Opinión Migración 070626

El precio del desgaste

Durante mucho tiempo Donald Trump pareció desafiar una de las reglas más antiguas de la política: la de que ningún liderazgo es inmune al desgaste. Sobrevivió escándalos, derrotas, investigaciones, juicios y críticas que habrían sepultado a cualquier otro personaje público. Su capacidad para convertir cada ataque en una oportunidad de movilización le permitió sostener una imagen de fortaleza permanente. Sin embargo, incluso los liderazgos más resilientes terminan enfrentando un adversario difícil de derrotar: la acumulación de desgaste. Y eso es precisamente lo que comienza a percibirse en torno a la figura del presidente estadounidense.

Lo que resulta cada vez más evidente es que los cuestionamientos ya no provienen de un solo frente. Se acumulan desde distintos espacios y por razones diversas. Llegan desde los tribunales, desde sectores académicos, desde organizaciones civiles, desde figuras influyentes de la cultura popular e incluso desde voces que en algún momento formaron parte de su entorno político. No se trata necesariamente de una ofensiva coordinada, sino de un fenómeno más complejo: una creciente pérdida de consenso sobre la narrativa que durante años sostuvo su liderazgo.

Ahí aparece nuevamente el caso Epstein como un asunto que se niega a desaparecer del debate público. Ahí están también los jueces recordando los límites institucionales. Ahí permanecen las universidades resistiendo presiones políticas. Ahí se multiplican las expresiones de rechazo desde sectores culturales que antes preferían guardar distancia. Y ahí están, igualmente, las tensiones dentro del propio Partido Republicano, donde no todos observan con el mismo entusiasmo el rumbo que ha tomado el movimiento construido alrededor de Trump.

A ello se suma un escenario internacional que tampoco favorece la narrativa de una supremacía incontestable de Washington. Mientras Estados Unidos permanece inmerso en profundas divisiones internas, otras potencias avanzan en la construcción de espacios de influencia económica y geopolítica. China continúa desplegando una estrategia de largo plazo, mientras los países agrupados en los BRICS buscan ampliar su peso en la toma de decisiones globales. El contexto internacional es mucho más complejo que el de hace una década y las respuestas simplificadas producen resultados cada vez más limitados.

Pero quizá el elemento más significativo sea otro: la dificultad creciente para desviar la atención hacia nuevos adversarios. Durante años la estrategia consistió en identificar enemigos externos o internos a quienes responsabilizar de prácticamente cualquier problema. Los medios de comunicación, los demócratas, las universidades, los jueces, los inmigrantes, las élites políticas o los organismos internacionales fueron ocupando sucesivamente ese papel. Sin embargo, cuando la lista de culpables se vuelve interminable, surge inevitablemente una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto los problemas pueden atribuirse siempre a factores externos?

Es ahí donde la discusión cambia de naturaleza. Porque el liderazgo político no se mide únicamente por la capacidad de confrontar, sino también por la capacidad de ofrecer resultados y construir consensos duraderos. La confrontación permanente puede resultar eficaz para movilizar bases de apoyo, pero con el tiempo corre el riesgo de transformarse en una dinámica agotadora incluso para quienes la respaldan. La política convertida en combate permanente termina generando fatiga.

Trump construyó gran parte de su identidad pública alrededor de una imagen de fuerza inagotable. La seguridad absoluta, la confianza sin matices y la disposición constante al enfrentamiento se volvieron rasgos centrales de su personaje político. Esa fórmula le permitió conectar con millones de ciudadanos que se sentían ignorados por las élites tradicionales. Sin embargo, la misma estrategia que lo impulsó al éxito comienza ahora a mostrar sus límites.

Cada revés es presentado como una conspiración. Cada crítica se interpreta como una persecución. Cada diferencia de opinión se convierte en una confrontación. El problema de esa lógica es que termina dificultando cualquier ejercicio de autocrítica. Y cuando un liderazgo pierde la capacidad de reconocer errores, también pierde parte de su capacidad para corregir el rumbo.

Paralelamente, se observa un fenómeno particularmente relevante: la erosión de legitimidad en el terreno cultural. Actores, músicos, escritores, deportistas, académicos y figuras públicas continúan expresando un rechazo abierto hacia Trump. Más allá de simpatías o antipatías ideológicas, lo importante no es quiénes lo critican, sino el tamaño y la persistencia del fenómeno. Cuando los cuestionamientos dejan de ser exclusivamente políticos y se extienden al ámbito simbólico, comienzan a afectar la construcción del legado.

Los gobiernos pueden superar errores. Los partidos pueden recuperarse de derrotas. Incluso los líderes pueden sobrevivir a escándalos importantes. Lo verdaderamente complicado ocurre cuando el desgaste se manifiesta simultáneamente en los planos político, simbólico y moral. En esos casos no suele producirse un colapso repentino, sino un proceso gradual. Primero aparecen las dudas. Después surge el cansancio. Más tarde llega la indiferencia.

Y la indiferencia suele ser mucho más peligrosa que la oposición. Porque un líder puede combatir a sus adversarios. Puede responder a las críticas. Puede intentar revertir una derrota electoral. Lo que resulta mucho más difícil es recuperar la atención de una sociedad que empieza a perder interés en el personaje que durante años dominó la conversación pública.

Por eso el desafío que enfrenta Trump parece distinto a los anteriores. No se trata únicamente de conservar poder político ni de mantener influencia dentro de su partido. Se trata de evitar que el desgaste termine convirtiéndose en la principal característica de una figura que durante años hizo de la fortaleza su principal activo.

Las derrotas pueden explicarse. Incluso pueden revertirse. El desgaste, en cambio, opera de manera silenciosa y acumulativa. Avanza poco a poco, casi sin notarse, hasta que un día resulta imposible ignorarlo. Y cuando eso sucede, los liderazgos descubren que el verdadero riesgo no era perder una batalla específica, sino perder la capacidad de controlar el relato sobre sí mismos.

Eso es lo que parece estar ocurriendo hoy con Donald Trump. No enfrenta todavía una caída definitiva. Tampoco puede darse por concluida su influencia. Pero sí comienza a enfrentar algo que ningún dirigente controla por completo: el paso del tiempo sobre su propia narrativa. Y cuando el desgaste empieza a instalarse en la percepción pública, deja de ser un episodio pasajero para convertirse en una tendencia. La historia demuestra que, tarde o temprano, todos los liderazgos terminan enfrentándose a esa realidad. (Salvador Cosio Gaona, La Crónica, La Dos, p. 2)

El Cristalazo // Nostalgia Por Trump A Media Crisis

En junio de 2024, rodeado de sus intelectuales de caricatura en “El Chamuco TV”, Andrés López se comprometió a salir de su entonces cercano retiro selvático sólo para ayudar a México si hubiera una invasión o si doña Claudia (una giganta, dijo), se lo pidiera.

“¿Dejaría su retiro?”

—No, si me pide que yo ayude en algo, ayudo; ahora sí que la patria es primero.

—¿Si ella le pidiera que no se retire?

—No, no, no, no, no, ella sabe muy bien que yo tengo esa decisión tomada.

Hoy, a muy pocos días de la declaración presidencial de igualdad entre ella y el ex presidente (somos lo mismo, el mismo proyecto dijo CSP casualmente en Tabasco), el señor de Palenque ofrece en una carta algo muy similar a lo dicho el pasado lunes por la presidenta: Trump es inocente de toda intención en contra nuestra.

Pobre ingenuo, lo engañan, casi como los malos priistas hicieron con Ignacio Ovalle para cometer juntos el fraude mayúsculo de Segalmex. Así mismo.

Después del ignífugo discurso del domingo según el cual la patria está al peligro de intervenciones electorales y de otro tipo, sometida a presiones insólitas del robotizado extranjero, a través del acoso judicial sin pruebas contra buenos mexicanos, el lunes CSP disculpó al presidente Trump (no se vaya a molestar) y responsabilizó del clima hostil a la “ultraderecha” americana sin detallar quiénes la conforman, cuántos operan en favor de tan siniestra ideología ni cómo se puede probar la inocencia trumpiana en esos afanes de expansión y dominio.

Ahora, alentado por la molicie y el ocio, acompañado por doña ociosidad quien suele ser mala consejera, el señor de Palenque sale con un rollo indigno: por el bien de todos que vuelva el Trump de antes.

¿El de antes? ¿El domador de la cancillería? ¿El constructor del muro contra migrantes? ¿El racista para quien los mexicanos somos violadores, ladrones y traficantes?

O quizá prefiera al caudillo de la rebelión contra el Capitolio, la convocatoria al golpe de Estado y la ruptura del orden constitucional estadounidense en la victoria electoral de Joe Biden.

Posiblemente el ex presidente añore al Trump delincuente declarado culpable en los tribunales americanos por una treintena de faltas graves o al cliente de Stormy Daniels quien desvió los fondos republicanos para pagar un silencio de puta sobornada sin siquiera lograrlo.

Lo único real ahora son las propias palabras del entonces presidente de México. Frases nacidas de su sumisión e inferioridad.

¿Cuáles? Estas:

—”Usted no ha pretendido tratarnos como colonia, sino que, por el contrario, ha honrado nuestra condición de nación independiente. Por eso estoy aquí, para expresar al pueblo de Estados Unidos que su presidente se ha comportado hacia nosotros con gentileza y respeto.

(18.8.20) Previamente a una cena que el presidente Trump celebró en honor a Andrés Manuel López Obrador y su comitiva, en un mensaje conjunto en el Cross Hall de la Casa Blanca, el Ejecutivo de México (El Universal) insistió en que fallaron los pronósticos de aquellos que pensaron que se pelearía con Donald Trump, porque son “amigos” y lo seguirán siendo.

“…Somos países, somos pueblos vecinos, hermanos que queremos mantener buenas relaciones, en lo económico, comercial, social, cultural y ese es el propósito de esta visita que, como lo dimos a conocer a mediodía, es el comienzo de una etapa nueva”.

Obviamente el alborozo pueblerino de sentirse cerca del primer mundo, por primera vez en su vida, nubló en aquella ocasión el juicio del ex presidente.

Ahora quizá su vista se empañe por el interminable empeño de permanecer en la escena, de sentirse o saberse indispensable, mal cuya gravedad casi siempre afecta la conducta de los políticos abrumados por la nostalgia.

Ya no es suficiente la insistencia cotidiana a través de llamadas y mensajeros.

Ahora, en menos de tres días, aparece para respaldar a su junior o intervenir en medio de una crisis en las relaciones con Estados Unidos, nada más para agregar un nuevo componente al disturbio sin reparar en el origen de los conflictos: su política y sus designaciones, porque para nadie es un secreto el origen de los gobernadores señalados por los Estados Unidos ya sea directamente o a través de sus siempre dóciles medios de información.

Todos (Rocha Moya (Mayo); Américo Villarreal, Alfonso Durazo) provienen de su establo. Y hay más en Guerrero, Michoacán, Chiapas, Oaxaca…

En julio de 2024, todavía en el Palacio Nacional, Andrés López le envió otra carta a Trump.

“…quiero aclararle con sinceridad y respeto dos asuntos que usted abordó en la reciente Convención del Partido Republicano.

“El primero es su opinión sobre que los migrantes son ‘invasores’ y ‘¿maleantes?’, y que, de ganar la Presidencia, cerraría desde los primeros días de su mandato la frontera con México. Entiendo que usted está en campaña y que no es —como algunos piensan— un obcecado; por eso mismo considero importante señalarle que es tan intensa y extendida la integración económica entre nuestras naciones que tomar una medida de esa índole sería equivalente a convocar a una rebelión en ambos lados de la frontera por los daños que causaría a los pueblos, a la industria y al comercio…”.

Lo anterior es un monumento al bla, bla, bla…

Antes de la carta ya México había puesto una barrera de militares en el camino de los migrantes para evitar su llegada a Estados Unidos. A esa movilización de 10 mil efectivos —antes de ser expulsado del paraíso cuatroteista (entre otras cosas por esa crítica)— Porfirio Muñoz Ledo la había denunciado como “un oscuro favor” hacia ese país.

Ahora, con la muleta desde el callejón, haciendo política sin riesgo ni responsabilidad o representatividad formal (convertido en un referente por su propio deseo), el señor Andrés diagnostica:

“…algunos funcionarios de Estados Unidos ‘están tramando debilitar a Morena y fortalecer a la oposición de derecha’ con el objetivo de ‘disponer de un gobierno entreguista, corrupto, mafioso y cruel y, por lo mismo, vulnerable, subordinado y fiel a sus designios intervencionistas (¿ya salimos del CCH?).

“Además, confían en que podrán engañar de nuevo a muchos ciudadanos estadounidenses con la táctica propagandística hitleriana de repetir y repetir mentiras, con miras a las próximas elecciones de noviembre, para seguir culpando a México de todos y cada uno de sus males”.

Pero por si fuera poco lo siguiente revela un notable deterioro mental:

“…atribuyo el sorprendente cambio de Trump a sus falsos amigos y consejeros internos y del exterior que lo han estado embarcando en viles y siniestras aventuras.

“Por lo mismo, no descarto —y deseo que el presidente Trump rectifique; ojalá que vuelva a gobernar como antes, con entusiasmo, de manera personal, no delegando lo fundamental, confiando en su juicio práctico y en su instinto certero, y que mande al carajo a las rémoras que lo rodean y azuzan, trátese de quien se trate, sean paleros, manipuladores, caciquillos, vividores, ladrones, polizontes, tinterillos, especuladores, filibusteros, potentados, trepadores o malvados…”.

Sólo le faltaron las tepocatas y las víboras prietas.

“…Aunque reitero (dice en otro párrafo de su no solicitada misiva), nada de ello es novedoso y la prepotencia siempre suele ser predecible, sobre todo en épocas de decadencia”.

Esta última línea resulta reveladora. ¿A cuál decadencia se refiere? ¿A la del gobierno de Trump, al sistema capitalista; a la de Occidente —como decía Spengler— o a la nuestra?

Parece más otro acto fallido. No ofrece un diagnóstico serio. Es quizá un equívoco remate para un papasal mal concebido y de rústico estilo.

Mientras, en el mundo real, los elegidos comen filetes cubiertos con hojas de oro en los tiempos estelares de la Cuarta Transformación. (Rafael Cardona, La Crónica, Columnistas, p.4)

Frentes Políticos

1.Aliados. En tiempos donde la relación entre México y EU se mide por diferencias comerciales o tensiones migratorias, la ruta marítima avanza por otra cartografía. Raymundo Morales, secretario de Marina, consolidó acuerdos con los almirantes James W. Kilby y Kevin E. Lunday para reforzar la coordinación en seguridad, rescate, ciberseguridad y protección de infraestructura estratégica. Se agradece el reconocimiento a las capacidades operativas de la Armada de México. Bajo el gobierno de Claudia Sheinbaum, la relación bilateral encuentra en el mar un espacio donde la coordinación produce resultados, y no titulares de confrontación. (Frentes Políticos, Excélsior, Nacional, p. 11)

Es cierto, no es Trump

Tiene razón la presidenta Sheinbaum cuando indica que no es el presidente Trump, el origen del descontento de Estados Unidos contra de México. Y ese enojo no va a desaparecer en automático cuando acabe su administración. El mal ánimo de varios sectores estadounidenses y la opinión pública americana es más profundo; se ubica allá y sólo allá puede cambiarse. Ni la vida de los migrantes mexicanos, ni los temas mexicanos que se consideran negativos mejorarán por arte de magia, aún con cambios de fuerzas políticas de EU.

La Presidenta tocó un tema central, hay que atender al problema de raíz. Hay más que la coalición MAGA (“Hacer a EU grande otra vez”) entre los críticos de México. Hay reclamantes pasivos de todos los espectros ideológicos y aun sin partido. Acarrean disgustos racionales y muchos pasionales. Afloran controversias ante indocumentados mexicanos y malas percepciones en relación al comercio bilateral, el narcotráfico o la violencia.

Los indocumentados mexicanos, pese a su larga permanencia y gran impacto económico, han sido estereotipados y criminalizados, pero ahora por comunidades y causas diferentes. Hay más que el repudio histórico de grupos étnicos blancos o afroamericanos “desplazados” laboralmente, durante crisis económicas. Según el Centro Hispano Pew, cada vez más latinos opinan que debe haber menos migrantes nuevos, contando mexicanos y menos indocumentados.

Conviven nuevos votantes empoderados como los asiáticos, indoamericanos y chino-americanos que también desacreditan la presencia mexicana indocumentada. Otros estudios muestran que asociar a los migrantes de origen mexicano a la delincuencia de EU, no proviene sólo de grupos WASP (blancos anglosajones protestantes) “afectados”, sino de estadounidenses de perfiles étnicos muy diversos. Sobre la deportación de indocumentados, hay aceptación entre amplios sectores de todas las filiaciones partidistas.

Una peculiaridad de los temas negativos vinculados a México —como país— en la opinión estadounidense, es que no se consideran como internacionales, sino asuntos domésticos. Por ejemplo, medios locales publican que las muertes de fentanilo en su vecindario se deben a traficantes mexicanos; que la droga vendida en Los Angeles y San Francisco se manufactura en Sinaloa. En paralelo, las oficinas que promueven sanciones o colaboraciones con la parte mexicana son cada vez más de gobernanza local, Departamento de Justicia, del Tesoro, Seguridad Interior (Homeland) y no necesariamente las de política exterior (Departamento de Estado).

Es cierto, no es Trump. Quien manda es un universo electoral que va a seguir en EU cuando él ya no esté. A México se le va a juzgar o “consentir” en relación al interés nacional estadounidense y por su valía en la opinión pública. Y, cada vez, los temas “mexicanos,” buenos y malos, estarán más presentes en la política local de EU.

Ahí nos perdemos en la traducción. Argumentamos en micrófonos mexicanos que nuestros migrantes son muy trabajadores, los beneficios comerciales y el ejercicio de la ley mexicana frente a narcotraficantes. Mas los estadounidenses que generan opinión y votan no ven ni leen medios mexicanos, se ubican a lo largo de la Unión Americana.

La nueva realidad para México en la defensa de los intereses mexicanos ante EU, indocumentados incluidos, es realizarla en territorio estadounidense y en inglés. Para sorpresa de muchos, eso no representa una injerencia exterior en las leyes de EU. Hay ejemplos: Corea, Japón, China, Arabia Saudita, los Emiratos y la India influyen en la opinión pública de EU de manera positiva y tienen éxito.

Especialista en geopolítica y miembro de COMEXI (Horacio Saavedra, El Universal, Opinión, p. A16)

Fayuqueras, en la mira

Guadalupe* tiene más de 20 años de ser fayuquera. Cruza a Nogales, Arizona, al menos dos veces a la semana; compra ropa, zapatos y hasta mandado, y lo revende en Sonora. Por dos décadas ese ha sido el sustento de su economía familiar, y solo se tomó una pausa de casi dos años durante la pandemia. E incluso entonces se las ingenió para que su negocio informal se mantuviera, aunque fuera en respiración artificial.

Los días de cruce empiezan muy temprano para sacarle la vuelta al tráfico. Guadalupe se levanta antes de que amanezca, se alista en silencio para no despertar a nadie, desayuna y revisa la lista de pendientes y las ofertas. En la fila de la garita repasa en la cabeza quién le encargó los tenis, quién espera las vitaminas, quién le pidió la leche gringa y los pantalones de marca. Cada vez que se acerca a la caseta, ahora siente un nudo en la garganta: una sola pregunta del agente puede tirar por la borda años de rutina, de confianza y de deudas que pagar. Este sentimiento es nuevo y no sabe si llamarlo miedo.

A sus casi 60 años, en lo que espera la edad oficial para el retiro, ha considerado dedicarse de lleno a la compra y reventa de artículos estadounidenses en México. A pesar de la devaluación del peso, la inflación y los cambios en la política, “le sigue sacando”, a veces más de lo que gana como educadora.

Sin embargo, los cambios establecidos por la administración Trump, que dan más discrecionalidad a los agentes migratorios y han endurecido la vigilancia en los cruces, podrían poner en jaque su visa de turista, una que ha renovado sin problema desde que tiene uso de razón.

La visa de turista permite a una persona extranjera visitar Estados Unidos por un periodo de tiempo establecido, pero no otorga el derecho de trabajar. Para los mexicanos, la visa B1/B2 se otorga por 10 años y el permiso I94, requerido para ir más allá de 25 o 75 millas de la línea fronteriza, se otorga a discreción de los oficiales de migración y puede durar desde un par de días hasta seis meses de permanencia en territorio estadounidense.

Realizar compras no va en contra de esta visa. De hecho, uno de sus propósitos es incentivar que los mexicanos gasten su dinero de este lado del muro y que así reactiven la economía local. El problema es cuando las compras son “excesivas” o demasiado seguidas y podrían interpretarse como un “abuso de la confianza” que se le otorgó a la persona extranjera y, por consiguiente, de los términos de la visa, incluso cuando la comercialización se lleva a cabo fuera de Estados Unidos.

Hasta hace un año, en 2025, poco control había en la salida de Estados Unidos a México, especialmente por las fronteras terrestres. Los agentes en las garitas solo se enfocaban en buscar contrabando, armas o dinero con rumbo a México, pero ahora los agentes de inmigración tienen un mayor control al pedir ver los documentos, las facturas y hasta el equipaje de quienes abandonan el país durante su guardia.

Antes eran las autoridades mexicanas las que ponían más atención a que se cumpliera el límite fiscal permitido de internación a México, pero poco control tenían cuando esa mercancía se quedaba en las ciudades fronterizas para ser vendida y porque buena parte era considerada como “uso personal”.

Pero para muchas mujeres, la fayuca vale el riesgo. Es el “negocio hormiga” que abastece sus hogares, que mantiene sus cuentas bancarias, paga deudas, construye comunidad y llena boutiques de un lado y del otro del muro. Y ahora, aunque ellas no consideran que estén violando ninguna ley, esa discrecionalidad en la frontera podría arrebatarles de un golpe la forma más estable que han encontrado para sobrevivir. (Maritza L. Félix, El Sol de México, Análisis, p. 23)