Frase de consuelo o de resistencia, de esperanza sumisa o resiliencia. En 10 meses de tormenta y vendaval, los árboles y los hombres resisten, no se quiebran, pero la están pasando mal. Trump no es eterno, dicen unos migrantes, esperanzados de que el tiempo avance rápido y se vuelva a la normalidad.
Ciertamente, es un hombre mortal, como todos, pero que ya la Parca lo acecha, el mal de ojo aguarda, el vudú de los haitianos comegatos (según Trump) espera pacientemente hacer su trabajo, pero hasta el momento no le entran balas.
Este segundo mandato ha sido totalmente impredecible y apuesta a lo grande. Se deleitó poniendo en jaque a Panamá, a Groenlandia y Canadá, a la que pretendía convertir en un estado más.
Canadá, aliado natural e histórico de Estados Unidos, ha tenido que despertar del letargo y reaccionar ante tales pretensiones atrabiliarias. Y si de anexiones y expansionismo se trata, ya podía haber dicho algo sobre Puerto Rico, “Estado libre asociado”, al que obviamente no quiere anexionar, por la simple razón de que es mejor tenerlo sometido y como colonia.
Hay asuntos que le molestan a Trump y debe haber rumiado en sus noches de insomnio, que el Golfo de México se llamara así y había que cambiarle el nombre a Golfo de América. Otra de sus molestias y cavilaciones fue con los popotes, propuesta de los ecologistas que le habían ganado la partida al plástico, y por eso firmó una orden ejecutiva, para revertir la ley. Igualmente por las regaderas, que racionaban el consumo de agua; para eso también firmó otra orden, su pelo requería de un buen lavado y de mucha agua.
Son ganancias pírricas, que van de la mano de otras de gran calado y contravienen la Constitución, como la orden ejecutiva, que todavía está frenada en las cortes, de suprimir el derecho de suelo o de nacimiento (jus soli). Lo tiene atragantado que unos humildes migrantes tengan hijos, que son automáticamente ciudadanos, por el solo hecho de nacer en esa tierra. Se trata de una enmienda a la Constitución que tiene que ver, precisamente, con los esclavos y sus hijos, que no eran ciudadanos. Eso ya no se puede revertir, pero suprimir el derecho de suelo para los hijos de indocumentados es posible, pero tiene un evidente regusto racista, que todavía no ha podido degustar por completo.
Los republicanos han propalado el bulo de que los migrantes utilizan los hospitales y que por eso hay problemas en los servicios de salud. Es verdad que en caso de enfermedad o accidente pueden ser atendidos y, por lo general, no pueden pagar la cuenta, pero eso está regulado en los hospitales públicos, que atienden a mucha gente que no tiene seguro.
No obstante, 95 por ciento de los migrantes indocumentados pagan impuestos y la seguridad social, a la que no tienen derecho y de la que no devengan ningún beneficio. Se estima que la deuda de la seguridad social con los migrantes asciende a más de un trillón de dólares. En cierto sentido, son los migrantes los que financian la seguridad social de los estadunidenses. Ya sería el colmo que en caso de accidente o enfermedad no los pudieran atender.
Donald es un narcisista de gran calado: le gusta lo grande, apuesta siempre a cifras o condiciones imposibles. Es muy rico, pero aparenta tener mucho más, por eso ha tenido problemas con el fisco. Sus delirios de grandeza no se satisfacen con haber llegado a la presidencia del país más poderoso del mundo.
Le molesta que la Casa Blanca sea un edificio modesto; ciertamente no es un palacio, es un edifico de estilo sureño, una casa grande, como su nombre lo indica. Lo más relevante es la Oficina Oval, que le queda chica y no tenía una decoración adecuada a sus gustos, que incluyen muchos ribetes dorados. Ciertamente le hubiera gustado algo así como el Palacio de Versalles y tener, finalmente, un mausoleo como el Taj Mahal. Pero la realidad es otra.
Por eso está construyendo un ballroom, un salón digno y grande, donde pueda celebrar eventos e invitar a grandes personalidades. Dicen que tendrá una capacidad para atender, en sus mesas, a unas mil personas. Los primeros que van a asistir a la inauguración serán los magnates y los donantes millonarios que lo apoyaron.
Había dos propuestas para el salón, una más grande que la otra, y obviamente fue elegida la primera, aunque se tuviera que afectar el ala este de la Casa Blanca, con el escándalo de los proteccionistas y defensores del edificio. En realidad, Estados Unidos era una colonia, incluso el edificio de la independencia, en Filadelfia, es bastante modesto; su valor es histórico y simbólico, como la Casa Blanca, algo que no entiende el señor Trump.
El impacto de Trump, de sus políticas e impromptus va más allá de lo especulado. Afecta múltiples y diferentes niveles, a su propio país, al nuestro y al mundo entero.
Ciertamente, Trump no es eterno, pero cómo jode. (Jorge Durand, La Jornada, Opinión, p. 14)
La política de Trump con México se resume en la frase del “palo y la zanahoria”: el uso intensivo de métodos de control con los cuales alinear al socio a sus intereses geoeconómicos y sacar ventaja para sus empresas, roturado con la promesa de recompensar con un trato preferencial dentro de la renegociación del T-MEC en su agresiva ofensiva proteccionista en el mundo. Es decir, la vieja fórmula de golpear el lomo con el garrote para eliminar barreras no arancelarias (regulaciones) que obstaculicen su proyecto de reindustrialización y guerra comercial contra China. Pero con el compromiso de reducir el castigo si lo hace bien o amenazas de consecuencias negativas y hasta humillantes si no lo hace, como imponer sus designios en la cruzada contra las drogas o criminalizar la migración, y hasta riesgos de complicidad en ejecuciones extrajudiciales en el Caribe con la excusa de atacar a los cárteles.
Y, luego, la zanahoria de concesiones de tiempo para que México cumpla con sus exigencias de cambios en la política comercial y evitar así aranceles adicionales, que, si no, habrían entrado en vigor este fin de semana; aunque siguen todos los anteriores de 25% a los productos fuera del T-MEC, el durísimo al acero y aluminio, y uno nuevo a camiones de carga. Al tiempo que Trump se dice satisfecho por la pausa que dio para negociar su pliego petitorio del desarme de regulaciones y normas mexicanas que no favorezcan a sus empresas, protejan a sus inversionistas de industrias farmacéuticas o tecnológicas. Su objetivo es que México realinee puertas y ventanas a sus necesidades para colonizar y dominar su mercado. México y EU son los mayores socios entre sí, pero el azote de presiones no corresponde a una colaboración que pretenda objetivos mutuos; menos con métodos que se quieren atribuir a formas de negociar pragmáticas y corporativas de un empresario decidido a transgredir leyes internacionales y soberanías nacionales si así conviene al “América Primero”; pero no es sólo él, también otros republicanos, Marco Rubio o Vance, listos para sucederlo.
La dinámica de su poder es agotadora e incierta por la política de acoso y derribo, en nuestro caso de 54 barreras que eufemísticamente llama no arancelarias, pero que son regulaciones, incluso constitucionales, sobre inversiones que lleguen a México: estándares farmacéuticos, apertura energética, restricciones fiscales o encarecer importaciones chinas. Para China es “coerción” pura y dura para obligar a México a servir de instrumento geopolítico en las cadenas industriales estadunidenses, mientras algunos sectores de la IP mexicana creen que su eliminación beneficiaría al país. En cualquier caso, la dinámica es infernal: la estrategia para mover al “burro” –como nos caricaturizan canales trumpistas en viñetas contra los demócratas– es alternar algo bueno, como pausar nuevos aranceles con que se amenaza hace 90 días, aunque sin saber por cuánto tiempo; algo malo es que permanece intacta la batería que aplicó desde junio pasado. También sería bueno un nuevo acuerdo de seguridad, migración y comercio, para devolver la certidumbre a la economía; pero es malo que persista la incertidumbre sobre su fecha y alcance o si implicará o no retirar aranceles vigentes para llegar con la mesa limpia a la renegociación del T-MEC.
Por su parte, el gobierno mexicano no ha informado del avance de acuerdos para desmantelar dichas barreras, cuya lista no es pública. Pero la presidenta Sheinbaum celebra la nueva pausa arancelaria para resolver asuntos pendientes con EU, aunque su gobierno resienta el garrote cuando lo descargan para pegarle políticamente con la cancelación de 13 rutas del AIFA hacia EU, generar desventajas a empresas mexicanas y golpear el crecimiento. “No somos piñata de nadie, a México se le respeta”, dice para retomar el discurso defensa soberanista que asoma cuando arrecia la presión y se aleja la zanahoria. Con esa política es difícil asegurar si vamos bien en la reconformación geoeconómica de la relación con EU, como se ufana en decir siempre que desactiva otro amago de castigo en llamadas telefónicas con Trump. Pero lo que es evidente es que el gobierno de EU aprieta tuercas en su consulta interna al T-MEC, para determinar el impacto de derruir las barreras que reclama a México dentro del nuevo expansionismo de sus inversiones y comercio. (José Buendía Hegewisch, Excélsior, Nacional, p. 14)
Incluyen desplazamientos en Encuesta Intercensal 2025
Desde el 1 de octubre, brigadistas del Inegi se volcaron a todas las comunidades del país para levantar la Encuesta Intercensal 2025, programada para concluir este noviembre. Con este ejercicio se busca saber cuántos somos, dónde vivimos, cómo vivimos, niveles educativos, cuántas viviendas hay y cómo son nuestros hogares. Pero los encuestadores del Inegi agregaron dos temas al cuestionario que han llamado la atención: si ha habido algún desplazamiento forzado de los hogares, ya sea por violencia criminal o agresiones intrafamiliares, y si para ayudar a la economía familiar están rentando un cuarto o un espacio de la vivienda a migrantes. (Bajo Reserva, El Universal, La Dos, p. 2)