Opinión Migración 060925

Escena del Crimen / CDMX, ¿nuevo símbolo de la violencia mexicana?

Evidencias

Por cierto, lo que inicialmente se había anunciado como la firma de un amplio acuerdo de seguridad se convirtió en una reafirmación de la colaboración que México y Estados Unidos han desarrollado desde siempre. La reciente visita del secretario de Estado, Marco Rubio reflejó que las prioridades siguen siendo impedir que el fentanilo y otras drogas entren a Estados Unidos, y que las armas de gran potencia se introduzcan de contrabando a México, al tiempo que se sigue controlando la migración, la cual ha disminuido drásticamente.

La novedad es la creación de un “grupo de implementación de alto nivel” que sería el mecanismo para esa colaboración continua. (Gerardo Jiménez, El Sol de México, Metrópoli, p. 16 y La Prensa, p. 2))

La lista Rubio

La única lista Rubio que existe son los acuerdos bilaterales de alto nivel entre el gobierno de México y los Estados Unidos. En la realidad alterna de la oposición circula otra lista que solo ellos conocen. Son síntomas de delirios políticos cada vez más graves.

La relación entre México y Estados Unidos ha sido una de las más complejas y trascendentes de la historia continental. Dos países vecinos que comparten más de 3,000 kilómetros de frontera y un sinfín de vínculos económicos, sociales, culturales y políticos, han transitado por etapas de conflicto, cooperación y redefinición constante de intereses. Desde el siglo XIX, cuando guerras y tratados dejaron heridas profundas en el territorio y en la memoria colectiva, hasta la actualidad, ambos países han aprendido a convivir en una dinámica donde la geopolítica se entrelaza con la realidad humana de millones de migrantes, el comercio y la seguridad.

En el siglo XX la relación se consolidó bajo el paraguas de la interdependencia. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte, firmado en 1994, y posteriormente el T-MEC, marcaron un parteaguas en la integración económica. Pero más allá de lo comercial, los temas de migración, seguridad fronteriza y combate al crimen organizado han estado siempre en el centro del debate. México es un actor indispensable en la política exterior de Washington, y Estados Unidos, a su vez, es el principal socio comercial de la nación mexicana.

En este marco histórico, la reciente visita del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, reviste un carácter especial. Rubio, de origen latino y con amplia trayectoria política, llegó a México en un momento crucial: el inicio del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. Como representante de la administración de Donald Trump, refrendó la importancia estratégica de México y buscó consolidar una agenda bilateral renovada que trascienda coyunturas inmediatas.

El encuentro con la presidenta Sheinbaum fue calificado como histórico por ambas partes. Los acuerdos alcanzados abarcaron ejes fundamentales: coordinación en materia de seguridad para enfrentar al crimen trasnacional, fortalecimiento del comercio bajo reglas justas y cooperación en políticas migratorias que protejan derechos humanos y garanticen orden en los flujos fronterizos. En todos estos puntos, México fue reconocido como un socio confiable y respetado, dejando atrás visiones subordinadas del pasado.

Particular relevancia tuvo la participación del secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, quien expuso los avances de la estrategia nacional contra el crimen organizado y los logros en la disminución de delitos de alto impacto. Su solvencia profesional fue reconocida públicamente por Rubio, consolidando la imagen de un país que no improvisa, sino que actúa con inteligencia y determinación.

El liderazgo de Claudia Sheinbaum se reflejó con claridad. Con más de 36 millones de votos obtenidos en la elección, su legitimidad no es tema de debate, sino un hecho incontrovertible. Las encuestas nacionales e internacionales la colocan entre las mandatarias con mayor respaldo ciudadano en el mundo, lo que se traduce en fortaleza para negociar y defender los intereses de México en el escenario global. La reunión con Rubio validó esa autoridad y confirmó la seriedad con la que el nuevo gobierno encara los retos de la relación bilateral.

En contraste, la narrativa fabricada por la oposición se desmorona. Durante semanas intentaron posicionar la supuesta existencia de una “lista Rubio”, como si se tratara de un inventario de sanciones o investigaciones contra el gobierno mexicano. La realidad es otra: lo que hoy conocemos como acuerdos bilaterales son fruto del diálogo político y del respeto institucional, no de rumores inventados por partidos sin proyecto.

El papel ridículo de personajes como Federico Döring y Lilly Téllez merece mención aparte. Ambos se han dedicado a construir ficciones que solo encuentran eco en su propio mundo. Su conducta se explica casi desde un perfil clínico: quienes padecen disociaciones psicóticas suelen vivir en realidades alternas, incapaces de distinguir lo verdadero de lo imaginado. Esa misma lógica permea en los discursos de estos legisladores, atrapados en narrativas personales desconectadas del país que hoy Sheinbaum gobierna con firmeza y respaldo popular. Su actuación legislativa, marcada por la confrontación sin sustento y la invención de fantasías políticas, los asemeja más a pacientes en crisis que a representantes serios de una oposición responsable.

La visita de Marco Rubio a México se inscribe, en suma, en la larga historia de una relación bilateral que ha pasado de la confrontación al respeto mutuo. Pero más allá de lo simbólico, representa un golpe contundente contra quienes intentan manipular la opinión pública con falsedades. México y Estados Unidos avanzan en una agenda de cooperación histórica, mientras la oposición se consume en su propio laberinto de irrealidad. En esta nueva etapa, la solidez del gobierno de Sheinbaum, el trabajo eficaz de García Harfuch y la disposición del gobierno estadounidense confirman que el rumbo bilateral se define con seriedad, inteligencia y visión de futuro. (Ricardo Peralta, El Sol de México, Análisis, p. 12)

Portazo / Los drones y las presiones

Si el gobierno mexicano  —por lo menos— quisiera comprender por qué siempre queda por debajo en las negociaciones con Estados Unidos, bien podría buscarse un tahúr como maestro de póker. Ahí entendería la primera regla: siempre gana quien tiene más dinero para apostar en contra de la debilidad del otro.

Después quien domina psicológicamente al adversario con irrealidades, mentiras respaldadas con apuestas duplicadas cuya visibilidad cuesta.

El, llamado bluff o petate.

El siguiente paso es la paciencia para esperar el momento de plantear una apuesta insuperable con un juego invencible.

A partir de todo eso lo mejor es jugar entre iguales, con límite de dinero y revires. Pero en el juego abierto, salvaje, de apuestas ilimitadas, sólo gana el muy rico (y hábil para dominar al otro) y seguir siendo millonario, cada vez más. No es posible ganar si te estás jugando la quincena, la escuela de los niños o la intangible soberanía nacional.

Así una y otra vez los estadounidenses abusan del vecino pobre.

Cuando plenos de alborozo esperábamos un acuerdo bilateral en materia de seguridad, Donald Trump reventó una falúa en el Caribe y asesinó gozoso a 11 narcotraficantes. Al menos eso dijo él. Luego Marco Rubio, el secretario de Estado, a quien recibimos como procónsul, sentenció: los perseguiremos estén donde estén. 

México ni siquiera protestó. Simplemente recitó el catecismo soberano y pacifista.

No es hoy con Venezuela como era cuando López Portillo en el extremo del ridículo gritoneaba: “lo que se le haga a Cuba se le hace a México”. Ajá.

Ahora Estados Unidos tiene una espada y una pared. Un muro.

El Ejército Mexicano contiene migrantes australes y el eufónico recurso  de cooperación (flojito y cooperando) funciona a partir de  intereses washingtonianos; no los de México. A quienes perjudica el fentanilo es a ellos, por eso nosotros perseguimos a sus fabricantes y distribuidores.

Como dijo alguna vez Porfirio Muñoz Ledo: para hacerle un oscuro favor a los Estados Unidos (movimos la Guardia Nacional a la frontera de Chiapas y dejamos a su arbitrio la “soberana” política migratoria).

Pero cuando estábamos metidos en el asunto de seguridad, apareció otro peine: el comercio, el TEMEC y su revisión arancelaria y no arancelaria. Y otro paquete de exigencias: desmonten sus barreras no arancelarias, muchas de las cuáles son producto de la ideología populista y no del comercio neoliberal.

Y ahí, los reventarán como chalupa venezolana.

No habrá revisión del TEMEC. Habrá un nuevo tratado con casi todo en favor suyo. México no resiste apostar en dos mesas. En ambas pierde.

El TLC se firmó con un México muy diferente del actual, pero el Imperio no ha cambiado. (Rafael Cardona, El Heraldo de México, País, p. 5)

Rehenes

“No hay ningún gobierno que esté cooperando más con nosotros que el gobierno de México”. Esta rimbombante declaración de Marco Rubio, el secretario de Estado de Trump, ¿debe ser interpretada como una buena noticia para México y como una prueba de la astucia de la diplomacia mexicana frente a la constante hostilidad de nuestro vecino del norte? ¿O se trata, más bien, de una nueva claudicación frente a las presiones a que estamos sometidos? ¿De una muestra de buena voluntad que no es sino un regalo envenenado? ¿De la constatación de nuestra inevitable condición de rehenes de la principal potencia del planeta que hoy se halla en manos de un líder despótico y venal?

No nos engañemos: este hiperbólico elogio proviene de un régimen autoritario y racista que no busca otra cosa que imponer su relato en todo el orbe, actuando siempre de cara a la galería, ajeno a los hechos. A Trump y a Rubio -permanentemente obligado a exhibir una lealtad sin fisuras hacia su voluble jefe- no les importa otra cosa que fingir logros allí donde los demócratas fallaron: en el combate al narcotráfico -en especial, de fentanilo- y en la migración que ellos consideran ilegal. En los hechos, un doble fracaso anunciado: bien sabemos a estas alturas que mientras haya demanda -sea de drogas o de trabajadores migrantes- la oferta no se detendrá ni con sonoras capturas o intempestivas extradiciones de capos ni con el discurso de odio contra los migrantes o incluso las expulsiones masivas.

La cooperación mexicana en estos dos rubros resulta, pues, o ineficaz o indigna: desterrar el “abrazos, no balazos” de López Obrador para reinstaurar una versión 4T de la guerra contra el narco de Calderón y García Luna, en manos ahora de García Harfuch, ha demostrado que solo sirve para impresionar -o engañar- a la opinión pública, pero en medida alguna para disminuir el tráfico de estupefacientes, los cuales siguen llegando puntualmente a sus usuarios en cada ciudad estadounidense. Peor aún: la cooperación en materia migratoria, aceptada ya por AMLO durante el primer periodo de Trump, nos convierte en el “hermoso muro” que tanto defendió entonces. Ahora somos nosotros quienes intentamos cerrar a cal y canto nuestra frontera sur y entorpecer por todos los medios la llegada de centro y sudamericanos al norte.

Presumir las cifras de incautaciones y capturas, o bien aquellas que demuestran el descenso en los cruces fronterizos, como ha hecho la Presidenta, solo confirma que nos hemos convertido en irremediables cómplices de la demagogia y el racismo de Trump. La guerra contra el narco que hemos sufrido por años nos permitió constatar que sus objetivos son imposibles: la detención y exhibición pública del Chapo y decenas de sus pares jamás ha ayudado a frenar las adicciones y, por el contrario, solo ha acentuado la violencia y empoderado a las bandas criminales -llamadas cárteles solo para mantener la narrativa oficial-, que a partir de allí han logrado diversificarse en mil negocios accesorios: del huachicol al secuestro y de la extorsión al tráfico sexual. Volver a ello no servirá de nada: México se apuntará un éxito si al menos consigue que en su territorio o en sus aguas patrimoniales no ocurra lo que sucedió casi al mismo tiempo que la visita de Rubio en las costas de Venezuela.

Por otro lado, la política migratoria de Trump está marcada por un racismo inveterado y, como ha hecho Estados Unidos desde principios del siglo XX, por diseño: mientras acoge con entusiasmo a sudafricanos blancos, ha lanzado una batería de medidas violatorias de los derechos humanos contra quienes provienen del Sur global, bien para que ni siquiera lleguen a Estados Unidos gracias a la cooperación de México, bien para que sean perseguidos, maltratados y expulsados solo en razón de su nacionalidad o su apariencia. No hay salida: ante la disparidad de fuerzas, somos rehenes de Trump y al gobierno mexicano -sin importar quien lo lleve- no le queda sino hacer equilibrios para encajar los menores golpes que sea posible. Pero eso no hace que tener el gobierno que “más coopera” con Trump sea algo de lo que debamos sentirnos orgullosos. (Jorge Volpi, Reforma, Opinión, p. 9)

CARTONES

Toma y Daca

Carton 1

(Rubén, El Sol de México, Análisis, p. 13)

Pescando migrantes en los Tribunales

Carton 2

(Fernando Llera, Excélsior, Nacional, p. 8)

Bien clarito

Carton 3

(Obi, Reforma, Opinión, p. 8)

Departamento de Guerra

Crton 4

(Camacho, Reforma, Opinión, p. 9)