Nada qué festejar del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (NAFTA) que, visto en retrospectiva, desquició a México y propició la migración a EU que hoy busca someter el antiglobalista Trump. Tampoco funcionaron los “casi 300 tratados comerciales de Clinton en sus 8 años en Washington”.
El UltraRreduccionismo financierista, mezclado con la crisis migratoria, desdeña la dinámica geoestratégica y geoeconómica y, sobre todo, la resurrección de Rusia. Clinton abusó de otra alucinación de los apparatchiks del Departamento de Estado que apostaban a que Internet, invento de DARPA del Pentágono, socavaría las autocracias, en particular, la del Partido Comunista de China. Bill desliza, sin citarlo abiertamente, que la “reacción contra la globalización fue amplificada por los rápidos cambios sociales (sic)” y el “tema transgénero”, en clara alusión al repudio rural y global de la Agenda WOKE/Agenda Verde/Agenda 2030. (Alfredo Jalife-Rahme, La Jornada, Política, p. 8)
En diciembre de 2024, el último mes de Joe Biden en el gobierno y después de seis meses de campaña antinmigrante de Trump, pasaron la frontera y se entregaron a la migra 301 mil migrantes, en tan sólo el mes de diciembre. Eran de diferentes países, pero principalmente latinoamericanos y caribeños, muy pocos mexicanos.
Tenemos vetado usar términos como avalancha u oleada, menos aún estampida, cuando hablamos de migración, pero fueron números totalmente excepcionales y nunca vistos. Cuando Trump chantajeó a México con aranceles, en 2019, los detenidos por la migra habían llegado a 100 mil y se armó el escándalo. La amenaza de la segunda llegada de Trump al poder indujo a centenas de miles de migrantes a cruzar la frontera, como su última oportunidad, antes de que la puerta se cerrara. Tenían razón.
Además de los latinoamericanos, también llegaron decenas de miles de migrantes desde Asia y África. La Unidad de Política migratoria reporta, para 2024, la detención de 67 mil asiáticos y 58 mil africanos. Para darnos una idea, en 2014 no se registraron migrantes de Senegal, Mauritania y Guinea. Diez años después, se detuvo a 8 mil de Senegal, 9 mil de Mauritania y 4 mil de Guinea. Un año después, con la llegada de Trump, el tránsito de africanos por México se redujo sensiblemente y en ninguno de estos países llegan a 800 los detenidos, cuando antes hablábamos de varios miles.
Hay que reconocer que el monstruo naranja cumplió con su promesa de cerrar la frontera. En la actualidad, los detenidos por la migra no pasan de 20 mil al mes. Su campaña antinmigrante tuvo repercusión mundial y el tránsito de migrantes se redujo notablemente; el último reporte de los que pasan por el Darién, en Panamá, informa que en lo que va del año se registró a mil 700 migrantes y que el tránsito se ha reducido en 93 por ciento. En la frontera, el tránsito indocumentado se redujo en 95 por ciento.
La otra promesa, de deportar a 12 millones de migrantes, es más complicada, y Trump y sus secuaces se han enfrentado a conflictos con las comunidades, algunas autoridades, agroproductores, abogados, iglesias y, principalmente, con el sistema de justicia.
No obstante, los términos y las estadísticas han cambiado. El último informe del Pew Hispanic para 2023 reporta un total de 14 millones (falta 2024), de los cuales hay 8 millones de migrantes no autorizados y 6 millones con algún tipo de protección. Como se aprecia, son dos grupos: el primero está sujeto a deportación y el otro ha accedido a algún tipo de programa, como el CBP One; ostentan algún tipo de parole humanitario o de trámite judicial. Es posible que esta cifra integre a los diferentes TPS o migrantes de estatus temporal protegido y a los dreamers, pero no lo especifica. Como quiera, todos éstos tienen un estatus “crepuscular”, es decir, que pronto quedarán en la oscuridad y pasarán al otro grupo.
No sabemos cuántos migrantes conforman la población flotante, que no en tránsito, que se quedó varada en México. Muchos pasaron al otro lado; la prueba está en que sólo en el mes de diciembre de 2024, la migra registró 301 mil “encuentros”. Pero a otros los vemos todos los días en las calles, haciendo colas para trámites o incluso marchando en caravanas.
Muchos se van a quedar en México: ya gastaron en el viaje, hicieron el intento de cruzar y no pudieron o fueron deportados, con esos arreglos raros que se hicieron con López Obrador, de recibir migrantes extranjeros. Finalmente, si hoy en día quieres cruzar la frontera, te arriesgas a quedar atrapado en un centro de confinamiento por varios meses y hasta ser deportado a un país como Sudán, como le pasó a un mexicano y otros ocho migrantes.
En Estados Unidos ya no se aplica ningún tipo de parole humanitario, aunque un juez dictaminó recientemente que el derecho al asilo sigue vigente si se ingresa al territorio, aunque sea de manera irregular. Pero el nivel de arbitrariedad, intolerancia, fanatismo y racismo de Trump ya no tiene límites. Si este sujeto ataca a las universidades de élite, al Museo Smithsoniano, al gobernador de California, a la Reserva Federal y a tantos otros, qué se puede decir de los migrantes, a los que considera invasores y criminales.
Por eso, muchos migrantes han puesto reversa y están de regreso en sus países de origen. Incluso en el caso de personas establecidas por décadas, se están decidiendo por el retorno voluntario. El miedo es tal, que muchas familias de migrantes están poniendo en orden sus papeles para estar preparados en caso de una eventualidad. Están sacando actas de nacimiento, certificados de estudios, pasaportes mexicanos y estadunidenses, ordenan sus cuentas y designan beneficiarios.
Muchos migrantes indocumentados han comprado casas, son propietarios o tienen hipotecas; otros tienen coches y vehículos de trabajo; otros más, tiendas o negocios, y están en riesgo de perder su patrimonio si son deportados. Pero lo que más les preocupa son los hijos menores, que pueden quedar en total indefensión, incluso siendo ciudadanos estadunidenses. De ahí, que muchos migrantes estén pensando en poner reversa. (Jorge Durand, La Jornada, Opinión, p. 12)
Los términos del “acuerdo” en seguridad con EU son desconocidos o simplemente responden a la nueva estabilidad de la política del ataque discrecional del gobierno de Trump. La nueva estandarización que trata de aclimatar del combate al narco fuera de su territorio, sin más justificación que el poder de la fuerza contra lo que considere amenaza a su seguridad nacional y de sus aliados. La visita del secretario de Estado, Marco Rubio, se puede explicar por el objetivo de Trump de naturalizar la guerra contra las “organizaciones narcoterroristas” en su zona de influencia en AL. La declaró desde designar a cárteles mexicanos, venezolanos y otros latinoamericanos como terroristas, para asumir su eliminación como un derecho a la defensa, por encima de reglas y territorios nacionales.
Por eso la ambigüedad del comunicado conjunto tras la reunión de Rubio con Sheinbaum; y las interpretaciones a que da lugar sobre el contenido y alcance del “entendimiento”, como ha tenido que descafeinar Sheinbaum. Casi dos meses después de anunciar su firma inminente, reducir ahora las expectativas originales significa, para unos, acotarlo a la competencia estratégica feroz que sustituye las relaciones globales; y, para otros, concesiones inconfesables o del desacuerdo sobre los límites de la cooperación con la agenda antiinmigrante, del fentanilo y los negocios criminales. Pero lo cierto es que lo que sustituiría al Entendimiento Bicentenario de López Obrador quedó en una mera forma de ver y asimilar el peso de los hechos en el mundo de pactos informales y sin reglas del trumpismo con que pretende reestructurar la relación bilateral en función de las narrativas y métodos de su nuevo orden, donde lo importante no son tanto los principios que defiende México sobre respeto a la soberanía, sino la normalización de su discurso como nueva realidad que impone, y que será más severo a medida que siga cayendo su popularidad.
Por eso es más fácil saber qué se “cocina” en la relación bilateral a través de declaraciones y hechos que dicen más que “entendimientos” sobre la implicación de la nueva ruta de cooperación que enunciaron para “desmantelar” a los cárteles, acabar el tráfico de drogas y armas, y acotar la migración. Poner el foco de atención en las acciones unilaterales y ataques con que presiona, bajo amenazas militares y sanciones arancelarias para alumbrar su nuevo mundo; por ejemplo, la advertencia sobre el temor de Sheinbaum a enfrentar a los cárteles con que Trump galvanizó su encuentro con Rubio. El secretario fue portador de la narrativa trumpista también cuando aseveró con la mayor soltura que el ataque letal a una embarcación venezolana podría pasar “de nuevo mañana o en una semana”; se trata de verlo como un hecho normal que se justifica por el derecho a conjurar una amenaza, no una agresión a la soberanía de nadie. En el discurso de la guerra contra el “narcoterrorismo” no hay frontera fuera del alcance de su ejército y su justicia, como demuestra el enjuiciamiento de capos mexicanos en EU y la acusación de narcopolítica al gobierno de México o de Venezuela; aunque al mismo tiempo exalte la “cooperación histórica” con México.
La geopolítica mundial se mueve contra el viejo mundo unipolar, como indican las imágenes estratégicas del desfile militar chino. En México y AL, EU hace un difícil equilibrismo político entre normalizar la presión de la revuelta de las políticas trumpistas y el temor de estar ante la reedición del viejo intervencionismo estadunidense; aunque hoy necesita estabilidad en su zona de influencia ante el avance de Asia.
El discurso formal y ambiguo de México sobre los límites en la colaboración con EU expresan esa tensión. La presión insistente de EU de apoyar militarmente a México para tomar medidas drásticas contra los cárteles pone a Sheinbaum en serios aprietos ¿Son fronteras entendidas o sobreentendidas? ¿Qué implica coordinación en operaciones y acciones concretas? No lo sabemos. Pero su afán por aclarar que su disposición a coordinarse no se confunda con sumisión expresa la severa tirantez a que está sometida dentro y fuera del país. Desde el exterior por la presión y el fuego verbal de Trump, y al interior con oposiciones que abrazan la beligerancia de EU para ganar espacio político en un país harto por la violencia, pero que rechaza una intervención, así fuera contra los cárteles. (José Buendía Hegewisch, Excélsior, Nacional, p. 12)
“Pensé que esto no me pasaría a mí”. ¿Ingenuidad? La realidad de lo que viven los latinos en Estados Unidos es muy distinta. Con las manos esposadas y recostados sobre una pared o una patrulla, los hispanos que votaron por Trump se sorprenden de ser víctimas del perfil racial de las autoridades de migración.
Son ciudadanos estadounidenses, pero no son rubios ni tienen los ojos claros y algunos tienen ese acento chicano que ha distinguido a sus familias por generaciones. Creían que el haber nacido en Estados Unidos los había blindado del racismo: se equivocaron.
Cada vez son más los que confiesan su arrepentimiento en voz alta: “De haber sabido, jamás hubiera votado por él”. De hecho, aseguran que no hubieran votado ni por Trump ni por Harris o Biden. Ninguno de los candidatos del 2024 hubiera sido, a su parecer, un buen presidente en 2025. Aun así, se confiesan devotos republicanos.
Ventilan su frustración en las redes sociales después que los videos de sus detenciones se viralizaron por el mundo. No pueden ocultar que “les salió el tiro por la culata”. En el 2026, en las elecciones de medio término, advierten que se desquitarán en las urnas o, de plano, con un ruidoso abstencionismo. Pero no todos lo ven así.
En el sur de Arizona, en el corazón del Condado Pima, hay un salvadoreño que aún le da el voto de confianza al presidente.
Jorge Rivas es un ciudadano naturalizado afiliado al Partido Republicano. Él y su esposa, mexicana, tienen un restaurante de comida latina en Tucson. En el menú está la popular “MAGA Burguer”, en honor a Trump. Es un establecimiento pequeño, pero lleno de patriotismo: hay banderas de Estados Unidos por todos lados y pancartas de solidaridad con el polémico magnate-presidente; incluso hay un banner que asegura que en ese lugar Trump es admirado y bendecido. Venden camisetas y otros recuerditos con la imagen del 45. Es como si fuera un altar al “engrandecimiento de América”.
La mayoría de los clientes de los Rivas son anglosajones que comulgan con la ideología política de Trump, pero hay muchos hispanos que llegan para apoyar la causa. Justifican a la actual administración a capa y espada. Para ellos casi todo es blanco y negro, y las acciones de esta administración que los incomodan tienen un contexto que no han podido entender, dicen, pero que confían que serán para un bien mayor. En sus camionetas también tienen banderas y calcas en honor al presidente y son “maguistas” de hueso colorado; ellos son primero trumpistas y después republicanos.
Trump ha sacudido al Partido Republicano desde las entrañas, al mismo tiempo que irónicamente ha logrado que recupere un poder que no se le había notado desde hace décadas. A pesar del divisionismo dentro de las filas más conservadoras del país, se siente la fuerza. Obama podría haber sido el “deportador en jefe”, pero el magnate republicano es, sin duda, el “polarizador en jefe”, ya que incluso dentro del partido ha puesto a prueba la convicción de todos y sigue ganando. (Maritza Félix, El Sol de México, Análisis, p. 23)
Ha trascendido en círculos políticos y legales de México y Estados Unidos que la razón de fondo de los constantes viajes del líder nacional del PRI, Alejandro Moreno Cárdenas, al vecino país -el más reciente a Washington el jueves y el viernes pasados- es que tramita un asilo político.
“Alito” – según lo trascendido- ya habría recurrido al bufete “Law Office” del abogado estadounidense Isaías D. Torres, un reconocido especialista en derecho de inmigración y varios casos de asilo ganados allá en Estados Unidos.
El dirigente priista llegó a Washington el jueves pasado y, con una fotografía tomada en los pasillos del Capitolio, documentó en sus redes sociales un encuentro con la congresista republicana María Salazar.
Según lo declarado por Moreno Cárdenas, fue a la capital estadounidense a denunciar la instauración en el país de “una dictadura narcoterrorista y comunista”, señalamiento que hizo cuando en la Ciudad de México, el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, destacaba el nivel de cooperación histórico alcanzado entre los dos países y reconocía los resultados logrados por el gobierno mexicano en el combate al crimen organizado transnacional.
Es claro que la corrupción prohijada por la delincuencia ya penetró estructuras de poder a muy alto nivel, pero eso no quiere decir que el país esté en manos de traficantes de droga, que sea un “narcoestado” que persigue a sus opositores como fantasiosamente sostiene el tramposo dirigente del tricolor.
Él se ha planteado el tema del asilo no porque sea un perseguido político, sino porque teme perder el fuero constitucional que le otorga el ser senador y ser procesado por las acusaciones de corrupción y lavado de dinero que le fincó la Fiscalía anticorrupción de Campeche el pasado 23 de julio, fecha en que habría trasladado a su familia a Miami.
Un requisito mínimo para que avance su solicitud de asilo -según le han aconsejado sus asesores legales- es obtener de la secretaría de Gobernación la incorporación al Mecanismo de Protección de Periodistas y Defensores de Derechos Humanos, recurso que ya solicitó, aunque no sea perseguido, ni periodista, ni defensor de los derechos humanos. (Raúl Rodríguez Cortés, El Universal, Opinión, A14)
La cultura es un círculo que nunca se rompe: lo que se cree se practica, y lo que se practica termina confirmando lo que se cree. Cada gesto cotidiano -desde cómo saludamos hasta cómo desaparecemos- es una expresión de esa gramática cultural que nos define y nos sostiene, incluso cuando esa gramática duele. En Japón, hay quienes se esfuman sin dejar rastro. En México, hay quienes son arrancados del mundo sin aviso. Ambos desaparecen, pero por motivos que revelan los vacíos -y los excesos- de sus culturas. Y en ambos casos, la ausencia tiene rostro. Allá, el peso abrumador del honor; aquí, la herida abierta de la impunidad, el rostro de un Estado incapaz de cumplir con su misión primigenia: proteger a sus ciudadanos.
Para los nipones el oprobio pesa tanto que la desaparición no es solo un hecho, sino un síntoma. Y lleva nombre propio: johatsu, “el evaporado”. Es la decisión de quien prefiere disolverse antes que afrontar la carga insoportable de la deshonra social. Se esfuman hombres agobiados por las deudas, mujeres atrapadas en matrimonios violentos, jóvenes heridos por el fracaso escolar. Contratan a un yonige-ya, empresas que orquestan una fuga quirúrgica en la madrugada. A la mañana siguiente, ya no están. Cambian de barrio, de empleo, de identidad. Son sus propios testigos protegidos. Mueren socialmente para poder volver a nacer.
Convertirse en johatsu es una alternativa de vida. Nadie se asombra. En El crisantemo y la espada, Ruth Benedict llamó a Japón una “cultura de la vergüenza”: lo asfixiante no es el error, sino ser visto en él. En barrios como Sanya, en Tokio, los evaporados reaparecen como obreros de la noche, fantasmas urbanos que viven sin pasado. Invisibles. Indetectables. Reinsertados en el anonimato.
En México, la palabra “desaparecido” despierta un eco distinto, mucho más doloroso. Aquí no se trata de fuga voluntaria, sino de ausencia forzada. Miles no regresan a casa porque alguien los arrancó de la vida, los borró del mapa y los selló en la incertidumbre. Aquí, desaparecer no es una elección, sino una condena. No habilita un renacimiento, sino que encierra a las familias en un duelo sin cuerpo. La esposa que busca, la madre que escarba en una fosa, la niña que deja de ser hija y se convierte en activista. Mientras el johatsu es un gesto radical de libertad, el desaparecido mexicano es un grito atrapado bajo tierra. Un lamento que genera nuevas identidades: madres buscadoras y otros colectivos.
Aun así, también en México hay quienes huyen. No con ayuda de una empresa especializada, sino con el instinto del que sobrevive. El hombre que cambia de nombre para no pagar una deuda. La mujer que abandona un hogar violento y corta todo contacto. El joven que cruza la frontera sin papeles, dejando atrás familia, idioma y pasado. Migrar, a veces, es evaporarse. Ese exilio es, en cierto modo, un johatsu a la mexicana: dejarlo todo para recomenzar en otro lado, aun a costa de borrarse de la biografía familiar. Una reinvención con acento forzado.
En México usamos los ritos para reinventar la realidad. Acudimos a limpias, a brujos que cortan la mala suerte, que hacen “borrón y cuenta nueva”, a amuletos y supersticiones, como un acto simbólico de resurrección. Lo que en Japón es logística meticulosa, aquí es gesto mágico. El deseo de romper con el pasado como se corta un maleficio. Renacer no desde la estrategia, sino desde el conjuro.
Las grandes ciudades son el escenario idóneo para esfumarse. Tokio y Osaka engullen a los johatsu como vapor en el aire. Las metrópolis mexicanas, a su vez, tragan a los migrantes internos en colonias sin nombre, donde el anonimato se vuelve refugio y promesa. Allí, entre el concreto y la multitud, en esa densidad se redacta una nueva biografía, diseñada para enterrar el pasado.
Evaporarse o ser borrado: dos extremos de una misma condición humana. Por giros inesperados de la vida, algunos eligen desvanecerse; otros son arrancados por la fuerza. La desaparición es una muerte anticipada, un duelo sin final. Deja marcas: una cama vacía, un fantasma que ronda, un nombre que se susurra en voz baja. La paradoja corta como navaja: nada hay más presente que una ausencia. (Eduardo Caccia, Reforma, P.p)

(Hernández, La Jornada, Política, p.3)