Apoyo constante a mexicanos en EU.- El secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard no debe perder de vista la situación que enfrentan cientos de miles de connacionales que residen en Estados Unidos, ahora que el coronavirus está atacando sin tregua ni piedad a la población de nuestro vecino país del norte. En Nueva York, donde los contagios se dan por cientos al día, reside una de las diásporas más grandes de mexicanos, principalmente de poblanos. Comienzan a llegar noticias de que el virus ya afecta a esta comunidad y eso debe prender las alarmas en la cancillería. El Gobierno de México tiene la obligación de estar preparado para dar el apoyo necesario ante cualquier llamada de auxilio de nuestros paisanos, que sin duda, contribuyen con su arduo trabajo a la ahora maltrecha (aunque se diga lo contrario) economía nacional. ¿Será? (24 Horas, p. 2)
Con la llegada del COVID-19 al Continente Americano, México y Estados Unidos viven un oscuro capítulo en su relación bilateral, por el desdén inhumano con que se trata la situación de miles de mexicanos y centroamericanos que, por diversas circunstancias, cruzaron la frontera común y al ser detenidos en territorio de nuestro vecino del norte, son retornados con violaciones a sus derechos humanos.
En este contexto, los refugiados, desplazados y migrantes en general, se convierten en una población aún más vulnerable. Pese a que organismos internacionales, como la ACNUR o Médicos Sin Fronteras, han hecho llamados para que los migrantes, desplazados y refugiados reciban un trato similar a que a cualquier nacional y sobre la situación de riesgo en que se encuentra esta población, pareciera no existir preocupación e interés por su seguridad ante la emergencia por el coronavirus.
En la frontera común entre México y Estados Unidos podríamos estar en presencia de una verdadera crisis sanitaria, en razón de que actualmente Estados Unidos se ha convertido en el país con el mayor número de contagios en el mundo y México se encuentra inmerso en el proceso de evitar crezca la cantidad de los mismos.
Del lado mexicano, existen denuncias de gobiernos locales, como el de Baja California y Tamaulipas, en el sentido de que Estados Unidos, en plena emergencia, está deportando a mexicanos de madrugada, sin trámite alguno y sin presencia de personal del Instituto Nacional de Migración, incluso sin practicarles protocolos para detectar el COVID-19.
Hasta ahora no tenemos conocimiento de medidas para atender a los deportados, sin importar la nacionalidad, ni se aplican protocolos para detectar posibles infectados, sobre todo considerando que vienen de un país con los más altos niveles de contagio.
Formulamos una respetuosa pero enérgica solicitud a las autoridades mexicanas a fin de que tomen cartas en el asunto y eviten violaciones a los derechos humanos de la población migrante, sin distingo de nacionalidad, para que puedan transitar en condiciones de seguridad y se cumplan los protocolos para salvaguardar su salud y su vida. (Pilar Lozano MacDonald, El Universal)
Cada quien su crisis.- El experimentado diputado federal Porfirio Muñoz Ledo no pierde el sentido del humor, ni mucho menos el sentido de la crítica desde la cuarentena por la contingencia. Apenas el fin de semana criticó la actuación del Instituto Nacional de Migración, y el día de ayer hizo referencia a la frase del presidente López Obrador, quien dijo que la pandemia “nos vino como anillo al dedo”, para expresar que vive su encierro con “el grillete al tobillo”, mientras que otros sienten la contingencia como “la soga al cuello”. Cada quien su crisis. (Reporte Índigo)
Mientras la mayor parte de la economía estadounidense está detenida y la industria de la construcción paralizada como consecuencia de la pandemia del COVID-19, la política electoral continúa y una de las obsesiones del presidente Donald Trump avanza con urgencia.
La construcción de la valla fronteriza promovida por el presidente Donald Trump durante su campaña electoral de 2016 prosigue, ahora en la región fronteriza entre México y el estado de Nuevo México, de acuerdo con el reporte de Alfredo Corchado en The Dallas Morning News.
Trump busca presentarse como un presidente en tiempos de guerra, un argumento que ha servido a otros mandatarios en momentos históricos que llevaron a la participación de fuerzas militares estadounidenses en conflictos fuera del país.
La otra, la xenofobia. La responsabilización de otros como forma de desviar la atención de las faltas propias. “A medida que el muro se hace más grande, eso realmente nos ayuda mucho” sobre las drogas, la migración no autorizada y, según él, el contagio. “Tendremos un tremendo impacto en las drogas. Pero creemos que una de las otras cosas también tendrá un impacto en el virus”, dijo Trump la semana pasada.
Para muchos en Estados Unidos es un contrasentido. Una gran parte de los trabajadores de los que ahora dependen los estadounidenses, sea en términos de alimentación o de cuidado de salud, son migrantes tanto legales como indocumentados.
Pero habrá quienes lo asuman por conveniencia política, por convicción ideológica o por simple ignorancia. (José Carreño, El Heraldo de México, Orbe, p. 23)
El subsecretario Hugo López-Gatell insistía en el cabal cumplimiento de la Jornada Nacional de Sana Distancia, justo hace 15 días. Y a mediados de la semana pasada, el subsecretario canceló las vacaciones de Semana Santa, tras de que la planta productiva nacional tuviera que cerrar sus puertas y conceder un permiso de un mes —con goce de sueldo— a sus trabajadores, consecuencia de la declaratoria de emergencia sanitaria por causa de fuerza mayor.
La “desmovilización” ciudadana, empero, no ha sido tan efectiva. La Pascua llegó y también, el tradicional éxodo de Semana Santa, a los centros vacacionales y a los pueblos originarios. “No vengan a casa”, debería decir López-Gatell a los paisanos que regresarán a los estados expulsores de migrantes.
Pero la conferencia de la tarde no se ve allende las fronteras y los gobernadores le ganaron esa iniciativa. Y ayer, la Secretaría de Relaciones Exteriores oficialmente pidió que no crucen al país, por las vacaciones. (Alberto Aguirre, El Economista, Política, p. 43)
Existe un elemento que pone en duda la verosimilitud del western surgido de la imaginación de Donald Trump y que convierte la recompensa ofrecida en carnada de las que acostumbra usar el vaquero anaranjado para pescar electores incautos: Probablemente el mandatario venezolano no es un santo y ha pecado contra la democracia e infringido los derechos humanos; pero es presidente de un país, no un prófugo de la justicia para ponerle precio a su cabeza.
Mi opinión sobre esta historia de vaqueros, es que así como hace cuatro años, cuando Trump se presentó a la elección, para entusiasmar a sus posibles electores, proclives al racismo y a la xenofobia, recurrió a la promesa de acabar con los migrantes mexicanos a los que calificó de asesinos, violadores y narcotraficantes; esta vez, para su película de reelección, encontró un villano más barato y versátil: Nicolás Maduro, acusado de narcotráfico al que además se le imputa querer imponer el socialismo en su país y en toda América Latina. (Manuel Ajenjo, El Economista, Política, p. 42)
“El candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, a menudo comparado con los izquierdistas sudamericanos, ha encontrado un modelo en un ícono del norte: Franklin Delano Roosevelt.
“El equipo de economía de López Obrador ha desarrollado un plan para lo que ellos llaman el Nuevo Trato Mexicano. Su versión moderna del populismo de la era de la Depresión es un ambicioso programa para crear millones de empleos y detener la migración mediante la realización de grandes proyectos de obras públicas, incluida una red ferroviaria, grandes desarrollos de viviendas, puertos y replantación de madera.
“‘Roosevelt no resolvió todos los problemas de Estados Unidos, pero le dio a la sociedad estadounidense la sensación de que estaban en el camino correcto’, dijo en una entrevista Manuel Camacho Solís, uno de los principales asesores de López Obrador. (Hasta su muerte en el 2015, Camacho fue, por si ya lo olvidaron, el mentor político del hoy secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard). (Eduardo Ruiz – Healy, El Economista, Política, p. 43)
La pandemia del coronavirus nos está poniendo frente a muchos dilemas éticos, que no ofrecen soluciones fáciles. De paso, nos permite entender por qué la idea de una “Constitución ética” era un absurdo, en la medida que no hay respuestas únicas e inamovibles a los problemas que surgen cada día en nuestras sociedades. El primer gran dilema ético que se nos presentó con la pandemia es: ¿qué hacemos cuando surge una epidemia en un país aparentemente lejano?, ¿nos solidarizamos y le ayudamos en todo lo posible manteniendo fronteras abiertas?, ¿o nos encerramos para protegernos? Ese dilema, como ya lo vimos, era hasta cierto punto inexistente, porque el mundo está globalizado y es prácticamente imposible contener una epidemia, sobre todo con la capacidad de contagio que tiene ésta.
La solución, que parecía fácil, no está siendo más que tardíamente aprendida: lo que le pase a China nos va a pasar a todos. Así que la solidaridad es la única respuesta. (Roberto Blancarte, Milenio Diario, Política, p. 8)