Durante décadas, una de las grandes fortalezas de las universidades estadunidenses ha sido su capacidad para atraer estudiantes de todo el mundo. Su prestigio académico y sus amplias oportunidades profesionales las convirtieron en un destino ideal para talentosos jóvenes que buscaban formarse al más alto nivel, ya fuera para regresar a impulsar el desarrollo de sus países o para construir una carrera en Estados Unidos. Hoy, sin embargo, el contexto geopolítico introduce dudas sobre si este liderazgo continuará. Y esa incertidumbre abre espacio para que otros países —entre ellos, México— puedan ganar presencia en la educación internacional.
Las cifras muestran la magnitud del fenómeno. De acuerdo con NAFSA, en el ciclo 2018–2019 Estados Unidos recibió casi un millón cien mil estudiantes internacionales. Su presencia generó 41 mil millones de dólares y sostuvo 450 mil empleos. Un registro culmen en la historia de atracción de talento del país.
La tendencia comenzó a modificarse durante la primera administración del presidente Trump, cuando se impusieron restricciones migratorias más severas. Poco después irrumpió la pandemia, que no sólo paralizó temporalmente al mundo, también redefinió por completo la movilidad académica. En el otoño de 2020, con clases híbridas, la inquietud sobre el futuro de los estudiantes internacionales creció de manera evidente. Y los datos lo confirmaron: en el ciclo 2020–2021, la llegada de nuevos alumnos del extranjero se desplomó 43%, una caída sin precedentes en la educación superior de EU.
Con la recuperación pospandemia, las cifras comenzaron nuevamente a repuntar. Para 2022-2023, Open Doors registró poco más de un millón 57 mil estudiantes internacionales, niveles muy cercanos a los prepandemia. NAFSA corroboró también la reactivación en su impacto económico, señal de que el atractivo histórico del sistema estadunidense seguía ejerciendo fuerza.
Ese atractivo ha sido tan profundo que, como recuerda William C. Kirby, entre 1997 y 2017 se registraron en China 375 intentos de utilizar la marca “Harvard” para fines comerciales o educativos. Un fenómeno que ilustra el peso simbólico y cultural que Estados Unidos ha proyectado durante décadas, aunque hoy esa influencia enfrente presiones y cuestionamientos crecientes.
Las políticas de la segunda administración Trump han endurecido nuevamente los procesos de visado, sus renovaciones y las oportunidades de trabajo tras la graduación mediante el programa OPT. Informes recientes de NAFSA y del Institute of International Education indican que para el otoño de 2025 las nuevas matrículas internacionales habrían caído 17%, lo que podría traducirse en una disminución económica estimada en más de mil millones de dólares y la pérdida de 23 mil empleos.
La gran pregunta es si este fenómeno representa un ajuste pasajero o un auténtico punto de inflexión en el liderazgo educativo de Estados Unidos. Mientras esa respuesta se aclara, otros países avanzan con firmeza. Canadá, Reino Unido y Australia —junto con Francia, Alemania y España— llevan varios años incrementando su capacidad de atracción, consolidándose como destinos crecientemente competitivos en la carrera global por el talento universitario.
México, por su parte, mantiene aún una proporción baja de estudiantes internacionales. Según ANUIES, menos de 1% de la matrícula nacional corresponde a alumnos en movilidad, aunque en posgrado la presencia extranjera es ligeramente mayor. En los doctorados, la matrícula internacional ronda 8%.
Al mismo tiempo, muchos jóvenes latinoamericanos buscan estudiar en Europa, y numerosos estudiantes de origen mexicano en Estados Unidos exploran alternativas fuera de ese país debido a costos o inquietudes sobre el entorno político y social. En este contexto, México podría convertirse en una opción atractiva para estudiantes internacionales, con beneficios académicos, económicos, sociales y reputacionales. En muchos países de Latinoamérica, México sigue siendo aspiracional; los estudiantes latinoamericanos, además, podrían encontrar en nuestro país una mayor afinidad social y cultural que en el mundo anglosajón o europeo.
El sistema universitario mexicano ofrece una combinación valiosa. Tanto calidad académica y diversidad cultural como un entorno profundamente enriquecedor para quienes llegan del extranjero. Nuestros principales retos están en factores estructurales del país, entre los que la seguridad es determinante.
Si México fortalece el Estado de derecho, consolida su estabilidad económica y mejora en materia de seguridad, podría aprovechar esta coyuntura global. Más que reemplazar a Estados Unidos, tiene la oportunidad de abrir un espacio propio en la competencia por el talento internacional y construir, paso a paso, un perfil más visible y atractivo como destino académico. Se generarían, por tanto, círculos virtuosos, entre lo académico, cultural, económico, social e internacional, con numerosos beneficios para nuestro querido país. (Santiago García Álvarez, Excélsior, Nacional, p. 11)
Parafraseando a Albert Camus, “Indudablemente cada gobierno se cree destinado a rehacer el mundo”. Camus hablaba de su generación, pero el principio es aplicable a los gobiernos que llegan a hacer tabla rasa de la historia, como si todo lo que les precedió hubiese sido erróneo, equivocado o, en todo caso, malicioso. Si bien Morena no inventó esta manera de conducirse, ese ha sido su script. Sin embargo, en contraste con muchos de los predecesores a los que denuestan, su desempeño no ha sido particularmente exitoso. ¿Dónde se atoró el país?
El primer gran éxito económico del país ocurrió a mediados del siglo pasado, el llamado “desarrollo estabilizador,” que logró elevadas tasas de crecimiento económico con baja inflación y, sobre todo, una acelerada movilidad social. No es casualidad que muchos políticos, comenzando por el propio AMLO, solían referirse a esa era en términos nostálgicos: todo parecía funcionar. Aquel momento terminó cuando resultó que las anclas que lo sustentaban dejaron de funcionar.
No sería exagerado afirmar que, a partir de entonces, México ha vivido repetidos y diversos esfuerzos por recobrar esa capacidad de crecimiento. Algunos gobiernos lo intentaron con gasto público (y su concomitante endeudamiento), otros buscando apalancarse en la promesa de elevados precios del petróleo. Ambos acabaron sumiendo al país en severas y costosas crisis. Luego vino la era de recapacitación financiera, la liberalización económica y la búsqueda de incorporación a los circuitos industriales del resto del mundo. Cada uno de los gobiernos que siguió, de dos partidos distintos, sostuvieron la iniciativa, pero nunca se logró consolidar una estrategia integral, incluyente, que beneficiara de manera directa a la mayoría de la población. Peor, en el proceso se debilitaron las capacidades del viejo sistema político y no se desarrolló un sistema de seguridad efectivo para la población. No es difícil explicar la llegada de un candidato que comenzó por evidenciar las carencias que existían, que no eran pocas.
El problema de fondo no es difícil de diagnosticar. La liberalización de la economía, la privatización de empresas y la llamada transición democrática -procesos que se retroalimentaron mutuamente- requerían una gran claridad de visión y articulación, pero sobre todo de conducción porque implicaban una redefinición radical no sólo de la estructura de la economía, sino de todo el sistema político. Hubo en el camino el sueño (porque no podía ser otra cosa) de que se podía liberalizar la economía sin afectar la demanda de participación política. Al final, la liberalización se llevó a cabo sin plan ni organización de la planta productiva, dejando que cada agente decidiera cómo adaptarse o incorporarse. Muchos tuvieron un liderazgo excepcional que hoy podemos apreciar en innumerables medidas de éxito. Otros, la mayoría en términos numéricos, si bien no en participación económica, han batallado a contracorriente. Mientras que en Canadá el gobierno creó programas para que todo mundo tuviera la oportunidad de ser exitoso, en México todo se dejó al garete.
En este contexto, no es casualidad que hayamos acabado en una situación tan compleja como la que describirían afirmaciones contrastantes como las que siguen: “una potencia exportadora”, “crecimiento a ritmo asiático”, “patético nivel de crecimiento por veinte años”, “incontenible violencia”, “dos Méxicos”. En unos cuantos años, México pasó a ser todo esto: un país exitoso y un país rezagado; un país pobre y uno rico; un país democrático y un país de muertos y desaparecidos; un país que elige a sus gobernantes y un gobierno incompetente. Por donde uno le busque, el país requería una aguda, lúcida, inteligente y clarividente conducción, pero todo lo que obtuvo fue una creciente rijosidad política que comenzó mucho antes de que llegara Morena.
En realidad, hubo dos factores -migración y exportaciones- que hicieron posible que dominara -y persistiera- la desidia, displicencia y negligencia que han caracterizado a muchos de esos gobiernos y gobernantes porque hicieron posible evadir la tarea que era realmente trascendente, importante y urgente. Además, paradójicamente, esos dos factores son también los que nos tienen confrontados con el actual presidente estadounidense, con las consecuencias que eso pudiera entrañar.
La migración eliminó, o al menos disminuyó la presión social por empleo y oportunidades, lo que facilitó que se obviara la urgencia de construir infraestructura, transformar al sistema educativo y desarrollar un sistema funcional de gobierno. Fue más fácil ceder ante sindicatos abusivos, evitar negociaciones complicadas y depender de monopolios improductivos que construir el país que aquellas reformas prometían y requerían.
Por su lado, las exportaciones resolvieron el cuello de botella más grave y recurrente que enfrentó el país a lo largo de la historia. De pronto, las divisas que provenían del comercio exterior (a lo que habría que sumar la adicción a las remesas que produjo la migración) hicieron creer que no importaba que los chiapanecos o los oaxaqueños se rezagaran, pues el promedio parecía funcionar. Eso hasta que la realidad llamó a la puerta.
Como escribió Arnold Toynbee, “las civilizaciones mueren por suicidio, no por asesinato”. (Luis Rubio, Reforma, Opinión, p.9)