Simplificar la realidad es parte del discurso populista que dice que la democracia sólo es cuestión de votos y mayorías. Argumentan que si ganaron la elección tienen derecho a modificar la Constitución y las leyes a su antojo y nada se puede hacer.
Se equivocan. El concepto de democracia no se trata sólo de un sistema electoral, sino de una ideología. Una manera de limitar el poder y ejercer lo que en derecho se conoce como “principio de legalidad” bajo el cual la autoridad sólo puede hacer lo que tiene expresamente permitido por la norma y los ciudadanos tenemos la libertad de ser y actuar mientras no esté prohibido.
Nos referimos a una forma de gobierno basada en pesos y contrapesos, en la que nadie ni nada está por encima de la ley, y no es una sola voluntad la que determina el rumbo del país de manera autoritaria. Así lo dicta la Carta Magna.
En una democracia hay Estado de derecho. Quien la hace, la paga, y las autoridades tienen que rendir cuentas a los ciudadanos. En la que los familiares del Presidente no se hacen millonarios y sus amigos no quedan impunes, como los que hicieron el fraude en Segalmex o los que estaban a cargo del centro de migración donde murieron quemadas 40 personas en Ciudad Juárez.
Se trata de un país en el que no mandan las organizaciones criminales y los ciudadanos no le tienen miedo a la policía. En el que podemos salir libremente a la calle.
En una democracia las Fuerzas Armadas son para garantizar la seguridad exterior del país, no para administrar con total opacidad aduanas, trenes, hoteles, aerolíneas y aeropuertos.
En la vida en democracia existe libertad de expresión y no se persiguen ni censuran las voces disidentes que señalan los abusos y los riesgos de lo que está ocurriendo, como ahora incluso se ha normalizado. Y por supuesto, también se respetan los derechos humanos, que son la base y fundamento de todo el sistema y para eso existen mecanismos jurídicos e institucionales que garantizan su pleno ejercicio, incluyendo una autónoma y eficiente Comisión Nacional de Derechos Humanos, que hoy está cooptada.
Por eso, cuando vemos que se pretende que el Poder Legislativo y el Poder Judicial dependan del Ejecutivo, no estamos hablando de democracia. Cuando aceptamos que se destruyan los organismos autónomos y se busca controlar las fiscalías, estamos renunciamos a derechos básicos. Y cuando guardamos silencio, nos hacemos cómplices.
Claro que el sistema no era perfecto, pero eso no justifica su destrucción. Ya lo dijo Winston Churchill, “la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado”.
Como ya se ha escrito en este espacio, es tiempo de cobardes y traidores que prefieren cerrar los ojos para conservar sus privilegios antes de señalar lo que está ocurriendo en el país, aunque los afectados seamos todos.
Pero también es tiempo de valientes que sacrifican su paz y bienestar para denunciar la dictadura que se está fraguando. Será la historia la que juzgará si hicimos lo que debíamos para evitar el totalitarismo en México al que claramente nos estamos dirigiendo.
Y es con esa reflexión que me despido de este espacio que amablemente me brindó Excélsior por más de seis años, agradeciendo a Olegario Vázquez Aldir, presidente ejecutivo de Grupo Empresarial Ángeles, a su director, Pascal Beltrán del Río, y a Lorena Rivera, pero especialmente a los lectores que me regalaron el privilegio de su tiempo y atención. ¡Hasta pronto!
En una democracia hay Estado de derecho y las autoridades tienen que rendir cuentas. (Ricardo Alexander Márquez Padilla, Excélsior, Nacional, p. 6)
También se me ocurrió abordar el asunto de los seis migrantes asesinados a mansalva en Chiapas, el primer día de mandato, por militares metidos a policías que son prepotentes y se sienten intocables. Aquí la nueva inquilina de Palacio mostró de una buena vez que el gobierno mexicano seguirá haciendo labores de perros de presa al servicio de Estados Unidos, a la caza de migrantes que cruzan el territorio azteca con miras a llegar a la tierra del billete verde y las narices blancas. (Ricardo Luján, La Opción de Chihuahua, Online)
Los primeros días de Claudia Sheinbaum al frente del país han sido un carrusel de emociones. El día uno marcó un hito, porque por fin en México se les dio protagonismo a las mujeres. Desde su saludo a la presidenta de la Suprema Corte de Justicia, Norma Piña (que fue ignorada por el ahora expresidente) hasta el mensaje en el Zócalo, Sheinbaum dejó claro que el género femenino ya no será pie de página en la política nacional. Ahora, claro está, sólo falta que implemente lo prometido.
Sheinbaum también ha demostrado que puede darle un giro a la comunicación oficial, y eso se agradece. Sus mañaneras han resultado ser más breves y hasta concisas. Lo máximo que ha durado es una hora con 45 minutos. No es poca cosa, si se toma en cuenta que su predecesor podía dedicarle 40 minutos a explicar la Independencia de México y su conexión mística con la cancelación del Aeropuerto de Texcoco y García Luna, en una misma respuesta.
La brevedad de la Presidenta puede parecer algo insignificante, pero es un alivio para todos aquellos que, durante los últimos seis años, sintieron que las conferencias de la mañana eran el equivalente a ser espectador de un campeonato de ajedrez, jugado a cámara lenta con resúmenes detallados de cada movimiento.
Eso sí, la brevedad no es garantía de precisión y Sheinbaum ha tenido sus momentos. Por ejemplo, con el reciente asesinato de seis migrantes en Chiapas a manos de soldados, la Presidenta lamentó el “error” y se comprometió a investigar a fondo. A diferencia de las respuestas evasivas que solía utilizar Andrés Manuel López Obrador. Sin embargo, las buenas intenciones no bastan, aunque se deseen con mucho entusiasmo. Ordenarle al general que una situación así no podía repetirse no garantiza la capacitación tan necesaria a las tropas.
En estas mañaneras también ha demostrado que tiene una alta capacidad de hacer maromas de elevada dificultad. Cuando se le cuestionó por qué le beso la mano a Manuel Velasco, hizo un triple salto mortal con pirueta ideológica y respondió que ella siempre besa la mano de quien se la besa a ella, como señal de reciprocidad. ¡La política del besamanos bilateral! Qué lástima que no haya registros fotográficos previos de tan “recíproca” costumbre.
En estas conferencias, aunque ya no ha hablado de “abrazos no balazos” no ha dejado atrás la obsesión por Felipe Calderón. En la primera, no tardó en mencionar al exmandatario y su participación en un evento en España en el que habló de “autoritarismo”.
Lo que definitivamente no hará, o no lo ha hecho hasta el momento, es esconder la reverencia absoluta que mantiene hacia su mentor. Su necesidad de tributarle cada logro y hasta cada respiro del país dejaba la impresión por momentos de que es la representante de un club de fans con banda presidencial. Menuda tarea la de superar esa relación de subordinación simbólica y construirse un perfil propio. Incluso en las tres conferencias que ha dado lo ha mencionado 29 veces. Es cierto que seis años de legado no se desmantelan en una semana, pero esa devoción verbal no contribuye a quitar la percepción de que el tabasqueño sólo cambio su trabajo presencial por home office.
Lo que sí hay que reconocerle a la mandataria es que acudió a Acapulco cuando todavía estaba en emergencia, y no como su antecesor, que parecía que estaba esperando que golpeara al puerto la siguiente temporada de ciclones.
Los primeros días han sido todo menos aburridos. Entre promesas de cambio y tributos al pasado, Sheinbaum deberá seguir alimentando su propia voz. Al menos ha despertado la esperanza de que las cosas podrían cambiar y mejorar en lo que a dialogo se refiere. (Vianey Esquinca, Excélsior, Nacional, p. 6)
En la historia electoral de Estados Unidos es común referirse a la “sorpresa de octubre”. Alude a un suceso inesperado que con frecuencia estalla a pocas semanas o días de la jornada electoral de noviembre y cambia de un momento para otro los resultados. Como ejemplo cabe recordar la investigación en el FBI de los correos de Hillary Clinton en 2016 que derivó en el triunfo de Donald Trump, aun con las encuestas en contra. O años antes, el estallido de la crisis financiera en 2008, que puso a Barack Obama en la Casa Blanca. En este 2024 la sorpresa tendría que ser colosal porque desde junio vamos de sobresalto en sobresalto.
Las fuertes turbulencias electorales han sido tan extremas que lo insólito parece habitual: que si un expresidente es declarado culpable de un delito y consigue la candidatura republicana, que si el debate fue desastroso para Biden, que si un atentado contra Trump en un concurrido mitin, que la renuncia de Biden a la candidatura demócrata en favor de Kamala Harris, que si otro debate en el que la candidata sorprende y Trump se muestra inusualmente descolocado y, hace unas semanas, un nuevo intento de asesinato contra el republicano cuando jugaba golf.
¿Cómo fue posible que nadie detectara que alguien estaba en un arbusto de un club privado cuando llevaba horas ahí escondido? ¿Cómo sabía el sospechoso que el expresidente estaría jugando justo en ese momento? Ni Agatha Christie hubiese imaginado tanto asombro. En la historia política de los países con democracias consolidadas, los intentos de atentados contra un(a) candidato(a) presidencial abonan a la polarización. De acuerdo a un sondeo reciente, una parte republicana ve a Trump como héroe o mártir, mientras que del lado demócrata no quieren volver a ver al expresidente en la Oficina Oval. El incidente contra Trump confirmó a unos y otros en sus opiniones y ha incentivado al voto, de acuerdo a los sondeos.
El voto por adelantado ya ha comenzado en distintos estados como Alabama y Pensilvania; esta modalidad de voto es fundamental para los dos partidos porque los demócratas han basado en gran medida su estrategia en motivar a sus simpatizantes a entregar su voto lo antes posible. Por su parte, Trump y los suyos han acusado, sin pruebas, a dicho mecanismo de votación de fomentar el fraude.
De los siete estados clave para obtener el triunfo –Arizona, Carolina del Norte, Georgia, Michigan, Nevada, Wisconsin y Pensilvania– este último es el mayor y el más poblado, por lo que los votos son decisivos para el Colegio Electoral en un estado donde las encuestas se encuentran empatadas. En lo que respecta al promedio nacional, Harris se encuentra dos décimas arriba de Trump; más ajustado resultaría imposible.
En el debate vicepresidencial del 1 de octubre se pudo ver al republicano JD Vance dialogante, moderado y por momentos afable. Por su parte, el demócrata Tim Waltz no logró la percepción de ser el líder que se esperaba. El voltaje electoral en el vecino país es de alta tensión. La inmigración ha sido un tema central. En su primer viaje a la frontera con México, Harris ha prometido firmar una ley de seguridad fronteriza, aumentar los controles para reducir el tráfico de fentanilo y financiar un centenar de nuevos aparatos para la detección de la droga. Por su parte el expresidente republicano ha sido un duro crítico contra la política migratoria de Biden y promete castigar severamente a los reincidentes indocumentados de cruzar la frontera y negar solicitudes de asilo.
El voto latino será clave. Ni Kamala ni Trump pueden ganar sin el apoyo de una fuerza que ya suma 36 millones de votos. La comunidad latina –parte vital del motor que hace funcionar al país– está muy dividida en las preferencias y acumula esperanzas de un cambio drástico en las leyes de inmigración. “Muchos han logrado cosas grandiosas sin tener documentos, ¿te imaginas si les dieran la oportunidad de tenerlos? Podrían hacer mucho más”, afirma Jennifer Hernández, migrante con más de un millón de seguidores en TikTok.
Cualquiera de las dos fuerzas políticas puede obtener las llaves de la Casa Blanca, mientras tanto, los sobresaltos continúan y la ciudadanía está expectante de la habitual “sorpresa de octubre” a tan sólo semanas de esta importante elección presidencial. (Alejandro Guerrero Monroy, Excélsior, Editorial, p. 8)