El país se llena de profetas laicos, sociales. Persisten las violencias, pero surgen más y más voces que denuncian masacres, desplazamientos; pies que buscan a sus seres queridos desaparecidos, sin más afán que ése, sin pretender desestabilizar gobiernos ni obtener saldos político-electorales. Eso fue evidente en la conmemoración el pasado 30 de agosto del Día Internacional de las Víctimas de Desaparición Forzada.
En Chihuahua, decenas de familiares de víctimas de desaparición forzada, de desplazamientos forzados, y colectivos que las acompañan, como el Cedehm, organizaron varios actos. Comenzaron con una misa, una marcha hasta el Jardín de la Justicia, frente a la Fiscalía General del Estado, donde erigieron un “antimonumento” conmemorativo de las casi 4 mil personas desaparecidas en la entidad, un bello mural donde dos personas se abrazan al centro, en la parte izquierda predominan los colores oscuros y la palabra “fuerza”; en la derecha, los colores claros y la palabra “esperanza”.
Ante ese mural titulado Plasmando esperanzas se trazó la historia de las desapariciones forzadas en Chihuahua, desde los años de la guerra sucia en los 70, hasta nuestros días y se reafirmó la voluntad de seguir la búsqueda y la lucha por verdad y justicia.
Se colocaron 189 placas con los nombres de desaparecidos, entre ellos 10 que datan de la guerra sucia. El conductor del acto, Gabino Gómez, del Cedehm, aclaró que colocarían 202 placas, pero no se instalaron al fin las 13 que corresponden a los migrantes desaparecidos en el desierto de Coyame hace dos años, supuestamente víctimas de la disputa por el territorio y del negocio del tráfico de migrantes entre los cárteles, porque la semana antepasada se encontró una fosa clandestina en ese municipio donde se habían sepultado 10 cuerpos y todo indica que se trata de los migrantes desaparecidos el 25 de septiembre de 2021, al tratar de cruzar el desierto hacia Estados Unidos (https://bit.ly/47ZWQn3). Apenas el 5 de septiembre se identificó a nueve de los 10 cuerpos y se confirmó que pertenecen a los migrantes desaparecidos. Se ignora qué sucedió con los tres restantes.
Por si las desapariciones forzadas y las masacres fueran poco, también pendió sobre la conmemoración el más reciente hecho de desplaza[1]miento forzado: el pasado 7 de junio, 58 personas de todas las edades, incluyendo una niña aún en el vientre de su madre, pertenecientes al pueblo ódami (tepehuanes) fueron desplazadas de la comunidad de La Sierrita, Guadalupe y Calvo, en el Triángulo Dorado, por un grupo, cuando rechazaron ser reclutadas por él. Salieron todas, con sólo lo que llevaban puesto, menos un hombre que decidió quedarse.
Les quemaron sus viviendas, con todo y muebles, enseres, documentos. Les robaron sus animales y todas sus posesiones. Desde entonces han peregrinado en poblaciones y albergues, a veces hacinadas, sometidas, sufriendo el calor del desierto, ellas que vienen del bosque, hasta que la Ceave las alojó en unos cuartos de vecindad en el sur del estado. Uno pidió al Ministerio Público lo acompañara a la comunidad para ver qué sucedió a su hermano que se quedó allá. Sólo encontraron parte de sus restos. La autoridad no permitió que les tomara fotos y le quitó el celular. La fiscalía general prometió implementar un operativo con fuerzas policiacas y militares, para “limpiar la zona”, promesa que nunca se concretó.
En julio el gobierno de Chihuahua le presumió a la relatora de la ONU para Personas Desplazadas que aquí se ha creado una comisión interinstitucional para atender esa problemática. Los derecho-humanistas señalan que, o es una falsedad o la citada comisión no hace nada, pues por toda la sierra continúan los desplazamientos forzados por la pugna entre cárteles. La violencia sigue campeando en Chihuahua: en dos años de gobierno de María Eugenia Campos Galván, se cuentan, por ejemplo, 3 mil 400 asesinatos dolosos en la entidad y el plagio ha crecido 77 por ciento.
Como en Chihuahua, las violencias persisten en buena parte del país: Guanajuato, Guerrero, Chiapas, Zacatecas, Jalisco, al punto de que las comunidades deciden organizarse para ponerles alto, como en Guerrero (https://bit.ly/3R6g2cX). No hay por qué cegarse: una de las grandes asignaturas pendientes del Estado, del régimen actual, es la persistencia de las violencias, el dominio y control de los grupos criminales sobre franjas completas del territorio.
Los números a la baja de los delitos no pueden servir de contentamiento. Porque, debajo de las estadísticas, la realidad de sufrimiento humano, de atropellos a todos los derechos, de obstáculos para la vida digna sigue terca.
Es de todo gobierno y de gente bien nacida hacer recuento de sus logros, sí, pero también de los fallos y de las tareas pendientes. Reconocer que, a pesar de la baja en el número de delitos, el país está lleno de hechos que impactan gravemente la seguridad de las personas y de las comunidades y generan gran sufrimiento. Escuchar las voces, atender el caminar de las víctimas y sus familias es el primer paso para ir plasmando la esperanza junto con ellas. (Víctor M. Quintana S., La Jornada, Opinión, p. 18)
El pasado 1º de septiembre, el presidente Andrés Manuel López Obrador, presentó desde Campeche, los principales resultados con motivo del Quinto Informe de Gobierno. Una administración en la que ha quedado demostrado con resultados, que el modelo de desarrollo denominado Humanismo Mexicano, resumido en la frase de que “por el bien de todos, primero los pobres”, es eficaz y funciona de una manera excepcional.
Este modelo está orientado en atender primero a la base de la pirámide social, y con ello, generar mejores ingresos y bienestar para México, pero también está permitiendo garantizar condiciones básicas e indispensables para el fomento a la inversión, el crecimiento económico, la creación de empleos y para mantener la paz social.
En materia de empleo, hay 22 millones de trabajadores inscritos en el IMSS que reciben en promedio 16 mil 284 pesos mensuales. El salario mínimo ha pasado de 88 pesos al día a 207 pesos, y en la frontera norte es de 312 pesos diarios. Es decir, un aumento de 88%, algo que no se veía en los últimos 40 años. Esto nos convierte en el tercer país del mundo con menos desempleo.
Después de la pandemia, nuestra economía ha crecido en más de 3% anual. El peso es la moneda que más se ha fortalecido en el mundo en relación con el dólar. Las remesas que envían nuestros hermanos migrantes, este año superarán los 60 mil millones de dólares, cifra récord que alivia a 12 millones de familias, sobre todo en las comunidades más pobres y marginadas del país. Además, durante los primeros seis meses de 2023 hemos sido el principal socio comercial de Estados Unidos.
El Índice de la Bolsa de Valores en México ha crecido en 27 por ciento. Las reservas del Banco de México suman 203 mil millones de dólares. La deuda pública, a pesar de la crisis mundial por la pandemia y de la guerra de Rusia y Ucrania, prácticamente no ha crecido en relación con el PIB. En 2018 se recibió en 43.6 y hoy está en 44%, porque no se han contratado créditos adicionales.
Se tratan de resultados claves que se han logrado al no permitir la corrupción. El éxito del gobierno de la Cuarta Transformación radica en ello, ahora no hay privilegios fiscales para las grandes corporaciones económicas y financieras, que no pagaban impuestos. La austeridad republicana es una realidad, y no una simulación; la austeridad no es sólo un asunto administrativo, es un asunto de principios. No se derrocha el presupuesto, que es dinero del pueblo.
En el Poder Ejecutivo ya no hay sueldos elevados para servidores públicos como antes, ni pensiones millonarias a expresidentes ni viáticos ni turismo político al extranjero. En 2018, la Presidencia de la República ejerció un presupuesto de tres mil 600 millones de pesos, este año se ocuparán sólo 600 millones de pesos, seis veces menos.
Apegarse a los principios de que no debe haber gobierno rico con pueblo pobre, evitar la corrupción y no derrochar el presupuesto ha permitido ahorrar y ayudar, como nunca, a los más pobres y desprotegidos del país. El mandato del presidente López Obrador ha demostrado que, con un pueblo digno y trabajador, y con un gobierno honesto y austero es posible convivir en una sociedad mejor, más justa, más libre, más fraterna y más igualitaria. (Alejandro Armenta, Excélsior, Nacional, p. 17)
Lejos de la retórica y la oratoria que suelen frecuentar los políticos, el discurso de Xóchitl Gálvez al pie del Ángel de la Independencia fue fresco, ameno, chispeante, inteligente y breve, virtudes nada despreciables y, además, pronunciado sin que la senadora hidalguense perdiera en ningún momento su característica sonrisa seductora.
Un discurso abismalmente distinto de los que han pronunciado los aspirantes a la Presidencia del partido oficial, quienes, todos ellos, prodigaron muestras de tan lamentable servilismo que los hizo soslayar los graves problemas que aquejan al país, pues su afán ha sido exclusivamente el de quedar bien con el caudillo, replicar su cantaleta según la cual, a partir de su gestión, todo en el país va bien, requetebién.
Del discurso de Xóchitl Gálvez quiero ahora destacar su compromiso de, en caso de ganar la elección presidencial, gobernar para todas y todos, conformar un gobierno que no divida, que no recurra a la ofensa y la descalificación, que promueva la reconciliación nacional, que abra las puertas de Palacio Nacional que en estos últimos años se cerraron con mentiras, insultos y odio para todos los que no piensan —o dicen pensar, agrego yo— como el Presidente.
“No sólo me las cerraron a mí —señaló la virtual candidata del Frente opositor—, sino a ustedes, a millones de mexicanos, pero los ciudadanos vamos a volver a abrir esas puertas, las abriremos con la verdad, las abriremos con la esperanza, porque la esperanza ya cambió de manos, la esperanza ahora es nuestra”.
Xóchitl enfatizó su respeto a todos los mexicanos: a los pueblos indígenas y a los pueblos afromexicanos, a las mujeres, a la clase media, a la diversidad, a las personas con alguna discapacidad, a las madres buscadoras, a los papás de los niños enfermos, a los abuelos que claman atención y cuidado, a los ambientalistas que exigen respeto a la Tierra, a los científicos y académicos ninguneados, a los estudiantes que quieren progresar, a los migrantes mexicanos que viven en el extranjero y a los que pasan por nuestro país, a los doctores y enfermeras, a los policías, a los maestros y maestras, a los soldados y marinos, a los periodistas.
En esa enumeración incluyó a todos aquellos a los que el Presidente ha vilipendiado y calumniado, y a los que se ha negado a recibir, a pesar de sus reiteradas proclamas de que gobierna para el pueblo. Es que el Presidente entiende al pueblo como la parte sana, el segmento bueno de la sociedad, el único que legítimamente puede tomar decisiones políticas, cuya voluntad él interpreta porque es su encarnación; el pueblo cuyos enemigos son quienes no forman parte de él, es decir, la clase media, los científicos, los intelectuales, los académicos, los periodistas, los médicos y las enfermeras, los padres de los niños enfermos, los ambientalistas, las feministas, las madres buscadoras. Por eso les ha cerrado la puerta de “su” palacio o incluso perseguido penalmente.
Esa visión del pueblo es claramente antidemocrática. Como ha señalado la filósofa española María Zambrano, el supuesto revolucionario de la democracia es “que toda la sociedad sea pueblo”: todos y cada uno de los miembros de la comunidad. Es la noción presente en el discurso de Xóchitl Gálvez, que suprime las implicaciones facciosas, sectarias, de la visión del caudillo. “No es pueblo contra nadie —defiende Fernando Savater—, sino pueblo con todos”.
El próximo lunes se cumplen 50 años del golpe militar en Chile, que causó más de tres mil muertes o desapariciones. El presidente Salvador Allende, cuyo objetivo era instaurar un socialismo democrático, optó por quitarse la vida durante el bombardeo al palacio de La Moneda, en lugar de tratar de huir o entregarse a los golpistas. Siempre me ha costado comprender a los suicidas, excepto en los casos en que la existencia se vuelve una tortura por enfermedad o incapacidad insoportables.
“En el apego de un hombre a su vida hay algo más fuerte que todas las miserias del mundo”, escribió Camus en El mito de Sísifo. Pero agregó que el suicidio, lejos de ser un acto de cobardía, es el máximo de la desesperación lógica. Quienes conocieron a Allende indican que era un amante de los placeres de la vida. Su decisión final fue la manifestación extrema de su coraje para no retroceder ante la imagen que de sí mismo había fraguado. (Luis de la Barreda Solórzano, Excélsior, Nacional, p. 13)
No hubo sorpresas, todo transcurrió tal como estaba previsto: #EsClaudia.
Marcelo Ebrard (“sonríe, todo saldrá bien”) ayer dejó de sonreír, pues no logró chantajear a Andrés Manuel López Obrador con el cuento de la unidad y el supuesto compromiso de que a él le correspondía el turno de la silla presidencial tras cederle, según él, la candidatura del PRD en 2012 en aras de la unidad de la izquierda.
Ebrard soñó desde joven ser presidente de la República, según comentan ex compañeros suyos en El Colegio de México, cuando en la tradición política del PRI el único requisito para lograrlo es contar con la voluntad del titular del Ejecutivo, el célebre dedazo.
Según analistas, Estados Unidos es uno de los poderes fácticos que influyen en la sucesión presidencial. Bajo esta perspectiva, el ex canciller aceptó convertir a México en la sala de espera de la migra estadunidense por medio del programa “Quédate en México”, pero trató de ocultarlo a los mexicanos.
De acuerdo con el entonces secretario de Estado, Mike Pompeo, en una reunión secreta el 15 de noviembre de 2018 en Houston, 15 días antes de tomar posesión del cargo de secretario de Relaciones Exteriores, Ebrard le solicitó declarar en público que dicho programa se aplicaría en nuestro territorio como una decisión unilateral de EU, sin el consentimiento de México, para ocultar el verdadero carácter vergonzoso del acuerdo, lesivo a la soberanía nacional.
Pompeo se negó al contubernio, pero le dio el beso del diablo a Ebrard al desearle éxito en su anhelo de ser presidente de México (ver el libro de memorias Never give an inch, Nunca cedas en nada).
El precandidato Ebrard arguye ahora que ganó la nominación según su propia encuesta, única corcholata que impugnó a la ganadora de la encuesta oficial de Morena: Claudia Sheinbaum.
Como diría Zapata, la encuesta es de quien la trabaja, no de quien la paga.
Arrogante como es, Ebrard trató de imponer al presidente sus reglas como si los patos dispararan a las escopetas.
Resentido por el menosprecio presidencial, al desplumado Ebrard le entró el síndrome de Camacho: desconocer la decisión presidencial, avalada por el resultado demoscópico y adornada con cola de caballo.
Lo cierto es que ganó Sheinbaum y perdió Ebrard por una simple razón: no es auténtico.
Ebrard no pudo convencer en las redes sociales a la mayoría de los encuestados: mete goles a un portero palero, sostiene pesas con el abultado vientre y baila sin estilo su designio fatal: “No rompas más, mi pobre corazón”.
Alejado del afecto presidencial, Ebrard trata de salvar la cara de perdedor al manchar el proceso de sucesión dirigido por el mismo López Obrador.
El trasvesti del arcoíris, término acuñado aquí en Sin Ataduras, cambiará otra vez de color: dejó de ser guinda para pronto repintarse con el único color disponible a la venta, el naranja.
Como cáscara exprimida, será humillado por otra mayor derrota en 2024. A Ebrard solo le quedaría cruzar el desierto sexenal hasta 2030 para fundar su propio partido, el incoloro P-MEC, único al cual le podría ser fiel. (Agustín Gutiérrez Canet, Milenio, Política, p. 17)