El reto decisivo que enfrentan las naciones poderosas radica en “alinear sus potencialmente infinitas aspiraciones con inevitablemente limitadas capacidades”. Aunque se refiere primordialmente a aspectos militares, así es como el historiador John Lewis Gaddis explica la relación entre fortalezas y debilidades que enfrenta Estados Unidos. Efectivamente, cuando uno observa a nuestro vecino del norte, resultan evidentes sus extraordinarias fortalezas y capacidad de adaptación, pero también son igualmente visibles sus extrañas y en ocasiones inexplicables debilidades.
Las fortalezas de EU son visibles a todas luces, comenzando por la estructura institucional que le caracteriza y sobre la cual se sustenta todo lo demás. Las disquisiciones históricas sobre las fortalezas y debilidades de las potencias de antaño, sobre todo Grecia y Roma, que caracterizaron a los padres fundadores para la redacción de su Constitución hicieron que la estructura institucional que construyeron contemplara los riesgos, vicisitudes y proclividades humanas para limitar la capacidad de abuso. No es que lo decidido a fines del siglo XVIII haya sido perfecto e infalible, pero tampoco hay duda que de ahí se deriva la mayor fortaleza que caracteriza a ese país.
Por otra parte, a pesar de esas fortalezas, las carencias y propensión a eludir los problemas del momento resultan ser apabullantes y fuente de enormes debilidades. La incontinencia fiscal que les ha caracterizado en décadas recientes es una vulnerabilidad con enormes riesgos hacia el futuro. Su incapacidad para lidiar con sus desafíos demográficos es otra debilidad que, en lugar de atenderse, se convierte en motivo de disputas ideológicas que, por definición, son inatendibles. Algo similar ocurre con la forma de encarar o, más bien, de no encarar las consecuencias inevitables del cambio tecnológico y el comercio internacional para las regiones industriales más antiguas.
El sistema político y electoral propicia la fragmentación y hace sumamente difícil resolver problemas que, en términos racionales, parecerían por demás evidentes y que, sin embargo, carecen de mecanismos adecuados de solución, por lo que acaban contribuyendo a polarizar las posturas partidistas más que a resolver los asuntos pendientes. El tema migratorio es uno de los que mayor conflicto generan. Estados Unidos enfrenta demanda de migrantes en los dos extremos de la escala de habilidades personales: por un lado, las empresas de alta tecnología requieren mano de obra altamente calificada a través de las visas conocidas como H-1B. El Congreso ha sido incapaz de legislar en esta materia, en tanto que el presidente Trump las hizo prohibitivas por su costo.
Por otro lado, la agroindustria, construcción y toda clase de servicios demandan mano de obra relativamente poco calificada para atender sus requerimientos. Como el Congreso es incapaz de responder a esa demanda, la migración ilegal ha sido la norma por décadas, creando una fuente de conflicto interminable. Ahí se confronta una solución práctica (dejar pasar migrantes considerados no peligrosos) con criterios ideológicos sobre la composición étnica del país. La paradoja es que, al no legislarse, el mercado acaba definiendo quién entra y quién no, derrotando los criterios ideológicos, pero elevando la disputa a niveles estratosféricos. Un problema práctico acaba definiendo el campo de batalla ideológico donde una solución resulta imposible.
En el corazón de la confrontación entre las infinitas aspiraciones y las inevitables limitaciones de que hablaba Gaddis se encuentran tanto las enormes fortalezas de esa nación como las vicisitudes de sus procesos políticos descentralizados y profundamente democráticos. Este encuentro entre fortalezas y debilidades se puede observar en contraste con el resto del mundo en estas épocas en que todas las naciones han tenido que enfrentar retos similares —como el cambio tecnológico— pero cada una lo encara (o no) de manera distinta, respondiendo a las características y circunstancias particulares de cada país.
El reciente conflicto con Irán ilustra los dos lados de la moneda. Por un lado, las fortalezas de la economía americana, su independencia energética y su estructura constitucional crearon la paradoja de que, a pesar de ser uno de los estados en la disputa, el dólar se fortaleció. Es decir, las fortalezas inherentes a esa nación han permitido aventuras y excesos, a un costo relativamente bajo. Los americanos deberían preguntarse qué tanto más fuertes podrían ser de ser capaces de resolver las carencias y limitaciones que les caracterizan en otros ámbitos.
Por lo que toca a México, navegar las aguas norteamericanas es siempre complejo precisamente por la descentralización que les caracteriza, aun en tiempos de gobiernos fuertes. Pero, como hemos podido experimentar en las pasadas décadas, la fortaleza intrínseca de su economía constituye una fuente extraordinaria de oportunidades para nosotros. Lo paradójico es que nosotros, con un sistema político mucho más dado a decisiones trascendentes, tampoco hemos sido capaces de enfrentar y resolver nuestros propios obstáculos y limitaciones, todos autoimpuestos, para beneficiarnos mucho más de la relación económica en aras del desarrollo de México.
EU es una gran potencia fundamentada en una sólida estructura institucional pero que enfrenta debilidades crónicas.
El sistema político y electoral propicia la fragmentación y hace muy difícil resolver problemas que parecerían evidentes. (Luis Rubio, Reforma, Opinión, p. 9)
No se extrañen. Díaz Ayuso se niega a escribir Méjico con X. En la defensa a ultranza de la Conquista y su rechazo a reconocer el genocidio, señaló: “llegamos los de la cruz y pusimos un nuevo orden. Y sobre todo, una forma de entender que la vida es sagrada y que había que civilizar y trasladarle al Nuevo Mundo una forma diferente de vivir.
Es de lo que estoy orgullosa y reivindicado siempre”. Y para rematar, la actual presidenta de la Comunidad de Madrid sentencia: “abusos, los que ya se cometían contra la propia población autóctona por parte de las poblaciones aztecas y mayas, que entendían los sacrificios como parte de los rituales”.
Su definición de México es simple. “Un narcoestado gobernado por una dictadora de ultraizquierda”. Ahora invitada por el PAN, en su viaje a México, el más largo de sus mandatos, 10 días, participará en un homenaje a Hernán Cortés. En Aguascalientes, recibirá la medalla de la Libertad y un reconocimiento por su defensa de la hispanidad, otorgado por el Congreso del Estado.
Asimismo, se reunirá con los cuatro gobernadores del PAN: Querétaro, Aguascalientes, Guanajuato y Chihuahua. ¿Será que María Eugenia Campos Galván le dará explicaciones a su amiga Ayuso para la intromisión de agentes de la CIA en su comunidad autónoma?
Para dar muestra de su prepotencia, no tendrá reunión alguna con el gobierno federal. En la Ciudad de México será recibida por la alcaldesa de Cuauhtémoc, Alessandra Rojo, a quien Díaz Ayuso condecoró recientemente en Madrid, aplaudiendo su decisión de retirar las estatuas de bronce con las figuras de dos “asesinos”, Fidel Castro y Ernesto Guevara.
La presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid vive de los excesos. Sus acciones como representante política del Partido Popular se caracterizan por estar sumidas en la controversia. Sus exabruptos la preceden. El insulto y no el debate de ideas la caracteriza. No tiene límites a la hora de descalificar a quienes desde la oposición se atreven a responder o cuestionar su política de privatizaciones, concesiones a empresas o falsedad en las cuentas.
Para todo tiene una misma coletilla: los ataques provienen de comunistas, proetarras, cómplices de asesinos, bolivarianos y trasnochados bolcheviques. Con mayoría absoluta, hace y deshace. Sus decisiones están rodeadas de praxis corruptas, nepotismo y un elevado ego.
Su gestión está caracterizada por su despotismo. Durante la pandemia, su gobierno promulgó los conocidos protocolos de la vergüenza. Su objetivo, impedir la derivación a hospitales de los enfermos de las residencias de mayores con dificultades motrices o cognitivas. Una especie de eugenesia contemporánea a la luz del edadismo. El resultado fue la muerte premeditada de 7 mil 291 ancianos que carecieron de atención médica.
Pero hay más, en medio del covid-19, su hermano Tomás Díaz Ayuso hizo de intermediario en la venta de mascarillas FFP2 a la Comunidad de Madrid, por valor de un millón y medio de euros. Por dicha gestión, recibió una comisión de un cuarto de millón de euros. Conocida la maniobra, el entonces presidente del Partido Popular, Pablo Casado, declaró: “yo no permitiría que mi hermano cobrara 300 mil euros por un contrato decidido en un consejo de ministros presidido por mí (…) Más allá de que sea ilegal, la cuestión es si es entendible que el 1 de abril de 2020, cuando morían en España 700 personas, se pueda contratar con tu hermana y recibir 300 mil euros por vender mascarillas”.
No hubo caso: el hecho, no importa su cuantía, se consideró legal, descartándose el tráfico de influencias. La demostración de fuerza de Ayuso no se hizo esperar. Sus halcones y dirigentes desautorizaron las palabras de Pablo Casado, a quien le costó la dimisión. Ayuso sobrevive en medio de escándalos, para los cuales siempre tiene la misma respuesta. Quienes la critican son enemigos de España, feministas recalcitrantes, miembros de las comunidades LGBT+ o su coletilla preferida: “comunistas chavistas bolivarianos” ¡todo junto!
La Comunidad de Madrid se ha convertido en un ejemplo de lo absurdo. Se privatizan los hospitales a la par que se permite al grupo empresarial Quirón y Ribera Salud embolsarse 71 millones de euros, al no poder encontrar, dirá la Consejería de Sanidad, la documentación que demuestra dicha actividad clínica. Así lo revela la investigación de eldiario.es publicada el 11 de febrero de 2026 por la periodista Raquel Ejerique y Raúl Sánchez. Suma y sigue.
Sus planteamientos ideológicos la sitúan en las cavernas del catolicismo inquisidor. Contraria al aborto, y defensora de la familia tradicional, vive en pecado. Asume que los extranjeros sin papeles y menores no acompañados son delincuentes, asesinos y violadores. En su versión de mujer femenina, no reconoce la violencia de género. Partidaria de una educación privada, la Comunidad de Madrid posee 13 universidades, mientras deja morir a las universidades públicas, quitándoles presupuestos.
Se jacta de su pusilanimidad. Ante los estudiantes de la Universidad de los Andes en 2024, declara: “Cuando tenía 22 años (…) me fui con una amiga a Ecuador (…) llegué y dije ¡pero si hablamos el mismo idioma! (…) entonces me pareció fascinante”. Y hoy, en medio de la llamada prioridad nacional sobre discriminar el acceso de los inmigrantes a la sanidad, vivienda y educación, se despacha sin rubor: “entiendo que tengan que cotizar, que están trabajando y haciendo todo lo que hacemos el resto, pero si yo estoy en España y soy española, primero yo y despues el resto”. ¡¡Y viva Méjico, con J!! (Marcos Roitman Rosenmann, La Jornada, Opinión, p. 11)