Opinión Migración 040123

Desde afuera // Migración, símbolo de polarización

Hablar de la polarización política en Estados Unidos parece un lugar común, sobre todo a partir de los años de Donald Trump,  aunque la verdad sea dicha esa división es de hecho parte integral del sistema de ese país, aunque raras ocasiones con la intensidad actual.

Pocas veces, sin embargo, la situación es tan clara como se refleja en encuestas recientes. Una, hecha por la empresa republicana Rasmussen, hizo ver que casi 40 por ciento de los estadounidenses considera que su mayor rival político es el principal enemigo de Estados Unidos.

Para ser más precisos, 22 por ciento de los entrevistados definió a los demócratas como adversarios de la patria, en tanto que 17 por ciento se refirió así a los republicanos.

En comparación, 25 por ciento mencionó a China y 20 por ciento a Rusia.

Paralelamente, de acuerdo con la encuestadora Gallup, 68 por ciento de los republicanos se dijo “muy preocupado” por la inmigración de personas sin documentos, pero sólo 18 por ciento de los demócratas expresó un grado similar de interés.

En términos reales, según la encuesta, prácticamente 9 de cada 10 republicanos se dice preocupado en alguna medida por la llegada de peticionarios de asilo. Sólo cinco por ciento de los republicanos se dijo despreocupado, en tanto que 40 por ciento de los demócratas indicó que no tenía problemas.

Otra encuesta, hecha por la agencia Associated Press y la Universidad de Chicago, anotó a su vez que  “más republicanos que demócratas mencionan la inflación, los precios de la gasolina y los alimentos, la energía y la inmigración, mientras que los demócratas se centran en la atención médica, el cambio climático, la pobreza, el racismo, el aborto y los derechos de las mujeres”.

Las implicaciones son enormes. Puntos de vista tan contrarios o disímbolos difícilmente hallan un equilibrio, y menos cuando hay líderes o grupos interesados en usar la polarización en beneficio propio o de sus causas, cualesquiera que sean.

Al margen de la garantía de un debate tan brutal como continuo, es posible inferir algunas cosas. Una de ellas, que uno de los principales puntos de tensión y debate será el de migración, con todo lo bueno y lo malo que se quiera. 

Y de hecho, ese tema representa muchas de las diferencias ideológicas en la sociedad estadounidense.

Para bien o para mal, si bien los demócratas han sido acusados con frecuencia de tratar de usar a los migrantes como carne de cañón, o como sujetos de explotación laboral, también es cierto que ese grupo es a su vez denunciado por xenofobia y racismo.

La migración ha probado ser un nudo gordiano en la política estadounidense, está en el centro y es el símbolo de un debate político, difícil y virtualmente imposible porque se desarrolla en cámaras de resonancia gemelas, donde cada lado sólo se escucha a sí mismo.

Y eso tiene consecuencias en su relación con otros países, México en especial. (José Carreño Figueras, El Heraldo de México, Orbe, p. 21)

Lo bueno que no lo es tanto, lo malo que es peor y lo feo que resulta pintoresco

Las remesas que envían los trabajadores mexicanos en Estados Unidos a sus familias volvieron a ser de las mejores noticias para el país y la principal fuente de ingresos, inclusive muy superior a la inversión extranjera directa que en los tres primeros trimestres del año pasado fue de 32,147 millones de dólares y del ingreso neto por turismo que ronda por los 15,526 millones de dólares. Mientras que por los envíos de nuestros paisanos en el mismo periodo se obtuvieron 42,978 millones de dólares, esperándose que al cerrar las cifras del año superen 55 mil millones de dólares, un nuevo récord.

Estas divisas son sustento y motor de la economía nacional que, aunadas a la inyección de los 700 mil millones de pesos de los programas sociales del gobierno federal y a la inversión en los proyectos prioritarios de infraestructura, alientan el consumo interno y mueven al país.

Según datos del Banco de México, las remesas se incrementaron más del 27 por ciento el año pasado para el sur sureste, mientras que el promedio nacional es del 15 por ciento, siendo Chiapas de los estados con mayor aumento en el flujo de recursos, pues captó más de 2,200 millones de dólares, lo que significó un alza del 67 por ciento en comparación con los mil 300 de 2021.

Los emigrantes son los superhéroes de la economía, pero su lealtad es una buena noticia sólo a medias, pues es el resultado de la falta de empleos en sus lugares de origen o de la violencia que impera en algunas regiones. No faltan autoridades que aplaudan casi como mérito propio la llegada de estos recursos, cuando la realidad es que significan lo contrario: nuestros connacionales emigran porque en México no existen las oportunidades de trabajo que merecen.

Sin embargo, la peor noticia sigue siendo la inseguridad y la violencia que deriva, donde el crimen organizado, campante y sin temor, actúa para adueñarse de carreteras y territorios para establecer un sistema impositivo paralelo e informal pero eficaz para el cobro de piso y de protección, extorsionar, adueñarse de ranchos y empresas, así como aterrorizar a la población. Cerramos el año con más de 18 mil personas asesinadas, 800 feminicidios y un acumulado de más de 90 mil personas desaparecidas o no localizadas en los últimos tres lustros. (Juan Carlos Gómez Aranda, Excélsior, Nacional, p. 7)

Repensar // Trampas

Estados Unidos inicia el año con muchos peligros y pocas oportunidades. Sus líderes tendrán que actuar con prudencia para tratar de salir de las trampas en las que ellos mismos se metieron.

Los programas de rescate excesivos los llevaron a niveles de inflación que no se habían visto en cuatro décadas. La Reserva Federal no actuó a tiempo y ahora tiene que mostrarse inflexible y mantener altas las tasas de interés. Eso le pega fuerte a la producción manufacturera y a las ventas al menudeo. El alto costo de las casas alimenta la de por sí grave crisis de vivienda.

El desempleo está en tasas históricamente bajas y el costo de la gasolina se estabilizó, pero los sueldos siguen subiendo y el mercado de valores se tambalea.

La posibilidad de un aterrizaje suave se aleja y la percepción generalizada de los agentes económicos es de que habrá una recesión.

El presidente consiguió que el Congreso aprobara grandes programas de política industrial, para mejorar la infraestructura, combatir la contaminación ambiental e impulsar la producción de microchips.

El problema es que le está costando mucho trabajo echarlos a funcionar. De los billones autorizados para infraestructura, apenas unos cuantos proyectos están en marcha. Han privado los criterios políticos sobre las consideraciones técnicas.

Se propusieron volver eléctrica toda la flota de vehículos del gobierno y tuvieron que posponer para 2026 la reconversión del segmento más grande: los camioncitos del correo. Para esas fechas, si acaso, empezarán a abaratarse las medicinas.

La peor ratonera en la que han caído es la crisis de la frontera con México. Miles de solicitantes de refugio siguen llegando y el aparato migratorio se muestra completamente rebasado. De nada sirve que se autoricen 125 mil admisiones, si los que las demandan son muchísimos más y hay dos millones de casos pendientes. El año pasado se autorizó esa misma cantidad y sólo alcanzaron a reasentar a 20 mil.

El Congreso es renuente a destinar más fondos a los tribunales migratorios y a los campos de refugiados, mientras que el Ejecutivo es incapaz de desechar reglamentos obsoletos.

La inseguridad crece y nadie atina a encontrar la fórmula para frenarla. Policía sin presupuesto que demanda armas militares se enfrenta a fiscales de distrito que dejan libres a criminales. No es un problema de “halcones y palomas”, sino de políticas públicas fundadas en evidencia.

Demasiada grilla

La nueva mayoría republicana en la Casa de Representantes llega con la consigna de obstaculizar en todo lo posible a la administración Biden. Seguramente frenarán el gasto y presionarán con la parálisis del gobierno y con el monto máximo de endeudamiento.

Con Jim Jordan en el Comité Judicial es seguro que tratarán de llevar a juicio político al presidente, al secretario de Seguridad Interior y a otros funcionarios. Van a repetir el escenario de los noventa, cuando el liderazgo radicalizado de Newt Gingrich acabó espantando a los votantes.

Por su parte, los demócratas insistirán en llevar a juicio a Donald Trump. Motivos sobran, pero es un garlito porque si el procurador Merrick Garland y el fiscal especial, Jack Smith, no logran levantar cargos, quedarán en ridículo. Si lo consiguen será muy difícil que no se vea una intencionalidad política. En todo caso, victimizarse le ayudaría a Trump, quien ya está en campaña y tiene más fuerza dentro de su partido que hace seis y dos años.

Aunque muchos republicanos preferirían un candidato menos controversial, ni el gobernador de Florida, Ron DeSantis, ni el exvicepresidente Mike Pence, ni la exembajadora en la ONU Nikky Haley, ni el exsecretario de Estado Mike Pompeo, lo pueden desafiar hoy.

Problema similar tienen los demócratas. A pesar de su edad (tendría 82 años el día de la elección) y de sus problemas de demencia, Joe Biden es su mejor carta. Es el único que ha logrado frenar a los progresistas, populares dentro del partido, pero no en el electorado general. Dentro de los moderados es el que más puede incidir entre los legisladores.

La vicepresidenta Kamala Harris tiene niveles de popularidad muy bajos y pierde aliados. La gobernadora de Michigan, Gretchen Whitmer, no se decide. El secretario de Transporte, Pete Buttigieg, no ha mostrado tamaños, a pesar de manejar el impresionante presupuesto de infraestructura.

Difícil pensar que los que se metieron en todas esas trampas van a intentar escapar de ellas. (Alejandro Gil Recasens, El Financiero, Mundo, p. 24)