Opinión Migración 050322

Linotipia / La muerte de El Mijis

El 31 de enero, a las diez y media de la noche, Pedro Carrizales, El Mijis, salió manejando desde un hotel en Saltillo rumbo a Monterrey. El viaje no duraría ni dos horas. A medianoche, su esposa recibió una llamada suya, pero estaba dormida. Recibió otra y otra. A las 4:20 am, hablaron. “Me detuvieron, ahorita te marco”, dijo él, según una persona cercana a la familia.

Miriam Hernández supo nuevamente de El Mijis el 2 de febrero, cuando él le envió mensajes de voz. “Mi amor, ya voy para allá. Gracias a Dios ya me soltaron. Me tenían detenido los policías, los Gafes, pensaron que era de los malos… No te preocupes, te amo… lo que quiero es salir de aquí ya”, decían los mensajes, que publicó Milenio.

Esa madrugada, Protección Civil de Tamaulipas avisó a reporteros locales que una camioneta estaba incendiándose en la carretera libre que va de Nuevo Laredo a Piedras Negras, Coahuila. El Mañana de Nuevo Laredo, uno de los pocos diarios que aún cubre la nota roja en esa región, publicó la historia el 4 de febrero. “Muere calcinado”, dice el titular. “Pierde el control del automóvil, sale del camino y se quema”, dice el sumario. “La unidad quedó completamente calcinada, al igual que la persona que viajaba en su interior y quien no fue identificada por las autoridades”, dice uno de los párrafos del artículo.

No hallé la noticia en otros medios, ni El Mañana le dio seguimiento. El 10 de febrero, las autoridades locales hicieron un primer peritaje al auto, que habían trasladado a un depósito privado, un yonke, porque los corralones locales están llenos de autos golpeados, quemados, abandonados sin pista de sus ocupantes en las carreteras de la zona. Del segundo peritaje obtuvieron algunos datos: no había restos de casquillos y la persona había muerto desangrada, antes de que el auto ardiera. Una fuente del gobierno que tuvo acceso al expediente me dijo que la Fiscalía local buscó casquillos y balas en un kilómetro y medio a la redonda. Concluyó que parecía un accidente y no cumplía con el patrón que hay en asesinatos del crimen organizado.

Más de dos semanas después, primero el 24 de febrero y luego el 2 de marzo, la Fiscalía de Tamaulipas expuso durante horas sus conclusiones a un pequeño grupo de familiares, amigos de El Mijis y especialistas del gobierno federal. Les dijeron que el número de serie de la camioneta quemada coincidía con la de El Mijis, y que una prueba de ADN mostró que el cuerpo era el suyo. Ellos preguntaron por qué la camioneta estaba en Tamaulipas, si el trayecto de El Mijis era de Coahuila a Nuevo León. Preguntaron por qué no se había encontrado un celular quemado, aunque él lo llevaba cuando envió el último mensaje a su esposa. Cuestionaron por qué el celular aparecía localizable el 14 de febrero, en Nuevo Laredo, aunque supuestamente el cuerpo se recuperó de la escena el día 3. La Fiscalía no tuvo respuesta a estas preguntas, me dijeron por separado tres personas que estuvieron en las reuniones. En la familia de El Mijis aún tienen más preguntas, de las que hablarán en unos días.

Los Gafes, de los que El Mijis habló en su mensaje de voz, son fuerzas especiales del gobierno de Coahuila. La Fiscalía de Coahuila primero dijo que él había salido del estado y que llegó a Monterrey. Pero luego la Fiscalía de Nuevo León aseguró a la familia que obtuvieron videos de seguridad en los que aparece la camioneta, con cuatro personas a bordo, y que los mensajes de voz se enviaron desde Tamaulipas. Nada de esto explica tampoco qué sucedió.

El Mijis consideraba que la violencia de México solo podía solucionarse desde el trabajo en las calles. Tenía cáncer y diabetes. Había sido amenazado, golpeado, acosado tras su trabajo legislativo; la última vez hace apenas unos meses. Una persona que estuvo en su equipo me dijo que recibió una advertencia de que no viajara al norte porque había órdenes en su contra. El Mijis estaba en Coahuila para documentar la ruta migrante, como antes estuvo en Tijuana, buscando fosas clandestinas. Era un líder que no le tenía miedo a nada, me dijeron sus colaboradores.

Espero que pronto tengamos más elementos para entender qué pasó y por qué. Mientras, su familia debe lidiar con su propio duelo mientras intentan entender los hallazgos de varias investigaciones, sucediendo en paralelo, todas con cabos sueltos. (Peniley Ramírez, Reforma, Opinión, p.8)

El proteccionismo que viene

Chicago, Illinois. – Vivimos en un año donde se celebrará la elección que renovará al legislativo en noviembre en Estados Unidos. Por ello, no sorprende que los políticos en el poder prometan progreso y los opositores hagan denuncias escandalosas. En ambos casos, la retórica es populista y ausente de sustancia.

En su discurso sobre el Estado de la Unión, el presidente Joe Biden anunció cambios a una ley que data de 1933 para que el gobierno federal compre productos hechos con componentes y materiales producidos en este país. La iniciativa “Buy American” es la respuesta demócrata al nacionalismo de Donald Trump. En un esfuerzo para mostrar al electorado que les importa la industria nacional y el empleo doméstico, Biden y su partido quieren que los $600,000 millones de dólares que gasta la federación en insumos sean adjudicados a quienes producen bienes que en un 75 por ciento hayan sido manufacturados domésticamente para el 2024.

Como todo populismo es una idea que suena fabulosa pero que implica efectos negativos y contraproducentes. Esta política puede colocar al país en francos incumplimientos de los tratados comerciales que sostiene con otras naciones, entre ellas las del bloque de Norteamérica. También, limita las opciones de compra a los proveedores que cumplan con cuotas impuestas por burócratas de escritorio, y no por las dinámicas de la economía de mercado que premian al mejor precio y competidor.

No me sorprenderá que el siguiente paso sea encaminar el presupuesto a los aliados que, casualmente, también cuentan con sindicatos, ya que estos grupos son el arma política y la fuente de donaciones del partido demócrata.

Recordemos el intento de Biden para premiar con incentivos fiscales superiores a quienes compraran vehículos eléctricos con mano de obra sindicaliza, en perjuicio de las armadoras que no tienen esas organizaciones laborales. La iniciativa aún no es aprobada por el Congreso, pero desató protestas de México y Canadá donde ya se fabrican partes o el total de los autos del futuro.

El Presidente quiere endulzar el oído de las clases trabajadoras prometiendo que el progreso viene en camino con su agenda nacionalista. Es hacer eco de la demagogia trumpista que prometió engrandecer al país de nuevo, pero con falsas promesas. Ahora, la actual administración se mueve en una dirección que tendrá efectos nocivos para la economía.

En el pasado se cometió el error de abrir las puertas al comercio internacional a malos actores como China que fincaron su desarrollo en una industria manufacturera que no respetaba las normas laborales o ambientales, y que obligó a las firmas extranjeras a entregar sus patentes y derechos de autor (incluso en tecnologías que representan un riesgo a la seguridad nacional) a cambio de acceder a su inmenso mercado doméstico.

En mi caso, favorezco el libre comercio porque cuando es implementado adecuadamente premia a los buenos actores, estimula la innovación y da más opciones al consumidor. Lamentablemente, eso no fue lo que ocurrió con el surgimiento de la China exportadora y autócrata. Por otro lado, me parece adecuado que ciertas políticas públicas privilegien a algunas industrias para que fabriquen domésticamente, sea porque ofrecen un alto valor agregado o porque son clave para la innovación y el futuro tecnológico, como es el caso de los chips y los semiconductores.

No obstante, es un error favorecer compras nacionales de papel para oficina o concreto para renovar banquetas hechos en Estados Unidos, sin asignar los contratos bajo una justa competencia comercial y económica. Si Biden sigue adelante va a inhibir el desarrollo nacional y generará fricciones innecesarias con sus socios, todo por quedar bien con compadrazgos políticos y premiar ineficiencias. (Antonio Rosas-Landa, El Universal, Opinión, p.15)

Canadá y su apoyo a Ucrania

Cuando pedí que se izara la bandera de Ucrania en nuestra cancillería en la Ciudad de México, lo hice pensando con gran compasión en las personas ucranias y también en el gran número de canadienses de ascendencia ucrania. Como mucha gente en el mundo, me preocupa saber que estamos entrando en un mundo más incierto e inestable a partir del ataque injustificado de Rusia hacia Ucrania el 24 de febrero.

Me enorgullece que desde 2014, cuando Rusia violó la soberanía y la integridad territorial del país con la ocupación ilegal de Crimea y Sebastopol, y posteriormente cuando continuó sus agresiones e intentos de desestabilizar el país con campañas de desinformación, operaciones cibernéticas e híbridas maliciosas, apoyo a apoderados, así como acumulaciones militares en Ucrania y lugares aledaños, Canadá ha sido un firme aliado, comprometido con la soberanía, la integridad territorial y la independencia del país. Junto con nuestros socios y aliados internacionales, incluyendo México, condenamos firmemente las acciones ilegales y atroces de Rusia.

¿Pero por qué es importante Ucrania para Canadá, si es un país tan lejano geográficamente?

El 2 de diciembre de 1991, Canadá fue el primer país occidental en reconocer la independencia de Ucrania. Desde entonces, hemos gozado de una relación bilateral cercana, cooperando en seguridad y defensa, comercio, y el impulso de los esfuerzos de Ucrania por reformar su democracia y su economía. Además, tenemos lazos muy importantes, ya que en Canadá existe una comunidad ucrania-canadiense muy activa de más de 1.4 millones de personas. Los ucranios empezaron a llegar en varias olas migratorias a partir de los 1880. Desde trabajadores en fábricas en Ontario hasta agricultores en las grandes praderas del oeste, los ucranios canadienses, junto con inmigrantes de todas partes del mundo, literalmente ayudaron a construir nuestro país.

Hoy en día, Canadá tiene la tercera población ucrania más grande del mundo, después de Rusia y Ucrania. Hoy los ucranio-canadienses representan casi 4 por ciento de nuestra población, y puedo decir que en Canadá la mayoría conocemos a alguien con una conexión con Ucrania.

Desde 2014 Canadá ha apoyado a Ucrania con más de 890 millones de dólares canadienses en asistencia de todo tipo, incluyendo ayuda humanitaria, asistencia en desarrollo, paz y estabilización, así como capacitación militar.

Apoyar su sector de seguridad y la reforma en defensa es uno de los pilares de nuestra relación. En coordinación con nuestros socios y aliados, hemos impuesto sanciones contra más de 440 entidades rusas y ucranias involucradas en violaciones a la soberanía e integridad regional de Ucrania, y en los días recientes hemos impuesto una serie de nuevas sanciones y anunciado apoyo adicional, incluyendo asistencia humanitaria y de desarrollo, la prohibición de transacciones bancarias, la prohibición del uso de nuestro espacio aéreo, asistencia militar y armamento.

La situación podría parecer lejana aquí en México. Sin embargo, como dijo la viceprimera ministra de Canadá, Chrystia Freeland, quien tiene raíces ucranias: Canadá entiende lo que está en juego. Sabemos que la gente de Ucrania, al luchar por sus vidas y su soberanía, también luchan por nosotros.

El ataque de Rusia pone en peligro los principios democráticos y el respeto al derecho internacional. El terrible costo humano de la guerra me preocupa profundamente, así como la terrible crisis humanitaria que ésta desata, y que se sumará a los desafíos existentes que enfrentamos en el mundo, como la pandemia de covid-19 y el cambio climático.

Es por eso que veo con mucho gusto la manera en que las personas en Ucrania, en la región y en todo el mundo están demostrando su solidaridad con Ucrania en diversas formas. Me complace saber que México y Canadá están uniendo esfuerzos en este tema, como confirmaron nuestra ministra de Relaciones Exteriores, Mélanie Joly, y su contraparte mexicana, Marcelo Ebrard, durante su conversación del 24 de febrero.

Conforme enfrentamos la invasión y la crisis humanitaria en curso, apreciamos el papel que está desempeñando México en el Consejo de Seguridad, la Asamblea General, la OEA y el Consejo de Derechos Humanos. Seguiremos trabajando con México y junto con nuestros socios y aliados en el mundo por el cese de hostilidades y por la protección de la democracia, la integridad territorial y la soberanía de Ucrania. Como dijo el primer ministro Justin Trudeau, escuchamos el mensaje de la población ucrania fuerte y claro, y hacemos un llamado al mundo a mantenerse firmes en su apoyo a las personas de Ucrania y su derecho a determinar su propio futuro. Sigamos demostrando a Ucrania que no están solos; nuestro apoyo a Ucrania, a la democracia y a los derechos humanos se mantiene inquebrantable. (Graeme C. Clark*, La Jornada, Política, p.7)

Los niños de la guerra

LEÓPOLIS, Ucrania.- Nada como una guerra para aprender de geografía, de historia y de lo frágiles que somos. Me he pasado los últimos días viendo a miles de ucranianos huir de la brutal invasión rusa. Pero son los niños los que, literalmente, me han roto el alma. Los veo tan desorientados y sorprendidos en esta absurda guerra de adultos.

En la estación de trenes de Przemysl en Polonia, donde diariamente llegan miles de refugiados ucranianos, hay un cuarto habilitado como campamento provisional con camas plegables y bolsas de dormir. Y ahí, a través de la ventana, vi a un niño de tres o cuatro años, vestido todo de amarillo y jugando con un carrito de juguete. A su alrededor había un caos. Pero él parecía no darse cuenta o no le importaba. Estaba totalmente absorto. Subir y bajar ese carrito por la cama era su única y fundamental tarea.

Estuvo así varios minutos hasta que me tuve que ir. Nunca sabré si su mente lo hacía como una maniobra de distracción o porque simplemente quería jugar. Pero su mundo se había desmoronado. Perdió casa y país en un instante. Y quizás, papá también.

De pronto, de un día para otro, estos niños han perdido a sus padres y a sus hermanos mayores. Y tienen que seguir a sus madres a un país desconocido donde se habla un lenguaje que no dominan. Son hijos de familias separadas por la guerra. La ley aquí en Ucrania prohíbe a todos los hombres de 18 a 60 años irse del país. Están obligados a enlistarse para luchar en la guerra contra Rusia.

Taras, quien no me permitió usar su apellido y vive en Leópolis, no es un soldado pero lleva varios días en entrenamiento militar. Sabe cómo hacer un coctel molotov y cómo construir una barricada contra tanques rusos. Y a pesar de lo que dicen las noticias, está convencido que Ucrania ganará la guerra.

El canciller ruso, Serguéi Lavrov, dijo recientemente que se ha formado una versión hollywoodense de la realidad en la que Rusia es el malo y Ucrania la buena. ¿Cómo le llamamos, entonces, al violento y mortal acto de invadir un país democrático? Rusia puede censurar a la prensa nacional y decir mil veces que Ucrania no es una nación independiente sino parte de su territorio. Pero eso es tan absurdo como tomar por la fuerza la casa de tu vecino y decirle a la policía que te metiste porque era tuya.

Esta es una guerra de un solo hombre -Vladimir Putin- y de un grupito de militares y oligarcas que se han hecho ricos a su alrededor y que están aterrados de decirle que no. La consecuencia de esa absurda obsesión de Putin de convertir a Rusia en un imperio postsoviético ha cambiado la vida de millones de menores de edad.

En un centro comercial de Przemysl, convertido en dormitorio para familias ucranianas recién llegadas, vi a niños correr como en recreo, llorar sin razón y luego quedarse impávidos, mirando al piso, sin entender lo que les había pasado por encima. Sus desesperadas madres trataban de atenderlos, con un celular en la oreja para enterarse de las últimas noticias y ofreciéndoles comida, pero la verdad es que ni ellas sabían qué hacer. Las temperaturas de congelación y los días grises tampoco ayudaban. Eran almas congeladas.

Ahí también me encontré con un adolescente, que rondaba los 13 años, tumbado en un colchón en el piso. Contrario a los jóvenes de su edad en otras partes del mundo, no tenía un celular en la mano ni una tableta. No tenía nada. Los ojos de ese adolescente gritaban angustia.

Hace años me leí las cartas que se intercambiaron en 1932 el científico Albert Einstein y el creador del psicoanálisis, Sigmund Freud, sobre el origen de la guerra. (Se publicaron en un maravilloso librito llamado ¿Por qué la guerra?). Y concluyen que la guerra es el fracaso. La guerra significa que todo lo demás -la diplomacia, las conversaciones, la capacidad de escuchar y de buscar soluciones conjuntas- no tuvo resultados. La responsabilidad, en este caso, recae totalmente en Putin. Pero la incapacidad del resto del mundo para controlar sus apetitos tiene como consecuencia la entrega de Ucrania. Y sus niños.

La palabra “descorazonado” es perfecta para describir cómo me he sentido estos últimos días en Ucrania y en la frontera con Polonia. Cuando esos niños ucranianos crezcan, ¿qué es lo que van a recordar y contar? Quizás que el mundo los vio perderlo todo -familia, casa, país- y que no hizo nada. (Jorge Ramos Ávalos, Reforma, Opinión, p.8)