Opinión Migración 031221

Estrictamente Personal / El Presidente no es de izquierda

En la parte cimera de su discurso al celebrar sus primeros tres años de gobierno, el presidente Andrés Manuel López Obrador se definió como un hombre de izquierda que defiende sin medias tintas su ideología. López Obrador se mueve en la geometría político-ideológica que toma el conflicto entre liberales y conservadores en la segunda parte del siglo 19 como combustible de su anatema contra quienes disienten de sus ideas y sueños. Se asume como un político de izquierda y así lo identifican en el mundo, pero la realidad, como siempre, es un poco más compleja.

Las generalizaciones abundan. La izquierda busca un cambio radical –como retóricamente propone López Obrador–, mientras que la derecha busca mantener las tradiciones –”los privilegios”, acusa–. La izquierda critica el capitalismo que explota a quienes menos tienen –lo que dice el Presidente de los “30 años de neoliberalismo”–, y la derecha, aunque también incluyen liberales, mantiene la fracasada teoría de Ronald Reagan de los 80 del trickle down economics, donde los beneficios para quienes más ganaban suponía que se desaparramaría en el resto de la población –algo que el miércoles López Obrador mandó al “carajo”, con razón–.

Analizado por sus palabras, López Obrador sí es un hombre de izquierda. En los hechos y decisiones, es un político de la derecha tradicional y conservadora. Hay cosas que no oculta y las presume. La más relevante, la estricta disciplina fiscal que mantiene la estabilidad macroeconómica con el objetivo de tener un desarrollo económico sostenido. En efecto, mantuvo la estabilidad macroeconómica y evitó endeudar al país, pero el crecimiento es negativo. O sea, su política fiscal de derecha fracasó.

No hubo violencia ni tensiones sociales generalizadas porque la gobernabilidad la mantuvieron las remesas desde Estados Unidos, que alcanzaron niveles históricos porque Donald Trump y Joe Biden hicieron lo que no hizo aquí López Obrador, estímulos fiscales para empresas y transferencias directas focalizadas para quienes menos dinero tenían para sobrevivir. Su disciplina fiscal ha sido aplaudida por gobiernos e instituciones que entran en su clasificación de “neoliberales”.

El Presidente dice trabajar por y para el pueblo, porque “por el bien de todos, primero los pobres”. Sin embargo, los más sacrificados en la primera mitad del sexenio fueron ellos. Entre 2018 y 2021, de acuerdo al Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, el número de mexicanos en situación de pobreza subió de 51.9 millones en el último año de Enrique Peña Nieto, a 55.7 millones. Sus programas sociales, evidentemente, no tuvieron el efecto esperado. Se puede argumentar que se debió a que cambió la política social que focalizaba las transferencias de recursos, para hacerlas universales. El resultado es una tragedia para los pobres.

Según la Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto en los Hogares 2018 y 2020, el número de hogares beneficiarios de un programa social en el decil 1, que es el más pobre, fue de 1.9 millones en el último año de Peña Nieto, mientras que el año pasado, alcanzó a 1.3 millones –600 mil hogares menos–. En el siguiente decil, llegaron programas a 1.5 millones de hogares en 2018, pero sólo a 1.2 en 2020. Si nos vamos al decil 10, quienes más ingreso tienen, el número de hogares beneficiarios en 2018 fueron 300 mil, mientras que en 2020, 800 mil. En el decil 9, los hogares que recibieron beneficios en 2018 fueron 500 mil, contra 800 mil que los tuvieron en 2020.

Si se analizan los montos trimestrales de los programas recibidos en cada hogar, el gobierno de Peña Nieto entregó más programas y más dinero a quienes menos tenían, y el de López Obrador le dio más programas y dinero a los que más tenían. Si uno observa los beneficiarios en la tabla de los 10 deciles, hay una línea descendente, de los más pobres a los más ricos, de beneficiarios de programas sociales en 2018, y una línea más o menos estable de beneficios en todos los deciles en 2020. López Obrador no pareció poner en práctica una política social eficiente, sino programas clientelares en todos los segmentos socioeconómicos.

Los datos derrumban su frase de “primero los pobres”. En los hechos, la política económica de un izquierdista busca la igualdad en el ingreso, pero no retórica, como hace López Obrador, sino mediante impuestos progresivos a quienes más tienen –que se niega a hacer–, y gasto en infraestructura –a la Secretaría de Comunicaciones le quitó 34.3% de su presupuesto para el próximo año, y la caída real en construcción de carreteras en lo que va del sexenio fue de 70.3%–. La política económica de un derechista es menos impuestos, gasto presupuestal reducido y un presupuesto balanceado. O sea, “austeridad republicana”.

Un izquierdista favorece la educación pública y gratuita, pero un derechista, no da presupuesto para que eso suceda. Un izquierdista quiere que Estados Unidos regularice millones de indocumentados, pero un derechista manda policías y militares a frenar la inmigración. Un derechista como López Obrador está en contra del aborto, y cuando fue jefe de Gobierno de la Ciudad de México ayudó a la Iglesia católica para que la izquierda no aprobara su despenalización. Dice que el feminismo fue un invento de los neoliberales, ignorando la lucha histórica por igualdad de género –por cierto, no habló ello el miércoles–. Lo mismo alega de las políticas ambientales, donde un izquierdista apuesta por las energías limpias, y no como él, que promueve las energías fósiles.

Un liberal, como también se llama hoy en día a un izquierdista, considera que se necesita al gobierno para proteger a los individuos, donde las leyes, el Poder Judicial y la policía son garantes de la vida y la libertad. Pero un autócrata, de derecha o de izquierda, no diseña un sistema que le permita al gobierno disponer del poder necesario para proteger la libertad individual, y prevenirlo que abuse de su poder. Eso, le estorba.

¿Es izquierdista López Obrador? Definitivamente no. Está muy lejos de serlo. (Raymundo Riva Palacio, El Financiero, Nacional, p.48)

Quédate en México: ecos trumpianos

El gobierno de México aceptó la petición de Estados Unidos para reimplementar el programa Quédate en México, creado por el ex presidente Donald Trump para obligar a los migrantes que solicitan asilo a Washington a permanecer en territorio mexicano hasta que se defina su trámite en las cortes estadunidenses. De acuerdo con el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos (DHS, por sus siglas en inglés), las autoridades mexicanas accedieron con el compromiso de sus contrapartes de atender diversas preocupaciones humanitarias, como concluir los procedimientos de asilo dentro de seis meses del retorno de una persona a México; oportunidades para los participantes de tener acceso seguro y poder comunicarse con representantes legales durante sus entrevistas y audiencias en la corte; procedimientos para mejorar los principios de no devolución, y un aumento en la cantidad y calidad de información que los migrantes inscritos reciben sobre el programa.

Oficialmente llamado Protocolos de Protección a Migrantes (MPP, por sus siglas en inglés), fue suspendido por el presidente Joe Biden desde los primeros días de su administración, y ahora se retoma, no por voluntad del gobernante demócrata, sino en acatamiento a una resolución judicial emitida en agosto pasado por un juez federal con sede en Texas, quien fue nominado a su actual cargo por Trump.

Resulta evidente que el regreso de esta política trumpiana no es deseable ni para los propios solicitantes de asilo ni para México, que ya se encuentra desbordado por las recientes oleadas migratorias y no cuenta con la capacidad financiera, logística ni administrativa para atender a las necesidades de las personas que buscan ingresar a territorio estadunidense. Sin embargo, está igualmente claro que ni puede librarse a los ciudadanos extranjeros a su suerte, ni habría sido comprensivo para con la administración Biden ponerle trabas en una circunstancia que no depende de ella, sino de la sentencia de un juez conservador y de las presiones de fiscales y gobernadores del mismo signo.

También debe considerarse que este gesto de cooperación tiene lugar en el marco de un entendimiento más amplio para redefinir la política conjunta de manejo y mitigación de los flujos migratorios, en particular los provenientes del llamado Triángulo Norte de Centroamérica. En este sentido, los encuentros bilaterales entre México y Washington han permitido avanzar en la configuración de propuestas para atender a estos flujos no de manera reactiva, sino a partir de sus causas, y la reunión AMLO-Biden del 18 de noviembre pasado incluyó el acuerdo de coinvertir para la implementación del programa Jóvenes Construyendo el Futuro en Honduras.

Con todo, la prórroga a Quédate en México ha de ser necesariamente transitoria y temporal, en tanto la Casa Blanca logra revertir en tribunales la resolución que la obliga a reactivar dicho programa, o bien, mientras se diseña una política integral que le quite su razón de ser a ésa y otras medidas que apuestan por frenar a las personas en movilidad sin voltear hacia los fenómenos que los empujan a salir de sus regiones de origen. (La Jornada, Editorial, p.2)

EN PRIVADO / La ausencia de Monreal

Retales 

¿ACUERDO? El gobierno de Estados Unidos anunció el restablecimiento del programa Quédate en México, iniciado por Donald Trump y continuado por Joe Biden, por el que, a cambio de nada que se sepa, decenas de miles de migrantes que pidan asilo a Washington permanecerán en México, con costo al erario nacional, sin que ese costo esté previsto en el Presupuesto de Egresos de 2022. Y pregunto; Si fue un convenio, como dicen aquí, ¿a cambio de qué fue? No lo han dicho; y*  (Joaquín López Dóriga, Milenio, Al Frente, p.3)

 La Esquina

 El regreso de la política de “quédate en México”; que dificulta el tránsito hacia Estados Unidos de los solicitantes de asilo que huyen de la violencia en América Central, es muestra de dos cosas; una es la incapacidad de Eu para adoptar una política migratoria más humana; la otra es la dificultad de México para establecer lineamientos propios, por las presiones del vecino del norte. (La Crónica de Hoy, P.p.)

 Pepe Grillo

 Se despertó brava

A Tatiana Clouthier le molestó que el Senado de Estados Unidos proyecte dar incentivos a la producción de autos eléctricos en ese país.

La secretaria de Economía aseguró que se trata de una violación del T-MEC y que México, oiga usted, está pensando en represalias.

¿Habrá logrado asustar a los legisladores norteamericanos con sus amenazas? De entrada, no parece.

Para darles dónde más les duele, Tatiana dijo que si los senadores siguen adelante podrá haber un aumento en la migración hacia Estados Unidos.

Para dejar claro que estaba furiosa, Tatiana rubricó diciendo: “no se vale que estemos jugando a que somos socios solo cuando les conviene”. Lo dicho, se despertó brava.

Hoyo en uno

Tanto para regresar al programa “Quédate en México”, una de las ocurrencias malévolas de Donald Trump, que así gana otra batalla desde su retiro dorado en Palm Beach.

A Joe Biden y López Obrador no se les ocurrió algo mejor para tratar el tema de los migrantes que piden asilo en Estados Unidos. Mientras esperan respuesta, que en ocasiones no llega nunca, se tienen que quedar en las ciudades fronterizas mexicanas, generando inseguridad e inestabilidad.

Es un plan cruel para los migrantes y abusivo para México. No terminan de entenderse las razones de aceptarlo, sin recibir ayuda sustantiva del gobierno norteamericano.

Hay que acondicionar albergues, alimentar, proteger, aliviar, a miles de personas que llegan a la frontera con EU en completo estado de indefensión.

Desde algún campo de golf, el republicano Donald Trump podrá presumir que logró un hoyo en uno. (La Crónica de Hoy, Nacional, p.9)

Río Bravo / Quédate en México

Vuelve el programa Migrant Protection Program (MPP), como le llamó el Gobierno del Presidente Trump. Programa de Protección al Migrante, aunque sea todo lo contrario. También se le conoce como Quédate en México, un nombre que lo describe mejor.

Los gobiernos de Joe Biden y de Andrés Manuel López Obrador llegaron a un acuerdo para reactivar este mecanismo que obliga a los migrantes que solicitan asilo en Estados Unidos a esperar a que se resuelva su caso al otro lado de la frontera.

Durante el mandato de Trump, el Presidente Andrés Manuel López Obrador accedió a aplicar este plan. Biden lo canceló y eso significó una decisión simbólica para terminar con la política migratoria de mano dura del magnate republicano. Con el fin del Quédate en México, Biden ampliaba aún más la brecha entre su Administración y la de su antecesor. Pero una orden judicial lo obliga ahora a retomar el programa.

La reactivación, desde luego, no es unilateral. México juega un papel fundamental: los solicitantes de asilo no se quedan en Estados Unidos, esperan a que sus procesos se resuelvan en territorio mexicano. Por eso ha sido necesaria una negociación que, de acuerdo con el gobierno mexicano, suavizó la medida.

Entre otras cosas, habrá más recursos para albergues y medidas contra el covid 19. A todos se les ofrecerá la vacuna, aunque no será obligatoria. Además, el Departamento de Seguridad Nacional, en Estados Unidos, informó que el acuerdo incluye un compromiso de que los procedimientos migratorios terminen en un plazo máximo de seis meses. El reajuste contempla también una mejor comunicación de los solicitantes de asilo con abogados y establece excepciones para personas particularmente vulnerables.

Es verdad que, al menos en el papel, la nueva versión del Quédate en México luce mejor. Pero es previsible que las localidades fronterizas de México se convertirán, como ocurrió antes, en cuellos de botella, un limbo para miles de personas varadas a la espera de que se resuelva su situación.

En medio siempre quedan los migrantes. Escapan de la pobreza y de la violencia, pero nadie los protoege. No votan en México ni en Estados Unidos, así que ningún político se interesa por ellos. No dejan remesas en México, así que el Gobierno no invierte en protegerlos. No son un grupo de presión, así que la prensa publica sus historias de manera esporádica y anecdótica. No dejan limosna, así que muy pocos en la iglesia se ocupan de ellos. Están, puesto claro, a su suerte y al desnudo. (Julio Vaqueiro, La Razón, México, p.10)

Astillero 

Quédate en el patio trasero // México acepta plan de Estados Unidos // Espino deja cargo federal // Claudia, giras con López Obrador

Bajo un disfraz de concesiones humanitarias a migrantes que han solicitado asilo en Estados Unidos, el gobierno de México, con la cancillería como responsable operativo, ha aceptado el regreso de la trumpista reformulación de nuestro país como auténtico patio trasero al cual enviar a esos solicitantes en tanto el aparato imperial decide si les concede la gracia del asilo o no.

El programa, denominado Protocolos de Protección a Migrantes (MPP, conforme a sus siglas en inglés), fue implantado en 2019 por el tóxico agente naranja que habitaba la Casa Blanca. Joe Biden decidió cancelarlo, como una de sus primeras decisiones fuertes, en enero del año en curso, hasta que un juez radicado en Texas ordenó la reinstalación. El zigzagueante Biden pidió tiempo para negociar con México la aceptación del desconsiderado propósito: en lugar de que Estados Unidos cargue con la responsabilidad de la estancia en su propio territorio de solicitantes de asilo, los enviará a México para que acá esperen el tiempo que tarde la resolución judicial correspondiente. Hágase la voluntad de los gringos en el patio de descarga del vecino frágil.

Depositar a esos solicitantes de asilo en México, en particular en las zonas fronterizas norteñas, los coloca en una situación de extremo riesgo, sobre todo en relación con los cárteles del crimen organizado. Solicitar a Estados Unidos dinero para medio atender a esos migrantes en suelo mexicano, es una acción lamentable, por no usar palabras de mayor calibre. (Julio Hernández López, La Jornada, Política, p.8)

Acuerdo regional sobre migración

Vivimos en una era de movilidad humana. Aunque muchas personas no pueden ni desean moverse de donde están, para los que sí quieren hacerlo o tienen que hacerlo por las circunstancias en que viven, hay más posibilidades de migrar que en otros periodos de la historia, gracias en parte a mejoras en infraestructura y tecnología.

En las Américas se está experimentando un periodo de migración dentro de los países de la región nunca antes visto, que ha incluido migraciones planeadas por vías legales entre muchos países, pero también movimientos repentinos por vías irregulares. En un momento en que todos los países del hemisferio están enfrentando migraciones notables, mucho más que en el pasado, hay que empezar a pensar si vale la pena tener un acuerdo hemisférico sobre migración que trace algunas líneas de acción a considerar. De ser así, pondría cinco que se me hacen fundamentales.

Primero, es vital crear sistemas de protección internacional para las personas que tienen que abandonar sus países de origen por motivos de violencia o el colapso del orden. El refugio sigue siendo el ancla del sistema de protección, y México ha recibido más de 130 mil solicitudes de refugio hasta ahora este año. Pero países en la región también han experimentado con otras formas de protección, incluyendo visas humanitarias para poblaciones migrantes vulnerables en México y las medidas de protección temporal en Colombia, Ecuador, Perú, Costa Rica y otros países.

Segundo, es de suma importancia generar opciones de migración legal que pueden ser alternativas a la migración irregular. México hizo esto con Guatemala hace unos años cuando creó una categoría de visa para guatemaltecos que trabajan en México durante periodos del año. Estados Unidos hizo lo mismo con los mexicanos que desean trabajar por periodos cortos en Estados Unidos, con tres o cuatro distintas categorías de visas. Y hay otros tipos de migración legal, incluyendo visas para la reunificación familiar, la educación y el trabajo permanente que operan en el hemisferio. Expandiendo estas opciones, aunque sea un poco, tendría un efecto importante en regular los flujos migratorios y darles un cauce legal.

Tercero, habría que pensar cómo se coordinan los gobiernos para que los retornos a países de origen se realicen respetando la dignidad de las personas y buscando su reintegración a sus países de origen. También hace falta más claridad de si las personas que han vivido largos periodos en un país como residente legal pueden regresar a su punto de partida en vez de ser regresado a su país natal, algo sumamente importante cuando se trate de ciudadanos de Haití, Venezuela, Nicaragua y otros países en crisis.

Cuarto, hay que ir fortaleciendo las agencias a cargo de la migración para que tengan capacidad de gestión y para que operen con transparencia. Además, habría que fortalecer las instancias de coordinación entre los países en temas migratorios y poner el tema en la agenda de las reuniones hemisféricas, como la Cumbre de las Américas.

Quinto y último, hay que generar mayor corresponsabilidad entre los países del hemisferio para invertir en el desarrollo en los países de mucha emigración y de apoyar la integración de los migrantes en países de acogida. México, igual que Colombia, Costa Rica y Perú, entre otros, se está volviendo un país de destino de muchos migrantes de diversos países —sobre todo los de Centroamérica, Haití, Cuba y Venezuela— y habría que ver cómo los otros países pueden coadyuvar a que las comunidades receptoras de migrantes puedan prosperar en el hemisferio.

Ninguno de estos desafíos es fácil, pero en todos se puede avanzar para manejar la migración de una forma más digna, predecible y regular. (El Universal, Andrew Selee, opinión, p.12)

Bitácora del director / Perico

David Alfaro Siqueiros contaba que, durante uno de sus seis periodos en la cárcel, un preso humilde se le acercó para preguntar qué hacía ahí. “¿En qué problema se metió o lo metieron?”, quiso saber.

El artista le respondió que él era preso político, que lo habían encarcelado por sus ideas, por querer una vida mejor para el pueblo, por estar en contra de las injusticias, por ser comunista y luchar por la instauración de un régimen donde no hubiera pobreza ni desigualdades sociales.

Su interlocutor se quedó pensando y de pronto le dijo: “Mire, licenciado, la solución es muy sencilla. Veo que usted habla muy bien. Una vez que salga de aquí, eche perico. Sólo perico, nada más. Perico por aquí, perico por allá. Así, usted va a llegar a ser regidor, luego presidente municipal, después diputado, luego senador. Siga echando perico y lo harán gobernador y después, ministro. Y ya que llegue a ser Presidente de la República, y una vez que usted se amachine en el poder y controle a todo el mundo con su perico, les dice a todos: ‘Ora sí, puro comunismo’. ¿Cómo la ve, mi estimado?”.

Me acordé de esa anécdota al escuchar la recomendación que hizo el presidente Andrés Manuel López Obrador en su discurso por el tercer aniversario de su toma de posesión.

El miércoles, en el Zócalo, dijo a quien lo quisiera escuchar, que había que evitar las medias tintas, no desdibujarse ni zigzaguear en las posiciones políticas, pues, a su juicio, nada se logra con eso.

“Los publicistas del periodo neoliberal, además de la risa fingida, el peinado engominado y la falsedad en la imagen, siempre recomiendan a los candidatos y gobernantes correrse al centro; es decir, quedar bien con todos”, criticó.

“El noble oficio de la política exige autenticidad y definiciones”, agregó. “Ser de izquierda es anclarnos en nuestros ideales y principios, no desdibujarnos, no zigzaguear”.

Las recomendaciones del Presidente van en contrasentido de lo que él hizo para alcanzar el cargo en las elecciones de hace tres años: abandonar el radicalismo que dejó ver en sus campañas de 2006 y 2012 y correrse al centro político.

En ese empeño, se rodeó de personajes públicos surgidos del empresariado y la derecha; juró apego a instituciones neoliberales como el Banco de México y prometió mantener la disciplina fiscal.

Todavía, en el primer discurso después de su triunfo electoral, aseguró: “El Estado dejará de ser un comité al servicio de una minoría y representará a todos los mexicanos: a ricos y pobres; a pobladores del campo y de la ciudad; a migrantes, a creyentes y no creyentes, a seres humanos de todas las corrientes de pensamiento y de todas las preferencias sexuales”.

Tres años después de ese mensaje, llamó a “anclarnos en nuestros ideales y principios” y no tratar de quedar bien con todos, pues “si somos auténticos, si hablamos con la verdad y nos pronunciamos por los pobres y por la justicia, mantendremos identidad y ello puede significar simpatía, no sólo de los de abajo, sino también de la gente lúcida y humana de clase media y alta, y con eso basta para enfrentar a las fuerzas conservadoras, a los reaccionarios”.

En un país donde, de acuerdo con diferentes encuestas, al menos una quinta parte de los ciudadanos se ubica a sí misma en el centro político, una aplicación estricta de la nueva fórmula de López Obrador podría condenar al candidato o candidata a sucederlo a prescindir del apoyo de un sector del electorado que fue clave para que el hoy Presidente ganara las elecciones en 2018.

Si el tabasqueño hubiera apostado entonces únicamente por satisfacer a los electores que se identifican con las ideas de izquierda, probablemente no habría superado los porcentajes de votos que obtuvo en sus dos primeras campañas presidenciales.

¿Cómo debe entenderse su llamado a atrincherarse ideológicamente? ¿Como una forma más de apoyar las aspiraciones de Claudia Sheinbaum, la precandidata que se ubica más a la izquierda entre quienes buscan sucederlo?

¿Cómo explicar que el Presidente abjure de posiciones que lo ayudaron a ganar en las urnas? ¿Acaso echaba perico, sólo para alcanzar el poder? (Pascal Beltrán del Río, Excélsior, Nacional, p.2)

Cartón

Una cuestión humanitaria

cartón 1

(De la Torre, Excélsior, Nacional, p.14)

 Cartón

Transformación Humanitaria

cartón 2

(Perujo, El Economista, Foro, p.47)