafricanos recibirían una “canasta de bienvenida” que incluye una tableta Android, una bandera estadounidense, copias de la Constitución y la Declaración de Independencia, así como un paquete de folletos con una visión de la historia de Estados Unidos y Sudáfrica, que critica la equidad racial, las leyes de derechos civiles y denuncian, discriminación contra los blancos, amén de minimizar el papel de la esclavitud en la fundación del país, y un libro infantil que acusa al gobierno sudafricano de “favorecer a la población negra”. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Online)

“De muchos, uno”

Ayer la Suprema Corte de los Estados Unidos falló en contra de la administración del Presidente Donald Trump en su intento de negar la ciudadanía por nacimiento a los hijos de padres indocumentados. La constitución es explicita en este tema, argumentó la mayoría de magistrados, y cualquier niño nacido en el país es, por nacimiento, un ciudadano del país. Este es la interpretación que había prevalecida hasta ahora, lo cual ha servido para que no se reproduzca la precariedad de los padres indocumentados con sus hijos, pero la administración quiso cuestionarla.

La política migratoria ha sido central en los propósitos de la administración Trump, y los tribunales judiciales están en el ojo del huracán, con cientos, si no miles, de casos que buscan definir aspectos claves del sistema migratorio. La semana pasada, la Suprema Corte aceptó que la administración puede terminar la protección temporal de ciertos grupos, restringir el asilo en la frontera y usar la deportación exprés para migrantes que tienen menos de dos años en el país, todos casos que salieron a favor de la administración. Pero la decisión sobre ciudadanía por nacimiento era lo más importante para Trump, tan así que vino y se sentó en la Corte para escuchar los argumentos orales durante el juicio.

Día a día cambian las políticas migratorias, no sólo por la administración, que siempre está activa en el tema, sino porque las demandas contra la administración frecuentemente llevan a amparos que detienen las medidas gubernamentales, y luego siguen las apelaciones, que a veces van a favor de la administración y a veces no. Todo esto es muestra de un tema de fondo, que es la pérdida de consensos básicos sobre la inmigración en el país.

Esta semana se celebran los 250 años de la declaración de independencia de los Estados Unidos. Desde 1776, el lema semioficial del país ha sido “E Pluribus Unum”, es decir, “de muchos, uno”, el lema que sigue impreso en la moneda del país. El país fue fundado con el ideal, entonces bastante radical, de que el pueblo debería gobernarse desde abajo, en modo republicano, pero no menos radical fue la segunda parte de ese ideal, de que ese pueblo era compuesto por ciudadanos que provenían de diferentes países, religiones y clases sociales, juntos y en condiciones de igualdad.

Es cierto que, en ese momento, no se consideraba inmigrantes a africanos esclavizados ni sus descendientes como ciudadanos, ni tampoco a los indígenas, que fueron removidos poco a poco de sus tierras. Y no votaban ni mujeres, ni siquiera hombres blancos que carecían de propiedad privada. El ideal de una ciudadanía incluyente y plural que se autogobernaba en igualdad y libertad estaba muy lejos de la realidad. Así que la historia de los Estados Unidos, en gran parte, ha sido una lucha por hacer valer ese ideal originario e ir acercando la realidad al ideal. Este es el eje central de nuestra historia.

Dentro de esa lucha, la migración ha sido siempre un elemento controversial, con un debate permanente sobre quién debería entrar al país y quién merece volverse ciudadano. En algunos momentos es un debate sobre uno que otro grupo, pero en este momento se ha vuelto un debate más generalizado y caótico, a veces sin mucha claridad. Sin embargo, ayer la Suprema Corte aclaró por lo menos un elemento clave de la definición de quién merece ser ciudadano, al determinar que los que nacieron en el territorio son, irrevocablemente, ciudadanos. (Andrew Selee, El Universal, Opinión, p. A14)

Duda Razonable / Confirmado: el ‘bullying’ no terminará…

Tal y como los que conocen el T-MEC y cómo funcionan las cosas dentro de la Casa Blanca de Trump, y como tantas veces lo había advertido el presidente estadunidense, el acuerdo comercial entre México, Estados Unidos y Canadá no será simplemente ratificado como está. La decisión del gobierno estadunidense, en contra de la voluntad de los socios del acuerdo –México y Canadá–, obliga a revisiones anuales para los próximos años.

La primera revisión comenzará pronto y muy probablemente esas revisiones seguirán año con año, lapso que incluye y rebasa los años que le quedan a Trump en la presidencia y a un sucesor, si es que logra ponerlo.

En el plano comercial no pararán las polémicas, las demandas para aumentar el contenido estadunidense o de plano para mudar plantas de manufactura a Estados Unidos y para bloquear a productos chinos que son parte de la infraestructura industrial de América del Norte.

Está claro que la primera consecuencia de la decisión estadunidense, por más que es la esperada, es el alargamiento de eso que hemos llamado “incertidumbre” para explicar cómo amarra y hace dudar a los inversionistas, a las empresas que todos los días analizan dónde poner su dinero para construir una planta de manufactura, hacer una inversión en uno u otro sector de los que hace tres décadas se benefician del acuerdo comercial. Difícil, si no que casi imposible cuando el año que viene y tal vez el siguiente cambien las reglas. Porque esas inversiones, del tamaño que, por ejemplo, México necesita, no dan réditos al día siguiente, ni al año siguiente.

El esfuerzo mexicano para atraer esa inversión que ha creado multitud de planes, acciones, cambios de reglas internas y hasta un nuevo puesto en la presidencia puede seguir tan atorado como está hasta hoy.

Cierto que la incertidumbre también pega a la economía estadunidense y por lo tanto a Trump en momentos complicados, pero una parte muy importante de la economía mexicana se ha construido desde hace tres décadas con base en esas reglas. La afectación es mucho mayor de este lado de la frontera.

Es ese el problema que complica más las cosas. Porque más allá de que hace muchos años Trump alucina el libre comercio, hoy lo ha convertido en un arma para intimidar a quienes quiere sacar otras cosas, de quienes quiere otros beneficios. En el caso de México, no lo dudemos, tiene que ver con la lucha contra los cárteles y la migración.

Se confirma lo imaginado. No quiere decir que deje de preocupar mucho.  (Carlos Puig, Milenio, Al Frente, p. 2)

Atando Cabos / Bailando en las calles

Venezuela vive una inmensa tragedia. Dos temblores consecutivos cimbraron la tierra, derribaron edificios y terminaron por dejar al descubierto las miles de carencias que el país ha ido acumulando a lo largo de las últimas tres décadas. Nadie puede permanecer indiferente ante lo que se vive en ese país. Y, sin embargo, en medio de la solidaridad de muchos, destaca la falta de empatía (capacidad de una persona de participar afectivamente en la realidad de otra) del hombre más poderoso del mundo. El pasado viernes, dos días después de los terremotos en Venezuela, cuando ya se sabía la magnitud de los daños (ese mismo día, el Servicio Geológico de Estados Unidos, gracias a su sistema automatizado PAGER, estimó que existía una probabilidad significativa de que el saldo terminara siendo de entre 10,000 y 100,000 muertos), declaró: “Estamos ayudando a Venezuela, donde ocurrió ayer un tremendo temblor, mucha gente murió, en pleno Caracas, tenemos mucha gente allá que está ayudando, pero Venezuela ha sido fantástica, tenemos una gran relación, fue una guerra de un día, los golpeamos tan fuerte, sólo un día, y ahora hemos sacado millones de barriles de petróleo y ya recuperamos el costo de la guerra, varias veces, pero igual de importante es que a ellos les está yendo muy bien, mejor que nunca, están haciendo más dinero que nunca, nunca han ganado tanto dinero como ahora. (Aplausos) Y de verdad, fuera de lo que pasó con el terrible temblor que derribó edificios, pero fuera de eso, es un país feliz otra vez, la gente está feliz, bailando en las calles”.

No debería causar sorpresa esa declaración. Durante su primer gobierno, cuando el huracán María devastó Puerto Rico (2,975 muertos), y Puerto Rico es un estado asociado de Estados Unidos, la ayuda fue poca, y cuando Trump visitó la isla, en un evento en el que se distribuía ayuda empezó, juguetón y sonriente, a lanzarle a la gente rollos de papel de cocina como si estuviera intentando encestar en un juego de basquetbol.

La falta de empatía de Trump va más allá de sus limitaciones personales: es un indicador de nuestra época. Porque en esto, no está solo. Basta con escuchar las declaraciones de otros políticos sobre este y otros asuntos para confirmarlo: Putin y su insensibilidad, ya no al sufrimiento de los ucranianos, sino ante la pérdida de vidas de los reclutas de su propio ejército en esa guerra, y Milei declarando que “si fuera cierto que la gente no llega a fin de mes, la calle tendría que estar llena de cadáveres” (cuando vetó una ley sobre las jubilaciones) o las de Bukele, o Daniel Ortega que descalificó a los manifestantes de la oposición como “plagas y vampiros que reclamaban la sangre del pueblo”.

La crueldad que deriva de la falta de empatía no se limita a la reacción ante un evento catastrófico como el de Venezuela, se expresa también en políticas públicas: la separación de familias migrantes en el primer gobierno de Trump, las deportaciones que supuestamente iban a ser únicamente de quienes tuvieran antecedentes penales y que terminaron siendo de cualquier indocumentado con el que se encontraban.

Los venezolanos, atónitos, han viralizado el video en el que Trump asegura que están felices bailando en las calles, la imagen es tan grotesca que, entre los comentarios al video, algunos recordaron la frase paradigmática de la falta de empatía, la que supuestamente dijo María Antonieta cuando le dijeron en los albores de la Revolución Francesa que los parisinos no tenían pan para comer: “Pues que coman pastel”. (Denise Maerker, Milenio, Fronteras, p. 7)

Project Syndicate / El Mundial contra los extremistas

La selección alemana para el Mundial de 2026, al igual que muchas otras en el torneo, demuestra que amar a la patria y acoger a los recién llegados no son impulsos incompatibles. Aunque activistas de extrema izquierda y extrema derecha quieran hacernos creer lo contrario, la mayoría de la gente común lo reconoce implícitamente.

BOSTON.- Cuando el futbolista alemán Deniz Undav marcó dos goles en los últimos minutos del partido y dio a su equipo la victoria por 2-1 frente a Costa de Marfil el pasado 20 de junio, previo a quedar eliminado del Mundial, la inmensa mayoría de los aficionados alemanes lo vio como un héroe nacional. A pocos les importó que este joven hijo de padres kurdos yazidíes nacidos en Siria y Turquía no tuviera el aspecto típico de un alemán. Brindó a la selección de su país una victoria emocionante y demostró por qué este hermoso juego tiene más seguidores en todo el mundo que cualquier otro deporte.

Undav también refutó las obsesiones de la derecha y la izquierda radicales. Él y el resto de la selección alemana son la prueba encarnada de que personas con orígenes y apariencias muy diferentes pueden integrarse en un proyecto común que se convierte en fuente de orgullo colectivo. Demuestran que el amor al propio país (algo que la izquierda suele caricaturizar o considerar obsoleto) y la aceptación de los recién llegados (que la extrema derecha aborrece) no son impulsos incompatibles.

La enseñanza no es exclusiva de la selección alemana. El Mundial (incluso cuando no lo organizan juntos tres países) siempre pone selecciones multiétnicas a la vista de miles de millones de aficionados. Cada equipo con chances de ganarlo tiene en sus filas jugadores de segunda o tercera generación de familias inmigrantes, y casi todos inspiran grandes manifestaciones de jubiloso patriotismo.

Esa combinación de diversidad y orgullo nacional es precisamente aquello en cuya imposibilidad insisten los extremos políticos. En gran parte del mundo industrializado, la normalidad política está consumida por el temor a la llegada de personas con diferencias culturales y étnicas y la presunta pérdida de armonía derivada. Ideas que antes estaban confinadas en oscuros rincones de Internet (por ejemplo la teoría del “gran reemplazo” y los llamados a la “remigración”) ahora se exponen y debaten en foros respetables. Una encuesta reciente de YouGov halló que el 45% de los británicos, el 50% de los daneses, el 51% de los franceses, el 53% de los alemanes, el 51% de los italianos, el 52% de los polacos y el 46% de los españoles estarían de acuerdo con la prohibición de nuevas llegadas y la repatriación en masa de inmigrantes recientes.

Por supuesto, no está comprobado que el escenario hipotético más extremo (una expulsión de inmigrantes mediante un proceso similar a una limpieza étnica) pueda recibir mucho apoyo; y es posible que la formulación de la pregunta exagere inquietudes que de por sí son más moderadas. Pero incluso con estas salvedades, hay un cambio radical respecto de diez años atrás, cuando la opinión pública de muchos de esos mismos países daba la bienvenida a los refugiados de la guerra en Medio Oriente.

En tanto, buena parte de la izquierda tomó un rumbo diferente, pero igual de preocupante, al analizar todos los temas como una cuestión de opresores y oprimidos. En esta presentación simplista, los países de Occidente siempre son los villanos, y el patriotismo se ve con recelo o desdén. El cambio aparece en las encuestas. Según Gallup, el porcentaje de simpatizantes del Partido Demócrata que expresan “orgullo extremo” de ser estadounidenses cayó de más del 60% a principios de la década de 2000 a solo el 22% en 2019 (aunque con una ligera recuperación después).

El derrumbe coincidió en gran medida con la primera presidencia de Donald Trump, de modo que es posible que se trate más de descontento hacia los gobernantes que de rechazo a los Estados Unidos en principio. Pero la tendencia subyacente es inconfundible. No es ningún secreto que para muchos en la izquierda, hablar de orgullo nacional se ha vuelto motivo de vergüenza o incluso indignación.

La tendencia es preocupante porque sin una base de identidad compartida, es más difícil una política nacional orientada a dar apoyo a los perdedores, incluidos los trabajadores sin título universitario de grado, un colectivo multiétnico que en todo el mundo industrializado lleva varias décadas luchando contra la movilidad descendente.

Por supuesto, el atletismo profesional no es reflejo perfecto de la sociedad. Una selección nacional es un grupo reducido, bien dotado de recursos y bajo una dirección rigurosa, unido en pos de un único objetivo claro. Crear un equipo ganador no es lo mismo que integrar a grandes poblaciones en la provisión de vivienda, educación y trabajo.

Y la integración deportiva tampoco es tan perfecta como sugiere el entusiasmo de los aficionados. Tras la derrota en la Eurocopa 2020, los jugadores británicos negros recibieron una andanada de insultos racistas; la escuadra azul de Francia es objeto de un debate eterno sobre la verdadera identidad francesa; y Estados Unidos tiene una lamentable historia de racismo en muchos deportes. Aunque la mayoría celebra la integración, la minoría retrógrada es ruidosa y mucho más influyente en tiempos de ascenso del extremismo con ayuda de algoritmos. En ese sentido, el deporte es una réplica de lo que se ve en la sociedad.

El Mundial no demuestra que la integración sea fácil, pero confirma algo que los extremistas quieren negar: que la integración étnica y el orgullo patriótico no son incompatibles. La mayoría de los aficionados que ven a su selección multiétnica portar la bandera nacional experimentan las dos cosas sin detenerse a pensar en ello.

Si los activistas de ultraderecha y ultraizquierda abandonaran los prejuicios y se dignaran ver unos partidos, tal vez redescubrirían lo que los demás ya sabemos: que la mayoría de las veces, la integración unida al orgullo nacional resulta una combinación ganadora. (Daron Acemoglu, El Economista, Finanzas globales, p. 33)

CARTONES

Con derecho a ciudadanía por nacimiento

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(Fernando Llera, Excélsior, Nacional, p. 10)