Dos narrativas irreconciliables sobre un solo hecho; el primer viaje del Presidente López Obrador fuera de México es, por la resistencia del mandatario a foros multinacionales, apremios bilaterales y a la diplomacia de carne y hueso; un hito.
Nuestro Presidente no se pone un cubrebocas ni por accidente; tendrá que hacerlo por la nueva normativa en la aeronáutica civil. El líder que juró reclamar los groseros maltratos retóricos de Donald Trump hacia nuestro país saldrá, por fin, exclusivamente para agradecerle a Trump paros y valonas; gestionar que particulares estadounidenses vendieran a México, a precios de crisis, ventiladores pulmonares; o por rescatar al país en el seno de la OPEP con los recortes a la producción para reflotar los precios.
Trump felicitará a AMLO por el buen trabajo que la Guardia Nacional que aquí ha hecho durante su primer año de existencia conteniendo los flujos de migrantes centroamericanos so pena de imponer aranceles comerciales crecientes. También por acoger, sin chistar, a quienes intentan conseguir asilo allá que mientras obtienen respuesta los mandan para acá; o por armonizar, al cuarto para las doce las leyes del T-MEC para que el acuerdo fluya sin reclamos y controversias por nuestra desidia legislativa.
Un viaje tachado por muchos como un error porque Trump está en campaña y marcha abajo en encuestas; porque se va a aprovechar del inédito viaje para rescatar votos, para congraciarse con quienes pueda. Porque el primer ministro de Canadá no decide todavía ser comparsa; porque la entrada en vigor del T-MEC ocurrió sin necesidad de protocolos; porque no espetará uno solo de los reclamos prometidos; hoy olvidados.
El otro viaje del Presidente López Obrador es uno muy digno y agradecido; apegado a los principios de la diplomacia mexicana; inmune al proceso electoral estadounidense, ajeno a críticas de los migrantes que infructuosamente le pidieron no ir; un viaje relámpago que fortalecerá la relación bilateral que, en el último año y medio, vivió más colaboración, solidaridad y respeto a pesar de las estridencias del inquilino de la Casa Blanca.
Se trata de un periplo presidencial que no repara en los repudiados protocolos sanitarios, que muestra cómo la introversión diplomática fue pura finta; que la cadencia presidencial es estrategia, no carencia. Viaje productivo, presencia sin mensajes equívocos; ni al demócrata puntero Joe Biden, ni al congresista Chuy García o a los colectivos migrantes; luego de pisar los jardines de la Casa Blanca, AMLO demostrará que la dignidad nacional ganará, no perderá dimensión.
Dos maneras de ver un viaje que hará escala, misterioso tour organizado a partir de una declaración de Donald Trump en Yuma, Arizona, apenas hace 10 días. Acatar dicen unos, atacar con principios dicen otros. (Carlos Urdiales, La Razón, Opinión, p. 2)
Desde su triunfo electoral, López Obrador puso mucho énfasis en la concreción de algún acuerdo comercial con Estados Unidos frente a los embates de Trump al TLCAN. El pasado 1 de julio finalmente entró en vigor esta nueva etapa de la relación en América del Norte, y con ese pretexto el presidente mexicano ha decidido visitar a su homólogo en la Casa Blanca, esperando que se sume a la cita Justin Trudeau.
Pareciera que la apuesta de AMLO es doble. Por un lado, celebrar, literalmente, el cumplimiento de un objetivo central de su gobierno (aunque no lo fue de su campaña). Comprendo si lee usted esto con escepticismo, pero no es poca cosa este logro. Además de que el arranque del T-MEC contrasta con una administración que se ha mostrado incapaz de construir prácticamente cualquier otra cosa, también es cierto que este acuerdo significa un buen hito para mantener a México como puerta de entrada al enorme mercado norteamericano. El otro propósito es usar la reunión para hacer visible este hecho ante la comunidad global: qué mejor publicidad para la concreción del tratado y qué mejor señal para la inversión extranjera, que una foto de López Obrador en la Casa Blanca… aunque sea al lado de Mr. Trump. En sentido contrario a lo que AMLO ha dicho desde hace dos años, que la mejor política exterior es la política interior, en este caso la palanca del crecimiento vendría de la promoción en el extranjero. (Alejandro Poiré / Opinión El Heraldo de México, Opinión, Online)
Incurriría en grave inadvertencia, real omisión de lesa patria, si en su encuentro del próximo miércoles con Donald Trump el Presidente López Obrador soslayase plantearle la inconveniencia de proseguir la guerra contra las drogas.
Por vergonzosa que tal petición pueda resultar para el gobernante de un país soberano, es ya ineludible reconocer que, en los hechos, dicha estrategia bélica, que tiene a nuestro país hundido en un baño de sangre, constituye una imposición del gobierno de los Estados Unidos.
Y admitir también que el abandono de la guerra, sin resentir consecuencias económicas, políticas o militares, para explorar modalidades más eficientes y menos cruentas ante el fenómeno de las drogas, requiere de la aprobación de la potencia hemisférica. (Aurelio Ramos Méndez, La Crónica de Hoy, Opinión, p.1)
El combate al horrendo negocio del tráfico de personas representó asimismo una pérdida multimillonaria para organizadores y explotadores de la migración internacional indocumentada. Coyotes y caravaneros no pueden estar contentos con la pérdida de esos ilegales e inmorales ingresos.
La negativa del obradorismo a realizar con dinero público nuevos rescates de bancos y otras empresas quebradas ha sido también un muy duro golpe a la derecha. Como lo ha sido igualmente la cancelación de los cientos de fideicomisos que servían para desviar recursos públicos a manos privadas. Robos a la nación con disfraz de causa noble que afortunadamente han llegado a su fin.
En la lista de golpes económicos a la derecha debe incluirse el retorno del sector eléctrico a la propiedad del Estado. Se acabaron los grandes negocios privados con la explotación y venta del fluido eléctrico de propiedad nacional. (Miguel Ángel Ferrer, El Sol de México, Opinión, p.11)
No hay duda que el principal aliado y socio comercial de México es Estados Unidos. No sólo compartimos 3,142 km de frontera y el 75% de nuestras exportaciones terminan en ese país, sino que tenemos problemas comunes que no se pueden solucionar sino por medio de una aproximación coordinada, como el tema de la delincuencia organizada o de la migración centroamericana.
También, es innegable que, desde la firma del —muy neoliberal— Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1992, comenzó una integración en varias materias que ha traído beneficios a ambos países y ha logrado mejores entendimientos y alinear incentivos, principalmente, con base en una visión de reciprocidad e igualdad. Por fin México empezaba a dejar de ser el patio trasero de la superpotencia mundial, para pasar a ser su aliado estratégico.
Sin embargo, con una visión reducida, desde su candidatura por la presidencia, Donald Trump logró explotar la xenofobia hacia México de un sector del pueblo estadunidense, al catalogarnos como un país que tenía un beneficio excesivo por los acuerdos comerciales firmados y tratar a los mexicanos de violadores, estafadores y traficantes, por lo que tenía que renegociar los tratados internacionales y hacer un muro entre los dos países, el cual nosotros debíamos pagar. Como ejemplo, en marzo de 2015 escribió en Twitter: “No quiero nada con México más que construir un muro impenetrable y que dejen de estafar a EU”.
Actualmente, en vísperas del inicio oficial de su campaña por la reelección, el presidente mexicano, en una controvertida decisión, anuncia que la próxima semana viajará a Washington para agradecerle sus gestiones durante la pandemia y celebrar la entrada en vigor del nuevo tratado de libre comercio.
La realidad es que no se vislumbra ningún posible resultado positivo de la visita del presidente López Obrador a Washington, sino sólo ahonda su ya de por sí debilitada posición frente a un vecino que lo utiliza de acuerdo con sus intereses, a la par que lo vuelve cómplice de sus políticas racistas y anti migrantes. Será otro error que se sumará a la larga lista de desaciertos y decisiones precipitadas de su administración. (Ricardo Alexander Márquez, Disonancias, Excélsior, Opinión)
Nada está escrito con Trump, evidentemente se encuentra en campaña para reelegirse por cuatro años más y en su retórica continúa el tema de la construcción del “muro”, un asunto que no deja de agraviarnos cada vez que se trata; y quizás, este encuentro con el presidente López Obrador sea, nuevamente, una oportunidad de oro cómo se le dio como candidato en el 2016, para arremeter y no defraudar a su electorado con el fin último de remontar en popularidad y lograr su cometido.
No olvidemos que de las reuniones entre los mandatarios de México y Estados Unidos han salido acuerdos como el TLCAN, en épocas de Salinas de Gortari; órdenes, como el famoso, “comes y te vas”, que transmitiera Fox a Fidel Castro, pero también costos políticos, como el caso de Peña Nieto. ¡Veremos qué acontece de la del 8 y 9 de julio próximos! (Fernando Aguire, Excélsior, Opinión)
Mucho ruido y opiniones divergentes ha causado la “invitación” del presidente Trump al presidente López Obrador a la Casa Blanca, para celebrar la entrada en vigor del T-MEC. La percepción amplia en México es que no debería ir a Washington, que no hay razón para hacerlo, que hay más riesgos que beneficios, que no es de interés de México. Pero como siempre, AMLO no escucha la opinión de los expertos. No tiene sentido, no hay un objetivo claro para México. La carta del excanciller Bernardo Sepúlveda al Presidente es elocuente. En el mismo sentido ha habido pronunciamientos de otros excancilleres y miembros del Servicio Exterior. Pero no hay manera, no escucha, no debate; tiene otros datos y con eso basta. Trump fue sumamente insistente en la invitación a la Casa Blanca.
El otro socio del Tratado, el Primer Ministro de Canadá, Justin Trudeau, dijo que no iría a Washington y posteriormente dejó, hasta ahora, la indefinición de su asistencia. Quedó evidenciado el gran interés que Trump tiene del encuentro con López Obrador. En México se maneja por la Cancillería como una reunión de trabajo entre ambos mandatarios. No deja de llamar la atención que es el primer viaje al extranjero de AMLO desde que asumió la Presidencia. El encuentro con el presidente-candidato tendrá lugar a solo 4 cuatro meses de las elecciones presidenciales en EU y en plena campaña de Trump. Su interés por ser reelecto prevalece sobre todo lo demás. Lo que coloca al encuentro en una situación singular en la que privará —como ocurrió en 2016 en su viaje a México— su interés principalísimo por ganar la elección. Además de que nunca hay que olvidar que EU no tiene amigos, tiene intereses. (Enriqueta Cabrera, El Universal, Opinión, p.12)