La tragedia de la estación migratoria de Ciudad Juárez fue calificada por el gobierno de El Salvador como un crimen de Estado. Ese gobierno exigió a México que remueva de su cargo al actual comisionado del Instituto Nacional de Migración, Francisco Garduño.
Lo anterior es una muestra del impacto que ha tenido dentro y fuera del país el incendio que causó la muerte de 40 migrantes en una de las jornadas más negras del actual gobierno.
Hasta el momento, una vez que concluyó el periodo de echarse la bolita, el gobierno no ha tomado ninguna medida de fondo para darle al fenómeno migratorio un principio de orden humanista.
Eso sí, comenzó la circular la versión de que para darle vuelta a la página tan rápido como sea posible, el gobierno proyecta cambiarle el nombre al INM. Sí, leyó usted bien. El arreglo consistiría en una nueva papelería con el largo nombre de Coordinación Nacional de Asuntos Migratorios y Extranjería. La idea se atribuye al padre Solalinde.
¿Y la corrupción, la violación sistemática de derechos, la falta de capacitación y las contrataciones bajo sospecha? De eso, nada. (Redacción, La Crónica, Columnistas, p. 5)
Unos días en Palenque
Y es el Presidente Andrés Manuel López Obrador, como ya se señalaba antes, el que aprovechará algunos días de asueto por la semana mayor, para disfrutar de su finca en Palenque, Chiapas. Y ya después, tanto sábado como domingo, los aprovechará para supervisar las obras del Tren Maya, pues la obra está prevista para inaugurarse este año y el mandatario aplica aquello de “a ojo del amo engorda el caballo”. También habrá de recargar energía, porque la próxima semana se anticipa agitada. Y es que su amigo, el padre Alejandro Solalinde, no ha quitado el dedo del renglón y está pidiendo la desaparición del Instituto Nacional de Migración, mientras se siguen acumulando quejas contra el personal del instituto que encabeza Francisco Garduño, por violaciones a los derechos humanos de personas migrantes, y reclamos contra este último, ahora incluso a través de change.org para que renuncie. (Redacción, La Razón, LA DOS, p. 2)
Es un lugar común recurrir a la frase “La iglesia en manos de Lutero”, para referirse a personas que explotan una creencia logrando obtener cargos o beneficios personales, generalmente para usarlos de forma opuesta al credo que pregonan y que los hizo llegar a posiciones de poder.
Pero bien aplica en el caso del cura Alejandro Solalinde, quien aprovecha la muerte de 40 personas en la estación migratoria de Ciudad Juárez, para recoger ahora los frutos de endiosar al presidente Andrés López Obrador, y de grillar contra varios funcionarios del gobierno federal: está a un paso de erigirse como el máximo cacique de los migrantes.
Al fundador del albergue para migrantes Hermanos del Camino está a nada de que el Presidente le autorice su plan para eliminar el Instituto Nacional de Migración, y en su lugar crear una Coordinación Nacional de Asuntos Migratorios y Extranjería (ConMéxico), en la que, faltaba más, él será el mandamás.
Su propuesta es que ese nuevo organismo se integre por representantes de la Segob, la Cancilería, iglesias, la CNDH, el Conapred, ONG y las Fuerzas Armadas, dirigidos por un católico que no pertenece a la jerarquía y a su decir es una “ persona muy querida por los migrantes”, además de “intachable”.
En los hechos, amén de mandar al basurero al INM y a su inepto titular, Francisco Garduño, Solalinde desplazaría de los asuntos sobre migrantes al canciller Marcelo Ebrard y al subsecretario de Derechos Humanos, Población y Migración de la Secretaría de Gobernación, Alejandro Encinas. A ambos funcionarios los grilló prácticamente desde el inicio de la administración de López Obrador.
Por ejemplo, a principios de junio de 2019, Solalinde lanzó su veneno verbal contra Ebrard, por la negociación que encabezó en Washington para evitar que el entonces presidente Donald Trump impusiera aranceles a México. O sea, por aceptar el programa Quédate en México.
“Tuvo todo para tomar el camino de la dignidad de México, para exigir respeto e irnos a tribunales internacionales, como la Organización Mundial de Comercio, pero aceptó ese juego de sumisión, humillación y vergüenza para México, y en aras de ese 5% traicionó la tradición de México; y lo más triste, empezaron a deportar niños, niñas y mujeres”, soltó.
Y contra Encinas, a quien Solalinde no baja de “inepto e incapaz”, desde enero de 2019 pedía su cabeza, porque “ha demostrado que no puede” con el tema migratorio, pues “no ha dado una”, y pidió colocar en su lugar “a una persona que de verdad sepa, que sustituya toda la inexperiencia que ha tenido Gobernación”.
El cura sabe de su gran influencia en el Presidente y tiene derecho de picaporte en Palacio Nacional. Incluso se le atribuye la paternidad de las famosas “visas humanitarias” que se repartieron sin control desde que empezó la actual administración, en diciembre de 2018.
También se le ve como autor de la política de fronteras abiertas con la que se dejó ingresar al territorio a todos los migrantes, lo que en poco tiempo (marzo de 2019) derivó en un conflicto con Estados Unidos, el cual, por supuesto, debió resolver Ebrard, quien desde ese entonces tomó participación más activa en la política migratoria, manteniendo a raya al curita de la 4T. Ahora el escenario es otro. Los 40 migrantes muertos en Ciudad Juárez están siendo el trampolín de Solalinde para asumir el control total de la política migratoria sin asumir formalmente un cargo público, pues ello lo obligaría a rendir cuentas y, sobre todo, ser plenamente transparente.
Y eso de la transparencia no es lo suyo, pues de no ser por lo revelado en marzo de 2018 por el entonces obispo de la Diócesis de Veracruz, Luis Felipe Gallardo Martín del Campo, no sería público que Solalinde “tiene subsidios y subsidios muy fuertes; tiene economía, tiene dinero, pero ya no quiero hablar más de ese campo. Yo lo que sé es que recibe mucho dinero, no sé de quién, generalmente son organizaciones, ONG y éstas que se dedican a eso”. (Raymundo Sánchez Patlán, El Heraldo de México, País, p. 5)
LA RUTA DEL DINERO
Todo indica que en el Instituto Nacional de Migración (INM) se engañó al equipo de Francisco Garduño. Y es que dos supuestas empresas del mismo equipo habrían simulado competir entre sí para quedarse con tres de las cuatro partidas presupuestales en que se dividió la compra de limpieza IA-04-K00-004K00001-N-20-2023. Le hablo de Servicios Inmobiliarios Iroa y Aseo Privado Institucional. Eso sí, ambas comparten como común denominador a José Juan Reyes Domínguez, quien según diversos testimonios se encuentra detrás una red empresarial con la que además evadiría obligaciones obrero-patronales. (Rogelio Varela, El Heraldo de México, Merk-2, p. 15)
El presidente López Obrador ha tomado la decisión política de alejarse de la tragedia de los cuarenta migrantes muertos en un albergue del Instituto Nacional de Migración en Ciudad Juárez, el pasado lunes 27.
Así lo dejó en claro al día siguiente cuando de los 165 minutos de su cotidiana conferencia, le dedicó dos minutos 40 segundos al caso donde endosó la culpa a los migrantes por haber incendiado las colchonetas. Y lo alejó aún más al anunciar que la secretaria de Seguridad, Rosa Icela Rodríguez, daría un reporte vespertino, para sacar el tema de sus mañaneras.
Este alejamiento presidencial hizo crisis el sábado pasado en la visita que tenía prevista a Ciudad Juárez para reunirse con los servidores de la Nación y revisar sucursales del banco de Bienestar.
No dedicó ni un minuto a visitar el lugar de la tragedia, a atender heridos y familiares ni a escuchar a nadie. Cuando una mujer le pidió que los oyera, desde su camioneta le reviró: A ti te mandó Maru, mi amor, refiriéndose a la gobernadora panista de Chihuahua.
Ya aquí, dijo que diez días antes de la desgracia, había hablado con su capellán Solalinde del tema y el martes lo recibió en su palacio. Y se alejó aún más de la crisis al mandarlo a anunciar la nueva política migratoria de la 4-T: la desaparición del INM, que es el reconocimiento de lo que no funcionó en cuatro años de gobierno, y la creación de una Coordinación Nacional de Asuntos Migratorios y Extranjería, pero sin militares ni Guardia Nacional y, digo yo, ya sin tiempo.
Así ha sido el control de daños de López Obrador de esta tragedia de la que, por lejos que quiera mandarla, siempre le será cercana y referente de su gobierno.
RETALES
Maduro no sabe que murieron venezolanos en Ciudad Juárez
Nos cuentan que ni el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, ni su canciller ni el embajador en México, Francisco Arias Cárdenas, se han pronunciado tras el incendio de la estación migratoria en Ciudad Juárez, en el que murieron 40 personas a consecuencia de estar encerradas en un centro de detención, entre ellas ocho ciudadanos venezolanos. Resulta que la posición del régimen bolivariano es que no han recibido notificación oficial de lo ocurrido, por lo que, nos cuentan, a los activistas promigrantes que han buscado el apoyo de Caracas para repatriar los cadáveres o que los familiares viajen a México para las gestiones necesarias, les responden que oficialmente no saben nada y no pueden intervenir ni pronunciarse. Tampoco ha buscado la representación venezolana hacer contacto con el ciudadano de ese país detenido y acusado de haber iniciado el fuego. ¿Será que no tienen interés en ayudar a sus gobernados o que no quieren molestar al gobierno “hermano” de México? (Redacción, El Universal, p. A2)
Desde hace años, incluso décadas, la crítica a la política migratoria ha sido parte del debate entre quienes siguen de cerca el tema de la movilidad humana desde y a través de México. Las críticas se han centrado de manera repetida en el brazo policiaco de dicha política que recae en el Instituto Nacional de Migración (INM).
Sin embargo, el tema de la vulnerabilidad de las personas migrantes ante la criminalidad, lo mismo que ante autoridades que violan sistemáticamente medidas contrarias a nuestras propias leyes, como son la detención (ilegal por más de 36 horas), perfilamiento racial al momento de toda detención o revisión (racismo), a lo que podemos añadir el constante asedio incluso de personas que cuentan con algún tipo de visado o permiso para permanecer legalmente en el país y aun así son detenidas o cuestionadas.
Todo esto se suma a situaciones denunciadas en cuanto foro y medio de comunicación lo ha permitido, como son la retención de personas extranjeras en el aeropuerto de la Ciudad de México, las cuales son aisladas, incomunicadas, separadas de sus familiares y mantenidas por horas e incluso días sin saber a ciencia cierta por qué están en espacios de “control migratorio”.
Esto ha ocurrido tanto a personas de procedencia humilde, lo mismo que a celebridades, artistas, científicos, empresarios que han corrido con la misma suerte, sobre todo si son nacionales de ciertos países —de América Latina— que a ojo de la autoridad migratoria son sospechosos de algo que no se les dice.
Aun con el impacto que cada una de estas situaciones tiene para las personas migrantes este no es el verdadero problema de la política migratoria, sino el hecho de que esto se ha mantenido así por años porque nunca ha habido el apoyo decidido de la opinión pública nacional para ponerle freno.
La reacción de asombro, dolor y hasta indignación de tantos y tantos suele ser bastante hipócrita, porque hay gente que se dice impactada ante situaciones terribles que al dejar de ser la nota principal la olvidan y, si acaso, solo queda presente a nivel público porque el golpeteo político mantiene vivo el tema.
Es cierto que luego de tragedias de la magnitud de lo ocurrido en Ciudad Juárez a 40 personas que murieron en un centro de detención —y otras tantas aun luchando por su vida— la idea de que la política migratoria mexicana debe cambiar se ha extendido; sin embargo, aunque parezca paradójico, ese no es el problema central, ya que si se respetara la política vigente ninguna de las prácticas que se usan bajo el pretexto del control migratorio podrían ocurrir.
Lo que tiene que plantearse entonces es un amplio debate que defina un cambio profundo y contundente del papel que México tiene y seguirá teniendo como país de tránsito de miles que buscan llegar a Estados Unidos, lo mismo sobre la relación con dicho vecino que hasta hoy se ha definido por seguir las pautas que ellos dictan en medio de cada una de sus campañas electorales donde usan el tema migratorio como uno de los temas principales para calentar la disputa entre partidos.
Pero nada podrá cambiar si este tema sigue siendo un debate a puerta cerrada y no inicia por resolver pendientes que las autoridades y nuestra clase política podrían revisar de inmediato, tales como aprobar urgentemente la ley de desplazamiento forzado interno (DIF) congelada en el Senado desde hace tres años por un senador; aprobar en el pleno del Congreso —ya se aprobó en comisiones— y avanzar en el Senado, la ley que reformula el artículo 33 que dada la redacción actual es la prueba de la incongruencia de muchos que se dicen preocupados por las personas migrantes y al mismo tiempo quieren mantenerlas sin posibilidad de opinar (artículo 33).
Habría que incluir la ley del retorno digno —de connacionales— que muy pronto se discutirá en el Congreso, lo mismo que medidas administrativas que definen la vida de las personas, como la facilitación de trámites migratorios para personas extranjeras en el país y agilizar la acreditación de la nacionalidad de los propios hijos de mexicanos nacidos en el extranjero que viven un viacrucis para formalizar lo que de hecho es su derecho pero que, sin dicho trámite, se queda en retórica.
El proceso migratorio no es solo el andar de las personas ni su paso hacia otra geografía; de hecho, esa imagen es solo la expresión más evocada de la migración forzada. Sin embargo, las verdaderas caras de ese éxodo se concentran en el despojo, la devastación, la depredación y el desplazamiento a nivel regional, por lo que discutir en serio la migración implica ampliar la mirada y vincular este proceso a cuestiones como la iniciativa de la ley minera, de aguas y de equilibrio ecológico, de cuyos resultados se podría esperar incluso más que solo reformular o incluso considerar desaparecer al Instituto Nacional de Migración. (Leticia Calderón Chelius, Milenio, Política, p. 10)
El video me produjo estupor, espanto y, sobre todo, me estremeció de indignación. ¿Cómo se pudo dejar que se calcinaran decenas de seres humanos a los que con una sencilla acción —abrirles la reja que los mantenía encerrados— se hubieran salvado?
Las imágenes muestran que, mientras se incendia la ergástula en que, recluidos bajo llave, se hacinaban los migrantes —las llamas ya eran notablemente intensas—, dos uniformados caminan tranquilamente alejándose de la escena. No les importó a esos guardias darse cuenta de que el fuego ya alcanzaba una magnitud considerable, por lo que los detenidos sufrirían si no les abrían la reja, una de las más crueles muertes imaginables o padecerían quemaduras que marcarían para siempre sus vidas.
Pudimos saber cómo sucedió la tragedia por la difusión de un video que el Presidente ya conocía cuando, sin hacer alusión alguna a la omisión criminal de los guardias, dijo que la tragedia había ocurrido porque los migrantes incendiaron un colchón. El video es la prueba irrefutable de que quienes estaban obligados jurídica y moralmente a poner a salvo a los prisioneros optaron por dejarlos a merced de las llamas.
¿Pretendía López Obrador que las muertes y las quemaduras múltiples quedasen impunes, como probablemente hubiesen quedado si el video no se difunde? El secretario de Gobernación reprobó que se difundiera. A ambos, por lo visto, les molestó más que se conocieran los hechos que los hechos mismos.
En su laaarga conferencia mañanera —de duración de dos horas cuarenta minutos—, llevada a cabo poco después de esa desgracia, el Presidente dedicó dos minutos veinte segundos para lamentarla. Su lamentación no le impidió reír varias veces durante su prédica. 140 segundos, ni uno más, dedicados a ese crimen masivo por omisión. A López Obrador le pareció que otros asuntos requerían mayor atención. Por ejemplo, dedicó muchísimo más tiempo a sus acostumbrados ataques al Instituto Nacional Electoral y al Poder Judicial.
Días después, el titular del Ejecutivo acudió a Ciudad Juárez, la ciudad donde tuvieron lugar los hechos, pero no a visitar a los lesionados, sino a un asunto electorero: una entrevista con los servidores de la nación. Al salir de esa reunión, un grupo de migrantes le pidió que los escuchara. El Presidente se negó: él sólo quiere escuchar aclamaciones, aplausos y odas, ridículas y serviles, como la que le brindó Layda Sansores.
Los secretarios de Gobernación y de Relaciones Exteriores, en campaña permanente por la candidatura presidencial, no dejaron de sonreír ante las cámaras el mismo día de ocurrida la desgracia. Como al Presidente, no parece haberles afectado demasiado lo sucedido: las víctimas no representaban votos, pues ni los muertos ni los quemados tenían la ciudadanía mexicana.
Ninguno de los migrantes estaba en esa prisión —albergue le llamó López Obrador— bajo la acusación de haber cometido un delito: a todos ellos se les detuvo porque vendían artesanías o pedían una moneda en la vía pública. Al ver que el fuego los alcanzaba y sentir que el calor aumentaba y la respiración se les dificultaba, los detenidos, desesperados, gritaron, patearon la reja que se interponía a su salvación, imploraron auxilio, rezaron, maldijeron, pero nadie los escuchaba: increíblemente se les había abandonado.
En su desesperación, en su miedo, en su angustia asomaba la esperanza de que se les abriera esa reja. ¿Por qué habrían de dejarlos en esa situación? No podían creer, porque sencillamente no era creíble, que los guardias del centro de detención del gobierno más humanista que ha tenido México, según los idólatras de López Obrador, los dejaran desamparados en ese averno, que les fuera aplicada, sin que se les hubiese acusado de delito alguno, la pena de muerte en la más atroz de sus ejecuciones, no prevista en ninguna de las legislaciones de los países que aún conservan la pena capital.
Los senadores de Morena, mayoría en el Senado, se opusieron a que fueran llamados a comparecer los secretarios de Gobernación y de Relaciones Exteriores. ¿Cómo se les iba a distraer de sus respectivas campañas por 40 migrantes muertos y 28 gravemente lesionados por el fuego, a quienes se negó el escape del infierno?
La manifestación de miseria moral no fue sólo de los carceleros que no quisieron abrir la reja. (Luis de la Barreda Solórzano, Excélsior, Nacional, p. 7)
Es indiscutible que los estados tienen derecho natural a establecer sus políticas y leyes migratorias. Por lo mismo, resulta imposible prohibir a una nación que imponga requisitos y condiciones a los extranjeros que deseen radicar en ellas o cruzar por sus fronteras, incluso bajo el argumento de los derechos humanos. Tampoco hay forma, ni desde el derecho internacional, ni desde la fuerza del poder, de que un país obligue a otro a recibir migrantes en contra de su autodeterminación o de las leyes aplicables. A menos, claro está, de que la nación débil lo permita, como ha ocurrido en México desde hace muchos años, por mucho que se quiera negar, con la consecuente transformación de sus normas migratorias válidas a regulaciones ineficaces, inútiles e incluso criminales.
Así es. De nada ha servido que nuestra Constitución disponga que los extranjeros gozan de los mismos derechos humanos que los mexicanos, si en la práctica los migrantes han sido y siguen siendo víctimas de discriminación, inseguridad, violencia y toda clase de violaciones a sus derechos ¡reconocidos en nuestras leyes! Desde hace muchos años, por ejemplo, se dice que “la migración no es delito” pero quienes vulneran las normas migratorias y no caen en las garras de la delincuencia organizada pero sí en las del Instituto Nacional de Migración (INM), son encerrados en las eufemísticamente llamadas “estancias migratorias”, construidas con rejas y candados, sujetas en muchos aspectos al régimen penitenciario que se aplica en las prisiones de nuestro país, y que operan al margen de las garantías penales sobre debido proceso.
La tragedia ocurrida hace unos días en Ciudad Juárez es muy elocuente con la depravación de nuestro régimen de control migratorio. Alguien ordenó encerrar a los migrantes en instalaciones gubernamentales como si fueran delincuentes. Alguien mandó a colocar candados en las rejas. Alguien, tal vez el mismo, ordenó no abrirlas aún con el incendio en curso que estaba cobrando vidas. Y como ese “alguien” es un servidor público de alto nivel —no se necesita una investigación sesuda para intuirlo—, que seguramente seguía órdenes de más arriba, es innegable que los hechos de Ciudad Juárez son un crimen de Estado. Aunque duela decirlo, aunque duela que así sea.
Ya lo demás, o sea, si los migrantes estaban allí por órdenes de los Estados Unidos, si había una empresa de seguridad privada contratada para custodiarlos, o si las autoridades llevarán a juicio sólo a servidores públicos y empleados menores o también a la cadena de mando, todo eso, aunque importante para conocer la verdad, es en realidad secundario. Lo central, como se ha dicho hasta el cansancio, es que la regulación migratoria en México ha demostrado con creces su injusticia, ineficacia y carencia absoluta de sentido ético. Y eso no puede seguir.
A estas alturas, quién sabe si la solución sea la sustitución del INM por una Coordinación de Asuntos Migratorios, como se ha anunciado por voceros no oficiales del gobierno Federal. Habría que ver el detalle de los documentos jurídicos. Pero lo que sí urge, es que desde ya los migrantes dejen de ser tratados como delincuentes. Ese sí que sería un buen primer paso. (Jorge Nader Kuri, El Universal, Opinión, p. A14)
Resulta inconcebible que, a pesar de la evidente tragedia cotidiana que millones de seres humanos sufren al intentar cruzar nuestra frontera norte, políticos tanto de México como de Estados Unidos prefieren lucrar con ésta, en vez de buscar soluciones.
En EU, a los republicanos les resulta oportuna esta debacle -talón de Aquiles de Biden- pues subraya la debilidad de un gobierno demócrata que invierte decenas de miles de millones en Ucrania, pero es incapaz de sellar su propia frontera sur. Permite un flujo masivo de “violadores y asesinos”, según Trump -el amigo de AMLO- y el tráfico de fentanilo que mata a decenas de miles de jóvenes. Para los demócratas, la migración presenta la amenaza, no sustentada por evidencia, de reducir el ingreso de trabajadores sindicalizados que simpatizan con ellos.
Es de tal magnitud la crisis, que el tema migratorio podría ser la primera prioridad de quien llegue a la Casa Blanca en 2024. Además del grave problema humanitario, que crecerá por la violencia en México y Centroamérica y por la miseria en países -Venezuela, Cuba, Haití- que expulsan a sus pauperizadas poblaciones, Estados Unidos no tiene mano de obra suficiente para enfrentar retos monumentales.
La probabilidad de un conflicto entre China y EU crece. Nuestros vecinos tendrán que sacar pronto la capacidad industrial que ahí instalaron. Esa necesidad se acentuó porque la pandemia mostró que la distancia geográfica crea retos logísticos inoportunos, y creó la necesidad de desarrollar redundancias en las cadenas de suministro, para evitar el riesgo de interrupciones al depender de un proveedor único. Además, por la aprobación del Inflation Protection Act -el proyecto de infraestructura más grande en la historia de EU- invertirán más de un millón de millones de dólares para su reconversión energética en la próxima década, incluyendo la electrificación del parque vehicular norteamericano. Adicionalmente, el Chips Act intentará resolver la excesiva dependencia de EU por semiconductores taiwaneses, e implicará invertir 50 mil millones de dólares más.
Aún antes, EU no tenía suficientes trabajadores. Hay más de 10 millones de vacantes y sólo 5.5 millones buscan empleo. Ese desbalance ha encarecido servicios -restaurantes, por ejemplo- creando fuerte presión inflacionaria. Esa escasez se acentuó primero porque la ayuda fiscal del gobierno de EU durante la pandemia (para que los trabajadores se quedaran en casa y evitaran exponerse a contagio) les permitió posponer su regreso al mercado laboral. En muchos casos, fomentó una jubilación anticipada. Por la pandemia y por las crueles medidas antimigratorias del gobierno de Trump (el amigo de AMLO), tenemos alrededor de dos millones de migrantes menos de los que tendríamos de seguir tendencias previas. Eso impide que muchas mujeres regresen a trabajar, al no tener con quién dejar a sus hijos o a adultos mayores. Además, quizá hubo alrededor de un millón de muertes relacionadas al Covid, y millones más afectados por sus secuelas.
La escasez de trabajadores es un problema serio que al menos ofrece la posibilidad de soñar con un acuerdo migratorio realista y sensato. Ésta crece si consideramos que muchos estados agrícolas, con gobiernos republicanos, también la padecen.
Si México tuviera un gobierno que sí se preocupara por la terrible crisis humanitaria, y entendiera la enorme oportunidad de acelerar nuestra integración económica con Norteamérica, cabildearíamos presentando propuestas sensatas y levantando la mano para ayudar a resolver el problema que compartimos y que les quita el sueño a los vecinos. En vez de eso, insultamos a los demócratas al no ir a la cumbre de Biden, tardándonos en felicitarlo por su victoria electoral, y poniéndonos del lado del impresentable -e indiciado- Trump; provocamos a los republicanos al culpar a EU de la crisis del fentanilo, al ponernos del lado de dictaduras impresentables -Cuba, Nicaragua, Venezuela- e insultamos a ambos al estar del lado de Putin en un conflicto que no nos incumbe.
Este sexenio pasará a la historia como el de las grandes oportunidades desperdiciadas. (Jorge Suárez-Vélez, Reforma, Opinión, p. 11)
Unos días atrás, la noticia del incendio en el “Centro de detención del Instituto Nacional de Migración”, en Ciudad Juárez, en la frontera de México con Estados Unidos, fue escandalosa. Aproximadamente 39 migrantes (de El Salvador, Guatemala, Venezuela, Colombia), quemados vivos por un incendio. No entraré en los debates políticos alrededor de este tema, pero no puedo dejar de hacer una reflexión, ya que todo lo ocurrido refleja lo opuesto a lo que significa el proceso de migración, además de que da testimonio de que un Instituto que debería ser un ámbito de protección y apoyo, se transforma en una “policía de frontera”.
La realidad de nuestros tiempos nos hace darnos cuenta de lo problemático y urgente que es el tema de la migración forzada, determinada por muchos factores: ya sea por guerras, por condiciones de inseguridad ante la violencia local, o sea por la incapacidad de los Estados políticos de brindar a sus ciudadanos un mínimo de condiciones de bienestar para poder tener un proyecto al futuro. La migración, aunque es un tema antiguo, en el siglo XXI y así como se presenta el panorama, parece un problema que somos incapaces de comprender y al cual no sabemos responder.
Una mirada hacia atrás, nos hace recordar, que el siglo XX ha sido denominado como el siglo de los campos, como lo describe Hannah Arendt en su obra “Los orígenes del totalitarismo”, y si bien al final de la década de los ochenta el mundo asistía a la caída del famoso “Muro de Berlín”; el siglo XXI debutó con un levantamiento de muros en un panorama social y económico que se quería, y se quiere global y cosmopolita. Esta es la gran paradoja de nuestro siglo: con el fin de detener las infracciones y la violencia, los países desarrollados empezaron a plantear la idea de rodear sus fronteras con muros. Un retroceso que recuerda al de la Edad Media, cuando las ciudades eran amuralladas, precisamente contra los invasores. No sería este el único retroceso que estamos viviendo como sociedad. Como bien afirma Donatella Di Cesare: “Después del Muro de Berlín, el tercer milenio se ha abierto con una nueva época de muros”.
Muros que nos separan en un mundo que promueve la diversidad, la inclusión y un “mundo sin fronteras”; palabras que, en la realidad, son solo eslóganes que nos hipnotizan y nos dan la impresión de que vivimos en “un mundo mejor”. Desde el “muro de Bush”, al “muro de Trump”, o las fronteras que delimitan el espacio Schengen en Europa, así como muchos otros muros invisibles, la realidad es totalmente diferente. Miles de migrantes, en su deseo de buscar una vida mejor, por una guerra, o por pobreza y violencia, sufren en las fronteras humillaciones, deportaciones y otros abusos o, como en el caso de México, la muerte. Y esto pasa porque vemos en el migrante al “enemigo”, al invasor en un espacio que ni siquiera nos pertenece, como nada nos pertenece en este mundo.
¿Qué es un migrante? No es un enemigo, y menos se le debe enjaular en “centros de detención”. Es un ser humano que, por necesidades y en espera de una vida mejor, deja atrás su hogar, su tierra, y lo único que lo espera es un mundo de incertidumbres. Al migrar, estas personas, entran en un tipo de “régimen del refugiado” que se define como un cúmulo de normas, reglas, procedimientos, que un Estado ofrece a los migrantes. Pero las reglas, los procedimientos no bastan para atender al migrante, se necesita de humanidad, de comprensión y real apoyo. El hecho de que hemos transformado las fronteras en barreras o muros, muestra el hecho de que el problema de la migración no está visto, ni a la fecha, desde un punto de vista humano, ético, sino que se ha abandonado en manos de políticas policiacas que defienden el territorio de un estado.
Independientemente de la causa que produce el proceso de migración, el migrante viene a develar una ruptura en la mentalidad colectiva de nuestra sociedad, muestra lo inhumanos que seguimos siendo. Las políticas migratorias que, supuestamente, están enfocadas en el respeto a los derechos humanos y la reintegración de los migrantes, lo más que han intentado, no cubren esta ruptura. En general, donde sea que lleguen, los migrantes, al ser los más vulnerables de un territorio, son humillados, deportados, y muchas veces tratados como criminales. La sociedad global, apuesta por leyes de migración cada vez más complicadas y a veces absurdas. Hemos creado discursos sobre los derechos humanos, sobre la inclusión, pero cuando se trata de la realidad, los migrantes son marginados y no deseados. Los territorios se deben delimitar, por muchas razones, pero el problema es que las fronteras deben, sobre todo para aquellos que buscan ayuda, ser más fluidas y los ciudadanos más hospitalarios.
Es verdad que, en algunos lugares, inclusive en México hay organizaciones civiles, voluntarios y propuestas humanitarias que tratan de ayudar, pero se topan, a la vez, con un sistema rígido cuando se trata de los migrantes. Ante un panorama en el cual levantamos muros, expulsamos, creamos un tipo de neurosis colectiva ante los migrantes, se deslumbra lo que Marc Colpaert llamaba “la tragedia monocultural”. Sobre el extranjero (migrante, refugiado) escribieron varios filósofos: desde Hannah Arendt, a Derrida, Levinas, Di Cesare etcétera, todos resaltando la vulnerabilidad de los seres humanos ante un proceso migratorio; pero solo recordamos a los migrantes cuando pasa una tragedia, una catástrofe. “Los migrantes, los extranjeros y los refugiados no son, en primer lugar, un problema. Están aquí, como la vida está aquí; se anuncian, como se anuncia la vida. Se anuncian a sí mismos por varias razones. Es nuestro deber decodificar e interpretar estos anuncios”, afirma Colpaert.
Mientras no repensemos el modo de tratar a los migrantes, mientras no cambiemos nuestra forma entender la migración, y mientras los Estados no tomen en serio el problema para enfrentarlo, no a través centros de detenciones y con muros levantados, el tema de los migrantes expresa el modo en el cual, como sociedad nos hemos organizado en torno a la falta de humanidad, la indiferencia y la ignorancia en un supuesto “mundo sin fronteras”. (Catalina Elena Dobre, La Crónica, P.p.)
Aunque el cacique repite que no es lo mismo, cada día se parece más a todos los que han desfilado por Palacio Nacional. Ya tiene un número, por el momento, es 40, pero parece que puede subir y superar el 43. Ojalá no sea así. Teniendo como escenario de fondo el gran fracaso que ha sido su lucha en contra la violencia y la inseguridad, el evento de Ciudad Juárez lo marcará de manera indeleble.
No hay área de gobierno que se revise en la que las cuentas no arrojen saldo rojo. A su impreparación para administrar se suma la de muchos incondicionales, mudos, ciegos y sordos que han pasado de noche por las principales carteras del gabinete. Se agotan las arcas públicas, no tardamos en volver al gravoso endeudamiento.
Trump y Biden adoptaron una medida que, tarde o temprano, les dará dolores de cabeza. Le han encomendado a López la tarea de ser el celador migratorio que haga innecesario construir un muro, pero, para cualquiera es claro, que no tiene la más mínima idea de cómo montar algo parecido a una estación migratoria, pero sí algo que se acerca a Guantánamo.
Aunque el discurso da la idea de que se montarían albergues casi hoteles, en los que cómodamente se esperaría a concluir trámites para ser aceptado o rechazado en los Estados Unidos, lo real, es que, como dice, su pecho no es bodega, pero sí todo lo que construye. De muestra, la refinería, el aeropuerto y las sucursales del Banco del Bienestar, están bien para bodegas y no más.
En una de ésas, hasta dinero le dieron para operar el inefable programa, el cual, seguramente, ya se habrá puesto en sobres amarillos. La idea no fue de López, por lo que, en la campaña del 24, más allá del río Bravo, se dirá que se tomó una medida contraria a los derechos humanos, al confiar la integridad y seguridad de migrantes a una persona que no ata ni desata. Allá, se ha ido tomando gusto por golpearlo en el discurso parlamentario, y si el de Tepetitán continúa profiriendo adjetivos, no tardarán en insultarlo.
Amenaza a los congresistas con acusarlos con los votantes mexicanos, pero olvida que todo mundo sabe que su apoyo en la pasada contienda estuvo a favor de Trump, y perdió. Noriega, en su tiempo, no estuvo a la altura de las bravatas. El desenlace no fue ejemplo del respeto al derecho ajeno, pero así se las gastan allá, así que, más vale estar del lado del derecho y no de la vulgaridad.
En su mente, acaricia la idea de ser mártir del imperio. Qué mejor remate para la opereta pseudo histórica que ha montado. De sobra sabe que el expediente que le han armado lo pondría contra las cuerdas, y que él, y sus allegados no tendrían cómo evadir la narrativa que reclamara el que se inicie un juicio, allá, en el mismo juzgado que el mañanero orador tanto aplaudiera. Así que ha decidido arrojarse con todo, para atribuir la acusación al ríspido intercambio de recriminaciones.
Equivoca la estrategia, no cargará sólo con las consecuencias si no restituye las cosas al ambiente de la sensatez, sino que también afectará el interés nacional y el bienestar de los mexicanos.
Coinciden los procesos electorales el año que viene. Ningún presidente mexicano había puesto un tablero electoral en el que allá, además de ser tópico relevante de la contienda, resulte blanco de ambos bandos.
La silla la tiene prestada y la investidura que ostenta tiene “v” de vuelta, sí, mientras no emprende una guerra en la que dependa de él poner lo ajeno en prenda. Sereno, moreno. (Gabriel Reyes Orona, Excélsior, Nacional, p. 10)
Pocas cuestiones tan disruptivas a los poderes, sean de derecha o de izquierda; pocas cuestiones que ponen a prueba el optimismo de la globalización; pocas cuestiones que verifiquen si el discurso políticamente correcto se traduce en acciones de justicia. Esa cuestión es la de las personas migrantes.
El incendio del centro de detención de Ciudad Juárez el 27 de marzo, donde fallecieron 40 migrantes y resultaron lesionados por lo menos otros 22, suscita muchas reflexiones. El hecho es un nudo de factores, de desresponsabilidades, que exhibe a quienes pretenden esquivarlo, explicarlo de manera reduccionista, o lucrar políticamente. Revela la cultura de los muros contra los migrantes que denuncia el papa Francisco.
El número de migrantes que llega a nuestras fronteras se ha disparado, se han diversificado los países de origen y no los van a detener tragedias como ésta. En su raíz hay factores endógenos de cada país, como la miseria, el desempleo, la injusticia social, las violencias, la persecución política, de los que se desresponsabilizan los gobiernos.
Hay también una responsabilidad frecuentemente invisibilizada: la del colonialismo ejercido por Estados Unidos sobre América Latina desde hace dos siglos. Colonialismo que destruye y subordina las economías y sociedades locales, e introyecta el modo de consumir, trabajar, desear y vivir promovido por él.
Así, el capitalismo estadunidense genera un efecto de atracción de la gente a su modo de vida, a su supuesto progreso, pero al mismo tiempo, su dominio neocolonial provoca la expulsión de poblaciones que no tienen condiciones de vida digna en su país de origen, pero cuando éstas llegan a la frontera estadunidense, les levantan muros de hierro y de política migratoria racista y represiva. La dialéctica de la inclusión subordinada y la exclusión violenta.
También el gobierno federal tiene una seria responsabilidad. Por presión o por no haber de otra, ha tenido que ser partícipe de facto de la política migratoria estadunidense: ha militarizado las fronteras, contenido migrantes, improvisado una política de atención, con recursos muy insuficientes, sin participación de estados, municipios y sociedad. No ha extirpado la corrupción alojada desde hace añales en el Instituto Nacional de Migración, donde sigue habiendo extorsiones, maltratos, represión, perpetrados (y perpetuados) contra los migrantes. Las dependencias federales no están adecuadamente preparadas, ni tienen presupuesto ni infraestructura física suficientes, ni protocolos, para brindar un trato digno al número creciente de personas en movilidad.
Los gobiernos estatales y municipales de las entidades fronterizas se quejan de no contar con recursos suficientes para atender a los migrantes que llegan. Tienen algo de razón, pero también hay en ellos afán de desresponsabilizarse o actitudes xenófobas y racistas.
Es el caso de la gobernadora de Chihuahua, María Eugenia Campos: en abril de 2022 firmó un memorando de entendimiento con el gobernador de Texas, Greg Abbott –mostrado en la Cámara de Diputados por la legisladora juarense Andrea Chávez–, que pretende detener el flujo de migrantes de más de 100 países que ingresan ilegalmente a Texas a través de Chihuahua. Para esto utilizarán drones y la tecnología de la Plataforma Centinela, sobada estrategia del gobierno panista que costará 4 mil 200 millones de pesos a los contribuyentes chihuahuenses, quienes así financiarán las acciones antinmigrantes del fascista gobernador texano.
Los muros, candados y agresiones contra los migrantes los pone también el ambiente xenófobo propiciado por fake news o declaraciones como las del alcalde de Juárez, quien dijo días antes del incendio: Nuestro nivel de paciencia con los migrantes se está agotando. Ya en noviembre pasado el área de derechos humanos del municipio demandaba al Instituto Nacional de Migración ejecutar redadas de migrantes en los cruceros porque ha habido muchas quejas de la gente. Como si no hubiera más quejas en esta frontera por la galopante inseguridad pública, el pésimo transporte y los eternos baches.
El hacer justicia, terminar con la impunidad y garantizar la no repetición de tragedias como la del 27 de marzo tiene responsables muy concretos: los tres órdenes de gobierno mexicano y el de Estados Unidos. Si éstos no transforman de fondo las actitudes y las acciones ante el problema, seguirá habiendo asesinatos y desapariciones de migrantes.
Debemos exigir al Estado mexicano que construya una política migratoria con enfoque efectivo de derechos humanos, abriéndose a la participación ciudadana. Quienes saben del asunto de las personas migrantes, incluso más que el propio gobierno, son las organizaciones de la sociedad que las apoyan y las cuidan, las iglesias y los activistas. Hay que escucharlas, invitarlas a participar. Ellas demandan recurrentemente la desmilitarización de las fronteras y la no criminalización de las personas en movilidad y brindarles atención y cuidado dignos, sin consideraciones políticas.
Asimismo, aprovechando el llamado ciclo progresista de la región, se debe promover la construcción de un pacto latinoamericano por los derechos humanos de los migrantes que sea base para un diálogo multilateral con el gobierno de Washington. Muchos sectores de allá lo apoyarían.
El masivo éxodo migrante continuará, y las tragedias se repetirán si no se transforma la cultura de los muros y los candados en el entorno de acogida a personas portadoras de derechos. (Víctor M. Quintana S., La Jornada, Opinión, p. 16)