Con Nicolás Maduro en una prisión neoyorquina, con la presidenta encargada de Venezuela negociando con Estados Unidos la venta del (poco) petróleo que producen, con el mundo temeroso y más bien agachado frente al acto que pisoteó todas las reglas y leyes internacionales, ayer Donald Trump dedicó buena parte de su día a anunciar en su red social una serie de medidas en varios temas.
Nuevas reglas para la industria que provee de insumos al aparato militar estadunidense, amenazas a uno de esos proveedores de suspender sus contratos porque son lentos, nuevas reglas para quien puede o no comprar una casa de uso habitacional, aumento del presupuesto para el ejército estadunidense, anuncio de cómo utilizará el dinero que obtendrá del petróleo venezolano…
En eso estaba el presidente de Estados Unidos cuando un agente del ICE asesinó a balazos a una mujer que estaba en su camioneta.
En las semanas recientes, el aparato de migración estadunidense junto con el de Homeland Security han estado haciendo redadas en Minnesota que (no es casualidad) el demócrata que fue candidato a la vicepresidencia con Kamala Harris.
Todos los videos del evento dejan claro que el agente no tenía razón alguna para hacer tres disparos en contra de la mujer.
Inmediatamente después, los duros del gabinete trumpista comenzaron a acusar de terroristas a la mujer asesinada y a quienes se quejaban de la presencia de ICE.
Trump posteó en su red social.
“Acabo de ver el video del evento que tuvo lugar en Minneapolis, Minnesota. Es horrible de ver. La mujer que gritaba era, obviamente, una agitadora profesional, y la mujer que conducía el coche estaba muy desordenada, obstruyendo y resistiendo, que luego atropelló violentamente, de manera voluntaria y con ferocidad al Agente de ICE, que parece haberle disparado en defensa propia. (El agente que disparó nunca fue tocado el automóvil). Es difícil creer que esté vivo, pero ahora se está recuperando en el hospital. (No fue herido). La situación se está estudiando, en su totalidad, pero la razón de estos incidentes ocurre porque la izquierda radical está amenazando, agrediendo y atacando a nuestros agentes policiacos y agentes de ICE a diario. Solo intentan hacer el trabajo de HACER AMÉRICA SEGURA. ¡Debemos mantenernos firmes y proteger nuestra Ley de estos agentes de este movimiento radical de izquierda de violencia y odio!”.
Esto dice el presidente del país más poderoso del mundo después del asesinato injustificado de una ciudadana de su país.
Pinches tiempos estos. (Carlos Puig, Milenio, Al Frente, p. 2)
Sólo horas después de que el gobierno de Donald Trump desplegó alrededor de 2 mil agentes federales en Mineápolis, Minesota, un miembro del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) asesinó a una mujer desarmada en el contexto de un control de tráfico. Según se observa en videos difundidos por testigos, dos integrantes de la agencia intentaron sacar a la conductora de su vehículo, ella se desvió para alejarse y un tercer uniformado se interpuso en su camino y la mató de un tiro en la cabeza.
La directora del Departamento de Seguridad Nacional (DHS, al cual se encuentra adscrito el ICE), Kristi Noem, calificó lo ocurrido como un acto de “terrorismo doméstico contra los oficiales”, y aseguró que el asesino “actuó rápidamente de manera defensiva y disparó para protegerse a sí mismo y a las personas en las inmediaciones”, narrativa secundada por su segunda al mando, Tricia McLaughlin, y por el propio Trump. En contraste, el alcalde de la urbe, Jacob Frey, condenó sin rodeos la ejecución: “ya están tratando de presentarlo como una acción en defensa propia, pero vi el video y quiero decirles a todos directamente que eso son pendejadas (bullshit)”.
Frey fue más lejos, al afirmar que “lo que están haciendo no es proveer seguridad, sino provocar caos y desconfianza; están separando familias, sembrando el caos en las calles y, en este caso, literalmente, matando gente”, por lo que envió un mensaje al ICE: “lárguense de Mineápolis, no los queremos aquí”.
En un tono más contenido, el gobernador Tim Walz llamó a los ciudadanos a no caer en las provocaciones del trumpismo, pero respaldó la postura de Frey con un llamado directo a Trump y Noem a que saquen las manos del estado. En declaraciones posteriores, la secretaria de Seguridad expresó que “el oficial siguió su entrenamiento, hizo exactamente lo que está adiestrado para hacer en esa situación”.
Los acontecimientos y las reacciones de la Casa Blanca suponen un ejemplo puro de la deriva autoritaria que vive Estados Unidos con el trumpismo. Si bien el gatillo fácil y la impunidad casi absoluta con que operan todas las fuerzas policiales en ese país son un asunto histórico y estructural, la celebración abierta del abuso de autoridad, ahora normalizada, era impensable hace apenas unos años. Por otro lado, la caracterización del intento de escape de la víctima como “terrorismo doméstico” muestra hasta qué punto la administración republicana fuerza y tergiversa el significado de ese concepto para criminalizar a cualquiera que no simpatice con sus políticas, ya sean ciudadanos que se oponen a la cacería de migrantes, estudiantes que denuncian el genocidio contra el pueblo palestino o el presidente de una nación soberana cuyo petróleo es codiciado por Trump.
Al mismo tiempo, la respuesta de los habitantes de Mineápolis da cuenta del hartazgo de amplios sectores de la sociedad con la retórica de odio, las persecuciones contra los más vulnerables y el afán trumpista de establecer un Estado policiaco. Como notaron desde el primer momento los medios, Mineápolis es la ciudad que albergó algunas de las protestas más grandes de la historia estadunidense después de que policías blancos asesinaran a George Floyd el 25 de mayo de 2020, a sólo kilómetro y medio del punto donde ayer ICE mató a Renee Nicole Good. La indignación de los ciudadanos presentes y el reclamo espontáneo contra los asesinos permiten albergar la esperanza de que, sin proponérselo, el trumpismo esté generando una amplia reacción social de rechazo al fascismo y por la recuperación de niveles mínimos de civilidad. (Redacción, La Jornada, Editorial, p. 8)
¡BUENO, HASTA EN Mineápolis se ha producido protesta ciudadana ante el asesinato de una mujer a manos de agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), con el propio Trump justificando la ejecución porque, a pesar de que los videos correspondientes no muestran una agresión femenina que hubiera propiciado los tiros, consideró que el agente “parece haber disparado en defensa personal”, que la mujer “era obviamente una agitadora profesional” y que “la razón de que estén ocurriendo estos incidentes es porque la izquierda radical todos los días está amenazando, asaltando y concentrándose en nuestros agentes de la aplicación de la ley y en los de ICE” (Julio Hernández López, La Jornada, Política, p. 14)
Una marea conservadora avanza en América Latina y, de consolidarse en el transcurso de este año, podría dejar a México en una posición incómoda: más aislado políticamente en la región y, por lo mismo, más vulnerable frente a su socio más complejo e impredecible, Estados Unidos.
No se trata solo de un cambio ideológico, sino de una modificación en la correlación de fuerzas del continente.
Los resultados electorales recientes en Chile, Honduras y Ecuador, junto con el fortalecimiento del proyecto de Javier Milei en Argentina —ratificado en las elecciones legislativas— no son episodios inconexos. Reflejan el desgaste de proyectos progresistas que no lograron responder con eficacia a problemas persistentes como la inseguridad, el bajo crecimiento económico y la fragilidad fiscal.
El mensaje de las urnas ha sido menos doctrinario y más pragmático: orden, estabilidad macroeconómica y una relación funcional con los grandes centros de poder pesan hoy más que las afinidades ideológicas.
No todos los países pesan igual, desde luego. Pero cuando el péndulo se mueve en economías grandes o políticamente influyentes, el equilibrio regional cambia.
Y ahí es donde entra el calendario electoral de 2026. Brasil y Colombia, los dos países que junto con México han sido los principales referentes de la izquierda latinoamericana reciente, definirán su rumbo este mismo año. Un viraje hacia la derecha en cualquiera de los dos —y más aún en ambos— reduciría de forma significativa la capacidad de México para articular posiciones comunes en la región.
Hoy las encuestas favorecen al oficialismo tanto en Brasil como en Colombia. Pero el entorno geopolítico importa tanto como las preferencias electorales. Estados Unidos ha dejado claro que actuará cuando no existan contrapesos regionales efectivos. La pasividad o fragmentación latinoamericana amplía su margen de maniobra. Pensar que Washington se mantendrá al margen de los procesos políticos clave de su hemisferio inmediato es ignorar la lógica del poder.
Las definiciones llegarán pronto: Colombia resolverá su elección a mediados de año y Brasil lo hará en el último trimestre. Todo ello ocurrirá en coincidencia con la negociaciones de México con Estados Unidos en materia migratoria, comercial, energética y en la revisión del T-MEC. El contexto regional en el que se den esas conversaciones no será un detalle menor.
El riesgo para México es quedar aislado no solo en términos discursivos, sino en algo más relevante: su capacidad real de construir consensos y respaldos.
La política exterior mexicana ha apostado históricamente por la no intervención y el respeto a la soberanía. Son principios valiosos, pero pierden fuerza cuando el entorno se inclina hacia gobiernos que privilegian una cooperación estrecha con Washington, incluso a costa de tensiones con vecinos ideológicamente distintos.
El caso de Venezuela es ilustrativo. La intervención directa de Estados Unidos marcó un punto de inflexión en la región.
No solo por la acción en sí, sino por la respuesta regional: dispersa, débil y sin capacidad de articular una posición común.
México sostuvo una postura jurídica consistente, pero lo hizo sin generar consensos. El mensaje fue inequívoco: cuando no hay bloque regional, el costo político de decisiones unilaterales de Washington disminuye.
Un México aislado es un México más expuesto. Migración, seguridad, comercio y energía son frentes abiertos en los que la correlación de fuerzas importa tanto como los principios. Sin respaldo regional, la negociación se vuelve más asimétrica.
A ello se suma un ángulo económico relevante: si las principales economías latinoamericanas avanzan hacia políticas más promercado, con reglas más previsibles, la competencia por atraer inversión se intensificará. México podría perder atractivo relativo frente a países que hoy ofrecen señales de mayor certidumbre.
El dilema para el gobierno de Claudia Sheinbaum es claro. Persistir en una narrativa que encuentra cada vez menos eco en la región implica asumir mayores costos externos. Ajustar el tono y privilegiar el pragmatismo puede ser políticamente incómodo hacia adentro y generar tensiones con los sectores más duros de Morena, incluido el expresidente López Obrador.
Venezuela será la primera prueba de ese equilibrio.
Hasta dónde sostener afinidades ideológicas y hasta dónde evitar choques innecesarios con Estados Unidos que terminen encareciendo la relación con nuestro principal socio.
En un entorno regional que se mueve hacia la derecha, quedarse solo no es una postura de principios. Es una señal de fragilidad estratégica. Y en 2026, un año que ya se perfila complejo para México, esa fragilidad puede salir muy cara. (Enrique Quintana, El Financiero, Pagina 2)
› Sin límites, asesinato a sangre fría
Y el caso que está dando vuelta al mundo es el del asesinato de la estadounidense Renee Nicole Good a manos de agentes del ICE, en Minnesota. El video del ataque en contra de la ciudadana estadounidense es brutal, pues se aprecia el momento en que un agente dispara su arma hacia la mujer de 37 años que se encontraba a bordo de una camioneta en medio de un camino y que trata de salir del lugar antes de ser detenida. Pero si el crimen contra Good a manos de los agentes federales ha desatado la indignación, más lo ha hecho el argumento del presidente Trump y de la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, quienes tras los hechos se apresuraron a descalificar a la víctima y la acusaron de intentar atropellar al agente. Los hechos están exhibiendo también la crudeza de los operativos y redadas contra población migrante, mucha de origen mexicano, cuyos peores miedos se han vuelto a reactivar. (Rozones, La Razón, LA DOS, p. 2)
BUENOS AIRES.- Si tuviera que resumir en un titular el ataque militar del Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a Venezuela y la captura del ex dictador Nicolás Maduro, sería el siguiente: “Operación militar: impecable; plan posterior: inentendible”.
La incursión fue digna de una película de Hollywood: tropas estadounidenses entraron a territorio venezolano durante la noche, capturaron a Maduro y se lo llevaron a Nueva York para enfrentar cargos de narcotráfico.
A juzgar por los primeros informes, no hubo muertes estadounidenses, y sólo hubo 40 víctimas -incluyendo 32 cubanos que eran guardaespaldas del líder chavista-, lo que fue un saldo relativamente menor para una operación de gran envergadura.
Pero el plan político de Trump para gobernar Venezuela tras la captura de Maduro es, o bien un gran secreto que mantiene oculto, o una improvisación total que podría dejar a la nación sudamericana con un “Madurismo sin Maduro”: una dictadura ilegítima producto de un fraude electoral.
La primera pregunta que surgió tras el ataque estadounidense fue: ¿Hubo un acuerdo con la Vicepresidenta de Maduro y actual Mandataria encargada, Delcy Rodríguez, para derrocar al ex dictador?
Al momento de escribir estas líneas, no parece ser el caso.
En su conferencia de prensa del sábado, el líder republicano dijo que, de ahora en más, Washington “manejará” el Gobierno venezolano, y que Rodríguez sería una gobernante interina que cooperaría con Washington.
Sonaba como un plan impresionante, salvo que Rodríguez apareció poco después en la televisión estatal para denunciar el ataque estadounidense y aseverar que Maduro sigue siendo el Presidente de Venezuela.
Más tarde ese mismo día, la Vicepresidenta venezolana suavizó sus declaraciones y afirmó que esperaba un entendimiento con Estados Unidos -una rama de olivo que ya había extendido Maduro meses antes- pero aún refiriéndose al ex dictador como “Presidente”.
¿Fue una expresión de deseos la afirmación de Trump sobre Rodríguez y su cooperación con la Casa Blanca? El hecho concreto es que ella y el régimen de Maduro aún controlan el Ejército, la Policía, y la televisión estatal.
Es cierto que el Presidente estadounidense amenaza con una segunda ola de ataques si ella se resiste, pero la cosa no es tan sencilla: la gobernante encargada podría ser destituida por el Ministro de Defensa, Vladimir Padrino, o el poderoso Ministro del Interior, Diosdado Cabello, si se acerca demasiado a Washington.
Muchos militares se han enriquecido durante el régimen chavista y temen un cambio de régimen.
Si Trump no logra doblegar a Rodríguez por las buenas, necesitaría ordenar una invasión a gran escala, lo que no seria muy popular en Estados Unidos.
Juan González, quien fue asesor principal para América Latina de la Casa Blanca durante el Gobierno de Joe Biden, me dijo que el republicano necesitaría mandar entre 30 mil y 50 mil soldados a Venezuela para tomar Caracas.
Otros ex funcionarios hablan de hasta 200 mil tropas, y estiman que habría muchas bajas.
Según una encuesta de Reuters/Ipsos realizada dos días después de la captura de Maduro, sólo 33 por ciento de los estadounidenses aprueban la incursión. Y si Trump lanza una invasión, ese porcentaje caería aún más.
Resulta difícil pensar que el magnate, quien hizo campaña contra las “guerras extranjeras”, se arriesgue a ordenar una invasión militar masiva.
Trump se equivocó al no incluir la restauración de la democracia entre sus prioridades, y en no darle a la líder opositora y Premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, ni siquiera una mínima participación en el futuro de Venezuela.
Al contrario, la desprestigió: en su conferencia de prensa del sábado, el Mandatario comentó que Machado no tiene el “respeto” del pueblo venezolano.
¿De dónde sacó eso?
El movimiento de Machado arrasó en las urnas durante las elecciones de 2024, que Maduro se robó posteriormente.
Lo que es más, Trump ni siquiera mencionó la palabra “democracia” en su primera conferencia de prensa posterior al ataque. Habló extensamente sobre el petróleo, el narcotráfico y la migración, pero nada sobre la restauración democrática venezolana.
Si hubiera presentado la captura del ex dictador no sólo como la de un narcotraficante, sino también como una medida para restablecer la democracia, podría haber enmarcado toda la operación como fruto de una alianza de Estados Unidos con Argentina, Ecuador y otros países para restaurar el Estado de derecho en Venezuela.
De hecho, entrevisté al Presidente argentino, Javier Milei, dos días antes del operativo estadounidense, y me mencionó que con gusto se uniría a un esfuerzo estadounidense para derrocar a Maduro.
Cuando le pregunté si apoyaría una invasión, respondió: “Absolutamente”. Añadió que no la llamaría invasión, sino “liberación”.
En resumen: al ungir a Rodríguez y enfocarse únicamente en el petróleo, el narcotráfico y la migración, sin anunciar una hoja de ruta para el retorno a la democracia, Trump se arriesga a perpetuar un régimen ilegítimo y brutal. (Andrés Oppenheimer, Reforma, Internacional, p. 13)

(Calderón, Reforma, Opinión, p. 9)

(Rapé, Milenio, Al Frente, p. 2)

(Jerge, La Jornada, Política, p. 15)