Opinión Migración 050226

Confidencial

Encuentro ‘informal’ México-EU

En medio de la tensa relación que se vive con el vecino del norte, una docena de parlamentarios de EU, entre republicanos y demócratas, vendrán mañana viernes hasta el Palacio Legislativo para tratar temas de comercio, seguridad y migración. Y aunque serán recibidos en privado por la Comisión de Relaciones Exteriores, el líder morenista Ricardo Monreal, restó importancia al encuentro, al deslizar que “es sólo un encuentro informal”. ¿Entonces a qué vendrán hasta San Lázaro? (Confidencial, El Financiero, Nacional, Política y Sociedad, p. 35)

ICE OUT

La consigna ICE OUT que apareció en los Grammys 2026 no fue un gesto extravagante ni una ocurrencia de celebridades. Tampoco fue un mensaje cifrado para redes sociales. Fue algo más simple y, por eso mismo, más potente: una señal de hartazgo. Una forma breve de decir que, para muchas personas en Estados Unidos, el debate migratorio ya no se vive como una discusión política, sino como una experiencia diaria marcada por el miedo.

Durante años, la conversación pública sobre migración se centró en presidentes, campañas y discursos. Hoy el foco se ha movido. Ya no se trata tanto de quién gobierna, sino de cómo opera la institución encargada de hacer cumplir la política migratoria. No es un cambio menor. Las decisiones ya no se sienten como promesas o posturas ideológicas, sino como procedimientos que irrumpen en la vida cotidiana de comunidades enteras.

Ese desplazamiento explica por qué ICE —una agencia que durante mucho tiempo operó en segundo plano— se ha convertido en blanco directo de la crítica pública. Cuando el control deja de ser invisible y empieza a afectar rutinas básicas, la institución deja de ser una abstracción y se vuelve un problema concreto.

Lo que alimenta el rechazo no es una cifra ni una estadística. Es la repetición de escenas que se han vuelto demasiado comunes: separaciones familiares, detenciones en espacios civiles, operativos que generan miedo más allá de las personas directamente involucradas. El impacto no termina en quien es detenido. Se extiende a barrios enteros que cambian su forma de moverse, a personas que dejan de denunciar delitos, a familias que evitan espacios públicos por precaución.

En ese contexto, la discusión deja de ser ideológica. No se trata de estar a favor o en contra de la migración, ni de una pelea entre derecha e izquierda. Se trata de límites. De hasta dónde una institución puede avanzar sin romper acuerdos básicos sobre dignidad y trato humano. Cuando el control empieza a parecer castigo sistemático, el problema ya no es el discurso que lo justifica, sino el método con el que se aplica.

La reacción del poder frente a ICE OUT refuerza esta lectura. Tras los Grammys, Donald Trump amenazó con demandar al presentador por un chiste. No hubo una respuesta de fondo al señalamiento. Se intentó, más bien, controlar el espacio desde el que se hablaba. Algo parecido ocurrió en torno al Super Bowl, cuando circularon versiones sobre posibles operativos migratorios durante el evento. Aunque luego fueron desmentidas, el efecto ya estaba hecho: personas que evitaron asistir, organizaciones que exigieron garantías, miedo reinstalado en un espacio público masivo.

En estos contextos, la amenaza no necesita concretarse para funcionar. Basta con la posibilidad. La incertidumbre se vuelve una forma de control.

Desde México, este escenario no es ajeno ni abstracto. En 2025 se registraron 145 mil 537 repatriaciones de personas mexicanas desde Estados Unidos. La cifra es importante, pero no alcanza a mostrar todo el impacto. Antes de una deportación hay decisiones silenciosas: personas que reducen su movilidad, que cambian de trabajo, que regresan antes de tiempo para evitar procesos inciertos. El control migratorio no solo expulsa. Reordena la vida social a través del miedo.

Frente a esto, la respuesta institucional suele quedarse en ajustes técnicos: anuncios de cámaras corporales, cambios de protocolo, comunicados oficiales. Todo eso puede servir para documentar lo que ocurre, pero no cambia el fondo del problema. Si el sistema sigue midiendo su éxito por la cantidad de intervenciones y no por la protección de derechos, los abusos no son excepciones. Son consecuencias previsibles.

Antes del fin

La comunidad mexicana en Estados Unidos es una de las más grandes y, al mismo tiempo, una de las más expuestas a este tipo de prácticas. Sin embargo, nuestra reacción suele ser fragmentada y tardía. Se activan consulados cuando el daño ya está hecho. Se cuentan deportaciones cuando las vidas ya fueron interrumpidas. Falta una estrategia que asuma que esto no es una crisis momentánea, sino una realidad estructural.

ICE OUT no es solo una crítica a Estados Unidos. Es también un espejo. Nos obliga a preguntarnos si estamos dispuestos a aceptar que el miedo se convierta en la condición normal de millones de personas mexicanas fuera del país.

Cuando una comunidad afectada no articula una respuesta clara, el problema también es de responsabilidad compartida. (Nadine Cortés, El Financiero, Opinión, p. 32)

Línea directa / Falsa soberanía

La soberanía entendida como el derecho de cada Estado a tomar sus propias decisiones con base en la defensa de los intereses nacionales, es más un recurso retórico que un concepto que se pueda aplicar en la práctica. En nombre de esa soberanía se desataron conflictos bélicos en donde el nacionalismo fungió como el pegamento que unificaba a los individuos en contra de otros que asumían el mismo derecho a existir que su enemigo.

El nacionalismo mexicano, utilizado por los regímenes de la Revolución como recubrimiento ideológico para justificar una dictadura de partido renovada sexenalmente, ubicó a la cultura anglosajona protestante y específicamente a los Estados Unidos como el enemigo de la nación mexicana, tanto por sus invasiones militares como por difundir valores culturales ajenos al México católico.

Después de algunas décadas de coexistencia producto del Tratado de Libre Comercio, hemos regresado al concepto de la soberanía limitada, no por acuerdos internacionales que benefician a las partes, sino por la mayor o menor fuerza que cada Estado pueda demostrar frente a los poderosos empezando por supuesto con los Estados Unidos de Trump.

En este contexto la capacidad negociadora de México frente al gigante del norte es casi nula y está conformada por la presión migratoria que se puede ejercer sobre los norteamericanos, y el tema del crimen organizado que por si mismo representa un indicador de ausencia de soberanía en buena parte del territorio mexicano. Todo el discurso lleno de alusiones a la “dignidad nacional” y a la “no subordinación” frente al imperio, carecen de sostén en el ámbito de lo militar, lo económico e incluso lo estrictamente político.

Sin posibilidad alguna de responder a Trump en igualdad de condiciones, a Claudia Sheinbaum sólo le queda recuperar la soberanía interna tanto en lo concerniente a migración ilegal, como en aquello que está relacionado con la complicidad mutua de políticos y criminales encaramados en la estructura de gobierno a nivel local y nacional. O sea, se trata de restaurar el poder perdido dentro del territorio nacional para convertir en realidad el término “soberanía”, y desde ahí encontrar mecanismos de defensa efectivos frente a un imperio conducido a partir del capricho de una sola persona, impredecible y convencida de su superioridad sobre todo el mundo.

Si el proyecto de país de la 4T era inviable en un mundo de mercados abiertos y democracias liberales, también lo es en este retroceso autoritario que no permite acciones o políticas que vayan en contra del interés particular de Donald Trump. Si no hay avances significativos en el ámbito de la seguridad, y una modificación radical en la política exterior de Sheinbaum con respecto a los enemigos de los norteamericanos – Cuba, Irán y Rusia – la renegociación del T-MEC será un infierno para los negociadores mexicanos. (Ezra Shabot, El Economista, Política y Sociedad 42)

Los héroes y heroínas abandonados

Los mexicanos en Estados Unidos están apanicados y desamparados; ante los operativos de ICE se refugian en sus viviendas, santuarios, los mayores dejan de ir al trabajo o al supermercado y los niños a la escuela.

El clima de terror ya no es solo de los casi cinco millones de indocumentados, se extiende a los residentes que poseen una green card, quienes han adquirido la ciudadanía y hasta los nacidos en Estados Unidos; la causa es la persecución por rasgos raciales de los agentes migratorios.

El gobierno de Trump está en lo suyo: quiere expulsar la mayor cantidad de migrantes y, si supera el millón al año, cuánto mejor.

El gobierno de México en la indiferencia y la sumisión. Incapaz de hacer algo, vaya cualquier cosa. ¿Sabes que en los siete años del obradorato López Obrador y Claudia Sheinbaum no se han reunido con ninguna comunidad ni con los jaliscienses, guanajuatenses o zacatecanos en California, Texas o Illinois, tampoco con los poblanos, mexiquenses o oaxaqueños en Nueva York?

Pero claro, la demagogia es su respuesta; uno y otro han dicho que, “Las mexicanas y mexicanos en Estados Unidos, nuestros paisanos y paisanas son héroes y heroínas de la patria, trabajadores que apoyan a sus familias y a la economía de México”.

Falso, la gran mayoría de ellos son migrantes de sangre; a lo largo de los caminos son incontables quienes han sufrido las vejaciones a manos de los traficantes de personas, quienes los secuestran, roban, prostituyen o hasta los matan con la complicidad de agentes del gobierno.

La mayoría de los mexicanos que dejan sus ranchos, comunidades, pueblos o ciudades no lo hacen por gusto; se van por la falta de oportunidades, la pobreza y, en los últimos tiempos, por la inseguridad. Hoy se pueden encontrar pueblos fantasma en varios estados de la república, porque los habitantes huyeron de los criminales que atentaban contra ellos o sus familias.

En su infinita incapacidad, el obradorato solo tiene ojos para ver el flujo de las remesas, que para desgracia de la economía nacional, el año pasado bajaron en 4.56%, la mayor caída en 16 años; aun así, llegaron 61,719 millones de dólares, casi 4% del PIB y más de lo que se recibe por petróleo, turismo o inversión extranjera.

El abandono del gobierno es total: los consulados tienen menos personal y presupuesto; por lo tanto, los servicios son lentos y malos; conseguir citas y tramitar documentos se puede convertir en un calvario.

No existe ningún cabildeo ante las legislaturas nacional y las estatales para establecer negociaciones que pudieran llevar a mejores condiciones, por ejemplo, acuerdos laborales, porque sí, Estados Unidos necesita trabajadores, pero en el marco de las leyes.

La señora Sheinbaum soltó un embuste monumental hace unos días, cuando se atrevió a decir que California es una potencia gracias a los mexicanos. Sin demeritar la aportación de los paisanos, la potencia económica del llamado estado dorado viene de las empresas tecnológicas, el entretenimiento, las financieras, la construcción, el turismo y la agricultura; en estos últimos tres sectores son muy importantes los mexicanos, pero por la mano de obra.

México es también el paraíso de las oportunidades perdidas, porque miles de trabajadores han desarrollado habilidades, se han capacitado en las más diversas labores y tienen sus ahorros. Si los municipios y los estados expulsores, junto con el gobierno federal, hubiesen desarrollado proyectos bien apuntalados, abundarían los que se atreverían a regresar para crear fuentes de empleo.

Basta de demagogía; son millones de mexicanos que merecen atención, pero atención profesional. Si no pueden, como dijera Martí: renuncien o cállense. (Juan María Naveja, El Economista, El Foro, p. 47)

Bajo Reserva

Legisladoras migrantes, mudas ante violencia del ICE

Nos hacen ver que la senadora y la diputada migrantes, Karina Ruiz y Maribel Solache, ambas de Morena, optaron por el silencio y patearon el balón a la cancha de la Presidenta y de la cancillería cuando se les preguntó por qué no han realizado ningún pronunciamiento desde el Congreso de la Unión por las redadas de ICE contra nuestros paisanos o por qué no han hecho algún reconocimiento a los estadounidenses asesinados por defender a los migrantes. Ensordecedor el silencio para defender a los “héroes vivientes” por parte del oficialismo. (Bajo Reserva, El Universal, p. A2)