Opinión Migración 030924

Misión Especial / Identidad y cultura mexicanas en Europa

Madrid. El presidente López Obrador engaña cuando dice que gracias a la raíz de las culturas prehispánicas del México profundo somos trabajadores, solidarios y honestos. Si bien dichas raíces nos dotan de una identidad propia y una gran riqueza cultural reconocida por los mexicanos orgullosos de ellas, no debería negarse que la identidad mexicana abreva y se inserta en el mundo occidental, resultado no sólo de los tres siglos de virreinato, sino de las migraciones provenientes de Europa en los siglos XIX y XX.

Esa identidad y cultura mexicanas, mestizas, que combina los mejores y, en ocasiones, los peores rasgos de las culturas prehispánica y española, además de migraciones e influencias que han caracterizado a esta nación plurilingüe y multicultural, se exhiben en tres capitales europeas.

En Roma, se puede visitar la muestra Tlapitzolli, ritos y sonidos del México antiguo. Incluye 163 artefactos musicales, algunos por primera vez en el extranjero, acompañados de grabaciones con los sonidos entrañables de la ocarina, el caracol, el huéhetl y el tlapitzolli, un instrumento de aliento.

En París, en el museo del Quai Branly-Jacques Chirac, está la gran exposición titulada Mexica, dones y dioses del Templo Mayor con los tesoros de dicho sitio, incluyendo la impresionante escultura de Mictlantecuhtli. La curaduría y la elaboración del catálogo estuvieron a cargo de Leonardo López Luján. El catálogo es maravilloso y así ha sido reconocido.

Ambas exposiciones son un tributo y un reconocimiento a esa raíz indígena que siempre hay que reconocer, honrar y preservar. ¡Ojalá se enseñara al menos una de las lenguas indígenas en todas las escuelas, según la región!

En Madrid, en el Museo de América, se puede apreciar la otra cara de nuestra identidad, la del Virreinato, durante el cual la Nueva España y su capital, la ciudad de México se convirtieron en uno de los polos más prósperos del mundo occidental y nodo central de la primera globalización, a través del Galeón del Pacífico y el comercio entre Asia y Europa vía México.

La exposición Miguel Cabrera, las reglas del arte de un pintor novohispano muestra 12 de los 15 cuadros sobre la Vida de la Virgen, ejecutados por el gran pintor del siglo XVIII, nacido en Oaxaca y asentado en la Ciudad de México. Todos ellos pertenecen al acervo del Museo de América. Hay 3 de ellos en paradero desconocido en colecciones privadas de México o EU.

La muestra incluye una hermosísima Virgen de Guadalupe pintada por el propio Cabrera o en su “obrador” (taller), así como el original del opúsculo que escribió sobre el análisis del ayate de Juan Diego titulado Maravilla Americana y conjunto de raras maravillas, publicado en 1756 por los jesuitas en el que ratifica su origen divino.

También cuatro óleos sobre el mestizaje, conocidos como “pinturas de castas”, de una belleza y detalle maravillosos que comentaré en mi próxima columna. (Martha Bárcena, El Heraldo de México, País, p.5 )

El camino desde el fascismo

Una vez que el fascismo está en el aire, no tiene sentido fomentar la xenofobia, como hacen los liberales cuando adoptan una agenda antiinmigrante, ni despotricar contra la austeridad, como hacen los izquierdistas. Ninguna de estas cuestiones es lo que realmente alimenta el extremismo de extrema derecha, lo cual es una buena noticia para los progresistas.

ATENAS. Los recientes disturbios en el Reino Unido demostraron, una vez más, la incapacidad de los liberales y la izquierda para hallar la manera de atraer a la clase trabajadora seducida por la extrema derecha. Una vez que el fascismo está en el aire, es inútil ceder ante los caprichos de la xenofobia –como los liberales cuando abrazan una agenda antiinmigratoria– o clamar contra la austeridad –como los izquierdistas–. Para lidiar con los alborotadores británicos y las turbas similares en toda Europa y Estados Unidos, los progresistas deben comprometerse primero a no abandonarlos.

Mi impactante introducción a la mentalidad fascista tuvo lugar tres décadas atrás, cuando Kapnias, un pastor envejecido, decidió educarme; sus retorcidas ideas, aunque repugnantes, siguen ofreciendo pistas para lugares como Inglaterra, Alemania Oriental y el centro de Estados Unidos.

Kapnias creció en la miseria, era un peón agrícola que trabajaba prácticamente en condiciones de servidumbre en una aldea del Peloponeso dominada por el patrón terrateniente, un patriarca liberal que, durante la ocupación nazi, trabajó para la inteligencia británica y cuya casa funcionó como nodo de la resistencia. Kapnias veía a los oficiales británicos que habían llegado en paracaídas entrar a la casa de la granja, a veces acompañados por partisanos comunistas, y se daba cuenta de que algo se avecinaba… algo de lo que habían excluido sin ceremonia alguna.

“Yo era un intocable”, me dijo Kapnias… “hasta que mi ángel blanco me tocó”, afirmó, mientras ponía orgullosamente en mi mano un volumen encuadernado en cuero y en muy malas condiciones: la edición de 1934 de Mi Lucha, que su instructor de la Gestapo, su “ángel blanco” le había dado como regalo de despedida durante las últimas etapas de la ocupación, y saboreando mi repugnancia, procedió a explicarme su odio contra los aliados.

“Su arrogancia, vanidad y orgullo desmedido llevaron a miríadas de ellos a la tumba”, dijo Kapnias. El odio lo impulsaba desde antes de alistarse en la unidad de colaboradores donde encontró a su “ángel blanco”.

Por supuesto, con una situación personal más favorable, tal vez no hubiese sucumbido al nazismo, pero la pobreza no explica por qué colaboró, cuando la mayoría de los muchachos de su aldea –que no estaban en mejor situación– se unieron a la resistencia. Cuando la marginación se combina con las privaciones, cierto tipo de personas cae de cabeza a un vacío moral, como Kapnias, se tornan susceptibles a la lógica perversa de una raza superior, cuyo momento ha llegado.

Cuando le hablé de cómo los nazis habían masacrado a su propio pueblo, Kapnias lo negaba, para él fueron los británicos, su jefe griego y los izquierdistas los responsables de la carnicería que tuvo lugar en la región (no escuché a nadie usar la palabra carnicería con tanto entusiasmo hasta que Donald Trump la lanzó en su discurso inaugural de 2017). Cuando lo empujé a hablar un poco más los cientos de personas que los nazis habían asesinado en un pueblo vecino, lo tomó como el pie para afirmar, eufórico:

“Los verdaderos hombres eliminan a quienes se interponen en su camino y así sobreviven, y si mueren, con su muerte aceptan que no son aptos para vivir. Mis ángeles blancos estaban por encima de Dios, a diferencia de los italianos, los británicos y nuestra propia turba, no dudaron en usar todos los medios. ¡Sin crispaciones! ¡Sin temor! ¡Sin pasión! ¡Sin amor! ¡Sin odio! Tendría que haberlos visto usted mismo, ¡eran magníficos!”.

Su rostro se iluminaba mientras hablaba, y el dolor que veía en mí ante cada una de sus palabras llenaba su corazón de placer. Tal vez, los británicos que se congregaron espontáneamente y participaron en los disturbios contra inmigrantes, los partidarios del partido alemán de derecha Alternative für Deutschland y los renacientes supremacistas blancos estadounidenses no se hagan oír tanto como los fascistas ni se expresen también como ellos, pero provienen del mismo espacio psíquico, y podemos extraer cuatro lecciones de su ejemplo.

En primer lugar, la violencia fascista es una herramienta de reclutamiento; su principal objetivo es indignarnos para que los denunciemos y exijamos que la policía actúe de manera violenta y largas sentencias en prisión. Así es como consiguen reclutas que, como Kapnias, se deleitan cuando su furia nos infecta.

En segundo lugar, los fascistas no defienden a la comunidad ni la construyen. Se llenan la boca con la ruina de las comunidades, pero lo más que se acercan a crearlas es generando disturbios y lanzando comentarios en redes sociales que evocan, pero, nunca satisfacen, la sed de comunidad de la gente.

En tercer lugar, aunque el fascismo crece en tierras de austeridad, los fascistas nunca claman contra ella. La austeridad no tiene cara, a diferencia de los judíos o musulmanes que buscan asilo, y el fascismo necesita caras hacia dónde concentrar el violento odio que lo impulsa.

En cuarto lugar, los inmigrantes son irrelevantes; como me enseñó Kapnias, los fascistas abrazan alegremente a los extranjeros y los consideran ángeles blancos, incluso a aquellos, como Elon Musk y Donald Trump, que alardean de la riqueza exorbitante que supuestamente condenan. Aún en ausencia de rostros morenos o recién llegados, los fascistas conjurarán a algún otro sobre quién centrar su odio.

Esas cuatro lecciones nos sugieren qué debemos evitar: en primer lugar, cuando los gobiernos y partidos adoptan agendas antiinmigratorias light, los fascistas huelen sangre en el agua y estalla su apetito por la crueldad. De manera similar, quienes tratan a los fascistas como víctimas de la austeridad, falta de educación o mala suerte sólo lograrán enojarlos más. Decirles que el antisemitismo o la islamofobia son el anticapitalismo de los tontos (aunque sea correcto) tampoco funciona.

Entonces, ¿qué hacer? La respuesta, sugiero, también nos llega desde Gran Bretaña, a través de la última película de Ken Loach, El viejo roble, escrita por Paul Laverty. Cuando un grupo de refugiados sirios es dejado en medio de un pueblo en ruinas del norte de Inglaterra, el dueño de un pub y un refugiado logran desactivar el choque entre los recién llegados y los desdichados locales, a quienes la desindustrialización y la austeridad han tornado susceptibles a la mentalidad fascista. Con el eslogan “quienes comen juntos permanecen juntos” crean un comedor comunitario donde la retórica fascista está prohibida, pero tampoco se arenga, degrada ni ataca a nadie.

La claridad moral de El viejo roble y su testimonio del poder de la solidaridad son una de las mejores guías contemporáneas sobre cómo evitar que las víctimas se ataquen unas a otras. Su mensaje es universal: el renaciente fascismo es evitable. (Yanis Varoufakis, El Economista, Finanzas Globales, p. 35)

Sabadazos

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(Chelo, El Universal, Opinión, A18)