Estados Unidos celebra hoy el 250 aniversario de la firma de la Declaración de Independencia en 1776, con la cual proclamó su separación del Imperio británico. Lejos de generar un ambiente de unidad nacional o de motivar una reflexión cívica en torno al pasado y el futuro del país, las conmemoraciones han puesto de relieve las principales características de la sociedad estadunidense contemporánea: división, decadencia y corrupción.
La división va acompañada por una decadencia inocultable en lo moral y lo material. Este ocaso está signado por la desigualdad, que a su vez deriva de una concentración extrema de la riqueza. Si hace medio siglo un alto ejecutivo ganaba 27 veces más que un empleado promedio, hoy esa proporción es de 281 a uno. Es decir, un trabajador necesitaría laborar 281 años para ganar lo que un directivo recibe en un año. La brecha se ha ensanchado y se sigue ensanchando porque las compensaciones de los altos ejecutivos crecen a un ritmo desenfrenado, mientras los sueldos están prácticamente congelados: entre 1978 y 2024, las primeras se dispararon mil 94 por ciento, pero los segundos aumentaron un raquítico 26 por ciento. La concentración de la riqueza no sólo impacta en las remuneraciones, también significa que unas pocas empresas han eliminado o absorbido a toda competencia significativa, por lo que tienen un poder de fijación de precios casi absoluto. Como resultado, los alimentos, la atención médica, los combustibles, la electricidad y otros bienes y servicios básicos han experimentado aumentos de precio que los hacen simplemente inasequibles para una mayoría creciente.
La idiosincrasia estadunidense hace imposible para la casi totalidad de los ciudadanos entender estas brechas en el marco de un conflicto de clases y de un modelo de producción, por lo que la atención se desvía a lo que allí se denomina “guerra cultural”: la caída en la calidad de vida se achaca al feminismo, a la homosexualidad, a los migrantes, al aborto legal, al pensamiento secular y a otras manifestaciones de la modernidad. De este modo, la vida política se ha vuelto una lucha en torno a una confusión de valores. Ni siquiera durante la Guerra de Secesión (1861-1865) la sociedad estadunidense estuvo tan polarizada como ahora: durante ese pasaje oscuro de la historia, cinco millones y medio de blancos esclavistas intentaron separarse de una Unión que contaba con 23 millones de habitantes y mantener sometidos a tres millones y medio de afrodescendientes. Es decir, menos de una quinta parte del país deseaba imponer un régimen retrógrado e inhumano. En la actualidad, casi la mitad de los estadunidenses abraza la xenofobia, el racismo, el fundamentalismo religioso, la intolerancia ante la diversidad sexual, formas de misoginia que parecían extirpadas de Occidente décadas atrás y otras ideas cavernarias.
Desde la década de 1980, la ultraderecha nucleada en el Partido Republicano ha convertido esa guerra cultural en una máquina de votos que le ha permitido dominar la vida política sin ofrecer solución alguna a los problemas reales. La aparición de Donald Trump y el culto fanático que un tercio de los estadunidenses le profesa es la sima de esa espiral decadente que ha llevado a Estados Unidos a conmemorar su ducentésimo quincuagésimo aniversario en medio de la derrota militar más humillante desde Vietnam; con niños enjaulados por una policía migratoria cuyo presupuesto es mayor que el producto interno bruto de muchos países; con una Suprema Corte conservadora que arrolla la Constitución, una sentencia tras otra, con un presidente que padece un deterioro cognitivo alarmante; con adultos incapaces de comprender textos elementales; con estados donde el estudio de la Biblia es obligatorio en escuelas públicas, y otros signos de una sociedad extraviada en sus contradicciones, que ha perdido su inventiva y se asfixia en el aire envilecido por sus propios odios.
Todo ello, mientras desde el poder se insiste en vender el espejismo de que la destrucción del país lo está haciendo grande de nuevo. (Editorial, La Jornada, p. 2)
En Venezuela, dos terremotos consecutivos de 7.2 y de 7.5 puntos en la escala de Richter causaron destrucción masiva en el estado litoral de La Guaira y en la capital Caracas. Se observan edificios y casas, en algunos casos cuadras enteras, que han colapsado. Sin duda, este es el peor desastre natural que ha sufrido Venezuela en su historia reciente.
Los residentes se organizan, la solidaridad está presente, el tejido social se manifiesta. Se escucha el grito de rescatistas, en su mayoría voluntarios de la misma comunidad, buscando personas atrapadas entre los escombros. Mas tarde llegaron rescatistas voluntarios de otras partes de Venezuela y de otros países.
Cientos de personas han perdido sus vidas; miles más han perdido sus hogares, sus sitios de empleo. La ONU estima que más de 1.8 millones de personas han sido afectadas. Habrá una Venezuela antes del 24 de junio y una Venezuela después del 24 de junio.
La situación es crítica; lo peor está por venir. Habrá que enterrar los muertos, pero ¿dónde? Las morgues están saturadas. Con tantos cadáveres, familiares pasan días sin encontrar a sus difuntos, obligados a buscar entre los cuerpos. La ONU ha ordenado 10 mil bolsas para cadáveres. Los crematorios se aprovechan y cobran precios exorbitantes para cremar los muertos. Muchos temen la propagación de infecciones peligrosas.
¿Y qué de la reconstrucción? Es imposible pensar que se proponga reconstruir de la misma forma sobre los abanicos aluviales que constituyen los terrenos inestables en La Guaira y sus alrededores.
Las críticas no se dejaron esperar. Se desata una campaña por cómo interpretar lo ocurrido. En los medios sociales se intenta asociar los edificios derrumbados y cualquier retraso en la ayuda con el gobierno actual. En los medios, docenas de personas pretenden ser expertos de la construcción.
La realidad es que culpa habrá para todos. Sin duda, algunos de los edificios que colapsaron fueron construidos en los últimos años. Pero otros fueron construidos en las décadas de los 70 y 80. Ambos se fracturaron y ambos se derrumbaron. Ningún gobierno invirtió lo necesario en sistemas de monitoreo o estaciones sismológicas en la zona.
El terremoto agrava una situación que ya era precaria en Venezuela. Cómo se financiará la reconstrucción. Desde la invasión del 3 de enero, Venezuela tiene un gobierno tutelado por Washington. Venezuela no es un país soberano. Wa-shington controla la venta del petróleo venezolano y deposita los ingresos en una cuenta manejada por el gobierno de Donald Trump. No existe transparencia; ni por parte del gobierno de Delcy Rodríguez ni por parte del gobierno de Trump. Cómo se puede efectuar una reconstrucción sin saber con qué se cuenta. ¿Tendrá Washington que aprobar los fondos utilizados en la reconstrucción?
La situación es crítica. De inmediato, Washington debe extender el estatus de protección temporal (TPS) para todos los inmigrantes venezolanos en Estados Unidos. Las deportaciones en este contexto agravan la tragedia, como ocurrió con un vuelo de deportados que llegó a La Guaira el 24 de junio, justo antes del terremoto. Del aeropuerto fueron trasladados a un centro de procesamiento que colapsó y donde docenas perecieron. Mas allá de este incidente, aun después del terremoto, ICE, la agencia de inmigración, sigue deteniendo a venezolanos en Estados Unidos y prepara su deportación.
Más allá de la inmigración, tanto Washington como Europa deben remover las sanciones, que no permiten que Venezuela comercialice sus exportaciones. Además, debe permitir acceso a crédito, que será necesario para financiar la reconstrucción. Inglaterra y Portugal deben permitir acceso a depósitos bancarios del gobierno venezolano que han congelado y que ahora deberían ser utilizados para la reconstrucción. Todo esto debe ocurrir bajo estricta transparencia.
La etapa de rescate está llegando a su conclusión. Lo que ahora enfrenta el país será un duelo nacional al iniciar los entierros de miles de personas. El dolor humano será intenso. La próxima etapa será reconstrucción no sólo de las zonas afectadas, sino del país en sí.
Habrá otras crisis; se necesita un modelo distinto de cómo construir en espacios precarios como los que existen en el litoral venezolano. No se trata sólo de cómo construir edificaciones, se trata de cómo organizamos el espacio físico y el espacio social. Como en México después del terremoto de 1985, tendrá que ser el pueblo el que exija los cambios necesarios en el país. (Miguel Tinker Salas, La Jornada, Opinión, p. 11)
A lo largo de estas jornadas, cuando cientos de miles de mexicanos celebran en el Ángel el pase a octavos de final y contingentes menores lo hacen en muchos otros lugares del planeta, o cuando el Presidente de Paraguay declara fiesta nacional tras la inesperada victoria sobre Alemania y los habitantes del pequeño Cabo Verde no caben en su orgullo al haber empatado con Uruguay y España -nada parecería más real que esto-, resulta más difícil que nunca recordar que todas las identidades, tanto las individuales como las colectivas, no son sino ficciones. Y, por supuesto, la mayor ficción en estos momentos es la que nos lleva a pensar que once jugadores sobre la cancha representan no solo a un país -lo cual ya sería una sinécdoque inaudita-, sino el conjunto de sus ilusiones y sus esperanzas, así como la posibilidad misma de dotar de inmensa felicidad -o sumir en la tristeza- a buena parte de sus habitantes.
Desde la prehistoria, todas las comunidades humanas han necesitado dotarse de ficciones capaces de mantenerlas unidas: fiestas, celebraciones y rituales destinados a borrar las diferencias particulares y acentuar los rasgos compartidos. Y, al mismo tiempo, a diferenciarse por fuerza de sus vecinos. No sería hasta los albores del siglo XIX, sin embargo, cuando el nacionalismo moderno habría de solidificarse con el afán de concebir no solo un conjunto disperso de ficciones comunitarias, sino sólidos e incontestables relatos nacionales. Si, conforme a los románticos, de pronto el alma de cada nación se hallaba en un prístino pasado imaginario, su actualización pasaba por creerlo superior al de los otros.
No debería sorprender que, justo en el contexto de la consolidación de los modelos nacionales, haya sido en el corazón del Imperio Británico donde naciera el futbol, al menos en su versión codificada, ni que su dispersión a lo largo del globo haya sido obra de sus marinos, militares y expedicionarios. Desde aquel legendario primer juego internacional, bajo las reglas del Futbol Asociación, celebrado entre Inglaterra y Escocia en 1872, la guerra por otras vías se ha llevado a cabo una y otra vez en este marco nacionalista. Desde entonces, el enfrentamiento de cualquier selección con cualquier otra se ha vuelto el mejor lugar para poner en escena un sinfín de rivalidades históricas.
Los primeros Mundiales, el de Uruguay en 1930 -organizado por un régimen que luego sucumbiría a un autogolpe de Estado- y el de Italia en 1934 -supervisado por Mussolini- y el de Francia en 1938 -a punto de que el país terminara invadido por Alemania-, nacieron en el momento en el que la fiebre nacionalista llegaba a su paroxismo. Tras el paréntesis de la Segunda Guerra Mundial, el futbol fue sustituyendo poco a poco a las demás manifestaciones culturales hasta convertirse, en nuestro tiempo, en una especie de sustituto de aquella alma nacional de los románticos.
De la prohibición expresa, durante el Mundial de Inglaterra de 1966, de incluir a jugadores nacionalizados en cada selección -una especie de prueba de sangre de la pureza de cada país-, hemos pasado a su reverso: equipos que parecerían querer demostrar la pluralidad o multiculturalidad de nuestro tiempo. De Zion Suzuki, el portero de Japón, a nuestro Quiñones, pasando por un sinfín de ejemplos, tanto migrantes como hijos de migrantes destacan como las mejores figuras en sus selecciones, para callado disgusto de los ultranacionalistas que hoy gobiernan por doquier.
No puede ser mayor la disonancia cognitiva de los votantes de Trump, Le Pen o Abascal mientras celebran la victoria de Estados Unidos, Francia o España -y por ello toleran a Balogun, Mbappé o Yamal-, al tiempo que exigen la expulsión de millones en aras de su idea de pureza nacional. No deberíamos olvidar, tampoco, que esta Copa del Mundo está siendo coorganizada por un país que en este momento ha acometido la mayor expulsión de migrantes de su historia. Pese a que las identidades nacionales hayan producido algunas de nuestras ficciones más abominables, confieso que me resulta imposible no ansiar que la variopinta Selección de México derrote justo a la nación que presume de haber inventado esta adictiva ficción. (Jorge Volpi, Reforma, Opinión, p. 9)
Estados Unidos cumple hoy 250 años de democracia y eso nos toca a los más de 53 millones de inmigrantes que vivimos aquí. Es cierto que Donald Trump nos ha hecho la vida imposible y que quiere deportar a muchos más. Pero la verdad es que la diversidad del país y su herencia democrática son mucho más fuertes que los instintos retrógrados y nacionalistas de una sola persona. This too shall pass.
Trump quisiera que Estados Unidos se pareciera a él pero, cuando nos vemos en el espejo, encontramos caras y colores de todos lados. Somos tan variados que en menos de 20 años los blancos dejarán de ser la mayoría de la población y la nación estará compuesta solo de grupos minoritarios. Y por más inmigrantes que deporten en los próximos dos años, eso no va a cambiar. La demografía está determinando el futuro de Estados Unidos.
En la Declaración de Independencia establecida el 4 de julio de 1776 hay una frase poderosísima: “Todos los hombres somos creados iguales”. (En realidad debió haber dicho “todas las personas somos creadas iguales”). Este principio se aplica por igual en contra de la discriminación y el racismo que contra las dictaduras y el abuso de poder. Aunque este concepto de igualdad suele ser más una aspiración que la realidad, marca las principales luchas sociales dentro y fuera de Estados Unidos.
La idea es muy sencilla: nadie está por encima de otro.
Aquí en Estados Unidos -lo ratificó la Corte Suprema- un niño recién nacido de padres indocumentados tiene los mismos derechos que el ocupante de la Casa Blanca. Esto, desde luego, le molestó a Trump que quería eliminar ese derecho. Así que la definición más básica de ser estadounidense es todo aquel que nació en territorio de Estados Unidos. Punto.
Este derecho, ratificado en 1868, definió a Estados Unidos como una nación de iguales. No soy iluso y comprendo que un billonario de Silicon Valley tiene, en la práctica, más privilegios que el bebé de un recién llegado. Pero los dos, ante la ley, son igualitos. Este no es un país de reyes.
Y eso es lo que yo celebro este 4 de julio. Es también mi fiesta de independencia. Te cuento mi historia.
De niño nunca quise ser inmigrante. Quería ser futbolista, roquero o astronauta. Pero me tocó crecer en un México sin democracia y yo no quería ser un periodista censurado. Así que con poquito dinero y muchas ganas me fui en 1983 a Los Ángeles. Pronto me di cuenta de cómo los periodistas en Estados Unidos cuestionaban al entonces presidente Ronald Reagan y no eran censurados ni reprimidos. Y fue ahí cuando dije: yo quiero vivir en este país.
Estados Unidos ha sido muy generoso conmigo y he tenido oportunidades que jamás me imaginé. Por eso hoy celebro que soy un ciudadano libre, un periodista independiente y que ningún gobierno me dice qué hacer o qué decir.
Pero muchos inmigrantes que llegaron después de mí no han tenido las mismas oportunidades. Y por eso, una buena parte de mi trabajo como periodista en Estados Unidos es darles voz a los que no la tienen.
Lo que nunca me imaginé es que la democracia estaría en peligro en Estados Unidos. Y lo está. Trump ha acumulado cada vez más poder, hay constantes abusos de autoridad, se persigue injustificadamente a inmigrantes, profesores, activistas, opositores y estudiantes, y se pone en duda el sistema electoral. Basta decir que Trump todavía no reconoce que perdió las elecciones presidenciales del 2020.
Los que vivimos alguna vez en países autoritarios estamos bien entrenados para oler los abusos de poder. Por eso estamos tan atentos a todo lo que hace Trump. Las democracias no caen en un día; lo hacen paulatinamente mientras sus ciudadanos van cediendo más y más en las pequeñas cosas de la vida.
Ahora, en este cumpleaños 250, sigo teniendo la esperanza en el futuro democrático de Estados Unidos. Igual que cuando llegué hace 43 años. La diferencia es que esta vez lo siento amenazado y comprendo que nos toca a cada uno de nosotros el defender nuestro pedacito de libertad.
Posdata futbolera. Dolores Huerta se inventó el “Sí se puede”, que todos cantamos, y que luego copió Obama (Yes we can!) Más tarde el “Chicharito” nos retó a que “imaginémonos cosas chingonas” y Diego Luna se preguntó por qué no. Mañana es “¿Y si sí?”. ¡Vamos, México! (Jorge Ramos, Reforma, Opinión, p. 8)

(Solís, Excélsior, Global, p. 19)