Opinión Migración 070326

Un millón de mexicanos con miedo de volver

José Guadalupe lleva 15 años en Dallas. Trabaja en una fábrica, tiene dos hijos nacidos aquí, paga sus impuestos. Cada mes manda dinero a su familia en León, Guanajuato. Pero la última vez que pisó México fue en 2023, para el funeral de su padre.

“Quería quedarme más tiempo”, me cuenta. “Pero mi mamá me dijo que mejor me regresara. Que la cosa estaba muy fea allá.”

Han pasado dos años. José Guadalupe sigue sin volver.

No por falta de dinero para el boleto. Por miedo.

Esta semana me encuentro en Dallas, Texas. En esta región metropolitana —Dallas–Fort Worth— vive una de las comunidades mexicanas más grandes de Estados Unidos. Más de un millón de mexicanos residen aquí. Entre ellos, más de 300 mil son originarios de Guanajuato. Si se suman las comunidades de Zacatecas, San Luis Potosí, Michoacán y otros estados del Bajío, hablamos de cientos de miles de familias que mantienen vínculos permanentes con sus comunidades de origen.

Por eso, en lugares como Dallas, la relación México–Estados Unidos no se discute como un asunto de política exterior. Se vive todos los días.

El domingo, después de la iglesia, me senté a platicar con algunos amigos: José Guadalupe, Joe, Lupe y Domingo. Todos viven aquí desde hace años. Todos trabajan. Todos tienen familia en México.

La conversación comenzó con lo cotidiano: el empleo, los precios y el ambiente político que se vive en Estados Unidos en pleno arranque de las elecciones primarias de Texas.

Pero inevitablemente apareció otro tema. El miedo.

Joe trabaja en construcción. Su familia está en Celaya. Me dice: Mi hermano me cuenta que ya ni salen de noche. Todo está igual o peor desde que mataron al Mencho.

Nemesio Oseguera, alias El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, fue abatido en enero de 2025. Según reportes de medios locales en Guanajuato, su muerte desató una guerra brutal por el control territorial que ha dejado cientos de muertos. León, Celaya e Irapuato han visto un aumento dramático en la violencia desde entonces.

Alejandro Hope, analista de seguridad y director del área de Seguridad y Justicia en el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), señaló en su columna para El Universal que el descabezamiento de organizaciones criminales rara vez trae paz. Lo que suele ocurrir es una fragmentación violenta por el control territorial. México es evidencia de ello.

Lupe agrega algo que me deja pensando: “Uno quiere ir a ver a la familia, pero ya no se siente igual.”

Hace algunos años, para muchos migrantes era casi automático viajar a México cuando podían. Hoy algunos lo piensan dos veces. No porque hayan dejado de querer volver, sino porque sienten que el país ha cambiado.

El voto latino en Texas: más poder, misma conversación.

Mientras tanto, el calendario político estadounidense vuelve a girar alrededor del voto latino. Las elecciones primarias que comienzan esta semana en Texas están siendo observadas con atención en todo el país. Cerca de una cuarta parte de los votantes del estado son hispanos.

En las elecciones de 2024 ocurrió algo que sorprendió a muchos analistas: Donald Trump logró avances importantes entre votantes latinos en varios estados, especialmente en Texas. El propio Trump ha insistido en su narrativa de seguridad fronteriza. Tenemos la frontera más fuerte y segura de la historia, afirmó recientemente.

Sin embargo, la relación entre los votantes latinos y la política estadounidense sigue siendo compleja. La economía continúa siendo una preocupación central para millones de familias.

Como suele recordar el analista Jorge Ramos, los latinos ya no son el futuro de Estados Unidos. Son su presente. Ese presente se refleja cada vez más en las urnas.

La comunidad latina —en su mayoría de origen mexicano— se ha convertido en una de las fuerzas económicas más dinámicas de Estados Unidos. Según el doctor Hayes-Bautista, el PIB generado por los latinos supera los cuatro billones de dólares, lo que convertiría a esta economía en una de las más grandes del mundo si se midiera como un país independiente.

Y aun así, gran parte del debate político sigue centrado casi exclusivamente en migración, frontera y deportaciones.

El analista León Krauze ha advertido que uno de los mayores riesgos para México es que la violencia termine normalizándose en la conversación pública. Desde Dallas, esa advertencia adquiere una dimensión muy concreta.

Aquí viven millones de personas que trabajan, pagan impuestos, votan, envían remesas y siguen teniendo el corazón dividido entre dos países.

Dos países, una misma pregunta

Mientras Estados Unidos entra en temporada de primarias, en México también comienzan a moverse las piezas políticas. La aparición del nuevo partido Somos México y el reposicionamiento del PAN reflejan que el escenario político empieza a reorganizarse rumbo a los próximos años.

Este mismo año comenzará el proceso de identificar liderazgos y posibles candidaturas en todo el país, incluyendo diputados migrantes que puedan representar a la comunidad mexicana en el exterior.

Pero desde lugares como Dallas la política no se mide en discursos diplomáticos ni en estrategias globales. Se mide en algo mucho más cercano.

En la estabilidad del empleo.

En la tranquilidad de la familia.

Y en la posibilidad de regresar a casa sin miedo.

Salgo de Dallas sabiendo que volveré pronto. José Guadalupe, Joe, Lupe y Domingo se quedan aquí, trabajando, votando, enviando dinero cada mes a León, a Celaya, a sus pueblos.

Pero cada vez más me preguntan lo mismo: ¿Cuándo va a cambiar la cosa allá?

No tengo respuesta. Nadie la tiene.

Lo que sí sé es esto: cuando los migrantes dejan de querer volver, México no solo pierde visitantes. Pierde algo mucho más valioso. Pierde la conexión emocional de millones que alguna vez llamaron a ese país casa.

José Guadalupe manda dinero cada mes. Pero ya no va.

Cuando un millón de mexicanos en Dallas tienen miedo de regresar a su propio país, México no solo pierde turistas. Pierde algo que no se puede recuperar con remesas: pierde el amor de su gente. (Juan Hernández, El Sol de México, Análisis, p. 13)

Marco Rubio

Una de las diferencias entre las presidencias de Obama y Trump hacia Cuba es que, mientras uno pretendió abrirla a la inversión en telecomunicaciones, energía, turismo y agricultura, la otra estaba y está dirigida por Marco Rubio y se orienta a un triunfo personal, disfrazado de compromiso ideológico. Obama estuvo dispuesto, incluso, a ceder la base militar de Guantánamo, donde se encerró a supuestos terroristas sin juicio ni realmente investigación legal, para lograr un acuerdo de apertura que había sido diseñado desde los lobbies que predominan en el Partido Demócrata: American Airlines, Delta, US Airways, además de Netflix, Apacargo, Airlift, para el desarrollo portuario. Las farmacéuticas tienen especial interés en los avances de Cuba en medicamentos y vacunas y Western Union en sus remesas.

Por su parte, el cubano favorito de Trump, Marco Rubio, aparenta ser más duro e ideológico. Hasta trucó su propia biografía familiar para hacerse un exiliado de la revolución cubana y cosechar simpatías entre la oposición de Miami. Un reportaje en 2011 del Washington Post mostró que los papás, Mario y Oriales Rubio, emigraron a Florida el 27 de mayo de 1956, durante la dictadura de Fulgencio Batista y el reinado en la isla de ITT, United Fruit, y la mafia. Fidel Castro, Raúl, y el Che estaban en ese año en México apenas preparando el desembarco para irse a la Sierra Maestra. Rubio no es un exiliado de la revolución, sino un inmigrante económico, como muchos de los que hoy ataca la retórica de Trump.

El periodista del Washington Post, Manuel Roig-Franzia, publicó después una biografía donde evidencia que el abuelo de Rubio, Pedro Víctor García, llegó como inmigrante a Nueva York, pero no sobrevivió. Regresó a Cuba. Tampoco logró hallarse ahí, y volvió ilegalmente a Estados Unidos. Lo arrestaron y se ordenó su deportación pero la eludió durante cinco años, como muchos a los que hoy persigue el ICE.

La familia de Rubio tampoco es católica, como después dijo para atraer a sus votantes. La familia vivió en Las Vegas y se hizo mormona. Entre los nueve y los 13, Rubio practicó la religión familiar y hasta llegó a ir al show de los Osmonds. Luego se hizo bautista evangélico, pero dice que también va a la iglesia católica. Así también ha pasado por reaganiano, el Tea Party, a crítico de Trump (en 2016 lo llamó “estafador” y se burló de que era un junior que había heredado su fortuna) y ahora es el secretario de Estado de Trump. En 2016 consideró estratégico colocarse como hijo de una mucama de un hotel para contrastarse con el magnate pero, ahora, con el magnate en la presidencia, ya es un leal seguidor de Make America Great Again. Es decir, a Rubio se le saltan las costuras de su ambición desmedida. Cuando, durante su primer informe en días pasados, Trump le dijo que a Rubio lo quería la gente, el secretario de Estado no quiso pararse e hizo un gesto de humildad ensayado.

Él tiene dos pretensiones con Cuba: que los de Miami vuelvan a la isla y él ser el presidente de ellos. Lo ha hecho en su estilo taimado: reprodujo un tuit de un usuario que lo postulaba junto con la respuesta de Donald Trump: “¡Me suena bien!” Desde su ascenso en 1998, cuando era pro inmigrantes y se decía “salvador de Nancy Reagan” porque alguna vez la detuvo de tropezar, a Rubio lo apoya la vieja Fundación Nacional Cubano Americana que Jorge Mas Canosa fundó en 1981 para financiar Radio Martí. Mas Canosa era un terrorista que se entrenó para la fallida invasión a Bahía de Cochinos en 1961 y continuó hasta las bombas en hoteles de La Habana en 1997 y el intento de asesinar a Fidel Castro –uno de decenas– durante la cumbre de Isla Margarita, en Venezuela. Los Mas entraron en declive con la muerte de su paterfamilias y ahora son dueños del equipo de futbol de Miami que tiene a Lionel Messi.

Desde el 2016, a Rubio lo apoya otro lobby, Inspire America Foundation (IAF), una organización que tiene políticos, catedráticos muy connotados, y empresarios. Los políticos son los congresistas Ileana Ros Lehtinen, que apoyó el bloqueo con las leyes Torricelli y la Helms-Burton en los años 90, Carlos Curbelo, representante de Florida, Lincoln Díaz-Balart, que abogó por las elecciones sin comunistas a cambio de levantamiento del bloqueo, y Tomás Regalado, ex alcalde de Miami. Las propuestas de IAF son: echar para atrás los cambios de Obama, fortalecer Tv Martí, negar visas a los miembros del gobierno y el ejército cubano, y hacer campañas en Cuba, como la de Inspire America que dirige Marcell Felipe, un abogado que propuso que se prohibieran las remesas a la isla y que defendió que Bacardí se pirateara la marca de un ron cubano, Havana Club, que se produce en Cuba y comercializa el corporativo francés Pernod. Dicen los de Miami que las ganancias del ron “financian la represión”.

Además de éstos, los donantes a las campañas electorales de Rubio han sido el lobby pro Israel y la Coalición Judía Republicana; la industria de armas; GEO Group, la empresa de prisiones privadas; Norman Braman, dueño de los Eagles de Philadelphia; Larry Elison, de Oracle, que hace negocio con bases de datos; el especulador de las coberturas de riesgo, Paul Singer; y el zar del azúcar en Florida, Pepe Fanjul.

Pero eso fue antes. Rubio, ahora, se reivindicó en un discurso en Múnich como defensor de “los valores occidentales”. Para ello, presumió su origen español como una herramienta para hacerse agradable al discurso de la Ibedrósfera de Vox. Lo hace ahora que los “valores occidentales” están reducidos a uno solo: el racismo. Para él, la ideología es, como en muchos casos del trumpismo, sólo una herramienta para escalar posiciones. Ha cambiado su historia familiar, su religión, su postura política varias veces; tantas que, cuando se le cuestiona, ya su respuesta preferida es decir que no se acuerda. Esta semana parece que Marco Rubio quiere un cambio de régimen en Cuba porque quiere ser como Henry Kissinger: alguien que reordene al mundo, aunque sea para mal de todos los demás. Pero eso durará mientras esa impostura le sea útil. (Fabrizio Mejía Madrid, La Jornada, Política, p. 12)

Lilia, la voz femenina que ha susurrado al poder

Desde que la conocí, supuse que su vida sería interesante. Llena de historias y secretos que muchos desearíamos saber, pero que muy acertadamente los guarda para sí misma porque su ética y disciplina los cumple a raja tabla. Lilia Rubio, es una de esas historias femeninas que se han abierto camino en uno de los círculos más cerrados del poder: la Presidencia de la República.

Nacida en Tequesquitlán, Jalisco, Lilia Rubio ha pasado más de tres décadas “susurrando” al oído del poder. Así la conocí, en las diferentes giras presidenciales y eventos en los que constaté que, sin reflectores propios, pero en primera fila, participa interpretando del español al inglés y viceversa.

Su trabajo suma ya a siete titulares del Ejecutivo federal, que comenzó desde la administración de Carlos Salinas hasta la presidenta Claudia Sheinbaum, atravesando negociaciones, crisis económicas y encuentros diplomáticos que han marcado el rumbo nacional e internacional.

Gracias a lo que ella llama, “hablar ajeno”, ha presenciado episodios que forman parte de la memoria contemporánea como las reuniones, donde funcionarios, sociedad civil y firmas, discutían lo que sería el Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN) y 25 años después interpretar en las negociaciones para remplazarlo con el Tratado México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).

La decisión del expresidente estadunidense, Bill Clinton, de otorgar un préstamo de 20 mil millones de dólares a Ernesto Zedillo en 1995 para enfrentar la crisis financiera; la cena de Estado ofrecida por la reina de Reino Unido, Isabel II a Enrique Peña Nieto en el Palacio de Buckingham; o el primer encuentro entre Andrés Manuel López Obrador con Donald Trump y Joe Biden en la Casa Blanca, son en resumen algunos de los muchos eventos en donde ha estado presente.

Sin embargo, más allá de los nombres y los escenarios, la trayectoria de Rubio es una historia de perseverancia femenina. Hija de campesinos, creció entre la pobreza y la migración: de Tequesquitlán a Tijuana, y de ahí a Utah en 1962. Su vida es también la de miles de mujeres migrantes que han debido reinventarse lejos de casa. Regresó a México a los 20 años, con apenas 100 dólares en la bolsa, para abrirse paso en la Ciudad de México de los años 70.

Se formó en teatro, incursionó en el periodismo y viajó por Sudamérica antes de consolidar una carrera de casi cinco décadas como intérprete. En un ámbito donde la discreción es ley, su ética se convirtió en su mayor capital. “Mi único boleto es mi disciplina y mi respeto”, ha dicho. Esa ética —afirma— es la que le ha permitido mantenerse en el corazón de negociaciones complejas sin traicionar confidencias.

Apenas el año pasado, decidió hacer algo distinto: dejar de traducir la voz de otros para escribir la propia. En su libro autobiográfico Mi voz, Rubio recorre su historia familiar desde 1925, la guerra cristera, la migración, la pobreza, la formación artística, su paso por el periodismo y su trayectoria profesional. Es, en esencia, un acto de afirmación personal.

En el contexto del Día Internacional de la Mujer, Mi voz adquiere un significado especial. No es sólo la memoria de una intérprete; es el testimonio de una mujer que ocupó espacios históricamente vedados y que demuestra que el poder también puede escucharse en femenino. Rubio rechaza títulos grandilocuentes: “No soy generala ni capitana. Soy soldadera”, dice. Y en esa definición hay una declaración de principios.

Su historia nos recuerda que las mujeres no sólo han estado presentes en los grandes momentos políticos del país: los han traducido, los han sostenido y, muchas veces, los han hecho posibles. Este 8 de marzo, la trayectoria de Lilia Rubio es un recordatorio de que encontrar la propia voz —y ejercerla— también es una forma de transformar la historia. (Fernando Aguirre, Excélsior, Nacional, p. 10)