Es una obviedad que el grave problema de inseguridad y violencia que sufre el país no es un tema que haya arrancado durante este sexenio. De lo que sí es responsable políticamente la actual administración, es de no haber implementado una política que —con resultados— contribuya a erradicar drásticamente ése que es el principal problema del país.
La falta de una estrategia y política efectivas por parte del Gobierno, ha contribuido significativamente a empeorar el problema.
¿Estamos frente a un nuevo umbral de violencia? Por los indicadores cualitativos o cuantitativos que se quieran analizar, el deterioro salta a la vista. Basta hacer una simple revisión de algunos de los hitos en los últimos meses sobre hechos delincuenciales. Empecemos el recuento del horror.
El 27 de marzo se produjo un incendio que ocasionó asfixia y muerte de 40 ciudadanos extranjeros que se encontraban confinados en instalaciones del Instituto Nacional de Migración en Ciudad Juárez. Una imperdonable negligencia por parte de los responsables de custodiar y proteger a los migrantes. Uno de los hechos más dantescos que quedan como marca indeleble del sexenio.
Sigamos con los extraños casos sin resolver cabalmente, del secuestro de grupos compactos de “turistas” en Semana Santa en Matehuala, que se fueron “multiplicando” y que resultaron ser migrantes. A finales de junio, 16 trabajadores administrativos de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana de Chiapas fueron retenidos. El 29 de junio fue asesinado en Michoacán Hipólito Mora, un episodio clave en la actividad de las autodefensas en ese estado. Chilpancingo dando regularmente la nota: el 10 de julio funcionarios, policías e integrantes de ¡la Guardia Nacional! fueron retenidos por un grupo criminal. Un par de días después, el estallido de un coche bomba cimbró Tlajomulco, en la zona metropolitana de Guadalajara. Y a finales del mes, que recién concluyó, el bloqueo e incendio de vehículos azolaba carreteras veracruzanas.
Así, el 25 de mayo pasado, con un conteo oficial, se alcanzaron los 156 mil 066 homicidios que se contabilizaron en todo el gobierno de Enrique Peña, lo cual convierte —bajo ese indicador— a la actual administración, con todo lo que le falta aún, en la más violenta de la historia de nuestro país.
Además, no han parado las extorsiones, los asesinatos a periodistas o las distintas formas de violencia contra mujeres y feminicidios. Mención particular para los grupos de madres y colectivos de búsqueda, cuestionados en días recientes desde la tribuna presidencial.
En otro dato que es tristemente descriptivo, en mayo del 2022, con cifras oficiales se rebasaron los 100 mil desaparecidos en la historia del país; en sólo un año, para mayo del año siguiente, la cifra había crecido en 10 mil más. Un indicador muy gráfico de uno de los más graves flagelos que sufre México.
Éste es el mayor, grave y complejo problema que hay en el país. Las soluciones no son de ninguna manera sencillas ante la terrible evidencia que personas o grupos de ellas nucleados en actividades delincuenciales, una y otra vez atentan contra el patrimonio, integridad y la vida misma de otras personas. Lo que sí no cambia es la justificación ante estos resultados: seguir escudándose, tras cuatro años y medio de gestión, en que son herencias y culpas del pasado y, aquí, la más contundente evidencia de lo que ha dejado el mantra de la administración en materia de combate a la violencia: “abrazos y no balazos”. (Horacio Vives Segl, La Razón, México, p. 9)
El acuerdo con Estados Unidos es claro: a cambio de que ellos empiecen a procesar las solicitudes de asilo, y así liberar un poco las tensiones creadas por la migración de tránsito en nuestro país, México accede a crear un limbo para los migrantes que quieren llegar al Norte y comportarse como el primer filtro de la Migra. (La Esquina, La Crónica de Hoy, P.p.)
En 1836 el territorio que ahora comprende el estado de Texas se independizó de México, luego de una revuelta iniciada por inmigrantes bajo el mando del general Samuel Houston quien dejó claro desde entonces que la frontera al sur era el río Bravo. Esta línea divisoria natural cubre la mitad de los más de 3 mil kilómetros de límite entre Estados Unidos y México.
El control de esa área se ha vuelto foco de disputa política entre el gobierno federal norteamericano y el estado de Texas por la aplicación de políticas antiinmigrantes que se acompañan de discursos de odio. El gobernador Greg Abbott que pertenece al ala más ultra y conservadora del partido republicano, mantiene una sorda batalla legal contra la Administración Biden para invalidar leyes que otorgan protección o asilo a migrantes como el programa DACA (que autoriza la residencia temporal a jóvenes llegados en la infancia) o contra el Título 42 (una norma sanitaria que expulsaba a solicitantes de asilo durante la pandemia), asuntos que Abbott, exfiscal general de su estado, ha litigado con mediano éxito en la Suprema Corte.
Este personaje que gobierna Texas desde 2015, ha puesto en marcha medidas contrarias a leyes federales para contener el ingreso de migrantes a Estados Unidos a través de su territorio. Reforzó el sector que va desde El Paso hasta Brownsville con elementos de la Guardia Nacional estadunidense, fletó autobuses para trasladar a migrantes a “ciudades santuario” como Nueva York y mandó colocar alambres de púas en cruces para persuadir el ingreso de personas.
La última y brutal estrategia de contención ocurrió el 10 de julio. El gobernador anunció “una nueva barrera marina” mediante la colocación de boyas en el río Bravo cerca de Eagle Pass fronteriza con Piedras Negras, Coahuila, un transitado paso debido a la estrechez del cauce.
Las esferas miden un metro de diámetro y están revestidas de púas en sus contornos. Dos hileras han sido tendidas a lo largo de 300 metros en el punto referido, inhibiendo el cruce de personas apostadas en campamentos del lado mexicano. Abbott se jactó en afirmar que estaba asegurando la frontera desde la frontera. Como era de esperarse, el arrebato causó la indignación de organizaciones defensoras de derechos humanos y la protesta del gobierno mexicano que envió una nota diplomática acusando violación del Tratado de Aguas.
Al tiempo que se instalaba la nueva barrera flotante, el Departamento de Justicia presentó una demanda civil contra ese estado sureño para exigir su retiro aduciendo daños al entorno y riesgos a la seguridad de las personas que cruzan por ahí. Ante el anuncio, el político conservador se negó a ordenar el retiro de las boyas.
El gobierno de Biden sostiene que ninguna medida de ese tipo es necesaria debido a que los cruces fronterizos disminuyeron tras la derogación del Título 42 y la nueva política de restricciones activada desde mayo.
Desde México debemos hacer un enérgico llamado y manifestarnos por la vía diplomática y legal, contra acciones de este tipo que además de ser abiertamente violatorias de los derechos humanos, vulneran la dignidad de familias enteras que tienen derecho a la movilidad. El clima hostil e inhumano que promueve Texas contradice sus orígenes de fuertes raíces migrantes. (Claudia Corichi, El Sol de México, Análisis, p. 13)
Hace unos días, la revista Science publicó un estudio que colocó a México en el mapa climatológico mundial. Uno de los dos puntos más calientes en la superficie de nuestro planeta, el desierto de Sonora, se encuentra precisamente en la frontera entre México y los Estados Unidos. Al igual que el desierto de Lut en Irán, la región alcanzó los 80.8 grados Celsius en 2018, superando el antiguo récord del Valle de la Muerte en el desierto de California, que había prevalecido durante más de un siglo.
Como parte de la producción de la segunda temporada de la serie El Futuro del Planeta (EarthXTV) recorrí hace unos meses parte de esa región.
Contrariamente a la creencia popular, los desiertos no son zonas de desolación y muerte. El desierto de Sonora, ubicado en el noreste de nuestro país, es un testamento viviente de la biodiversidad. Cuenta con 500 especies de plantas vasculares, incluyendo el emblemático cactus saguaro, y es hogar de más de 100 especies de reptiles, 20 especies de anfibios, 200 especies de aves y miles de especies de abejas. Además, el jaguar, el ocelote, el oso negro y el puma llaman a esta región su hogar.
Es aún más sorprendente que esta región sea el hábitat de algunas especies únicas de peces que se han adaptado a los pequeños arroyos que serpentean como diminutas arterias de vida a través de la inhóspita superficie de arena.
El desierto de Sonora también es el sitio de una construcción humana cuyo tamaño y solidez solo puede ser equiparada con la estupidez de quien la planeó y ejecutó: el muro antimigratorio construido por el gobierno de los Estados Unidos.
El impacto ecológico de esta cicatriz de acero que se extiende entre Sonora y Arizona es todavía incierto, pero inevitablemente devastador. Aunque ha fallado en su principal propósito —frenar la migración—, los caminos abiertos para su construcción han proporcionado nuevas rutas para los migrantes.
No obstante, el muro ha sido devastadoramente efectivo en impedir el movimiento natural de las innumerables especies que no conocen de fronteras humanas. Para ellas, cruzar de un lado a otro en busca de alimento, agua o apareamiento no requiere pasaporte.
Federico Godienz Leal, exdirector de la Reserva del Pinacate y Gran Desierto de Altar, me compartió cómo él y un grupo de voluntarios intentan mitigar esta emergencia ecológica transportando tanques de agua por más de 100 kilómetros para intentar saciar la sed de la fauna del lado mexicano, cuyas fuentes naturales quedaron, irremediablemente, del otro lado del muro. La medida desesperada es como intentar apagar un incendio con un gotero.
Hoy, esos jabalíes, venados, pumas y osos deambulan por uno de los puntos más calientes del planeta en busca de un resquicio en la gran pared de acero que les permita acceder al agua antes de que sea demasiado tarde. Se hace urgente determinar pasos de fauna y puntos donde los medios electrónicos de seguridad en la frontera permitan el cumplimiento de las regulaciones impuestas por los Estados Unidos, sin bloquear los caminos esenciales para la supervivencia de la biodiversidad de la zona. (Iván Carrillo, El Universal, Opinión, p. A14)
Pocas cosas me parecen más estériles y ociosas que las efemérides y los días mundiales de (puede ser desde la risa, pasando por un árbol hasta algo intrascendente). Aunque en el caso de la trata de personas sí vale la pena hacer una pausa para visibilizar uno de los más graves problemas que enfrenta la humanidad.
De acuerdo con Naciones Unidas, la trata de personas es la captación, traslado, acogida o recepción de personas con amenazas, engaños o falsas promesas para fines de explotación sexual, laboral, esclavitud, trabajo forzado, mendicidad y extracción de órganos.
La trata de personas es el segundo acto ilícito más lucrativo a nivel internacional, sólo por detrás del tráfico de drogas, aunque no cuenta con la misma difusión mediática ni interés de los gobiernos por combatirlo.
Este “negocio” genera ganancias de más de 32 millones de dólares (mdd) anuales, de acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Se calcula que, al año, de un millón a dos millones de personas son traficadas con fines de explotación. Las cifras son millonarias, por cada persona, el traficante puede obtener de cuatro mil a 50 mil dólares (dependiendo del origen y destino de la víctima).
Más de la mitad de las personas traficadas son utilizadas en la prostitución, la pornografía infantil y la esclavitud sexual. El otro 50% sufre trabajo forzado, mendicidad o es obligado a realizar actividades delictivas.
Las organizaciones internacionales ejemplifican diversos tipos de trata de personas en Latinoamérica para comprender los alcances de este crimen. Por ejemplo, en Bolivia, un traficante de menores obtiene 30 mil dólares por niño secuestrado; en Guatemala, más de 23 mil menores víctimas de trata fueron dados en adopciones ilegales durante la última década; en Brasil, medio millón de niñas y adolescentes traficadas se dedican a la prostitución, o Colombia, donde más de 14 mil niños son reclutados como carne de cañón por paramilitares o grupos armados.
¿Y México?
La situación en México es vergonzosa y las acciones para prevenir y erradicar este delito son insuficientes. A siete de cada diez mujeres traficadas las utilizan en comercio sexual. Se calcula que más de 80% de las mujeres y niñas que ejercen la prostitución son producto de la trata de personas. Una realidad a la que nadie se compromete a erradicar, a pesar de estar frente a nuestras narices. Seguramente la red de complicidades y los moches que reciben las autoridades hacen que sea una realidad invisible y, ahí, frente a todos y a plena luz del día, vemos a cientos de niñas y adolescentes ofreciendo servicios sexuales.
Otros son los miles de niños y niñas que desaparecen cada año. De acuerdo con la asociación Reinserta, en México, más de 20 mil menores de edad son víctimas de trata al año. Una cifra explicable al saber que nuestro país es el primer productor mundial de pornografía infantil y uno de los principales destinos de prostitución de menores de edad.
Ni mencionar el tráfico de migrantes en México, que genera ganancias mínimas de 615 mdd anuales.
¿Por qué nadie hace nada? ¿Son tantos los beneficiados?
POST SCRÍPTUM
Resultan tiernas las políticas de Argentina, Brasil y Bolivia de implementar el yuan chino para el comercio exterior. ¿Fantaseando con desdolarizar la economía? Ahí tenemos los ejemplos del euro y las criptomonedas, por mencionar algunos. (Kimberly Armengol, Excélsior, Global, p. 21)
Sandra Cuevas carga al erario sus posturas filofascistas, denuncia
El diario El País publicó ayer en primera plana una nota sobre la reunión de la alcaldesa en Cuauhtémoc, Sandra Cuevas, con grupos de la derecha radical de Estados Unidos, ultracatólicos y antiabortistas.
La señora Cuevas puede tener sus preferencias ideológicas, sólo que no fue a Estados Unidos en una excursión privada, sino en un viaje oficial con cargo al erario y como miembro de una comitiva que representa a un Estado laico que ha reconocido derechos a la mujeres sobre su cuerpo.
Por elemental tacto político ten[1]dría que haber solicitado la venia para ese encuentro a la secretaria de Relaciones Exteriores, Alicia Bárcena, además de informar de esa cica al embajador Esteban Moctezuma y a todos los integran[1]tes de la comitiva mexicana que viajó a Washington.
Apenas es necesario añadir que la extrema derecha estadunidense sostiene hace muchos años una guerra sin cuartel contra los mexicanos, migrantes y residentes.
El ejemplo más reciente de ese odio racista es el “muro flotante” hecho de boyas y púas que ordenó instalar en el río Bravo el gobernador de Texas, Greg Abbott. Sandra Cuevas mostró semejantes posturas filofascistas al cerrar la plaza Giordano Bruno a los migrantes que cruzan por México en busca del sueño americano. (Arturo Acuña Borbolla, La Jornada, Editorial, p. 2)
Sólo sueños
El verdadero sueño americano sería que en vez de boyas con alambres de púas hubiera letreros de Welcome para los migrantes… pero los sueños eso son. (Benjamín Cortés V, La Jornada, Editorial, p. 2)
El Brindis
